viernes, 30 de septiembre de 2016

LAS TRES ESQUINAS DE LAS ALAMEDAS





LAS TRES ESQUINAS DE LAS ALAMEDAS


Una vez me dijeron que el amor era el sentimiento más irracional que existe. Entonces no creí lo que ahora comprendo aunque sea demasiado tarde para evitar sus consecuencias. He vivido los últimos diecinueve años de mi vida en Londres, alejada de mi ciudad por una decisión que tomé durante la feria de 1997. Esta tercera semana de septiembre de 2016 he vuelto a Lorca arrastrada por un impulso, quiero intentar entender por qué hice lo que hice.
Ayer domingo, cuando pasaban las seis de la tarde y mientras en las plazas del centro de la ciudad la gente se divertía al ritmo de la música, yo me encaminé hacia el lugar donde viví una situación extrema. Bajé caminando por la Alameda de la Constitución a la vez que recordaba las palabras con que Carlos, aquella noche de 1997, me había declarado su amor. «Tú serás la fuente de la que beba el resto de mis días. A ella regresaré cada día después del trabajo para nutrirme y para cuidar su belleza». En aquel momento me sentí confundida. A lo largo de los dos últimos años siempre habíamos estado a la greña, cada uno éramos el objetivo de las bromas y las travesuras del otro. Recuerdo que una vez le puse pegamento en la correa de los pantalones y le hice que bebiera varias cervezas mientras, con los ojos tapados, tenía que averiguar quién de las amigas le tocaba. El problema le vino cuando las cervezas hicieron efecto. ¡Cómo nos reímos! Claro que días después él se vengó rociándome el pelo con un espray de color rojo. No me hizo ninguna gracia.
Después de cruzar las vías del tren me empezó a cambiar el ánimo. Una extraña tristeza se apoderó de mí. Recuerdo aquel día como si fuera hoy. Tenía entonces 23 años, acababa de terminar mi licenciatura en periodismo con muy buenas notas y había cursado varias solicitudes de trabajo. Estaba en un momento en el que se abrían ante mí ilusionantes posibilidades para hacerme un hueco en un mundo dominado por los hombres, pero que cada vez reclamaba con más fuerza la visión femenina de las cosas. Durante el último año de estudios en la facultad, había conocido a Mario, un joven apuesto, de familia adinerada que me traía loca. Había vivido con él apasionados escarceos amorosos, pero nunca me había dicho que me quería. Aquella tarde me había llamado a casa y me había anunciado que me iba a dar una sorpresa y que le esperara en las Alamedas.
Carlos y Mario se habían conocido durante el verano. Yo había notado la tensión que existía entre ambos, la achacaba a esas cosas de los hombres por hacerse los machitos y los valientes. No le di más importancia. Cuando Carlos se me declaró comprendí el recelo que se tenían. Aquella noche me mostré un tanto distante con él. No comprendí el porqué de su arrebato y le pedí que me diese tiempo. En mi mente estaban los brazos y el vigor de Mario. Sin embargo sentía algo especial por Carlos, aunque no lo conociese íntimamente y su futuro fuese más incierto, había un lazo invisible que nos unía desde hacía años. Yo nunca lo había admitido.
Ayer noté en las vibraciones del paisaje lo que entonces no vi. Cuando llegué a la confluencia de la Alameda de la Constitución con la Alameda del Corregidor Lapuente, me senté en un banco cara al camino que me había llevado hasta allí. Aunque algo cambiado, el paisaje conservaba gran parte de la vegetación plantada en su origen: olmos, cipreses de Monterrey, álamos negros y blancos, jacarandas, adelfas, rosales, yucas, madroños… Intenté imaginar cómo sería aquel espacio cuando Joseph Towsend los comparó con los paseos de Oxford y habló de su hermosura y de los trigales que había junto a ellos. Y entonces supe que tenía que haber seguido el instinto de la naturaleza.
Mi mente regresó a lo ocurrido en aquel mismo lugar diecinueve años atrás. Allí me estaba esperando Mario con un enorme ramo de rosas. Cuando llegué se puso de rodillas y me pidió que me casara con él. Sorprendida y emocionada no me di cuenta que por la parte izquierda de la Alameda del Corregidor Lapuente se acercaba Carlos, que había estado en mi casa y le habían dicho que me había dirigido allí. No me dio tiempo a contestar a Mario porque Carlos se abalanzó sobre él y le dijo que cómo se atrevía a pedirme matrimonio, que yo nunca sería feliz con él. Mario se levantó, fue hacia él, le empujó y le dijo que se marchara. Le amenazó y ambos se enzarzaron en una terrible pelea. Yo me eché a llorar mientras les suplicaba que se detuvieran. Y les grité que no sería de ninguno. Me fui corriendo a casa totalmente fuera de mí.
Aquella noche opté por huir. Estaba atrapada en una situación a la que no veía salida. Y pensé que la distancia aclararía las cosas. Mientras estaba en las Alamedas, habían llamado desde The Daily Telegraph para ofrecerme un contrato de becaria. Pensé que era lo mejor. A mí me haría ver con claridad y si alguno me quería tanto como decía, me buscaría hasta convencerme de que fuese a él a quien eligiera.
Hoy, sentada en el mismo lugar, siento una decepción intensa. Tengo un buen trabajo pero sigo soltera. Ha habido otros hombres, naturalmente, aunque de ninguno guardo señales profundas en mi alma. Sin embargo, sí hay uno que ha vuelto muchas veces a mi mente. A pesar de que nunca me buscara.
Me gustaría encontrarle para ver qué ha sido de su vida. Miro la nueva fuente que hay cerca de donde antiguamente estaba el quiosco del “Melones”. Me acerco para contemplar una especie de gran sol que hay en su parte superior. Y entonces me doy cuenta de un gravado en forma de corazón con dos iniciales y diecinueve muescas. Las iniciales son una E y una C. Curiosamente podrían ser Elena y Carlos… y las muescas… diecinueve años… El corazón me da un vuelco. Y entonces, mientras el pulso se me dispara recuerdo su frase: «Tú serás la fuente de la que beba el resto de mis días. A ella regresaré cada día después del trabajo…»
Por eso, hoy he vuelto. Quizá dos de aquellas tres esquinas se unan en la fuente. Ayer era domingo. Hoy es día de trabajo. Y tal vez… por esta fuente corra el agua que nunca debí dejar sin cauce.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©