jueves, 10 de noviembre de 2016

EL FUNERAL DE WALT




EL FUNERAL DE WALT

Siempre me ha asustado la muerte, por eso cuando mi jefe de sección en Globo News me mandó a cubrir la noticia del funeral de Walt en el Forest Lawn Memorial Park Cementery, sentí una oculta repulsión. Para intentar superarla me acogí a una idea que me había rondado la cabeza durante mucho tiempo.
Yo tenía la impresión de ser un profano en la materia. Me lo confirmó la lectura de un escrito sobre ciencia y tecnología de la vida que advertía del hecho siguiente: «quien no tiene padrinos no se bautiza». La frase estaba impresa en un folleto explicativo del evento al que asistía. En aquel momento pensé que sin padrinos, sin benefactores que abran caminos, uno puede que tenga la sensación de no poder ir a ninguna parte, de permanecer siempre en el lugar de origen, ese rincón donde quedan los humanos sin ningún tipo de ambiciones.
—¿Una taza de té?
—Sí, gracias —contesté a la azafata, que con su amable ofrecimiento me distrajo momentáneamente de mis pensamientos.
En la sala había mucha gente. Eran personas de todo tipo y condición, pero abundaban las de aspecto adinerado. Estas mostraban ante las otras sus poses altivas, distantes, un donaire insultante que marcaba las diferencias. Resultaba interesante observar las expresiones de sus rostros. Un cronista mal informado habría descrito aquel acto como un funeral convencional. No lo era. Poseía unos matices especiales, algo que solo conocían algunos privilegiados. Aunque casi todos celebraban una fiesta de despedida «por un tiempo» del personaje al que veneraban.
Detrás de una vitrina cúbica se exponía un tubo cilíndrico de tres metros de alto por un metro de diámetro. El cilindro estaba conectado mediante unos cables a un cuadro metálico salpicado de luces de colores. Tenía el aspecto de una atracción de feria de los años ochenta. Sin embargo, estábamos ante uno de los centros de más avanzada tecnología y aquel cilindro era el depósito que contenía el cuerpo criogenizado de Walt, es decir, conservado a baja temperatura para ser reanimado en el futuro.
En uno de los laterales de la sala, habilitado ex proceso para el acto, sobre una mesa cubierta con un tejido de color rojo bermellón, había un libro blanco en el que los asistentes que lo desearan, podrían anotar sus datos personales, dirección y oferta económica, para optar al sorteo del ADN del cuerpo de Walt.
Los albaceas «por un tiempo» de Walt, habían previsto que lo más oportuno era sortear una sola porción del ADN previamente tratado para que pudiese ser utilizado en la clonación de un nuevo Walt. El resto de las muestras obtenidas se venderían en porciones a los mejores postores.
La aureola mediática de Walt, que los padrinos habían publicitado como un ser excepcional, había provocado una codicia sin precedentes. Sus parientes más próximos refunfuñaban presos del mal humor, ya que no iban a ser ellos los que administraran la fortuna que se estaba generando. No tenían opción a la herencia. Walt no estaba legalmente muerto. Tras un tiempo, Walt volvería a la vida y podría disfrutar de las rentas obtenidas. Así lo habían manifestado los promotores del proyecto. El viejo Walt, al fin, había conseguido unos padrinos que le llevasen al éxito eterno, unos mecenas que le salvasen del ostracismo.
Mientras tomaba unas notas, percibí la mirada de dos jóvenes ejecutivos que me estaban observando con interés. Uno de ellos, tras charlar con su compañero, se acercó hasta mí y me dijo:
—Está usted de enhorabuena. Antes de que se produzca el sorteo del ADN, elegimos a un asistente para ofrecerle el mismo destino que a Walt. Y usted reúne las condiciones.
Sin más, me puso sobre la mesa unos papeles.
—Firme este contrato y dentro de «un tiempo» será el hombre más rico del mundo.
Sorprendido, me puse a leer el documento, en el que, con letras grandes, se explicaba todo el proceso de criogenización, la operación de marketing que harían con mi persona y una estimación de la fortuna que obtendría. La cifra era mareante. Al final del documento había un apéndice en letra muy pequeña con el título de cláusulas complementarias. Me puse las gafas y con mucho esfuerzo pude entender lo que decía: «en el imprevisible caso de fallo en el proceso de reanimación, quien dispondrá legalmente de la renta generada, será la empresa PADRINOS ETERNOS, manifestando el contratante en este acto su renuncia a todos sus derechos y a los de sus herederos. La cápsula se mantendrá conectada indefinidamente. Por tanto, la muerte como tal, no se contempla».
Levanté los ojos y sonreí amablemente a mi oferente. Le dije que prefería seguir con mi vida anodina y esperar una muerte segura mientras afrontaba lo que me deparase mi existencia. Frunció el ceño y se marchó sin decir nada.
Por un momento dudé si había hecho bien, si había rechazado la oportunidad de mi vida, tener unos padrinos, conseguir el éxito y seguir viviendo de las rentas, como había soñado muchas veces. Pero había visto con claridad algo que hasta entonces no sabía: el éxito genera una renta que siempre cobran los padrinos. Además, y si mi personalidad, mi memoria y mis sentimientos, mi alma, en definitiva, no está almacenada en la química cerebral… ¿Quién sería yo si el proceso no resultase ser un engaño?

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Mariano Valverde Ruiz ©