sábado, 12 de julio de 2014

ALMINARES DE CEREZA




Para la sed me ofreces
la niñez del arroyo de sonrisas
que te define, el río clandestino
de las caricias -fuente de salud-,
el océano dulce de los besos,
su almíbar, el lentísimo almidón
de la complicidad y el manantial
acuarela que nace de tus ojos.

Por alimento: más dulzura,
el calor y la tibia dimensión
de los abrazos -pura vitamina-,
el sonido de frases que comprenden
mis cansadas neuronas, los latidos
del corazón -imán frenesí o embrujo
que envuelve la textura de tus senos-
y el blancor voluptuoso 
que escondes entre nalgas,
todas las proteínas necesarias
para tener la vida entre paréntesis
o láminas de luz enfebrecida.

Cuando siento el voraz
mordisco que la vida a veces da
y palidece el alma, también su eco,
libo tus alminares de cereza
porque sueles dejar la fruta más jugosa
junto al vértice cálido
de tu flor femenina.
Nada más necesito.

He aprendido a amarte
al lado del cerezo de tu pecho,
bajo su fugaz sombra,
comprimiendo a hurtadillas
una gota diluida en nostalgia.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
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Mariano Valverde Ruiz (c)