martes, 25 de marzo de 2014

LA SOMBRA DE MIGUEL EN EL ROSAL




LA SOMBRA DE MIGUEL EN EL ROSAL

Miguel escribe sentado sobre una piedra mientras el ganado pasta a su antojo en el paraje de la Rivera de Peramora. Ha abierto su cuaderno de tapas duras y con el lápiz de grafito despliega su esmerada caligrafía sobre el papel. Aún no sabe que hoy, antes de que el sol se oculte tras el horizonte, el sentido de su vida cambiará de forma irreversible.
La tarde del 9 de mayo de 1939 deja caer sus horas sobre una dehesa situada a pocos kilómetros de Aroche y cerca de su pueblo: Rosal de la Frontera. El joven Miguel salió temprano de su casa, situada en las afueras del pueblo, cerca del camino que utilizan pastores y arrieros para ir a Portugal. Lo hizo para conducir al ganado hasta donde se encuentra ahora, no muy lejos del río Alcalaboza. Ha pasado el día ajeno a los avatares de la guerra que ha asolado España. Él tiene poco que perder. Ya no le queda familia. Sólo su ganado y sus recuerdos. Pero sus dieciséis años se mantienen en guardia por si aparecen los lobos, o alguna partida de soldados hambrientos.
La primera línea del primer párrafo es un encuentro con la memoria. Miguel intenta recordar cuál es el primer hecho de su vida del que tiene una imagen fijada en la mente y que pueda contar con palabras sinceras. Y recuerda a su padre ordeñando a una cabra para la cena de aquella noche perdida en un invierno no sabe cuántos años atrás. Y luego se ve sentado en el suelo, junto a otros niños de distintas edades, en una construcción de piedras y barro, con parte de la techumbre derruida. Frente a ellos recuerda la figura de un hombre menudo, de palabras pausadas y voz profunda, que les hablaba de un mundo desconocido. Era un maestro que había sido enviado por la República para alfabetizar al pueblo.
En la segunda línea del texto, comienza a darse cuenta del caprichoso desorden con que fluyen los recuerdos. Ve una casa, un padre, una madre, ovejas que balan, cabras que remueven la broza y gallinas que picotean los rastrojos. Siente un día de lluvia. Una noche de miedo. Unos golpes en la puerta. Hombres que entran con estrépito. Los gritos de su madre. El sonido del fusil. El olor de la pólvora. Ve a su padre saliendo por la puerta con las manos atadas, perdiéndose en la memoria, ya nunca lo volvería a ver. Y sus ojos horrorizados regresan al suelo, ya manchado por la sangre de su madre. Cuerpo, tierra y sangre. Percibe el olor de la muerte, algo que jamás olvidará. Sabe que todo fue en 1936, pero no puede precisar en la línea del tiempo, el día exacto en que sucedieron los hechos que le dejaron petrificado bajo la cama, a sus trece años. Desde entonces vive solo. Y solo se mantiene alejado de cualquier persona que le pueda arrebatar lo único que le queda: su soledad.
En la tercera línea ya va penetrando la luz por la oquedad de los fonemas, conforma un espacio y les confiere sentido. La tarde en el paraje de la Rivera de Peramora va cayendo por la falda de los montes de la sierra de Huelva. El viento trae los fonemas, que salen de la boca del maestro de la escuela unitaria, como signos de conocimiento. Es un viento poético el que habla, el viento del pueblo. Es la voz de aquel hombre pequeño, de ojos negros y vivos, vestido siempre con su pantalón de pana y su chaqueta de lana, que le enseñó a escribir: olivo, almendro, trigo, alforja, mula. Y luego, más, y más, y más palabras. El espacio toma forma en su mente, es aquella vieja casa habilitada para la enseñanza. Y los sentidos van comprendiendo todo lo que estaba escrito en una enciclopedia escolar básica: la memoria del maestro Fermín.
Miguel sigue escribiendo al abrigo del sol. Los reflejos de algunos pensamientos van llenando la página de tristezas, de miseria y de sinsabores. Sólo en algunas ocasiones reflejan destellos áureos que maximizan hechos, o pensamientos, que forman parte de su pasado. Como el día aquel que fueron a recibir la bendición para la cosecha y sus señoritos le regalaron una moneda para que fuese un niño bueno y obediente. Él pensó que con aquella moneda compraban su conciencia. Entre los haces de luces de sus recuerdos aparecen con nitidez las alas de un gorrión perdido entre las zarzas del campo. Hoy quedan en su recuerdo dos alas rotas.
Junto a él hay una rosa silvestre que aporta aromas puros al aire. Una rosa roja.
Miguel mira la flor que tiene a pocos metros. Tiene un tallo de fantasía y múltiples pétalos de imaginación. Cerca de la rosa solitaria hay ortigas, hierbas salvajes que muchas veces han llenado sus manos de rabiosos picores. Y también cenizos que colman el horizonte de malos augurios. Como los que ahora decoran el horizonte de otro hombre que ha sido traído al pueblo desde Portugal la mañana del día 4, y que él no conoce, aunque lleve su mismo nombre.
Escribe sin cesar. Y así va llenando el cuaderno con las sombras de la miseria y de las carencias. Dieciséis son demasiados años de sombras, afiladas como espinas de jinjolero, sombras que han dejado heridas ocultas difíciles de cauterizar. Igual que las heridas de los interrogatorios que han hecho al hombre asustado que hace cuatro días vio como su sangre manchaba la celda.
El papel donde escribe es un balcón que va tomando forma. Un balcón donde se asoma a sus primeros años de vida. Levanta los ojos y mira hacia el frente. Nota en el rostro el brío húmedo de una tarde crepuscular. Presiente que el río de la poesía, del que hablaba el maestro en la escuela, se va acercando a su mar. Tan lejano aún. Tan desconocido. Igual que el mar que buscaba el hombre preso. Es su caso, la metáfora debió cobrar sentido cuando la madurez ya le llevara con el pelo cano, y ya supiese que todos los ríos van al mar, que es el morir. Pero el poeta es aún un hombre joven. Pocos años mayor que el que escribe sentado en la piedra. 
Miguel levanta la vista y mira el horizonte. Detrás de sus palabras quedan tan sólo unos años de vida echados a la espalda como un serón lleno de jirones melancólicos, a veces maltratados por un sol sin sintaxis. Tal vez delante tenga una nueva forma de interpretar la vida. La del verde de la dehesa, la del azul del cielo. Pero aún no lo comprende.
Abre un paréntesis en el cuaderno para intentar retratar los años vividos, para dibujarlos, para sentirlos como si se tratara de un papel mojado que se perderá en el monte, o para interpretarlos como un espacio aún por llenar, abierto a las inclemencia del tiempo futuro.
Miguel no sabe que sólo tiene hoy para cerrar el paréntesis y poner punto y aparte en el relato de su vida. Porque el destino le reserva un nuevo papel para su futuro.
El joven respira y vuelve a mirar por el balcón de sus palabras desde dentro, como le decía el maestro. Tal vez igual que lo hizo el poeta en su celda de Rosal de la Frontera hace dos días, cuando escribió a su esposa y le contó que estaba detenido, pero que estaba bien, ocultándole el dolor que sentía en todos los huesos como consecuencia de los golpes. Y es el interior de Miguel el que le redacta el primer silogismo de su existencia. ¿Para qué he nacido? Si estoy aquí debo de tener una misión en la vida. ¿Pero cuál?  
Del día en que nació no recuerda nada. Tampoco le han contado como fue.
Miguel reordena las palabras con la paciencia de quien reconstruye los años para entender el porqué del presente que vive. Las respuestas están en el tiempo clausurado, en esa presencia incorpórea, ni oro, ni incienso, ni mirra, que fue puro laberinto de la infancia. Lo hace del mismo modo que el poeta preso en la tarde del día siete mientras escribía un poema. El poema de un hombre encarcelado.
El otro Miguel, el poeta, buscó las palabras concretas y escribió que la afirmación del hoy está en aquel jardín de las fantasías del que trató de dibujar sus contornos, sus imágenes y sus sensaciones. Lo intentó sabiendo que estaba contrariando a la realidad, de la forma que mejor sabía, obteniendo de ella una visión parcial e interesada, describiendo el enigma de la guerra en un papel blanco, a base de trazos que también contenían algo de fantasía, de irrealidad, de mentira. Aquella tarde del siete de mayo, el poeta sabía que en toda mentira siempre hay algo de la esencia de la verdad. Que las falsedades nos las sirven a base de platos de dos colores. Y declaró bajo juramento, entre heptasílabos, que hemos de aprender del prodigio de la palabra para liberar la mente ante la opresión de la mentira.
Miguel, el joven de dieciséis años, ve que el sol va cayendo sobre el horizonte y que la sombra de un árbol, que había a unos metros de su espalda, ahora le cubre casi por completo. Observa el dibujo que la sombra hace en la tierra. Parece la figura de un hombre. Las facciones de la cara se pueden apreciar sobre el terreno.  El joven siente una punzada en el corazón y parece que un misterio oculto se le revela en ese instante. En su cabeza se proyectan las imágenes de un maestro de escuela que es detenido delante de sus alumnos. Los hombres que le empujan le llaman rojo, traidor. Le insultan y le pegan. Los niños no entienden nada. Los mismos hombres le sacan de la escuela y le llevan a empujones hasta una prisión donde le dan papel y lápiz para que mande sus pertenencias a los familiares. Le dicen que de madrugada le llevaran de paseo a tomar “café”.  Después, la mente de Miguel escucha el ronco quejido de un camión, escucha el cerrojo de los fusiles. Y siente como si fuese en su propia carne, las punzadas de las balas que acaban con la vida del maestro.
Un escalofrío recorre el cuerpo de Miguel. Nota en sus carnes el frío de la caída del sol y parece reconocer en la sombra del árbol la imagen de Miguel Hernández, el poeta que su maestro Fermín mencionaba en la escuela unitaria. Es una sombra alargada que se aleja en el horizonte camino de la otra orilla de la montaña. Igual que ahora la sombra de Fermín. Y quizá, mañana, la suya.
Miguel inicia el camino de regreso a su casa recordando la cara de su maestro. La del poeta que hasta ayer estuvo en su pueblo, no la conoce. Cuando llega a su morada, su pequeña casa junto al camino, encierra al ganado en el corral. Luego ve un paquete junto a la puerta de su vivienda. Lo toma entre sus manos. Lleva el matasellos de correos de Rosal de la Frontera del día 9 de mayo de 1939. Lo abre con curiosidad porque no espera correspondencia de nadie.
Dentro hay una bufanda de lana de color marrón oscuro. La desdobla y encuentra unas hojas de papel. La primera de ellas es una nota firmada, las demás están atadas con una cinta de tejido, probablemente de una camisa.
La nota dice:
«Querido Miguel:
No tengo nada más que dejar, ni a nadie a quien escribir. Recuerdo que tú escuchabas con atención mis palabras. Y veía en tus ojos algo especial cuando hablaba de belleza, de libertad, de amor, de poesía…Por eso te envío estos poemas arrancados del libro de Miguel Hernández El rayo que no cesa. Entre ellos hay un poema manuscrito en papel de estraza que se llama “Hombre encarcelado”, lo conocerás porque tiene un dibujo del barco que Miguel Hernández pensaba tomar en Lisboa camino de la libertad. Este poema ha llegado a mis manos por azar del destino. Me lo  trajo anoche para que se lo leyese la mujer de Francisco Guapo, a quien se lo había regalado Miguel, por llevarle comida y ropa a la celda que compartía con su marido, en Rosal de la Frontera. Sé que tarde o temprano, los entenderás. Ahora es posible que sólo dejen en ti un aura de misterio y quizá una profunda amargura.
Por azar del destino he coincidido con mi maestro, el poeta. Le trajeron detenido desde Portugal el día 4 de mayo y le han traslado hoy, 8 de mayo, a la cárcel de Huelva. Me han dicho que en su interrogatorio ha sido valiente, a pesar de haber sido torturado hasta orinar sangre. Que siempre ha dicho lo que pensaba y no lo que le podía salvar. A mí, ni siquiera me han interrogado, sólo me han dicho que me despida de la escuela. 
Te deseo que construyas tu futuro siendo fiel a tus ideas, pero no confíes en quien no puede entenderlas. El terrible mundo que me arrebata la vida cambiará algún día. Quizá tú lo veas. Entonces recuerda mis palabras y las de Miguel Hernández. Y recuérdaselas a los demás. Es posible que den sombra a otros a quien abrase el sol de la intolerancia.»
Miguel quitó el lazo a las cuartillas, las desdobló. Y leyó la primera. Y la segunda. Y la tercera… Encontró el manuscrito. Palpó el tacto de la estraza y pudo oler la injusticia. Lo leyó. Y en ese momento supo que dedicaría su vida a enseñar cómo se escribe la palabra libertad.


28 de marzo de 2014
Con motivo del aniversario de la muerte de Miguel Hernández
Todos los derechos reservados

Mariano Valverde Ruiz ©