miércoles, 14 de enero de 2015

LA ESTACIÓN DEL DESTINO de F. J. Motos




LA ESTACIÓN DEL DESTINO
FRANCISCO JOSÉ MOTOS MARTÍNEZ
EDITORIAL CÍRCULO ROJO (2014)
NOVELA

En los ambientes literarios se suele decir que la segunda novela es la que marca la línea de un escritor, la que le comienza a definir y la que le confirma como tal. Tras el éxito de El perseguidor de sueños, F.J. Motos se enfrentaba ahora a ese reto con La estación del destino. Y bajo mi criterio de lector empedernido, creo que lo ha conseguido.
Con La estación del destino, Motos da un paso adelante en la configuración de la estructura de sus novelas, en la coherencia del hilo narrativo, en la caracterización de los personajes principales y en la riqueza del vocabulario utilizado. Y lo hace sin perder la minuciosidad en las descripciones de los pensamientos humanos, los sentimientos y las controversias a que los hombres estamos sujetos en la experiencia vital.
La novela cuenta la intrahistoria de una familia. Oscuros y trágicos secretos, mentiras, envidias, los pequeños mundos de las sociedades mínimas… Para ello, el autor enfoca la acción y sus consecuencias muchas veces en la vida interior de los personajes, y realiza una apuesta valiente y un tanto arriesgada, al utilizar tres narradores diferentes, todos ellos protagonistas, en primera persona, Elena, Miguel, Ana María, y en algunos pequeños pasajes, un narrador omnisciente.
La acción comienza con la muerte de un hombre, el patriarca de la familia, Amador, “el que nadie amaba” y este hecho desata recuerdos, vivencias, oscuras motivaciones y pone de manifiesto un terrible secreto que llevará al lector hasta sus últimas páginas con la incógnita en la palabra. Se van sucediendo escenas en las que se denota un cierto humor negro, otras de tono erótico, y algunas con una carga, casi visceral, de emociones. Toda la narración está salpicada de giros poéticos y de una mezcla explosiva de cotidianeidad y profundidad.
No faltan en el texto referencias culturales o históricas que demuestran la apuesta por la defensa de la cultura que el autor defiende. Una cultura que nos hace libres. Son pinceladas que dibujan varías épocas del siglo XX y de comienzos del XXI, que se viven en los escenarios de la novela: el valle del Guadalentín (Murcia), el Ampurdán (Cataluña) y Narbonne (sur de Francia).
La novela desemboca en un final bien resuelto. Unas secuencias finales que me han recordado La oda a la eternidad, el poema de William Wordsworth, que recita Natalie Wood cuando su dolor es más fuerte que la esperanza en la película Esplendor en la hierba. Sin embargo, los personajes han realizado un viaje hacia la sinceridad en un camino que desemboca en una búsqueda, en la tarea de encontrar la esperanza que les queda, en el esfuerzo por hallar una segunda oportunidad, como el autor precisa en algún momento de la narración.
Para terminar, he de decir que esta novela me ha dejado el regusto de una tragedia lorquiana, una historia en la que el fuerte carácter de los personajes femeninos se impone al destino, a la fatalidad de la vida, al sufrimiento y al dolor, para aferrarse de nuevo al presente. Son personajes que afrontan la realidad y renacen como una brizna de hierba nueva que resurge de las mismas raíces, con el color verde de las hojas de los naranjos, con la majestuosidad de la vida, en un canto coral del amor y la esperanza. El destino es así de oportunista.


RESEÑAS
14 de enero de 2015
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Mariano Valverde Ruiz ©