domingo, 16 de agosto de 2015

EL ÚLTIMO CUENTISTA DE BABILONIA





EL ÚLTIMO CUENTISTA DE BABILONIA

Con el orgullo brillándole en los ojos, el joven leyó su primer cuento ante el Consejo de Sabios. Después escuchó, contrariado, que el oficio era imprescindible para contar un cuento. Él tenía cientos de ideas, argumentos, personajes, escenarios, posibles desenlaces… pero le dijeron que antes de escribir tenía que adquirir oficio y que sólo con trabajo, constancia, dedicación, pasión por el conocimiento y lectura, lo conseguiría.
Aunque la creatividad le bullía por la sangre como el agua del Éufrates, dedicó sus esfuerzos a conocer todo lo que se conservaba en la biblioteca sobre técnica, recursos, historia, y a trabajar, uno por uno, todos los aspectos que le propusieron quienes le aconsejaban. Pasó muchos años encerrado entre cuatro paredes y miles de compendios de literatura, lingüística, técnicas de creatividad… y se hizo viejo.
Un día, tras atravesar la Puerta de Ishtar apoyado en su bastón, cabizbajo, meditabundo y cansado, decidió que había llegado el momento, que ya estaba suficientemente preparado para escribir un cuento que quedase en la biblioteca con su nombre grabado al pie de una tablilla. Llegó a su cuarto, ordenó su mesa de trabajo, dispuso sus útiles de escritura, estiró los brazos e hizo ejercicios con los dedos. Miró al frente. Miró hacia los lados. Miró tras de sí. Miró hacia arriba. Miró hacia abajo. Luego intentó mirar dentro de él. Y no encontró ni una idea, ni un personaje, ni un escenario, ni un tema, ni un argumento. Respiró indignado y maldijo su vida. Había dedicado todos sus años a estudiar la técnica del cuento y ahora le faltaban energía y capacidad para poder elaborar uno. Su experiencia íntima y su conocimiento de la realidad eran igual de escasos que su mermada imaginación. Maldijo una vez más su suerte, se acordó de los miembros del Consejo de Sabios y juró no aconsejar nunca a ningún joven que dejase de hacer volar la cometa arcoíris de su imaginación.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©