miércoles, 15 de junio de 2016

RAPSODIA EN EL PALACIO DE GUEVARA










La tarde del mayo lorquino otorgaba a la luz el carácter de la belleza. En el patio del Palacio de Guevara, un grupo de jazz interpretaba una versión actualizada de Rhapsody in blue haciendo que las notas de Gershwin hechizaran con su magia a los invitados al concierto. Virginia escuchaba los acordes del piano mientras otra música la transportaba quince días atrás, a la noche en que discutió acaloradamente con Antonio. Desde entonces no lo había visto. Le habían dicho que había viajado hasta Nueva York y que no sabían si regresaría en unos años. Sus amigas habían conseguido que asistiera al concierto con la esperanza de sacarla de la tristeza que se había convertido en tónica general de su estado de ánimo. Ella había accedido por no desairarlas.
Virginia se preguntaba dónde estaba el límite de sus sentimientos. Se reprochaba una y otra vez haber dicho a Antonio que ya no le quería, cuando en realidad no era cierto. Los celos la habían obnubilado. Un rictus de malhumor afloró a su rostro como una bofetada de rencor al ver cerca a Carmen. Ella había sido el detonante de su ira contra Antonio. Le reprochó que la mirara, que le sonriera, que bromeara con ella. En su mente lo imaginaba abrazándola, besándola, haciéndole el amor… Y su sangre se convirtió en un reguero de espinas punzantes que la desestabilizó, que sacó de ella todo lo peor. Ya era tarde para arrepentirse.
La relación con Antonio duraba ya más de dos años. Un tiempo que había posibilitado que toda la naturaleza del joven se convirtiera en un bien necesario para la vida de Virginia. Sin embargo, no estaba segura de él, conocía bien a Carmen, era capaz de seducir al hombre más frío por tal de apuntarse un tanto y hacer una marca de su pintalabios en la piel como señal de victoria. Sus devaneos la ponían muy nerviosa y Antonio no parecía darse cuenta de que le hacía mucho daño.
Virginia levantó los ojos hacia el azul del cielo mientras la rapsodia seguía jugando con el sonido de las notas entre las arcadas del patio. Hubiera deseado tener en ese momento cerca a Antonio para pedirle perdón, para decirle que no sentía todo lo que le dijo. Pero ya era demasiado tarde. Quizá se hubiese cansado de ella y por eso había huido a Nueva York buscando el beneficio del olvido. Las trompetas elevaban el tono de las notas y armonizaban con los violines cuando, allá arriba, se escuchó el lento tableteo de una avioneta. Entonces decidió que ya no aguantaba más, cogería el primer avión e iría a buscarle y le suplicaría que volviese con ella.
Algunas personas comenzaron a elevar sus ojos hacia el cielo con gestos de sorpresa. Virginia hizo lo mismo. Una figura iba creciendo bajo un paracaídas que tejía el aire y que parecía llevar un lienzo azul asido al pecho. La atención de todos se centró en el paracaidista. Carmen se acercó hasta Virginia con una amplia sonrisa y le dijo al oído que había llegado el momento para el que había pedido a sus amigas que la llevasen al concierto. Virginia fijó su mirada en la figura descendente hasta que desapareció por su derecha, mantuvo la mirada y en apenas dos segundos, la figura volvió a aparecer, esta vez en dirección contraria mientras tiraba de los hilos para dirigir el paracaídas hacia el centro del patio. La gente se apartó y el hombre tomó tierra, se liberó del paracaídas, se quitó las gafas con las que protegía parte de su rostro… y entonces le reconoció: era Antonio.
Antonio no le dejó tiempo para que reaccionara de su sorpresa. Se acercó hasta ella entre el murmullo de los asistentes. Extendió el paño azul que llevaba asido al pecho y en cuya esquina figuraba el anagrama de la Brigada Paracaidista donde había pasado los últimos quince días adiestrándose para hacer el salto más peligroso de su vida: renunciar a cualquier mujer que no fuese Virginia. Se detuvo a tan solo unos centímetros de ella, la envolvió en el lienzo azul y le dijo con voz firme y segura: «Éste es el trozo de cielo que he robado para ti. Cúbreme con él para toda la vida porque ni el miedo a la muerte me impedirá hacer la mayor locura imaginable si así te convences de que soy solo para ti». No pudo continuar, los labios de Virginia taparon su boca con una luna de fresa.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©