jueves, 13 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 10





10

Se durmió mientras pensaba en la imagen de la diosa Isis. Recordó las imágenes que de la misma había visto, la incógnita que le planteó aquel extraño jeroglífico sobre la cabeza, la inquietante sensación que sintió al detenerse en sus alas extendidas, como un milano con cuerpo de mujer. Recordó las leyendas que figuraban bajo la imagen, aquellas menciones a la gran maga, gran diosa madre, reina de todos los dioses, fuerza fecundadora de la naturaleza y diosa de la maternidad. Y su mente comenzó a divagar entre palmeras, acacias y sicomoros.
Viajó sobre las extensiones del alto y bajo Egipto, el reino de las dos coronas. Voló sobre la superficie de las aguas del Nilo y se detuvo a contemplar todas las siluetas de los animales que vivían en su entorno. Vio las imágenes sucesivas de las aldeas ribereñas y las jaimas de los campamentos del desierto, apreció la lenta evolución del relieve a lo largo de los siglos y contempló los avances que los nuevos tiempos habían llevado a los pueblos de las zonas mejor comunicadas por carretera.
Su mente era como un pájaro que no tenía fronteras, ni en el aire ni en el tiempo; un pájaro que se dejaba llevar por sus deseos; un pájaro que ahora volaba y volaba sin descanso, cruzaba por encima de valles y de montañas, de ciudades y de países, de océanos y continentes; un pájaro que en este instante sobrevolaba los campos de fútbol donde se disputaban los partidos del mundial 2002. Y se vio arbitrando, impartiendo justicia ante los ojos de la multitud. Después su mente le transportó, en una milésima de segundo, hasta la imagen de un hombre desnudo sobre una cama en una maravillosa habitación de un lujoso hotel de Seúl.
Y ya completamente dormido, en el primer umbral del sueño, visualizó lo que había esperado disfrutar en Seúl.
Se vio a sí mismo tumbado sobre sábanas de seda blanca en una enorme cama de masajes, desnudo, con una pequeña toalla cubriéndole sus vergüenzas. Notó la presencia de dos mujeres orientales a ambos lados de su cuerpo. Las mujeres tomaban aceites de unos pequeños frasquitos y le iban acariciando alternativamente el pecho, los muslos, los brazos… Los ungüentos aromáticos ejercían un intenso poder afrodisíaco. Su interior se transformaba, era poroso, una carne que absorbía el placer como si se tratase de gotas de néctar de los dioses.
Sentía todo su cuerpo erizado. Las manos de las mujeres volaban sobre su piel con un tacto de suave talco. Sus pequeños cuerpos parecían tener toda la dulzura de la naturaleza. Notaba el contacto de sus pieles, el cosquilleo que sus pezones de pera le provocaban en la epidermis. Percibía el toque delicado de sus pequeños senos, firmes como frutas salvajes y tan tersos como la gelatina cuando se la caricia con plumas. Olía el perfume de sus cabellos negros y captaba el tacto de sus mechones en el pecho, en las nalgas, en los pies.
Se excitaba por momentos. Ahora tenía frente a su rostro los muslos y el trasero de una de las chicas. Su mirada extasiada se perdía en las profundidades del sexo de la joven. Notaba cómo le palpaba los genitales igual que si estuviese amasando harina para hacer el pan del placer. Y cerró los ojos para abandonarse al éxtasis. Sus ojos cerrados no veían otra cosa que el paraíso. Las expertas manos de las masajistas estaban a punto de extraer una confitura de frutas exóticas de su miembro cuando percibió, cerca de sus oídos, unos silbidos espeluznantes.
Abrió los ojos y vio, justo en el lugar que ocupaban las bellas jóvenes hasta hacía un segundo, a dos cobras alzadas y amenazantes que le miraban con ojos asesinos mientras movían sus bífidas lenguas a la velocidad del sonido. No podía zafarse de ellas. Estaba inmovilizado. A su alrededor soplaba un viento que parecía llamarle y empujarle hacia los gigantescos reptiles.
El viento le hablaba. Parecía relatarle partes de la historia de su civilización. Quiso levantarse para intentar huir del inminente ataque de los reptiles. Pero eludir la picadura de las cobras fue tarea imposible. Las cabezas enhiestas de los animales se lanzaron al unísono sobre su cuerpo como dos flechas de escamas. Y su piel desnuda e indefensa recibió las certeras dentelladas del veneno. Fue un golpe perfecto, imposible de eludir, un golpe que vio venir con la agonía de un pobre ser inmovilizado por el terror y la fría presencia de la muerte.
Se desvaneció y notó como su cuerpo se elevaba hasta las estrellas. Allí se acomodó junto a otros miles de seres. Era uno más de los espectadores que veían jugar a los dioses al fútbol. Amón, Hathor, Isis, Set, Horus, Osiris, y el resto de divinidades egipcias, se divertían y competían con gracia por conseguir llevar el balón hasta los satélites más lejanos de la constelación de Orión. Era un partido infinito en el que parecía no haber ganador.
El balón con que jugaban era la cabeza de un humano. Pero nunca era el mismo. Se producía un cambio permanente de balón. Las cabezas aún conservaban el estupor de la muerte en sus facciones, como una mueca detenida en el tiempo por el bálsamo aplicado por los sacerdotes antiguos. Pudo reconocer un busto con tremendo realismo, era su cabeza. Reconoció las facciones morenas y sanguinolentas de su rostro, rodaban separadas del cuerpo, eran golpeadas sin cesar por los divinos jugadores entre el júbilo del público y la pasión de los dioses que esperaban su turno con las botas calzadas. Le dolía la cabeza, le iba a estallar…
Y despertó.
Lo hizo bañado en sudor y en ansiedad.
Estaba solo.
El sol contemplaba el paisaje con ojos dorados. Los árboles lamían el aire con sus hojas de esmeralda. No se vislumbraban las hienas que le habían acompañado los días anteriores.
Cerca de Gamal había dos cantimploras. Eran de verdad. Todo había sido un terrible sueño y la realidad se abría paso ante sus ojos como un paisaje reconocible.
Se acercó hasta las cantimploras y cogió la primera. Bebió de su contenido y degustó el sabor cremoso de la leche. Cogió la segunda y paladeó el dulce néctar de la miel. Esta vez no había agua para la jornada. Pero lo más novedoso era que junto a las cantimploras había una azada y un serón con semillas. Metió la mano en el serón y cogió un puñado de granos de trigo. Los acarició en la palma de la mano y los volvió a dejar en el recipiente de esparto.
Reanudó su lento caminar hacia el este. Fueron posando las horas y se levantó una brisa persistente. El terreno iba mejorando y se multiplicaban los arbustos y los árboles. Estaba saliendo de las zonas áridas y acercándose hacia donde la cercana presencia del agua mejoraba la atmósfera y cambiaba el color del suelo. Y no eran espejismos. Podía tocar las acacias, las higueras, los tamariscos… A lo lejos, los sonidos que la brisa producía en los arboles parecían voces con extraños conjuros. Generaban en su mente sombras de personajes que corrían tras un balón sobre terrenos de arena.
Caminó durante toda la mañana recordando su periplo como árbitro y su trayectoria como ser humano. No sabía si habría superado las pruebas de los elementos, ni si merecía seguir vivo. Tampoco estaba seguro de que su camino hubiese llegado a un punto en el cual ya no tendría que afrontar nuevos retos. De lo que sí comenzaba a estar seguro, era que, si tenía la oportunidad, iba a procurar que a partir de ahora todo fuese diferente.
Después de subir una pequeña colina con las renovadas fuerzas que la leche y la miel le daban, Gamal vio a lo lejos la lengua azul del Nilo. Cerca de la ribera del río se abría un oasis de verdor, dentro del cual se atisbaban algunas construcciones de adobe y cañas. Recibió la nueva imagen con alegría y buen ánimo. Fijó sus ojos en lo que parecía una pequeña aldea con formas de vida tradicionales, en la que sus moradores debían vivir del cultivo de hortalizas y cereales, de la pesca en el río, y del cuidado del ganado. Y se dirigió hacia ella.
Conforme iba acercándose también fue distinguiendo con nitidez a algunos de los habitantes de la aldea. Los primeros que vio fueron un grupo de niños que estaban jugando entre las palmeras. Estaban practicando el fútbol, no cabía duda.
Los niños, al ver la silueta de Gamal llegando hasta ellos, se interesaron por la figura desgarbada y vestida de forma estrafalaria, que cargaba una azada, dos cantimploras y un serón. Dejaron de jugar y se dirigieron a su encuentro con la algarabía propia de la novedad. Nada más llegar a la altura del extraño forastero, le preguntaron que quién era y que de dónde venía.
El árbitro dijo que era un hombre que se había perdido y que venía de occidente.
Un niño que llevaba una pelota en la mano le volvió a preguntar:
—¿Cómo te llamas?
—No recuerdo mi nombre.
—¿Y hacia dónde vas?
—Aún no lo sé. He caminado hacia oriente desde hace días. Estoy contento de encontraros. Estoy muy cansado y necesito agua. Y si es posible un lugar donde descansar unos días.
El niño que llevaba la pelota le señaló una de las casas y le dijo que era la suya, que en ella vivía su madre, que era viuda y que ella le daría hospedaje a cambio de las semillas que seguramente llevaba en el serón. Después, mirando a los ojos a Gamal, con un brillo interrogativo y casi suplicante en su mirada, le dijo:
—Después de que hayas descansado… ¿Por qué no juegas con nosotros al fútbol? Como eres mayor, podrías arbitrar el partido y así evitar que nos peleemos cuando no estemos de acuerdo con alguna jugada determinada.
Al escuchar la invitación del niño, Gamal hizo un gesto de horror y le contestó de inmediato.
—No sé lo que es el fútbol. Ni lo que es un árbitro. Y mucho menos quiero aprender nada relacionado con ese juego de los demonios. Perdonadme mi ignorancia.
Luego se dirigió de nuevo al niño de la pelota.
—¿Y dices que aquella casa es la de tu madre?
El niño asintió mientras indicaba a los demás que volviesen al arenal situado entre las palmeras para continuar el juego.
Gamal respiró aliviado. Le parecía haberse sacudido el peso de una montaña de los hombros. Ajustó la azada a su espalda y el serón al brazo izquierdo. Levantó los ojos hacia el frente con valentía, orgulloso de su nueva identidad, y se dirigió con decisión hacia la casa.
Cuando apenas estaba a unos metros de la vivienda, salió de su interior una mujer que le había estado mirando con ojos ilusionados desde que su silueta apareció por el horizonte como un fantasma que regresa de un sueño. En su rostro reconoció la mirada de la escriba, la mujer que le había acompañado las noches anteriores. Una sensación de energía renovada y diferente recorrió todas las células de su cuerpo. Y presintió que había llegado al paraíso.


 FIN

NOVELA CORTA
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)