domingo, 10 de julio de 2016

LA MAESTRA DE EL TORNO






LA MAESTRA DE EL TORNO

El fotógrafo nos ha ordenado que nos quedemos quietas y aquí estoy, junto a mis alumnas, con las espaldas hacia el muro, esperando el momento exacto en que nuestras imágenes queden detenidas en el tiempo para siempre.
Ellas lo saben, es su instante de eternidad, de gloria. Miran con extrañeza hacia el objetivo que les apunta con un haz invisible de luz enigmática. No son conscientes de que también están de espaldas al muro de piedras desgastadas y mohosas que hace pocos años cobijaba las balas de la barbarie. Y ese muro enmarca hoy sus inocencias, sus incoloras tristezas, los cuerpos que crecen hacia un futuro incierto y resignado. ¿Si pudiera conseguir cambiar su rumbo? ¿Si pudiera sembrar en ellas una brizna de rebeldía, una actitud beligerante contra el sometimiento y el papel que la educación de posguerra dicta para la mujer? ¿Si pudiera…?
La guerra, las trincheras, los bombardeos y las violaciones, terminaron hace pocos años, pero ahora la oscuridad es aún más completa, se adhiere a mi garganta con el frío del aire de la sierra. No quiero que mis niñas sepan que puedo sentirme más triste que ellas. Se lo debo. Yo no me resigno. No tengo más medios que mi palabra, mi fortaleza, mi cariño… Debo extraer de sus ojos esa tristeza segregada que les aísla del camino hacia la felicidad. Debo enseñarles las letras, los números, las cuatro reglas… ¿Si pudiera enseñarles a ser libres, a mantener una lucha silenciosa contra la sombra gris de estos años cuarenta?
El fotógrafo vuelve a decir que nos quedemos quietas, y su voz imperativa hiela la sangre, se une al miedo con un hilo de escarcha. Siento las respiraciones contenidas de mis alumnas como si su vida se detuviera en este instante. Su horizonte es limitado, igual que el gris de los perdedores, queda atrapado en las aulas del régimen. Y no quiero renunciar a una morada digna, a un espacio de igualdad que tenga los colores de este valle. Tal vez pueda revestirme con una piel de castaña y dejar entre las piedras de ese muro que nos contempla, la semilla de una mujer nueva. Algún día, esa semilla será un árbol que dé sombra a nuevos hombres. Y tal vez, el brillo de las aguas del Jerte se lleve la tristeza de estas laderas hasta un pantano sin compuertas: el de la esperanza. Contengo la respiración y sonrío. Ellas aún no pueden seguirme. Pero lo harán.         

MARIANO VALVERDE RUIZ ©