miércoles, 10 de junio de 2015

UN CUENTO, UNA IDEA





UN CUENTO, UNA IDEA


¿Saben ustedes lo que ocurrió aquel día a Horacio? Así puede comenzar un cuento. La curiosidad se despierta inmediatamente y sale de su letargo buscando con avidez conocer quién era ese Horacio y qué fue lo que le sucedió. El hecho de que alguien lo tenga presente y lo quiera contar es suficiente estímulo para el que escucha o el que lee. Sin duda, acercará su oído a las palabras que sigan, o deslizará sus ojos por los párrafos que continúen el texto para satisfacer su curiosidad.
Los hombres somos curiosos por naturaleza. Nos gusta saber qué hay tras una puerta entreabierta, detrás de un enigma, o de algo prohibido. No nos detiene nada. Sea cual sea nuestro nivel de conocimiento, siempre queremos saber más. Y hasta el hijo más desfavorecido del dios de la fantasía querría saber qué se oculta detrás de esa pregunta insinuante que entreabre una cortina tras la ventana del conocimiento.
El narrador sabe que somos curiosos y jugará con esa característica del ser humano. Pero debe tener cuidado de no utilizar demasiadas palabras superfluas, ha de suprimir aquello que resulta innecesario o anecdótico para contar los hechos que componen la esencia del relato. Su objetivo debe ser afilar con una piedra el sentido de cada una de las expresiones que utilice para que las palabras se claven en el alma.
Un cuento es un paisaje, un personaje y una idea. Una idea atractiva y diferente que arrastre hasta el lector la virtud de la novedad y que sea la argamasa fundamental de la arquitectura del relato. Y aquel día, Horacio se sentó en su escritorio, puso una página en blanco sobre la mesa, tomó su estilográfica y escribió: ¿Saben ustedes lo que ocurrió aquel día a Horacio? Después, el papel adsorbió sus palabras. Volvió a escribir la misma frase y las palabras volvieron a desaparecer. Y estuvo así hasta que él mismo fue una página en blanco.

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Mariano Valverde Ruiz ©