lunes, 5 de octubre de 2015

UN CUENTO PARA IRENE








UN CUENTO PARA IRENE


Malena vivía en Utopía, un lejano planeta metálico, perdido en el cielo. Era una niña preciosa, de ojos muy vivos y cabello azafranado, que siempre estaba mirando hacia las estrellas. Su sueño era volar, viajar hasta la Tierra, un pequeño planeta que había conocido en las páginas de las miles de enciclopedias de su colegio. La curiosidad le había hecho seguir investigando sobre las maravillas que había leído y que sus profesores le habían confirmado. Por eso, cada noche antes de dormir, deseaba que le creciesen alas para surcar el espacio.
La princesa de Utopía soñaba a veces con tener unas enormes alas de color plateado, suaves y flexibles como el algodón, que le permitiesen moverse a su antojo. Cuando despertaba iba corriendo hasta el espejo de su cuarto, se miraba con la esperanza de ver asomar por encima de sus hombros las puntas de esas alas milagrosas que la llevarían a través de las nubes hasta el lejano planeta Tierra. Pero nunca aparecían.
Cada mañana en el colegio iba a la biblioteca y consultaba todos los libros que hablaban del universo, las nebulosas, los astros, los caminos del cielo… Siempre se detenía en los textos que se centraban en un pequeño planeta azul del sistema solar. Los libros decían que en él vivían los humanos, unos seres que tenían la suerte de habitar un lugar lleno de animales, de plantas, donde la vida era muy variada y la naturaleza era guardián del orden. Aquello era tan extraordinario, tan diferente al mundo en el que vivía Malena, un planeta en el que no había ni animales ni plantas, un mundo artificial, frío y aislado, en el que los seres adultos se aburrían mucho. —Qué bonito sería poder tener alas y volar hasta la Tierra para conocer de cerca todas esas maravillas— se dijo una vez más Malena, mientras cerraba sus ojos de miel y dejaba que la ilusión llenase de nuevo su corazón.
Pasaron varias lunas de cobalto sobre el cielo de su planeta y una noche sucedió algo extraordinario. Mientras dormía, Malena soñó que otra niña también soñaba con viajar hacia las estrellas. La niña se llamaba Irene, era del planeta Tierra y quería ser su amiga. Aquella noche se conocieron gracias a la magia de los sueños y comenzaron a jugar con las luces del firmamento, las nubes de caramelo y los dibujos que pintaban en el aire.
El tiempo parecía no existir mientras surcaban el espacio, se detenían en un cometa, saltaban a la comba con los rayos estelares o se escondían tras los anillos de un satélite para asaltar cestos de golosinas. Reían y corrían por los campos de un planeta de gelatina. Se pintaban las caras con purpurinas para imitar a las estrellas e iban de sorpresa en sorpresa mientras rebuscaban en un viejo baúl donde los duendes de la noche guardaban sus mejores galas. Todo era tan fantástico. Por todas partes aparecían seres multiformes que las invitaban a seguir jugando por senderos de vegetación amarilla y prados donde pastaban ovejas de lana rosa.
Eran muy felices, pero…      
Aquel sueño fue interceptado por un Troler que permanecía vigilante en su plataforma de cristal negro, dentro de un platillo aparcado en un cruce de rutas estelares. El Troler estaba recostado en una tumbona y vigilaba con un ojo las pantallas de sus ordenadores, y con el otro, estaba atento a las pulgas que se escondían entre sus pieles de monstruo sucio y maloliente, para cazarlas y guardarlas en una caja. La mitología del espacio infinito decía de ellos que eran seres malignos, piratas del cosmos que robaban las palabras, devoraban las ilusiones y cortaban las alas a quienes quisiesen volar sin su consentimiento. De repente sonó una sirena de alarma y el Troler apareció de forma súbita en los sueños de Malena y de Irene. Las dos niñas se despertaron muy asustadas, una en su lecho de Utopía y la otra en su cama de la Tierra.
Durante el día siguiente, Malena no dejó de recordar lo bien que se lo había pasado jugando con Irene, quería volver a verla. Pero aquel monstruo se lo impedía. Se armó de valor y preguntó a su maestra cómo podía burlar al Troler mientras dormía. También hizo la misma pregunta a todos los sabios del planeta Utopía. Le dijeron que nadie lo había conseguido, que los Trolers impedían salir del planeta. Una vez que detectaban a un soñador no había ninguna forma de librarse de ellos. Y Malena entristeció mucho, porque eso también significaba que no podría volver a encontrase con Irene.
Mientras tanto, en la Tierra, Irene había pasado la mañana inventando un truco para espantar sus miedos y enfrentarse al monstruo que había aparecido la noche anterior en sus sueños. Y creía tener el remedio. Se trataba de una caja de espejos de seis paredes que formaban un cubo y que, en uno de sus vértices, poseía un orificio para poder asomarse a su interior. Estaba deseando dormirse para ponerlo en práctica, ver si realmente funcionaba, atrapar al Troler, volver a soñar y reencontrarse con Malena.
Las cosas sucedieron en poco tiempo. Después de cenar, asearse, lavarse los dientes, ponerse el pijama y desear que todo el mundo fuese feliz y tuviese derecho a soñar, las dos niñas se fueron a la cama. Los astros se confabularon para que lo improbable pudiese ocurrir, las hadas abandonaron sus cuentos y surcaron el firmamento, el reino de la fantasía se adueñó de las paredes del cielo. Todo estaba previsto, menos la actitud del Troler. Y ésa era la inquietud que rondaba por la mente de Irene cuando entornó los ojos y se acurrucó en su cama.
Aquella noche, cuando a millones de años luz de distancia, las dos niñas comenzaron a dormirse y los sueños aparecieron en sus mentes, el Troler se asomó por el orificio de la caja que Irene proyectaba en su sueño. Nunca había visto nada semejante en ningún sueño de los habitantes de Utopía. Y la curiosidad hizo lo demás. El Troler vio su propia imagen reflejada y multiplicada por las paredes de la caja y quedó fascinado. Pasó su cuerpo por el orificio con mil esfuerzos y se adentró en la caja con la intención de tocar su imagen. Pero cada vez que se acercaba, la imagen cambiaba de lugar y no podía atraparla. Así siguió durante toda la noche, de espejo en espejo, y se olvidó de las niñas.
La suerte estaba de su lado. Irene y Malena se encontraron de nuevo. Jugaron a mil cosas, dejaron que los sueños las llevaran de travesura en travesura, se divirtieron como nunca. Hicieron de la fantasía su aliada. Y establecieron una alianza que les permitiera realizar cada noche sus sueños.
Malena vio cómo le crecían las alas y viajó hasta la Tierra para disfrutar de los bosques, del mar, de los paisajes más bellos que jamás había visto. Surcó el cielo admirando cada uno de los rincones que Irene le fue mostrando con orgullo. Ambas se detuvieron un instante junto a los pinos de la Sierra del Caño y contemplaron el valle del Guadalentín y la milenaria ciudad de Lorca. Allá abajo, nadie conocía su secreto, y eso les divertía mucho.  
Irene también viajó de la mano de Malena hasta la enorme biblioteca del planeta metálico. En Utopía pudo leer millones de cuentos y escogió los más divertidos para tenerlos cerca de ella, junto a su cama, cuando regresase a la Tierra. Fue una aventura maravillosa. Nunca había imaginado que existiesen tantas historias, tantas aventuras, tanto misterio, tanta alegría y tantos sueños escritos, como los que habitaban en las páginas ambarinas de aquella biblioteca estelar.  
Con la llegada del nuevo día, las dos niñas se despidieron hasta la noche siguiente, ya no les molestaría nunca más el Troler, que en un lejanísimo rincón del universo seguía persiguiendo su imagen de espejo en espejo, intentando devorarla igual que a una ilusión.
En Utopía, Malena se miraba en su tocador, peinaba las dos alas de algodón plateado que crecían de su espalda y era muy feliz porque había aprendido a volar con su amiga Irene. Estaba deseando contarle a los sabios del planeta cómo había engañado al Troler con la ayuda de una niña que creía que los sueños se cumplen si se sueñan en compañía. Pero lo más maravilloso había sido que en su viaje para jugar con Irene, había aprendido a luchar para hacer realidad los sueños, por inalcanzables que pudiesen parecer.    
Y en la Tierra, Irene sonreía sentada en su nueva silla, una silla especial que Malena le había regalado en uno de los juegos que compartieron y que habían fabricado miles de minúsculas luciérnagas. La pequeña Irene era muy feliz porque había hecho feliz a una amiga que la comprendía y la amaba, una amiga inseparable, que vivía en un lejano planeta, que estaba con ella todas las noches y con la que había conocido la biblioteca más grande jamás visitada. Llevaba un nuevo cuento en sus manos, un cuento para leer y seguir volando con la imaginación. El primer párrafo decía que nada es imposible para un cuento de palabras hechas con alas de cariño.

Mariano Valverde Ruiz ©