viernes, 21 de marzo de 2014

LA MÁSCARA DE MACBETH (Versión blog Parte 20)




20


Fernando Gómez se mesa la barba con lentitud mientras parece reflexionar sobre lo que acaba de decir. Quizá también él esté huyendo de su pasado, aunque le gustaría, como ha dicho hace un momento, encontrase de cara con sus fantasmas para enfrentarse a ellos. Inocencio deja la vista perdida en el poso de la copa de coñac de su amigo. Ambos son víctimas de la profunda derrota, la desgracia que supone no alcanzar sus principales objetivos, sus ambiciones, sus deseos. Inocencio despierta de la momentánea zozobra, llama al camarero y pide otra copa de coñac para Fernando y una cerveza para él.
—Invito yo —dice Inocencio mientras saca la cartera, desdobla y sopesa un billete de veinte euros que reinaba en solitario entre los pliegues de su billetera—, tenemos que sentirnos vivos. Brindemos por nosotros, es preciso impedir que nada ni nadie destruya las alas que llevamos dentro.
—¿Vivos? Yo ya casi no sé lo que significa estar vivo. Me arrastro día a día por la calle en busca de alguien que me conozca para hablar de teatro. Y agonizo por dentro. Los gritos de esa agonía jamás se escuchan. Tampoco se leen en ninguna cartelera.
—Uff. Cómo está tu ánimo. Bebe. Levanta la copa.
—Si ya lo dijo mi admirado Fernan-Gómez, “hacemos un viaje a ninguna parte”. Somos cómicos zarandeados por la miseria. Hacemos reír mientras lloramos por dentro. Pura farándula.
—Hay que reconocer que el viejo maestro tenía razón en muchas cosas. Pero también somos parte de la conciencia de este país. Somos necesarios. Podemos satirizar a la sociedad, y a los demás seres humanos, porque somos capaces de reírnos de nosotros mismos.
—Quizá —matiza Fernando—. Ayer tarde mientras caminaba por la Gran Vía me paré en una esquina porque estaba un tanto fatigado y eché la vista al cielo. Me entretuve durante unos minutos mirando las formas de las nubes, su evolución en el escaso cielo que dejaban ver los edificios. Estuve buscando parecidos con el mar y con la vida. Y sabes, sólo vi humo. Nada más que humo. Ni siquiera pude encontrar semejanzas con el color del mar, ese azul energético que trasmite vitalidad al contemplarlo.
—No sé qué decirte. ¿Te cuento un chiste?...
—Ni lo intentes. Hoy me lo ha contado la vieja bruja de la pensión donde vivo. Me ha dicho que si no le pago esta semana me desahuciará como a los que ve en la tele. Y yo le he contestado que vaya llamando al banco, que es el dueño de mi cuarto. La bruja se ha ido refunfuñando y maldiciendo mi estampa porque sabe que hace poco me enteré que había invertido los ahorros en no sé qué acciones preferentes de un banco y lo ha perdido todo. Para calmarla, le he dicho que no se preocupe, que yo siempre pago, no como los que tienen dinero.
—Jajajaja. Qué fácil es compartir la alegría y cuánto cuesta sentir la tristeza de otros.
—No es tan difícil. Imagina que cae una gota de agua delante de tus pies y que es todo lo que han destilado tus sueños.
Inocencio alza la cerveza y bebe un trago. Intenta imaginarse cómo se siente su amigo. Luego piensa en el presente, en la oportunidad que tiene para cambiar su futuro. Y le pregunta.
—¿Qué habrías hecho si hubieras sabido que tu única oportunidad en la vida para conseguir tus sueños se había escapado cuando dejaste marchar a tu amiga vedette con todos tus ahorros?
—No me lo recuerdes. Lo he pensado algunas veces. Esa maldita mentirosa me jodió. Lo que entonces era amor fue después odio, luego impotencia, y ahora una triste desilusión.
—¿La habrías matado cuando comprendiste la magnitud del engaño?
—Tal vez. ¿Pero por qué me preguntas eso?— Fernando vuelve la cara hacia Inocencio y le mira fijamente a los ojos.
—No. Por nada. Porque alguien me dijo una vez: bien puedes cuidarte de quien sea capaz de convertir sus defectos en virtudes. Y los que mienten bien se aprovechan de ello.
—Asesinar a alguien es algo muy serio. Es adentrarse en un mundo enigmático y perverso. Aunque introducirse en la identidad de lo desconocido resulta tan atractivo como sentir miedo a la oscuridad y apagar las luces de la habitación conscientemente. Si alguien te jode hay que tener paciencia.
—Cada día resulta más difícil tener paciencia —sentencia Inocencio mientras levanta la cerveza para dar un trago largo que le sabe a pura amargura.
—No sé aún por qué sacas este tema a relucir. Pero, mira… en la vida hay un camino que comienza con el primer paso. En ese camino estamos todos los días, haciendo camino, como nos dijo Machado, recorriendo la senda que jamás volveremos a pisar. Y es mejor, si es posible, tender la mano a quien camina a nuestro lado para que sus pasos sean más seguros. Quien nos la juega, al final siempre encuentra su merecido.
—Quizás tengas razón.
—Yo sé que tú eres un enamorado de la obra de Shakespeare. Recuerda lo que le sucedió a Macbeth —Fernando golpea reiteradamente con el dedo índice sobre la barra.
—Lo recuerdo. Es mi personaje favorito. Pronto lo haré…
—Si no recuerdo mal, Macbeth mató a Duncan porque así lo había decidido para colmar su ambición. ¿Viste la versión de Orson Welles en el cine?
—Claro que sí. —Asiente Inocencio con la cabeza y sigue hablando—. Al igual que en las versiones teatralizadas, de las que he visto multitud, se presenta a Macbeth como un ser nacido para matar. El personaje reflexiona en voz alta y nos va explicando lo que piensa con total claridad. A veces nos parece un ser inocente.
—No sé qué te diría. ¿Inventamos realmente un mundo de inocencia para Macbeth? ¿O es un mundo de maldad dramática y un camino directo para llegar al desenlace final?
—No. Nada de eso. Yo creo que el verdadero Macbeth es muy ambicioso, no repara en nada para conseguir sus objetivos, no tiene escrúpulos, es un ser atormentado, inflamado totalmente por sus bajos instintos. Un pobre diablo.
—Depende de cómo se interprete. —Duda Fernando, hace una breve pausa y continúa—. Las palabras trasladan a la voz del actor toda la belleza del arte. Lo que se escucha en el personaje es el sonido del dolor, de la angustia, el hombre sufre por alcanzar su objetivo más codiciado.
—Eso es lo que me gusta. Pero la fuerza de Macbeth se va diluyendo a medida que avanza la obra, como si fuese muriendo poco a poco, sucumbe en cada escena porque cada vez habla menos.
—No olvides que Shakespeare muestra la ambición también en Lady Macbeth, su desmesurado deseo de convertirse en la reina, que la presenta como la instigadora del crimen. Y que quizá sea la auténtica culpable de los hechos y Macbeth un simple instrumento en manos de la mujer.
—¿Cómo se vería el papel de Lady Macbeth en su tiempo? Me hubiera gustado conocer las opiniones de los espectadores —se pregunta Inocencio dejando la frase en el aire como colgado de un hilo imperceptible.
—La obra no fue publicada en vida del autor. Sí fue representada. La publicación data de 1623 y las primeras notas que demuestran su representación datan de la primavera de 1611. Quizá hoy veamos a Lady Macbeth con otros ojos, estando como estamos, acostumbrados a tanto crimen, a tanta traición, a tanta intriga por conseguir el poder.
—Cuando las brujas predicen a Macbeth que será rey, él lo da por seguro…Parece que hubiese esperado que alguien le anunciara lo que ya latía en su interior. Macbeth dice: “que esconda el rostro hipócrita lo que conoce el falso corazón”.
—Pero en el momento de la verdad, duda. La buena imagen del rey Duncan le hace pensar en cómo se considerará el asesinato de tan buen rey. Y ahí interviene Lady Macbeth, con el engaño, haciendo que parezca que son otros los asesinos. Es ella quien proyecta la forma de realizar el crimen y nunca se asombra de su maldad, ni rebate a su marido —Fernando deja la copa que mantenía en la mano después de beber.
—Así es.
—Cometido el crimen, muertos también los presuntos culpables, Macbeth se dispone a eliminar a su amigo, el testigo de la predicción de las brujas y a quien éstas le dijeron que sería padre de reyes.
—Después hace su presencia el miedo. Los remordimientos crean monstruos. Aparecen los espectros que persiguen al asesino, quizás recreaciones de su propia conciencia. Todo desemboca en un final fatal para el asesino.
—Macbeth es un instrumento en manos de las brujas, del destino que ellas rigen, le hacen una burla a la realidad. La brujería y las alucinaciones se convierten en los acicates y principales motivos de las acciones de Macbeth. Unas brujas que sólo ve él.
—Es un cobarde —dice con firmeza Inocencio—. Todos los cobardes huyen cuando el miedo les calza los pies.
—Aunque al final recobra la fortaleza y lucha contra ese miedo cuando pelea por su vida contra Macduff antes de que éste le corte la cabeza. Macbeth muere con cierto honor.
—Yo insisto en la idea. Todo es un juego del destino. Un juego divertido para las brujas que mezclan en sus pócimas toda clase de maldad.

—La muerte —Fernando vuelve a alzar la copa, bebe, chasquea la lengua, reflexiona como si presintiese algo sobrehumano y pronuncia en voz baja—. Siempre la muerte…


CONTINUARÁ...

Novela corta
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