sábado, 25 de marzo de 2017

LA LEY DEL TIEMPO





LA LEY DEL TIEMPO

Marco Anneo Lucano ya lo dijo:
y hasta las ruinas perecieron.
En el siglo primero, el poeta de Córdoba
ya supo que cualquier grandeza es efímera.
El sobrino de Séneca
quiso ser un poeta insigne
y creo su gran mundo de palabras.
La envidia de Nerón le condenó a muerte
y dejó a su elección la forma de morir.
Su obra fue destruida, igual que Roma.
El destino del hombre
es similar al de un imperio.
Las civilizaciones poderosas
son un perfil de sombra
en la casa del cosmos,
una línea que bifurca el tiempo
entre una idea y otra.
Cuando desaparecen, el olvido,
con la tenacidad de un gris mohoso,
va imponiendo su tumba a lo creado.
Su verdad y sus ruinas
se pierden en el cosmos infinito.
Igual sucederá con nuestra vida
y la de nuestra especie.
La ley del tiempo todo lo devora.
Mientras tanto nos queda ir aprendiendo
a sentir nuestro paso humilde por el mundo
como la única obra digna de ser grandeza.


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Mariano Valverde Ruiz (c)



miércoles, 15 de marzo de 2017

BABILONIA







BABILONIA

Al escribir, la voz rima nenúfares
en osadías zigzagueantes
con el azar esquivo de nuestras sensaciones,
porque Babilonia no es otra cosa
que un infinito juego de azares,
nos advertía Borges.
La forma del concepto alza un viento de dudas
sobre los campos de las imágenes
para escribir el poema de las tardes lluviosas,
y el silencio nos lleva a una encrucijada
en la que falta luz para salir indemnes.
Aparecen ideas sin medida
que son impermeables a la métrica,
expresiones verbales a disgusto con su espacio
que luchan por servir a la memoria.
En ese tiempo gris de confusión,
todo se opone al ritmo del poema.
Pero tras los primeros rasgos torpes
del gesto de escribir ya no hay otra opción
que la de terminar nuestro poema.
La conciencia del ser y nuestras paradojas
siempre están esforzándose
por dar forma el texto
aunque dependa de un juego de azares.
Las palabras nos sirven
para crear un mundo de ilusiones
iluminado por la lámpara
que humedece el aceite del misterio.
En nuestra Babilonia caben todas las voces
de la historia del hombre y sus silencios.


(OTRA REALIDAD)
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Mariano Valverde Ruiz (C)


lunes, 13 de marzo de 2017

EL SECRETO DE LA FALLA DE SAN JOSÉ




EL SECRETO DE LA FALLA DE SAN JOSÉ

Ya hace 52 años y para Antonio es como si hubiese sido ayer mismo cuando vivió un momento que marcó su vida. Acaba de ocultar, en la falla que adorna las fiestas de San José de este año, un pequeño detalle, un tributo al recuerdo, algo que simboliza un hecho del que hoy solo él conoce su trascendencia.
Poco después observa la falla de 2017, una bella torre que simboliza el Big Ben, y comenta con Pepe Plazas que de los hombres que levantaron la falla de 1965, apenas quedan algunos vivos. Sin conocer nada de lo que él acababa de hacer, Pepe le dice que uno de los personajes de la falla lleva ropa de alguien que ha sido incinerado y que la familia ha querido que estuviese en ella. «¿Cuántos secretos se ocultan para que el humo se los lleve?», piensa a la vez que escucha cómo Pepe le cuenta algunas de sus hazañas deportivas. Y luego su mente se remonta hasta muchos años atrás.
Aquella noche mientras contemplaba la falla se frotó las manos, se ajustó los pantalones a la cintura y se vio a sí mismo como uno de los viajeros que partía en aquel tren hacia Francia, camino de la vendimia. Tenía claro que aquel era el único destino que podría facilitar la realización de su sueño. Aquel marzo de 1965 era la segunda vez que participaba en la construcción de la falla que sería quemada en la noche del día 19 en su barrio. Pero en aquella ocasión lo había hecho con una ilusión especial.
Antonio había cumplido 26 años. Era un hombre curtido en el trabajo, fuerte y soñador. Pero hasta el momento no había tenido la suerte necesaria para conseguir sus propósitos. Desde hacía más de cuatro años tenía novia. Estaba muy enamorado, quería casarse y tener una vivienda donde iniciar su vida junto a Elvira. Últimamente ella estaba un poco cansada de la situación y de los castillos en el aire con que Antonio la sorprendía de vez en cuando. Lo había intentado con todas sus fuerzas, sin embargo, la escasez de oportunidades en aquella época, se lo había impedido.
La esperanza de Antonio era ir a trabajar a la vendimia francesa y conseguir el dinero para dar la entrada de un piso. Pero había algo que le atenazaba, no sabía hasta qué punto podía amarle Elvira. ¿Sería capaz de esperarle? Su novia era una mujer muy atractiva y él sabía que había varios hombres detrás de ella, quizá alguno de ellos pudiera ofrecerle algo mejor en el tiempo en el que él estuviese en Francia. Se lo comían los celos cuando paseaba con ella por Lorca y notaba las miradas codiciosas de otros hombres.
Antonio nunca había salido de Lorca, incluso cuando tuvo que realizar el servicio militar lo había hecho voluntario en el Regimiento Mallorca 13, con base en la ciudad. Tenía la impresión de que iba a ir al fin del mundo. Había hablado con otros que ya habían hecho la campaña en años anteriores y había aprendido algunas palabras en francés: bonjour, oui, monsieur… No estaría solo y alguno de los veteranos le ayudaría. Iría a ese fin del mundo, comería a base de patatas cocidas, verduras que pudiese coger en los huertos, y lo que Dios le proveyera, pero iba a ahorrar el dinero que necesitaba. Levantó la vista y observó la representación del Apolo XI que culminaba la falla, un artefacto que había visto en la tele y con el que decían que el hombre iba a ir a la luna. «¿No está la luna más lejos? Pues entonces, ir a Francia no será para tanto», se dijo.
Su padre le había dicho que cada cosa que tuviese tendría que ganársela con su esfuerzo. Él estaba dispuesto, pero le costaba mucho dejar sola a Elvira, a merced de los que la miraban con ojos como redes. Pero no había otra salida. Aquella noche le iba a comunicar su decisión.
Durante el tiempo que transcurrió hasta el momento en que estuvo otra vez delante de la falla con Elvira tomada de su mano, Antonio recordó cómo la había conocido en sus años en el colegio Alfonso X, todas las veces que intentó que le hiciese caso, las locuras que tuvo que ingeniar para llamar su atención, incluso la vez que se coló por la noche en una casa deshabitada, en la que decían que había fantasmas, para demostrarle que él no tenía miedo. También recordó lo que había escrito y ocultado entre los vagones de la máquina del tren que simulaba la falla: «que este fuego se lleve todas mis dudas y que me traiga la fortuna que preciso, que se lleve todas las inseguridades de Elvira y que la mantenga siempre a mi lado». Se prometió a sí mismo que si aquello sucedía, iba a cuidar a Elvira como a una reina y nunca pensaría en otra mujer.
Antonio apretó con firmeza las manos de Elvira y le dijo:
—Tengo que decirte algo importante, pero antes tienes que decirme si me quieres.
—Claro que sí, tonto.
—A finales de mayo me voy a ir a la vendimia francesa. No regresaré hasta finales de octubre. Lo voy a hacer para poder conseguir el dinero para la entrada de un piso, poder casarnos y vivir juntos.
Elvira escuchó aquellas palabras entre la sorpresa y la preocupación. Ella también tenía algo importante que decirle. Antonio prosiguió:
—Quiero que me prometas que me esperarás.
Elvira suspiró con la emoción pintada en la mirada porque ella también sentía que estaba en un momento clave de su vida y tenía miedo por lo que pudiese suceder.
—Te voy a esperar, Antonio. Pero no voy a ser la única que te espere.
—¿Qué quieres decir?
—Estoy embarazada. Vamos a tener un hijo. O una hija… Nacerá para finales de octubre.
A Antonio se le cayó el mundo encima. ¿Cómo iba a marcharse entonces? Y lo que era más preocupante: ¿Cómo iban a reaccionar los padres de Elvira? Su madre siempre había manifestado que deseaba una gran boda para su hija, que deseaba verla vestida de blanco ante el altar. Durante unos instantes contempló todas las posibilidades a su alcance. Y luego dijo con mucha decisión:
—Nos casaremos dentro de un mes, sea como sea. Y le pediré a mis padres que te quedes con ellos mientras yo esté en Francia.
—¿Casarnos por la Iglesia? Pero… es que ahora no puedo casarme de blanco.
—No se lo diremos a nadie. Ni siquiera al cura. Dios ya lo sabe y conoce nuestro amor. Estoy seguro de que lo bendice. Será nuestro secreto y arderá con las llamas de la hoguera con que se ilumine la falla esta noche.
Habían pasado 52 años desde aquel momento, toda una vida juntos. Habían criado a sus hijos, habían prosperado y conocido momentos de gran felicidad. Pero en el último año, Elvira había sufrido un gran deterioro de su memoria a consecuencia del alzheimer, ya no podía recordar lo que vivió junto a Antonio. Él había escrito una pequeña memoria contando todo lo que habían compartido. Después, con la última hoja, había confeccionado una flor que llevaba impregnado el aroma de su cariño, de su ternura… Una flor que se convertiría aquella noche en el humo que todo lo sabe y todo se lleva. Antonio tenía la esperanza de que cuando ardiera la falla de 2017, su humo reviviría en Elvira el momento exacto en que se unieron para siempre.

RELATOS BREVES
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miércoles, 8 de marzo de 2017

¿QUÉ ES POESÍA?





¿QUÉ ES POESÍA?


Ya se lo han preguntado
todos los que la escriben
mientras buscan con celo su verdad
expresando emociones,
dando forma a las negras cicatrices
que va dejando el paso de los tiempos,
construyendo belleza con palabras.
Que nadie tenga claro
el exacto valor del concepto poesía
es la inmortalidad de su misterio.
También es la razón para tentar su magia
y albergar la esperanza de intentar definirla.
Unos buscan ficción en la palabra,
disponerla en oráculos de difícil sentido;
otros quieren contar la ficción de sus ideas,
conferir movimiento a las conciencias;
hay quien la considera
reino de taifas del escepticismo;
quien cree que es un resto del dolor,
o un bálsamo que cura las heridas;
incluso quien escribe
el testamento de una época.
El pasado, el presente y el futuro
se unen en la semilla de cada alma
para ofrecer la luz de los sentidos
al inefable gesto del poema.


(OTRA REALIDAD)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


lunes, 6 de marzo de 2017

LOS ECOS DEL PLANETA







LOS ECOS DEL PLANETA


Los sonidos del mundo tienen su eco
en la buhardilla donde escribo.
Llegan, como tañidos de campanas lejanas,
el rumor de las olas o el silbido del viento.
A veces traen matices del Muro de Pink Floyd,
los acordes sinfónicos de Mahler
o los alegres trinos de un jilguero.
Pero son, casi siempre, los ecos de los días
que quedan tras la norma de la supervivencia
y el monótono tránsito del tiempo.
Hay sonidos que traen mal augurio,
palabras venenosas que inundan de saliva
los que adoran becerros de metal
y esperan tras la esquina para poder tentarte
con la mitad del cielo.
Escucho con tristeza sus discursos,
el necio sortilegio del vacío,
e imagino otra realidad
en la que no exista el engaño.
Otras veces, los ecos de la calle
relatan aventuras de noches en los pubs,
encuentros que poseen el color
de un neón alquimista,
cambian la luz efímera del deseo
por el oro que más nos recompensa.
Y así hasta cualquier sonido inesperado.
Cuando escribo, los ecos del planeta
reverberan en las palabras.
Todo lo que rodea mis sentidos
forma parte de mí y ahora es vuestro.


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