martes, 8 de abril de 2014

SIN ESCAPATORIA (Versión blog, Parte 26)




26


Marc Foster tardó bastante tiempo en recomponerse de lo sucedido en el escenario de La nuit. Había estado a punto de morir estrangulado y no salía de su escepticismo. Le costó mucho recobrar la respiración pausada y dominar su corazón hasta que el pulso adquirió presencia de normalidad. Después de que los guardias de seguridad le sacasen del escenario y le llevasen al camerino, permaneció en él hasta que le dijeron que Inocencio se había marchado con Marlén. Durante ese tiempo se bebió una botella de agua a sorbos pequeños para notar cómo pasaba el líquido por su garganta y tomar conciencia de que estaba vivo. Mientras realizaba esas acciones rutinarias no quitaba ojo a la puerta. Cuando se sintió algo más seguro salió de su escondite y aún dubitativo se fue hasta la barra, pidió un whisky doble, que acabó de un trago, y dijo al camarero que le sirviera otro y que le dejase la botella junto al vaso.
Fernando se había quedado en la sala. Conservaba su natural tranquilidad, esa serenidad que sólo ofrecen los años cuando alguien está de vuelta de todo. No tuvo oportunidad de despedirse de su amigo Inocencio. Ahora tenía otro objetivo en la mente. Sus ojos se movían sinuosamente debajo de los párpados observando con detenimiento cada uno de los movimientos del hombre que estaba al otro lado de la barra, justo en la esquina opuesta. Marc no era consciente de que unos ojos amarillos le estaban escrutando con avidez de fiera del desierto. El viejo actor iba a esperar pacientemente a que Marc abandonase su ensimismamiento alcohólico y decidiese salir a la calle.
Entre trago y trago, el tiempo fue adquiriendo la cualidad cereal del whisky por un lado y del coñac por otro. A Fernando le habían servido todo el crédito que le quedaba de los veinte euros  que Inocencio había entregado al camarero. Aquello había sucedido unos momentos antes de que comenzase el espectáculo porno y cuando el camarero vino con la vuelta, Inocencio ya estaba enzarzado en la porfía con Marc. Todo sucedió tan rápido que ni se planteó siquiera ir a dárselo en mano a la puerta de la calle.
Ahora Marc parecía tener los ojos perdidos, igual que los de un hombre al que la vida ha zarandeado demasiado fuerte después de que antes le hubiese colmado con creces su desmedida ambición. En este momento, el hombre que también se hace llamar Antoñito Oportunidades, cree que el destino le está pasando factura por los desmanes cometidos, pero que todo pasará igual que un mal sueño.
Durante los últimos meses Marc había vivido obsesionado con Marlén. Desde que la vio por primera vez en una actuación erótica en La nuit, se prometió a sí mismo que tenía que conseguirla. Había intentado abordarla y entablar conversación varias veces, pero siempre chocaba con la visión que tenía de sí mismo en comparación con la imagen de ella y no se atrevía a dar el paso. No se veía con nada especial, ni dentro ni fuera, que pudiese llamar la atención de una mujer tan bella. Sólo le quedaba la posibilidad de sorprenderla pensando a lo grande, como había hecho en otras ocasiones. Pero su situación actual era muy compleja. Tan difícil, que muchas de las ideas que se le habían ocurrido acabaron desvaneciéndose en el baúl del olvido porque no contaba con los medios monetarios para poder realizarlas.  
En los últimos tiempos las cosas no le habían ido nada bien. Había perdido casi todas las expectativas, inmediatas o a medio plazo, para obtener ingresos extraordinarios. Le habían engañado en algunos negocios. Apenas tenía dinero líquido disponible. Por tanto, intentar engatusar a Marlén tirando de tarjeta oro, con grandes regalos, viajes extraordinarios, invitaciones desmesuradas, a lo Pretty woman, era imposible.
Le quedaban pocas opciones. Y entonces se le ocurrió un último recurso. Ideó convencer al dueño de La nuit para que realizase un espectáculo porno con ella y con él de protagonistas. Le aseguró que sería un gran éxito. Que él se encargaría de la escenografía y del guión de la actuación. Y que no cobraría más que una tarifa módica, le aseguró que se sentía compensado con poder hacerle el amor a la chica y disfrutar de barra libre todas las noches durante un mes.
El dueño de La nuit aceptó la propuesta de Marc. Se puso en contacto con Marlén y le prometió una cantidad importante de dinero para el primer día y un porcentaje a convenir sobre las ventas en el segundo día. La chica estuvo de acuerdo. La cuestión estaba solucionada.
En otros tiempos todo hubiese sido mucho más fácil.
A principios del año 2000 Marc se hizo eco de lo que algunos amigos le aconsejaban: invertir en construcción. Al principio fue reuniendo las igualas que le pagaban sus representados y pidiendo algunos adelantos por pequeños contratos a las empresas audiovisuales, y a los gerentes del mundillo teatral, y después comenzó a pagar las entradas de compra de varios pisos en proceso de construcción. Lo hacía en promociones que aún estaban sobre planos y, transcurridos un par de años, los vendía directamente a las familias que buscaban vivienda obteniendo un sustancioso beneficio. El proceso le animó a acudir a la banca, de la que obtuvo préstamos personales a bajo interés, con los que aumentó el número de pisos que reservaba en las promociones.
El negocio iba muy bien.
Pero la codicia no tiene límites. Se acostumbró a un ritmo de lujo, de placer y de excesos, que le provocó una insaciable necesidad de obtener dinero fácil. Como frecuentaba los lugares más caros fue conociendo a otros muchos que como él habían dado el salto de cualquier profesión a la construcción y a la especulación. Así fue como conoció a algunos personajes que tenían buenos contactos con geste influyente del poder establecido. Los nuevos socios fundaron varias sociedades interpuestas con las que captaban capital de la banca y aportaciones de inversores poco cautos. El procedimiento era simple: se compraban terrenos no edificables a bajo precio que luego eran recalificados por los ayuntamientos; previamente se untaba a quien hiciese falta para que salieran los proyectos, y luego se publicitaban las promociones a bombo y platillo para atraer a los clientes, que como él unos años atrás, veían el panorama muy claro. Los precios no cesaban de subir y el negocio no parecía tener fin.
A finales del 2007 estalló la burbuja inmobiliaria, una ilusión creada artificialmente para que todo el mundo se endeudase y el país viviera en una situación de jauja permanente. A partir de aquel momento las cosas comenzaron a cambiar vertiginosamente. Lo que era optimismo se convirtió en pesimismo. Marc perdió el dinero de las entradas de los pisos que no había vendido. Luego no pudo hacer frente a las demandas de las promociones en que estaba inmerso. Sus empresas quebraron o fueron embargadas por la banca. Lo perdió casi todo y se vio envuelto en un mar de demandas cruzadas ante los juzgados, un sinfín de pleitos entre los hasta entonces socios. Y es que unos y otros trataban de eludir sus responsabilidades frente a las denuncias de terceros, las acusaciones de los obreros que demandaban su sueldo, los embargos de las empresas acreedoras y los litigios de los clientes que reclamaban sus derechos.
Pudo sobrevivir gracias a que guardaba una parte de dinero no declarado que no había tenido ocasión de colocar, y con él pudo comer y seguir viviendo, sin demasiadas licencias. Marc tenía la esperanza de que todo pasase pronto y de que no muy tarde volvería a colocarse en la posición que durante unos años había disfrutado. Pero los años comenzaron a pasar inexorablemente y final del túnel no se atisbaba cercano.
Entonces volvió a lo que sabía hacer: representar a artistas. Con el dinero de los actores creyó recuperar algo del brillo perdido. Sin embargo la cultura también estaba siendo afectada por la crisis. Las administraciones central, autonómica y local, recortaron los presupuestos en el capítulo dedicado a subvenciones, actos culturales, fiestas y espectáculos en general. Por otro lado, la gente tenía menos dinero en el bolsillo para gastarse en cosas que no fuesen las estrictamente necesarias para sobrevivir. Todo el mundo sabía que había que priorizar. La cultura se hundía y los actores lo estaban pasando mal. A Marc sólo le quedó intentar trapichear con otros agentes a fin de conseguir para él algunos de los papeles que, en su frustrada vocación de actor, nunca pudo hacer, y tampoco pensó que lo necesitase. Paralelamente fue haciendo pequeños chantajes monetarios a aquéllos que, no sabía cómo, se habían salvado de la quema y tenían mucho que ocultar. Su silencio valía dinero. Y había que aprovecharlo.   
Ahora, apoyado con los dos brazos en la barra de La nuit, Marc estaba tembloroso, tenía miedo. Por primera vez en su vida había visto la muerte muy de cerca. Y no se trataba de una broma macabra, ni de la fanfarronada de un bravucón de los que había achantado con la fría amenaza de llevarlo al juzgado. Le habían amenazado en muchas ocasiones pero nunca nadie le había puesto la mano encima. Ahora había sido de verdad.
Mientras los camareros limpian la barra y ordenan el local, en el otro extremo de la barra Fernando aprovecha el tiempo para recordar con tristeza una mezcla de pensamientos en los que se entremezclan dos imágenes. Por un lado, la de Ava Gardner, su mito, y por otro, la de la mujer que le abandonó en su juventud dejándole la cruz del engaño clavada en la frente. La canción que había cantado el travesti le había recordado aquella despedida de hacía casi cincuenta años: “por el camino verde, camino verde, que va a la ermita, desde que te fuiste, lloran de pena las margaritas…”

Fernando siente crecer la ira como una hiedra en su interior. Escucha cómo Marc le dice al camarero que la cuenta está pagada por su jefe. Acto seguido, el inusual actor porno, inicia el camino de salida del local hacia la calle con un ligero balanceo. Fernando se alisa la chaqueta, coge el cayado y sale detrás del representante de artistas con una idea fija en la mente.


CONTINUARÁ...

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