martes, 4 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta).Parte 6





6


Gamal despierta tumbado en el suelo. Está apoyado sobre la tierra seca y polvorienta de una zona desconocida para él. Ha dormido junto a una enorme palmera de la que se derraman algunos dátiles maduros.
Va vestido con el mismo traje que llevaba puesto cuando viajó desde Seúl hasta El Cairo, el mismo con el que ha permanecido veinticuatro horas en una silla y el mismo con el que le han transportado mientras dormía hasta este alejado lugar de la civilización y del consumo.
Todavía resuena en su oído el timbre de la voz que le anunció su inmediato reto. Era como si le estuviesen hablando desde ultratumba.
Gamal se incorpora y ve cómo pasan las hormigas con hojas y grano camino del hormiguero. Tiene algunas enganchadas al pantalón que sacude con cuidado. Mira a su alrededor. Ve una enorme superficie de tierra con arbustos entre los que reconoce sicomoros, tamariscos, y árboles como acacias y algarrobos.
A pocos metros de él comprueba que hay una manada de hienas sesteando bajo una higuera. A lo lejos ve trotar a varios asnos salvajes. Y un chacal le mira fijamente subido en una pequeña colina. Las montañas son de escasa altura y se ven desgastadas por la influencia de la erosión de los siglos. El viento y la lluvia son los obreros más eficientes que existen.
Se gira en redondo y no divisa nada que haga suponer la cercana presencia de población autóctona o visitante. Tampoco ve caminos ni veredas por los que guiarse. Ni senderos de ganado.
Una avispa zumba cerca de su oreja. Se sacude con la mano con cierta violencia. La avispa persiste en su acoso y Gamal se ve obligado a dar unos pasos para poder eludir la insistencia del insecto. Es entonces cuando ve que junto al tronco de la palmera hay una cantimplora. Se acerca y la coge. La abre. Huele y bebe con cuidado. Paladea y reconoce el sabor insípido del agua. Vuelve a beber un trago largo. Luego mueve la cantimplora para comprobar que está casi llena. —Debe tener algo más de un litro—, se dice. No se atreve a beber más por si tarda en encontrar un lugar donde rellenar el contenido.
Levanta los ojos y nota cómo el sol golpea con fuerza a la tierra. Sus rayos más cálidos están aún por llegar hasta todos los rincones de la superficie que tiene frente a sí. Su fuerza también va a aguijonear a Gamal, quien decide en este momento, tal como le habían indicado, iniciar el camino hacia el sol naciente, hacia el este.
Camina durante todo el día sorteando todos los obstáculos del relieve que va encontrándose. Va racionando el agua de que dispone con la esperanza de encontrar algún nacimiento, alguna fuente o algún pozo donde abrevar.
La caída del sol está muy próxima y no ha encontrado a nadie. Sólo tierra. Tierra y vegetación. Tierra y fauna. Apenas tiene agua, está fatigado, casi desesperado y… acaba de ver a lo lejos lo que le parece una jaima. Ese avistamiento representa la posibilidad de encontrar quien le provea.
A lo largo del día ha tenido varías visiones que luego resultaron ser sólo espejismos. Le sucedió con la caravana de dromedarios que resultó ser una fila de sicomoros movidos por el aire. Más tarde creyó ver la imagen de un gigante haciéndole señas para que se acercase, una imagen de presencia salvadora que en realidad era un algarrobo del que colgaban sus frutos como láminas de tejido. Ya no se fiaba de ninguna de sus visiones.
Fue acercándose poco a poco hacia la imagen que sus ojos le ofrecían, iba arrastrando los pies como pequeñas escobas que rizaban la arena. Había protegido su calzado con dos trozos del forro interior de la chaqueta que ahora llevaba anudada al cuello y en forma de turbante sobre su cabeza.
Al llegar a la altura de la imagen, descubrió asombrado una nueva presencia. Era la figura femenina de una mujer ataviada al estilo tradicional que le conminó a que se sentase en el interior de la jaima. Se presentó como una escriba enviada para proteger sus noches del frío y de las alimañas. También le dijo que debía ponerle una prueba que había de superar para poder despertar a la mañana siguiente. Le dijo que no temiese y que debía comer de lo que encontrara servido sobre una alfombra.
Había frutos secos, pan y queso. También había una jarra de agua. Gamal comenzó a comer sin pensárselo dos veces. Mientras comía, la escriba se sentó con los pies cruzados delante de él, y con una voz modulada y dulce, comenzó a contarle una historia. Le dijo que debía prestar toda la atención de que fuese capaz porque en ello le iba la vida.



CONTINUARÁ...

NOVELA CORTA
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Mariano Valverde Ruiz (c)