lunes, 13 de marzo de 2017

EL SECRETO DE LA FALLA DE SAN JOSÉ




EL SECRETO DE LA FALLA DE SAN JOSÉ

Ya hace 52 años y para Antonio es como si hubiese sido ayer mismo cuando vivió un momento que marcó su vida. Acaba de ocultar, en la falla que adorna las fiestas de San José de este año, un pequeño detalle, un tributo al recuerdo, algo que simboliza un hecho del que hoy solo él conoce su trascendencia.
Poco después observa la falla de 2017, una bella torre que simboliza el Big Ben, y comenta con Pepe Plazas que de los hombres que levantaron la falla de 1965, apenas quedan algunos vivos. Sin conocer nada de lo que él acababa de hacer, Pepe le dice que uno de los personajes de la falla lleva ropa de alguien que ha sido incinerado y que la familia ha querido que estuviese en ella. «¿Cuántos secretos se ocultan para que el humo se los lleve?», piensa a la vez que escucha cómo Pepe le cuenta algunas de sus hazañas deportivas. Y luego su mente se remonta hasta muchos años atrás.
Aquella noche mientras contemplaba la falla se frotó las manos, se ajustó los pantalones a la cintura y se vio a sí mismo como uno de los viajeros que partía en aquel tren hacia Francia, camino de la vendimia. Tenía claro que aquel era el único destino que podría facilitar la realización de su sueño. Aquel marzo de 1965 era la segunda vez que participaba en la construcción de la falla que sería quemada en la noche del día 19 en su barrio. Pero en aquella ocasión lo había hecho con una ilusión especial.
Antonio había cumplido 26 años. Era un hombre curtido en el trabajo, fuerte y soñador. Pero hasta el momento no había tenido la suerte necesaria para conseguir sus propósitos. Desde hacía más de cuatro años tenía novia. Estaba muy enamorado, quería casarse y tener una vivienda donde iniciar su vida junto a Elvira. Últimamente ella estaba un poco cansada de la situación y de los castillos en el aire con que Antonio la sorprendía de vez en cuando. Lo había intentado con todas sus fuerzas, sin embargo, la escasez de oportunidades en aquella época, se lo había impedido.
La esperanza de Antonio era ir a trabajar a la vendimia francesa y conseguir el dinero para dar la entrada de un piso. Pero había algo que le atenazaba, no sabía hasta qué punto podía amarle Elvira. ¿Sería capaz de esperarle? Su novia era una mujer muy atractiva y él sabía que había varios hombres detrás de ella, quizá alguno de ellos pudiera ofrecerle algo mejor en el tiempo en el que él estuviese en Francia. Se lo comían los celos cuando paseaba con ella por Lorca y notaba las miradas codiciosas de otros hombres.
Antonio nunca había salido de Lorca, incluso cuando tuvo que realizar el servicio militar lo había hecho voluntario en el Regimiento Mallorca 13, con base en la ciudad. Tenía la impresión de que iba a ir al fin del mundo. Había hablado con otros que ya habían hecho la campaña en años anteriores y había aprendido algunas palabras en francés: bonjour, oui, monsieur… No estaría solo y alguno de los veteranos le ayudaría. Iría a ese fin del mundo, comería a base de patatas cocidas, verduras que pudiese coger en los huertos, y lo que Dios le proveyera, pero iba a ahorrar el dinero que necesitaba. Levantó la vista y observó la representación del Apolo XI que culminaba la falla, un artefacto que había visto en la tele y con el que decían que el hombre iba a ir a la luna. «¿No está la luna más lejos? Pues entonces, ir a Francia no será para tanto», se dijo.
Su padre le había dicho que cada cosa que tuviese tendría que ganársela con su esfuerzo. Él estaba dispuesto, pero le costaba mucho dejar sola a Elvira, a merced de los que la miraban con ojos como redes. Pero no había otra salida. Aquella noche le iba a comunicar su decisión.
Durante el tiempo que transcurrió hasta el momento en que estuvo otra vez delante de la falla con Elvira tomada de su mano, Antonio recordó cómo la había conocido en sus años en el colegio Alfonso X, todas las veces que intentó que le hiciese caso, las locuras que tuvo que ingeniar para llamar su atención, incluso la vez que se coló por la noche en una casa deshabitada, en la que decían que había fantasmas, para demostrarle que él no tenía miedo. También recordó lo que había escrito y ocultado entre los vagones de la máquina del tren que simulaba la falla: «que este fuego se lleve todas mis dudas y que me traiga la fortuna que preciso, que se lleve todas las inseguridades de Elvira y que la mantenga siempre a mi lado». Se prometió a sí mismo que si aquello sucedía, iba a cuidar a Elvira como a una reina y nunca pensaría en otra mujer.
Antonio apretó con firmeza las manos de Elvira y le dijo:
—Tengo que decirte algo importante, pero antes tienes que decirme si me quieres.
—Claro que sí, tonto.
—A finales de mayo me voy a ir a la vendimia francesa. No regresaré hasta finales de octubre. Lo voy a hacer para poder conseguir el dinero para la entrada de un piso, poder casarnos y vivir juntos.
Elvira escuchó aquellas palabras entre la sorpresa y la preocupación. Ella también tenía algo importante que decirle. Antonio prosiguió:
—Quiero que me prometas que me esperarás.
Elvira suspiró con la emoción pintada en la mirada porque ella también sentía que estaba en un momento clave de su vida y tenía miedo por lo que pudiese suceder.
—Te voy a esperar, Antonio. Pero no voy a ser la única que te espere.
—¿Qué quieres decir?
—Estoy embarazada. Vamos a tener un hijo. O una hija… Nacerá para finales de octubre.
A Antonio se le cayó el mundo encima. ¿Cómo iba a marcharse entonces? Y lo que era más preocupante: ¿Cómo iban a reaccionar los padres de Elvira? Su madre siempre había manifestado que deseaba una gran boda para su hija, que deseaba verla vestida de blanco ante el altar. Durante unos instantes contempló todas las posibilidades a su alcance. Y luego dijo con mucha decisión:
—Nos casaremos dentro de un mes, sea como sea. Y le pediré a mis padres que te quedes con ellos mientras yo esté en Francia.
—¿Casarnos por la Iglesia? Pero… es que ahora no puedo casarme de blanco.
—No se lo diremos a nadie. Ni siquiera al cura. Dios ya lo sabe y conoce nuestro amor. Estoy seguro de que lo bendice. Será nuestro secreto y arderá con las llamas de la hoguera con que se ilumine la falla esta noche.
Habían pasado 52 años desde aquel momento, toda una vida juntos. Habían criado a sus hijos, habían prosperado y conocido momentos de gran felicidad. Pero en el último año, Elvira había sufrido un gran deterioro de su memoria a consecuencia del alzheimer, ya no podía recordar lo que vivió junto a Antonio. Él había escrito una pequeña memoria contando todo lo que habían compartido. Después, con la última hoja, había confeccionado una flor que llevaba impregnado el aroma de su cariño, de su ternura… Una flor que se convertiría aquella noche en el humo que todo lo sabe y todo se lleva. Antonio tenía la esperanza de que cuando ardiera la falla de 2017, su humo reviviría en Elvira el momento exacto en que se unieron para siempre.

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Mariano Valverde Ruiz ©