sábado, 12 de diciembre de 2015

EL CORAZÓN DEL TITANIC






EL CORAZÓN DEL TITANIC

Lo besó con toda su alma.
Nadie lo vio entre las gélidas aguas. Nadie lo percibió en medio de la oscuridad de la noche, los gritos de pánico y el silencio estremecedor de las estrellas. Nadie lo podía ver mientras luchaba por salvarse de una muerte segura. ¿Qué importaba algo tan pequeño cuando se iba a perder todo?
Aquel objeto minúsculo e intrascendente sólo tenía sentido para una persona, la que minutos antes le había entregado el calor de sus labios. Y ella ya no estaba flotando sobre el océano Atlántico, su tiempo se había detenido cuando en algún reloj de Terranova pasaban las tres de la madrugada del día quince de abril de 1912.
Nadie, por tanto, vio cómo el corazón de madera era llevado por las aguas hacia el olvido, nadie siguió su estela cuando se alejaba del lugar de la tragedia igual que una brizna impulsada por las olas, nadie supo que viajaba hacia la inmensidad del universo.
Bárbara lo había llevado entre sus manos hasta el instante en el que el mar se la tragó para siempre. Cuando se dio cuenta de lo que sucedía supo que ya no llegaría a su destino. Desde que recibió la noticia de que Nathan había fallecido en Nueva York durante un viaje de negocios, quiso llevar el símbolo de su amor para dejarlo en su tumba. El primer viaje del Titanic era su oportunidad y se embarcó en Southampton rota por la tristeza, pero con la esperanza de poder decir el último adiós a la persona con quien había compartido casi toda su vida.
Apenas tenía doce años cuando Nathan, que cumplía catorce ese día, le dio el primer beso. Ambos decidieron plantar un árbol en el jardín de la casa de los padres de Bárbara para recordar aquel momento. Igual que su amor, el árbol creció y años después, el día de su boda, Nathan le regaló un corazón que había tallado con un trozo de una rama de aquel árbol. Desde entonces lo había llevado siempre con ella.
Los últimos instantes fueron tan intensos como toda su vida. Recordó todas las adversidades que tuvieron que vencer juntos. También la felicidad que le regaló su experiencia junto a Nathan, y las razones que les hicieron comprender que cada día debían entregarse el uno al otro para ser algo más que ellos mismos. Sintió la intensidad del cariño que compartieron con los suyos. Y con la última imagen del corazón de madera en los ojos, se precipitó en la garganta gélida del Atlántico. Poco después sus manos perderían la fuerza con que sujetaban el emblema de su razón de ser.
Ahora, el minúsculo corazón navega por el océano como tributo a su amor. En su madera duerme el calor del beso con que Bárbara abrigará del frío eterno a Nathan, cuando le encuentre en algún lugar de las estrellas.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©