lunes, 24 de julio de 2017

SUSURROS EN EL PORCHE DE SAN ANTONIO






SUSURROS EN EL PORCHE DE SAN ANTONIO

Algunos estudiosos del misterio de la vida y de la existencia, aseguran que existen universos paralelos, que vivimos junto a otros seres en un espacio tiempo confluyente. Y van más allá, dicen que, aunque no los podamos ver, ni sentir, ni tocar, están ahí, atrapados en un bucle inmaterial, para condicionar nuestra vida.
Por naturaleza, somos seres poco dados a creer todo aquello que escapa a nuestra capacidad de entender y razonar. Pero también somos conscientes de nuestras limitaciones, y no podemos asegurar que no sea cierto aquello que aún no somos capaces de ver con los ojos de la lógica física. Isabel así lo creía antes de vivir una experiencia deslumbrante y que cambió su forma de pensar para siempre. Los hechos sucedieron hace unos años, cuando trabajaba en la restauración del Porche de San Antonio.
El monumento conocido como Porche de San Antonio es una puerta medieval de la antigua muralla que rodeaba Lorca. Es una construcción diferenciada de otras porque la puerta está situada en un recodo  del interior de una torre cúbica. Fue reedificado en el siglo XIV y está construido con mampostería reforzada con sillares en los ángulos. Es un vano con tres arquivoltas, una con motivos vegetales; la exterior presenta dientes de sierra. Los capiteles muestran a dos leones de medio cuerpo enfrentados. Hay una escalera adosada al muro que sube hasta una terraza en la que antiguamente había una gárgola formada por una cabeza de dragón con escamas y abierta de fauces. En el interior de la puerta hay un pequeño altar con pinturas del siglo XIV en las que se ve a San Ginés de la Jara. Isabel trabajaba en la restauración de las pinturas cuando comenzó a notar algo extraño.
Conforme avanzaban los segundos, Isabel sentía algo verdaderamente especial. No sabía lo que producía aquella inquietante sensación, pero percibía la cercanía de algo que rozaba su cabello, como si lo estuviese acariciando. Llevaba parte de su melena rubia cogida con una goma y su sedoso cabello caía sobre su nuca igual que una cola de dorado torrente. En aquella tarde de septiembre, el aire estaba en calma y, sin embargo, algo hizo que su pelo se moviese. Instintivamente pasó su mano por el cabello y continuó con su tarea.
Un pincel de fina cerda le servía para ir limpiando de impurezas la superficie de la pared en que parte de la pintura mural estaba dañada. Tenía que ir con mucho cuidado para no desprender los restos de la pintura original. Recogió unas muestras de polvo para analizarlas, ver sus componentes, y posteriormente fabricar un pigmento de similares características con el que recubrir las partes más erosionadas por el paso de los siglos. Estaba depositando la muestra de polvo en un recipiente de plástico cuando le pareció escuchar un sonido. Era una especie de siseo ininteligible. Dio unos pasos hacia atrás y miró a su alrededor. Arriba, los operarios limpiaban de escombros parte de la terraza. En el lateral, junto a la muralla, no había nadie. Miró hacia la explanada que hay frente al Centro de Visitantes de Lorca, Taller del Tiempo. Se quedó pensativa durante un momento. La intensidad sentimental que había sufrido durante los últimos días, la ruptura con su pareja, el mar de dudas que alteraba su mente, sin duda le estaban jugando una mala pasada. Volvió hasta el interior del porche y reinició su trabajo.
El pincel apuntaba hacia una zona donde el muro dejaba escamas oscurecidas cuando su mano comenzó a temblar. De nuevo escuchó aquel extraño siseo. Se quedó inmóvil. Aquellos sonidos parecían venir del interior de la puerta, era como si una misteriosa caja de resonancia estuviese reproduciendo sonidos de otro tiempo. Aguzó el oído y lo pegó a la pared.
—Escúchame primero y luego sigue los designios que te marque tu corazón.
Lo pudo distinguir con cierta nitidez. Era una voz de mujer. Su pulso se alteró y miró varias veces a su alrededor. Después acercó de nuevo su oreja al muro.
—Quizá te sea familiar lo que te voy a contar. Mi padre se oponía a mi relación con Amadeo, un joven cristiano de familia humilde. Mi familia era judía, de posición acomodada durante los primeros años del siglo XIV y no permitía que tuviese trato amoroso con nadie que no profesara nuestras creencias.
»Cada día me sometían a una gran vigilancia y hacían casi imposible que pudiese encontrarme con Amadeo. En una ocasión, aprovechando un despiste de mi madre mientras estábamos en el mercado, convinimos que dejaríamos dentro de la boca de la gárgola que había cerca de la puerta de la muralla, notas con nuestros sentimientos; también nos avisaríamos sobre cuándo y dónde escapar para poder hacer realidad el amor que nos abrasaba a ambos. Pero mi padre había encargado a su aprendiz de talabartero que me siguiese cada vez que yo salía con cualquier motivo. Así fue cómo pudo enterarse del lugar que utilizábamos para comunicarnos y lo hizo destruir en el peor de los momentos. Yo había dejado una nota diciéndole a Amadeo que a la noche siguiente, la víspera del torneo de justas que se iba a celebrar junto al río, me esperase junto al porche, que yo pagaría a los guardias para que me dejasen salir y guardasen secreto. Esa noche nos marcharíamos para siempre de la ciudad camino de un lugar donde nadie supiese sobre nuestros orígenes.
»Sin embargo todo fue muy distinto. Mi padre me encerró en mi habitación y encargó a unos amigos de su aprendiz que le diesen una gran paliza a Amadeo y le advirtieran del destino que le aguardaba si permanecía en Lorca un día más. Nunca volví a ver a Amadeo. Los años me fueron consumiendo mientras cedía a la voluntad de mi padre. Hasta que ya no pude soportarlo más. No recuerdo ni cuándo ni cómo fue, pero abandoné el mundo de los vivos mientras me prometía que nunca dejaría que otra mujer se plegase a los designios de la tradición en contra de sus verdaderos sentimientos. ¿Tú sabes a qué me refiero, verdad? Tu padre detesta al hombre al que amas, porque no profesa tu religión y es mucho mayor que tú. Te amenaza con retirarte su afecto y desheredarte. Pero, ¿acaso no serás una desheredada de ti misma si renuncias a tu amor por complacer a tu padre?
Después de aquella enigmática pregunta, se hizo el silencio.
Isabel intentó escuchar de nuevo. Por más que lo intentó, no pudo percibir ni una sola palabra. Tuvo la impresión de haber estado soñando, de que todo era fruto de su subconsciente. Nada parecía haber ocurrido mientras la tarde ya se iba desplomando sobre los brazos del crepúsculo. Y sin embargo, todo su cuerpo se estremecía con una extraña ansiedad.
La jornada de trabajo tocaba a su fin. Se apoyó en la pared para intentar calmar su inquietud. Su mente era un hervidero de pensamientos. Acababa de escuchar, con otras palabras, en otro tiempo y con otros personajes, cómo la racionalidad de otros se opone a los intereses del corazón. Incluso había escuchado algo que ella misma se había planteado a veces: abandonarlo todo y fugarse con su pareja. Sabía que, de esa forma, renunciaba a un futuro cómodo, incluso a su trabajo y a la independencia que le facilitaba, pero, a cambio, iba a disfrutar, los años que le quedasen de vida a su pareja, de una felicidad segura. Y recordó con amargura las últimas palabras que le había dicho a su novio. Decidió que, aquella misma noche, le iba a llamar, y le iba a decir la auténtica verdad que había condicionado sus palabras. Tal vez aún no fuese demasiado tarde.
Cuando las primeras sombras cubrieron el interior del Porche de San Antonio, Isabel escuchó de nuevo el siseo de una voz joven de mujer que se lamentaba amargamente. Era el susurro de la brisa, un intermitente y monótono zureo de palomas que impregnaba los muros de palabras.
—Amadeo, amor mío, ¿por qué no me buscaste aunque te fuese la vida en ello?
Para Isabel, aquella noche fue la más larga de su vida. Al llegar a casa, se armó de valor, y marcó el número de teléfono de su pareja sin obtener respuesta. Lo hizo varias veces y el teléfono seguía sin dar señal. Demetrio, su pareja, ya no podía cogerlo, había sufrido un accidente de coche y estaba en el hospital en estado de coma. Su pronóstico era muy grave, aunque los médicos no descartaban que pudiese recuperarse. Sin que nadie más que él pudiese percibirlo, una voz lejana y misteriosa repetía una y otra vez en la mente de Demetrio el mismo mensaje:
—Sí te quiere. Te ha dicho que todo había acabado porque así se lo habían exigido. Te ha mentido para no hacerte daño. Perdónala y vuelve con ella.
Ya de madrugada, Isabel, que no había conseguido conciliar el sueño, comenzó a llamar a todos los que conocía y que podían saber algo sobre el paradero de Demetrio sin conseguir noticias de él. Desesperada y con la convicción de que aquello no era normal, que debía haberle sucedido algo, se atrevió a llamar a la policía. Cuando dio el nombre completo de su pareja, le confirmaron que se encontraba en el hospital, que aún no habían podido localizar a nadie de entre sus familiares, que conocían sus datos por la cartera que se encontraba entre los efectos personales que habían recogido y que, aunque estaba vivo, su estado era muy grave.
Con el alma en un puño, Isabel se desplazó hasta el hospital Rafael Méndez. Le permitieron entrar a la UCI. Se acercó hasta su amor mientras sus ojos eran un mar de lágrimas. Le llamó por su nombre varias veces, a pesar de que le habían dicho que no sentía nada. Caminó hasta el lateral del lecho donde Demetrio estaba postrado y conectado a los aparatos que le mantenían con vida. La mano de Isabel tomó con ternura la mano de Demetrio. Y como algo inexplicable, algo que solo comprenden las almas que vagan a nuestro alrededor, los dedos de Demetrio se movieron ligeramente para que Isabel comprendiese lo que ninguna palabra de cualquier idioma puede expresar siquiera.

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jueves, 13 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 10





10

Se durmió mientras pensaba en la imagen de la diosa Isis. Recordó las imágenes que de la misma había visto, la incógnita que le planteó aquel extraño jeroglífico sobre la cabeza, la inquietante sensación que sintió al detenerse en sus alas extendidas, como un milano con cuerpo de mujer. Recordó las leyendas que figuraban bajo la imagen, aquellas menciones a la gran maga, gran diosa madre, reina de todos los dioses, fuerza fecundadora de la naturaleza y diosa de la maternidad. Y su mente comenzó a divagar entre palmeras, acacias y sicomoros.
Viajó sobre las extensiones del alto y bajo Egipto, el reino de las dos coronas. Voló sobre la superficie de las aguas del Nilo y se detuvo a contemplar todas las siluetas de los animales que vivían en su entorno. Vio las imágenes sucesivas de las aldeas ribereñas y las jaimas de los campamentos del desierto, apreció la lenta evolución del relieve a lo largo de los siglos y contempló los avances que los nuevos tiempos habían llevado a los pueblos de las zonas mejor comunicadas por carretera.
Su mente era como un pájaro que no tenía fronteras, ni en el aire ni en el tiempo; un pájaro que se dejaba llevar por sus deseos; un pájaro que ahora volaba y volaba sin descanso, cruzaba por encima de valles y de montañas, de ciudades y de países, de océanos y continentes; un pájaro que en este instante sobrevolaba los campos de fútbol donde se disputaban los partidos del mundial 2002. Y se vio arbitrando, impartiendo justicia ante los ojos de la multitud. Después su mente le transportó, en una milésima de segundo, hasta la imagen de un hombre desnudo sobre una cama en una maravillosa habitación de un lujoso hotel de Seúl.
Y ya completamente dormido, en el primer umbral del sueño, visualizó lo que había esperado disfrutar en Seúl.
Se vio a sí mismo tumbado sobre sábanas de seda blanca en una enorme cama de masajes, desnudo, con una pequeña toalla cubriéndole sus vergüenzas. Notó la presencia de dos mujeres orientales a ambos lados de su cuerpo. Las mujeres tomaban aceites de unos pequeños frasquitos y le iban acariciando alternativamente el pecho, los muslos, los brazos… Los ungüentos aromáticos ejercían un intenso poder afrodisíaco. Su interior se transformaba, era poroso, una carne que absorbía el placer como si se tratase de gotas de néctar de los dioses.
Sentía todo su cuerpo erizado. Las manos de las mujeres volaban sobre su piel con un tacto de suave talco. Sus pequeños cuerpos parecían tener toda la dulzura de la naturaleza. Notaba el contacto de sus pieles, el cosquilleo que sus pezones de pera le provocaban en la epidermis. Percibía el toque delicado de sus pequeños senos, firmes como frutas salvajes y tan tersos como la gelatina cuando se la caricia con plumas. Olía el perfume de sus cabellos negros y captaba el tacto de sus mechones en el pecho, en las nalgas, en los pies.
Se excitaba por momentos. Ahora tenía frente a su rostro los muslos y el trasero de una de las chicas. Su mirada extasiada se perdía en las profundidades del sexo de la joven. Notaba cómo le palpaba los genitales igual que si estuviese amasando harina para hacer el pan del placer. Y cerró los ojos para abandonarse al éxtasis. Sus ojos cerrados no veían otra cosa que el paraíso. Las expertas manos de las masajistas estaban a punto de extraer una confitura de frutas exóticas de su miembro cuando percibió, cerca de sus oídos, unos silbidos espeluznantes.
Abrió los ojos y vio, justo en el lugar que ocupaban las bellas jóvenes hasta hacía un segundo, a dos cobras alzadas y amenazantes que le miraban con ojos asesinos mientras movían sus bífidas lenguas a la velocidad del sonido. No podía zafarse de ellas. Estaba inmovilizado. A su alrededor soplaba un viento que parecía llamarle y empujarle hacia los gigantescos reptiles.
El viento le hablaba. Parecía relatarle partes de la historia de su civilización. Quiso levantarse para intentar huir del inminente ataque de los reptiles. Pero eludir la picadura de las cobras fue tarea imposible. Las cabezas enhiestas de los animales se lanzaron al unísono sobre su cuerpo como dos flechas de escamas. Y su piel desnuda e indefensa recibió las certeras dentelladas del veneno. Fue un golpe perfecto, imposible de eludir, un golpe que vio venir con la agonía de un pobre ser inmovilizado por el terror y la fría presencia de la muerte.
Se desvaneció y notó como su cuerpo se elevaba hasta las estrellas. Allí se acomodó junto a otros miles de seres. Era uno más de los espectadores que veían jugar a los dioses al fútbol. Amón, Hathor, Isis, Set, Horus, Osiris, y el resto de divinidades egipcias, se divertían y competían con gracia por conseguir llevar el balón hasta los satélites más lejanos de la constelación de Orión. Era un partido infinito en el que parecía no haber ganador.
El balón con que jugaban era la cabeza de un humano. Pero nunca era el mismo. Se producía un cambio permanente de balón. Las cabezas aún conservaban el estupor de la muerte en sus facciones, como una mueca detenida en el tiempo por el bálsamo aplicado por los sacerdotes antiguos. Pudo reconocer un busto con tremendo realismo, era su cabeza. Reconoció las facciones morenas y sanguinolentas de su rostro, rodaban separadas del cuerpo, eran golpeadas sin cesar por los divinos jugadores entre el júbilo del público y la pasión de los dioses que esperaban su turno con las botas calzadas. Le dolía la cabeza, le iba a estallar…
Y despertó.
Lo hizo bañado en sudor y en ansiedad.
Estaba solo.
El sol contemplaba el paisaje con ojos dorados. Los árboles lamían el aire con sus hojas de esmeralda. No se vislumbraban las hienas que le habían acompañado los días anteriores.
Cerca de Gamal había dos cantimploras. Eran de verdad. Todo había sido un terrible sueño y la realidad se abría paso ante sus ojos como un paisaje reconocible.
Se acercó hasta las cantimploras y cogió la primera. Bebió de su contenido y degustó el sabor cremoso de la leche. Cogió la segunda y paladeó el dulce néctar de la miel. Esta vez no había agua para la jornada. Pero lo más novedoso era que junto a las cantimploras había una azada y un serón con semillas. Metió la mano en el serón y cogió un puñado de granos de trigo. Los acarició en la palma de la mano y los volvió a dejar en el recipiente de esparto.
Reanudó su lento caminar hacia el este. Fueron posando las horas y se levantó una brisa persistente. El terreno iba mejorando y se multiplicaban los arbustos y los árboles. Estaba saliendo de las zonas áridas y acercándose hacia donde la cercana presencia del agua mejoraba la atmósfera y cambiaba el color del suelo. Y no eran espejismos. Podía tocar las acacias, las higueras, los tamariscos… A lo lejos, los sonidos que la brisa producía en los arboles parecían voces con extraños conjuros. Generaban en su mente sombras de personajes que corrían tras un balón sobre terrenos de arena.
Caminó durante toda la mañana recordando su periplo como árbitro y su trayectoria como ser humano. No sabía si habría superado las pruebas de los elementos, ni si merecía seguir vivo. Tampoco estaba seguro de que su camino hubiese llegado a un punto en el cual ya no tendría que afrontar nuevos retos. De lo que sí comenzaba a estar seguro, era que, si tenía la oportunidad, iba a procurar que a partir de ahora todo fuese diferente.
Después de subir una pequeña colina con las renovadas fuerzas que la leche y la miel le daban, Gamal vio a lo lejos la lengua azul del Nilo. Cerca de la ribera del río se abría un oasis de verdor, dentro del cual se atisbaban algunas construcciones de adobe y cañas. Recibió la nueva imagen con alegría y buen ánimo. Fijó sus ojos en lo que parecía una pequeña aldea con formas de vida tradicionales, en la que sus moradores debían vivir del cultivo de hortalizas y cereales, de la pesca en el río, y del cuidado del ganado. Y se dirigió hacia ella.
Conforme iba acercándose también fue distinguiendo con nitidez a algunos de los habitantes de la aldea. Los primeros que vio fueron un grupo de niños que estaban jugando entre las palmeras. Estaban practicando el fútbol, no cabía duda.
Los niños, al ver la silueta de Gamal llegando hasta ellos, se interesaron por la figura desgarbada y vestida de forma estrafalaria, que cargaba una azada, dos cantimploras y un serón. Dejaron de jugar y se dirigieron a su encuentro con la algarabía propia de la novedad. Nada más llegar a la altura del extraño forastero, le preguntaron que quién era y que de dónde venía.
El árbitro dijo que era un hombre que se había perdido y que venía de occidente.
Un niño que llevaba una pelota en la mano le volvió a preguntar:
—¿Cómo te llamas?
—No recuerdo mi nombre.
—¿Y hacia dónde vas?
—Aún no lo sé. He caminado hacia oriente desde hace días. Estoy contento de encontraros. Estoy muy cansado y necesito agua. Y si es posible un lugar donde descansar unos días.
El niño que llevaba la pelota le señaló una de las casas y le dijo que era la suya, que en ella vivía su madre, que era viuda y que ella le daría hospedaje a cambio de las semillas que seguramente llevaba en el serón. Después, mirando a los ojos a Gamal, con un brillo interrogativo y casi suplicante en su mirada, le dijo:
—Después de que hayas descansado… ¿Por qué no juegas con nosotros al fútbol? Como eres mayor, podrías arbitrar el partido y así evitar que nos peleemos cuando no estemos de acuerdo con alguna jugada determinada.
Al escuchar la invitación del niño, Gamal hizo un gesto de horror y le contestó de inmediato.
—No sé lo que es el fútbol. Ni lo que es un árbitro. Y mucho menos quiero aprender nada relacionado con ese juego de los demonios. Perdonadme mi ignorancia.
Luego se dirigió de nuevo al niño de la pelota.
—¿Y dices que aquella casa es la de tu madre?
El niño asintió mientras indicaba a los demás que volviesen al arenal situado entre las palmeras para continuar el juego.
Gamal respiró aliviado. Le parecía haberse sacudido el peso de una montaña de los hombros. Ajustó la azada a su espalda y el serón al brazo izquierdo. Levantó los ojos hacia el frente con valentía, orgulloso de su nueva identidad, y se dirigió con decisión hacia la casa.
Cuando apenas estaba a unos metros de la vivienda, salió de su interior una mujer que le había estado mirando con ojos ilusionados desde que su silueta apareció por el horizonte como un fantasma que regresa de un sueño. En su rostro reconoció la mirada de la escriba, la mujer que le había acompañado las noches anteriores. Una sensación de energía renovada y diferente recorrió todas las células de su cuerpo. Y presintió que había llegado al paraíso.


 FIN

NOVELA CORTA
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lunes, 10 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 9





9


Encontró a la escriba junto a la entrada de la tienda. Ésta le invitó a pasar. Gamal se acercó hasta ella, le faltaba oxígeno para respirar. No dijo ni una palabra, entró y respiró profundamente, como si estuviese exorcizando a todos los demonios que habían dominado su alma.
La mujer le ofreció alimento y Gamal se sentó en el suelo junto a la fuente de frutos secos, la hogaza de pan y el trozo de queso. Antes de probar bocado se abalanzó sobre la alfombra para coger la jarra de agua y bebió con ansiedad. Luego vertió un poco de agua en las manos. Las frotó y se humedeció el rostro con los ojos cerrados. Al abrirlos de nuevo comprobó que la escriba se había sentado frente a él, que la luz de las velas llenaba de cálidos amarillos la tienda y que el aroma del incienso penetraba en sus pulmones como una medicina reparadora. La mujer comenzó a hablar mientras Gamal mordía el pan y asía el trozo de queso con la mano que no utilizó para su higiene de campaña.
—En tiempos de Akenatón, bajo la luz esmerilada de las estrellas, nació un niño destinado a ser juez en la ciudad de Tebas. Aquel infante fue creciendo bajo la protección de Isis. Los sacerdotes que cuidaban del templo le instruyeron en los saberes de la naturaleza humana y de las extensiones divinas de los hombres.
»A lo largo de los años fue creciendo su conocimiento de las flaquezas y debilidades de los mortales y de la forma de impartir justicia para que el camino de la comunidad egipcia se fuese allanando hacia las estrellas, última morada de los hombres. Pero también fue creciendo en la misma medida su deseo de alcanzar mayor poder y notoriedad entre las élites.
»Cuando los sacerdotes consideraron que estaba preparado para ejercer su función sagrada, le llevaron ante el templo de Isis y consagraron su alma en una ceremonia rodeada del más excelso secretismo, y para la que tuvo que purificarse ayunando durante cinco días. Se hicieron las ofrendas de alimentos y de útiles sagrados, y se le impuso la tiara de lino y el collar dorado, que eran los abalorios que le permitían impartir justicia por delegación del faraón. Tan sólo en caso de duda razonable debía llevar los casos a la corte para que fuese el Dios sobre la tierra quien dictaminase.
»Conforme aumentaba su experiencia al juzgar a los infractores de las leyes impuestas por la tradición y la voluntad faraónica, crecía su sentimiento de infalibilidad y de grandeza. Y así sucedió hasta que llegó un momento determinante para su vida, el caso en que Himen, el juez de Tebas, vería como su destino trascendía la vulgaridad para adentrarse en otra dimensión aún desconocida para él.
»El sumo sacerdote del templo de Isis convocó a todos los ganaderos para que le llevasen su mejor toro para realizar un sacrificio a la diosa con motivo de la segunda luna de agosto. Se seleccionaría al mejor espécimen para ser castrado ante los ojos de la diosa y posteriormente sacrificado en honor a la misma para que ésta siguiera otorgando su benéfica protección a los sacerdotes del templo.
»Concluido el proceso, tras la última y definitiva elección, surgió un conflicto inesperado. Siset, un ganadero cuyo ejemplar no había pasado las primeras rondas de selección, pidió audiencia con el sumo sacerdote y denunció a Tosmet, el ganadero que había presentado al toro seleccionado finalmente para la sagrada ofrenda. Siset, mostrando una ira irreprimible por la injusticia que se estaba cometiendo, aseguró que el toro le había sido robado.
»El tema no era baladí, tenía su importancia. El dueño del toro seleccionado se vería beneficiado por una serie de privilegios que muy pocos de los siervos del faraón podrían haber soñado siquiera en la mejor de sus noches. Pertenecería por derecho a la corte durante toda su vida y por tanto gozaría de fortuna, fiestas y propiedades. Su vida estaría rodeada de lujos, placeres y caprichos. Por consiguiente, no se trataba tan sólo de averiguar la verdad, de castigar el delito, o de restablecer la propiedad al legítimo dueño, también se trataba de interpretar la justicia con las letras de la verdad y de adjudicar los honores que el azar había ofrecido a uno de aquellos humildes ganaderos.
»Planteado el conflicto en términos de justicia suprema, el caso se presentó ante el juez Himen. Éste, rodeado de su pátina dorada, escuchó a los encausados. Tosmet, el ganadero que había sido denunciado por el robo del animal, alegó en su defensa que para demostrar su propiedad sobre el animal, había una característica que nadie conocía: el toro sólo comía hierba durante los días soleados. Siset, el acusador, mantuvo su demanda diciendo que el animal era hijo de su mejor vaca y que la propia diosa Isis le había alimentado desde ternero.
»El juicio se fue calentando y el juez Himen se vio envuelto en una red de acusaciones de ida y vuelta entre los dos ganaderos. La alta dignidad les miraba impasible y escuchaba sus insultos y sus bravatas. Durante unos minutos estuvo intentando ver, en las acciones y en las miradas de los ganaderos, si había alguna señal que le aclarase quién era el verdadero dueño. No hubo nada determinante. Ante la duda tuvo una idea alentadora. Himen alzó la voz y con tono sereno dijo que se sometería al toro a una prueba en el plazo de tres días a contar desde la fecha y que después, vistos los resultados y con la ayuda de los dioses, dictaría sentencia.
»El día de la prueba el cielo estaba encapotado, las nubes cubrían todo el horizonte con su manto de gris bruma. El toro, hasta ese momento en custodia por los guardias, fue llevado hasta un lugar en el que el pasto era abundante. Allí se convocó a los dos ganaderos para que presenciasen la prueba. Tosmet, al ver el estado del cielo, estaba seguro de que el toro no comería y el tema quedaría resuelto. Siset, el ganadero demandante, llevó con él varios escudos muy bruñidos que portaban diez sirvientes junto con otras tantas antorchas encendidas. Al ser preguntado por el motivo de su singular aparición se limitó a decir que era para que el acto tuviese mayor solemnidad, y que con el debido respeto para el juez, se había permitido llevarlos para mostrar honor y gloria ante tan alta dignidad de la justicia.
»El juez Himen dio orden de que se le quitase el bozal al toro y se le dejase pastar libremente. En ese momento, Siset hizo una seña a sus sirvientes, y estos colocaron a la vez las antorchas delante de los escudos, produciendo un reflejo dorado que iluminó la zona donde se encontraba el toro. El animal caminó algunos pasos, giró la cabeza en varias ocasiones, quiso vislumbrar la inusual expectación de todos los que allí le observaban en silencio, y finalmente, olisqueó la hierba, y comenzó a morder los tallos más frescos. Un rumor de cuchicheos recorrió las filas de los asistentes a la prueba. Tosmet palideció y quiso desaparecer de inmediato.
»El juez Himen no advirtió lo sucedido con las antorchas y los escudos. Su elevada posición se lo impedía. Tampoco vio los movimientos posteriores, cuando los escudos y las antorchas fueron retirados de la posición que tenían, justo en el momento en que se anunció que la prueba había terminado.
»Himen estaba satisfecho. Entonces, se dirigió a los encausados y les hizo colocarse de rodillas ante él. Con voz muy altiva dijo que aquel toro había comido hierba en un día nublado y que, por tanto, no era cierto lo que aducía el demandado, Tosmet, y, por consiguiente, fallaba en favor del demandante, Siset. Continuó diciendo que castigaba a Tosmet, el ganadero que había presentado al toro no siendo suyo, con cien azotes por el intento de engaño, y con entregar todo su ganado, y todas sus propiedades al faraón, para sufragar los gastos del juicio. Del mismo modo premiaba con los beneficios de la corte al legítimo dueño, Siset, tanto para él como para sus descendientes, lo hacía así para resarcirle de su afrenta al serle robado el toro elegido para ofrecer a Isis.
»Posteriormente, el toro fue llevado a los corrales del templo hasta que llegase el día de la ofrenda. Durante los siguientes días el cielo siguió nublado y la luz del sol no se hizo notar. El ambiente era desapacible y lloviznaba en algunas ocasiones. El toro no comía nada. Le arrojaban hierbas frescas y los cereales mejor conservados pero el animal los dejaba en el mismo lugar en que caían. Y así, día a día, el toro seguía sin probar bocado. Los cuidadores advirtieron que había enfermado. Lo comunicaron al sumo sacerdote con gran pesar, y temiendo alguna suerte de represalias, añadieron que ellos no tenían nada que ver en los males que aquejaban al semental.
»Cuando el sacerdote comprobó el estado lamentable del toro, dijo que no servía para el sacrificio. Malhumorado y exhibiendo toda la energía que le propiciaba su posición ante el faraón, dio orden de que se investigase el asunto. Y de que se castigase al dueño del animal. Los guardias buscaron en la corte al ganadero Siset y le detuvieron. Éste, al conocer la causa de su arresto, dijo que el animal no era suyo, que era del otro ganadero, de Tosmet, que todo había sido fruto de una confusión. Que su demanda fue un error a consecuencia de que un sirviente le había engañado.
»El sumo sacerdote fue puntualmente informado y consideró que el juez Himen no había realizado bien su función, y en consecuencia, debía ser llevado ante el faraón para que éste considerara su destitución.
»La audiencia fue muy breve. El faraón asumió como fidedigna la versión de los hechos que le presentó el sumo sacerdote. El juez Himen intentó defenderse diciendo que había dictaminado según lo que había visto. Y el faraón no le eximió de culpabilidad, y le condenó a ser enterrado hasta la cabeza cerca de un termitero para que las voraces carnívoras de Nubia devorasen sus ojos.
Gamal se llevó las manos a la cara al escuchar estas últimas palabras de la escriba. La mujer esperó pacientemente un tiempo prudencial antes de formular su pregunta.
—¿Fue aquélla una decisión justa del faraón?
El árbitro estaba totalmente compungido. Había asociado el error del juez al error propio cometido en el partido España-Corea del Sur, cuando no dio por legal el gol de Morientes, al considerar que el balón conducido por Joaquín había salido del campo, sin que en realidad hubiese sido así.
Gamal, con voz quebrada, repitiendo en su mente las imágenes cruciales del partido, a la vez que imaginando al juez con la cabeza ensangrentada, y las cuencas de sus ojos llenas de termitas, dijo:
—Es de justicia que la verdad triunfe. Quien no sepa impartirla no es digno de erigirse en juez de nada.
Cuando la escriba escuchó aquellas palabras, expresadas, sin duda alguna, desde la sinceridad más absoluta, sus labios dibujaron una blanca sonrisa complaciente. Y le indicó con dulzura:
—Tu corazón ha resuelto el conflicto. Ahora puedes dormir. Tu destino ha de seguir su curso bajo las instrucciones de los dioses de nuestra civilización.
El hombre respiró con alivio y se recostó en el suelo. En pocos minutos estaba totalmente dormido.



CONTINUARÁ...

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sábado, 8 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 8









8

A la mañana siguiente, Gamal despertó acurrucado entre sus propios brazos. No había rastro de la jaima que le cobijó la noche anterior. Su cantimplora volvía a estar llena de agua. El sol ya estaba en lo alto del cielo. En el entorno vislumbró a la manada de hielas que parecía seguir su rumbo como si acechasen a una víctima de su propia osadía, alguien que tarde o temprano acabaría sucumbiendo.
El hombre inició de nuevo su camino en dirección hacia el sol naciente. El día era más caluroso que el anterior y pronto comenzó a notar la humedad que su sudor provocaba en una piel ya reseca por la intensidad de las últimas jornadas.
El cansancio hacía mella conforme iban pasando las horas. Ya no bastaba con reconocer las plantas y buscar analogismos entre las hojas de unas y de otras ya que cada vez eran menos frecuentes. Tampoco bastaba con intentar dar nombres nuevos a las tonalidades de la tierra o a las aristas de las rocas que encontraba a su paso. Ni era suficiente con advertir dónde y cuándo encontraba un lagarto, o una langosta, o un ciempiés. Nada era suficiente para que su mente no cejase de ir, una y otra vez, a beber de la fuente del cansancio.
El terreno se hacía cada vez más inhóspito. La temperatura aumentaba muy deprisa y el árbitro intentaba protegerse del sol colocando las manos sobre la frente. Iba contando las gotas de sudor que le resbalaban por la nariz y se desprendían desde la punta de la curva nasal como almas olvidadas e iban cayendo a un suelo que cada vez quemaba más.
Los roquedales sedientos se iban mezclando con otras zonas en las que pisar la arena se hacía casi insoportable. El calor sofocante le asfixiaba al igual que su sed, su dolor y sus remordimientos. Había bebido sin control a consecuencia de las altas temperaturas y ya no quedaba agua en su cantimplora. Sus ojos tenían la mirada lánguida de quien espera que se ejecute la sentencia porque ya hace tiempo que perdió la esperanza de salvarse. 
Pasado el mediodía, ya dentro de las horas soporíferas de la tarde, le era imposible continuar caminando. Se detuvo y buscó con la mirada alguna zona donde poder guarecerse. Estaba en una planicie desolada. No había vegetación, ni tan siquiera una roca grande que proyectase algo de sombra. Empezó a creer que había llegado a su final. Miró con amargura aquel paisaje casi desértico y se le ocurrió una idea para intentar descansar y confiar en la providencia. El suelo era muy arenoso y pensó en cavar un agujero y colocar parte de su ropa haciendo una pequeña loma que le diese sombra.
Se puso a cavar protegiéndose las manos con trozos de tela que arrancó de los pantalones. Cuando consideró que ya era suficiente, dispuso la chaqueta como falso techo del agujero y antes de introducirse en la oquedad arenosa, dirigió su mirada hacia el camino recorrido. A lo lejos vio caminar en su dirección al grupo de hienas. Iban a paso lento, con la mirada fija en la distancia. Vio su imagen reflejada en los ojos de los animales. Y se aterrorizó.
Comenzó a preguntarse cómo sería morir siendo devorado por las hienas. Y se cuestionó toda su vida hasta ese momento. Gran parte de ella había estado destinada a conseguir destacar como un gran árbitro. Había sublimado la mayoría de sus esfuerzos en una carrera hacia la fama y el dinero, escaso para el que ganan las estrellas del fútbol, pero muy abundante para lo que él había conocido en su vida de aldeano. ¿Realmente había tenido sentido? Sabía que había descuidado muchas otras cosas. Pero ahora ya no importaba nada. Iba a morir. Y la muerte le horrorizaba. No sabía si tendría la valentía suficiente para notar las dentelladas de las hienas mientras, aún con vida, fuese impotente para alejarlas del agujero en el que estaba y que podía ser su improvisada tumba.
Su mente se nublaba por momentos, la falta de agua en su organismo hacía que sus ojos resecos no percibieran con nitidez la luz. Apenas tenía energía para recordar alguna oración y poder rezar pidiendo clemencia para sus pecados. Se desmayó dentro del agujero excavado en la arena y perdió el conocimiento.
Así pasó varias horas. El sol cayó del cielo por el lado opuesto al que había salido y los colores del crepúsculo comenzaron a matizar la arena con una melancolía enlutada por los siglos. Su cuerpo notó que las temperaturas habían bajado. Su propio sudor le había guarecido de la deshidratación extrema. Su corazón había reducido los latidos al ritmo necesario para mantenerle con vida.
Despertó en medio de aquella soledad. Aún tenía en los oídos el zumbido silbante del viento, el mismo viento que seguía batiendo la arena, pero ahora con menor intensidad. Estaba solo y aislado en medio de ninguna parte. Completamente solo y sin esperanza. Era una soledad de alma y no de presencia física de otros seres. Que los había. Recordó la imagen de las hienas. Levantó la cabeza y las vio sentadas sobre sus patas traseras a menos de cincuenta metros de donde se encontraba. Su estómago gruñó como muestra de hambre y también de pavor. Tuvo que bajarse los pantalones y alejar de su interior las muestras del miedo. No pudo notar su desagradable olor porque su mente y sus ojos estaban centrados en las hienas. Un puñado de arena hirviente le sirvió de higiene para su esfínter.
Las alimañas del desierto no se lanzaban a por su presa. Esperaban tranquilamente. Entonces giró su cabeza hacia el este y, alumbrada por las últimas luces del crepúsculo y unas pequeñas lenguas de fuego, divisó a unos cien metros de dónde se encontraba, una jaima igual a la que le había proporcionado refugio la noche anterior.

Se dio cuenta de que en todo el día no había pensado en la enigmática figura de la escriba. Recordó que era inusual que un escriba fuese mujer. A lo largo de los siglos, el conocimiento y la cultura habían estado reservados a los hombres. ¿Cómo era posible que una mujer, además de cumplir con su función de proveer alimento al hombre, tuviese los conocimientos que le había demostrado la noche anterior? Pero no quiso detenerse a pensar más, ni quiso creer que la presencia femenina fuese consecuencia de algún oculto embrujo. Las hienas estaban allí, donde muere el crepúsculo, esperándole, y él, con las pocas fuerzas que le quedaban iba a correr hacia la jaima implorando auxilio.

CONTINUARÁ...

NOVELA CORTA
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miércoles, 5 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta).Parte 7





7

Gamal se atragantó con el bocado que masticaba al oír la funesta advertencia de la escriba. Y se dispuso a escuchar.
—Hace varios siglos, cerca del lugar donde estamos ahora, había dos aldeas que estaban una a cada uno de los lados del Nilo. La aldea situada en la margen derecha se llamaba Nadir y la de la margen izquierda Ibz. Cada una de ellas poseía una gran colmena de abejas. Las colmenas estaban situadas en las riberas del río, dentro de las zonas donde crecían numerosas plantas, árboles y hierbas con flores aromáticas. Había abundantes flores que las abejas libaban para producir el dulce alimento que conocemos como miel.
»El devenir de las aldeas era observado desde sus altares estelares por los Dioses Amón y Hathor. Las divinidades veían con curiosidad cómo los habitantes de esas pequeñas poblaciones intentaban conseguir la mayor cantidad posible de miel para asegurar parte del sustento de sus familias. Para ello no renunciaban a nada. Incluso había grupos de jóvenes que se arriesgaban a cruzar el río en viejos bajeles para robar algún panel de las colmenas de la aldea vecina. Aquellos asaltos creaban una enemistad permanente entre los pueblos.
»Los dioses decidieron elegir cada uno a un pueblo y establecer una competición que resolvería el problema. Dispusieron las reglas que tendría el juego. Fijaron el tiempo que duraría la competencia en dos estaciones. Y acordaron que el premio para el dios ganador sería reinar durante una década en todo Egipto, mientras que el dios derrotado vería como todos los habitantes de su aldea perecían a causa de una enorme plaga de hormigas rojas del desierto.
»Amón, divinidad del aire, dios tebano de piel rojiza y azul que a veces aparecía en forma de animal con cabeza de carnero llevando un tocado con plumas y un disco solar en la base, estaba satisfecho con el desafío. Sabía que al poseer una influencia tan decisiva sobre el aire, haría posible que las abejas de su aldea viajaran con mayor velocidad, y por el contrario, intentaría oponer un aire adverso al vuelo de las abejas competidoras. Las mismas ventajas y dificultades serían también para los habitantes de cada una de las aldeas contrincantes. Durante varias jornadas, Amón estuvo preparando a los habitantes de Nadir, la aldea de la margen derecha, para partir con ventaja en el juego.
»Desde el otro trono estelar, Hathor, divinidad cósmica, diosa del amor y la danza, diosa de las artes por excelencia, preparaba su estrategia para la aldea de la margen izquierda. Los habitantes de Ibz notaban la presencia permanente de la diosa, que aparecía como una vaca con cuernos que sujetan un disco solar. Hathor era muy respetada por todos. Como diosa madre producía el alimento y daba vida al árbol celestial.
»Ambos dioses hicieron una selección entre los habitantes de cada una de sus aldeas. Fueron eligiendo a los jóvenes más osados y a los ancianos más sabios. Había que hacer compatibles fuerza y habilidad, también inteligencia y sabiduría en el cuidado de las abejas.
»Y comenzó el juego.
»Durante las primeras lunas la competición fue muy pareja. Las cantidades de miel obtenida de cada colmenar eran similares. Y la calidad del alimento era muy parecida. Apenas había diferencias en el producto del trabajo aunque sí las había en la forma de obtenerlo. La actividad era frenética en el entorno de las aldeas.
»Todas las noches se reunían los viejos de cada aldea para dialogar sobre la forma de aumentar el rendimiento de las abejas. También discutían sobre la forma de dificultar la producción de la aldea enemiga. En ambos lados de la contienda se crearon especialistas en la defensa de las colmenas y comandos encargados de asaltar las colmenas del adversario.
»Los dioses disfrutaban con la competición. Discutían con pasión sobre las aptitudes de cada cual o las miserias humanas que demostraban frecuentemente. Algunos de los seleccionados de cada bando se creían con más derechos que otros, se sentían señalados por los dioses y menospreciaban a otros con toda clase de insultos.  Los ancianos de cada comunidad tenían que solucionar todos los problemas que ocasionaban los egoísmos y las envidias que se suscitaban entre los jóvenes. Los problemas aumentaban cuando había por medio algunas miradas sugerentes de las mujeres en edad de merecer.
»Los habitantes de Nadir, que como ya te he dicho, era la aldea de la margen derecha del Nilo, y estaba apadrinada por Amón, dios del aire, hizo crecer muchas plantas de romero, irrigó los terrenos de arbolado y esperó pacientemente a la floración de sus naranjos para que el azahar hiciese aumentar la producción de sus abejas.
»Los que vivían en la aldea de la margen izquierda, los jóvenes y viejos de Ibz, cuya protectora era Hathor, además de cuidar todas las plantas que de forma natural crecían en las riberas del río, sembraron trigo y cebada para que la mayor producción se concentrase en el tiempo de floración de los cereales que luego servirían de alimento para el pueblo y para el ganado.
»Siguieron pasando las lunas y concluyó el tiempo de la primera estación. Los dioses comprobaron el estado de sus aldeas y convinieron que estaban en igualdad. Cada uno retiró de sus equipos a los más cansados y los sustituyó por otros que habían mostrado ganas de colaborar.
»Pasaron las jornadas entre esfuerzos y estrategias sin que ninguna de las aldeas lograse destacar en la cantidad de miel obtenida. El tiempo de la segunda estación iba llegando a su final. Mientras tanto, a muchísimas jornadas de distancia, allí donde el Nilo bebe de sus fuentes, habían comenzado las lluvias de temporada antes de lo previsto por las predicciones obtenidas en los sacrificios realizados por el faraón. El río bajaba con mayor caudal y comenzaron a inundarse algunas zonas de las riberas. Aunque la gran crecida no se esperaba aún, todo hacía indicar, que el proceso por el cual se purificaban las tierras de Egipto, se había iniciado.
»Las colmenas estaban en lugares relativamente elevados para el nivel normal del río, a salvo de las crecidas de los últimos años. No obstante algunos ancianos se preocuparon de que la impredecible cantidad de aguas del río pudiese afectar a sus colmenas. La aldea de Nadir confió en la tradición y en que durante los últimos años las aguas no habían subido hasta sus colmenas. La aldea de la izquierda, Ibz, creyó conveniente levantar un muro de sacos de tierra alrededor de la zona donde estaban sus colmenas.
»Cada día se vigilaba cuánto subía el nivel del agua y se comparaba con las anotaciones obtenidas en crecidas anteriores. Se hacían cálculos y ofrendas a los dioses para que permaneciesen a la expectativa por si se tenía que recurrir a su magnanimidad.
»Cuando llegó la gran crecida era plena noche. Los aldeanos dormían y los dioses estaban distraídos con otra clase de juegos, algunos de ellos poco moralizantes pero de gran disfrute. Antes de dejarse llevar por el frenesí, Amón y Hathor habían convenido que a la mañana siguiente darían por terminado el juego, medirían los rendimientos de cada colmena y proclamarían vencedor al que más cantidad de miel tuviese. Procederían tal y como establecieron al principio.
»Y sucedió lo imprevisto. Lo que nadie esperaba, ni tan siquiera había soñado que pudiese ocurrir.
»Un enorme cocodrilo, que había seguido la inercia de las aguas, olió los animales de la aldea de Ibz y se dirigió hacia donde el olfato le indicaba. Excitado por la cercanía de sus presas y por la voracidad del hambre que habían provocado varios días sin comer, se movió con energía entre las aguas revueltas y los cañaverales hasta llegar al muro de sacos terreros. La misma energía que ansiaba sentir la sangre dentro de sus enormes fauces fue la que, de varios golpes, ocasionó el derribo de los sacos, dejando una brecha abierta por la que pronto comenzó a penetrar el agua.
»La gran crecida llegó en las horas siguientes. Fue la mayor que había habido en la última década. La desproporcionada cantidad de agua que el Nilo trajo, anegó por completo las colmenas de Ibz, ahogando a las abejas, y arrastrando los productos de su trabajo hasta un lodazal cercano, donde se hundieron para siempre. Sin embargo las colmenas de Nadir apenas se vieron afectadas.
»Cuando se levantó el sol los aldeanos desperezaron y comprobaron la dimensión de la crecida. Los dioses también vieron lo que había sucedido. Amón se proclamó vencedor. Y reclamó a Hathor el precio de su derrota. Por tanto Amón debía reinar durante las próximas estaciones en todo Egipto y Hathor vería impotente cómo las hormigas rojas del desierto iban llegando a cientos de millones hasta la aldea y devoraban, uno a uno, a todos sus habitantes. En pocos días la aldea de Ibz quedó totalmente en silencio, fue arrasada por la voracidad de las hormigas. Los esqueletos de los hombres y mujeres que antes soñaban con alcanzar una vida mejor, eran ahora el refugio de las ratas y los nidos de las serpientes.
La escriba concluyó su relato marcando el tono de sus palabras con un aura de misterio. Sus ojos negros miraban fijamente la expresión de Gamal. La mujer hizo un breve silencio y casi sin dar tiempo para que el árbitro procesara en su mente todo lo que le había contado, alzó la voz y le preguntó:
—¿Consideras justo el resultado?
El hombre se mantuvo durante unos minutos callado. La amenaza de que su vida dependía de su atención le había mantenido con los cinco sentidos en cada una de las palabras que la escriba había pronunciado. No esperaba un interrogatorio sobre la valoración de su contenido, sino más bien, un ejercicio de su memoria sobre detalles del texto.
Al cabo de unos minutos de profunda meditación, Gamal dijo:
—Hay dos factores que han influido en el resultado y que no estaban en las reglas del juego. El primer factor es la inusual crecida del Nilo, su intensidad no estaba prefijada. El segundo y más esencial, fue la actuación del cocodrilo. Nadie contaba con la decisión privada del animal, una decisión motivada por cuestiones, meramente individuales. La decisión del reptil alteró considerablemente el resultado del juego. ¿Qué hubiese pasado si el cocodrilo no rompe la barrera de sacos? No lo sabemos. Pero es posible que el agua no hubiese inundado las colmenas de Ibz y por tanto la diosa Hathor no tenía por qué ver a sus aldeanos siendo víctimas de la adversidad.
—Ya, pero ésa no es la cuestión. La pregunta es si consideras justo el resultado de que la aldea de Nadir, y por consiguiente el dios Amón, ganasen el juego.
—Eran quienes más miel tenían, ¿No?
—Sigues sin contestar.
Al árbitro le corrían chorros de sudor por la frente. No se atrevía a ser más concreto. Un tremendo escalofrío le recorrió la espalda como si de un latigazo se tratase. La temperatura había bajado ostensiblemente. Dentro de la jaima hacía mucho frío. Gamal temblaba tanto como las velas que daban luz a las dos imágenes de Amón y de Hathor. Los dioses presidían la estancia en la que apenas quedaban  algunos restos de la comida que había servido la escriba. En el ambiente se respiraba un intenso olor a incienso y otros aromatizantes, esencias que ardían en tres bandejas colocadas en un triángulo que dejaba a la escriba en el centro.
—Lo más justo hubiese sido repetir el juego en las estaciones siguientes —se atrevió a decir Gamal con una voz dubitativa e implorante.
La escriba le miró con cierta benevolencia y le dijo:
—Esta noche podrás dormir tranquilo. Acuéstate en el suelo, que tu cuerpo sienta de cerca el poder de la tierra, serénate y presta oído a las vibraciones del planeta.



CONTINUARÁ...

NOVELA CORTA
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