miércoles, 12 de febrero de 2014

SAN VALENTÍN EN ALBERJERTE







Las palabras son palomas que se echan a volar sin conocer su destino. Pueden estar volando durante muchos años sin descanso, sin necesidad de posarse en un lugar habitable, sin que ningún cazador pueda herirlas, y con la certeza de que, tarde o temprano, encontrarán el lugar exacto donde su destino termine por cumplirse.
Con estas palabras comienza en texto que Magdalena lleva escrito para dejarlo mañana bajo alguna piedra del paraje de Las Vaquerizas donde nació hace setenta años. Lo lleva doblado dentro de un medallón sujeto al cuello con una cadena de bronce que le regaló su novio hace más de cincuenta años.
Son las diez y media de la noche. La luna llena entra por los amplios ventanales del salón comedor del albergue como un velo de novia. La cena se ha servido temprano porque a los postres se va a realizar un recital de poesía con los poetas invitados al I Encuentro Literario del Valle del Jerte.
En las mesas titilan las velas con la luz adecuada para la noche del 14 de febrero. Magdalena tiene sus ojos distraídos en el dulce vaivén de la llama. Su mente procura viajar hasta cincuenta años atrás. Y los recuerdos parecen tomar vida junto al juego de luz que las velas realizan con las sombras del local. Junto a Magdalena, más de cien personas se han dado cita para vivir dos jornadas marcadas por la literatura, la cultura y el turismo en un lugar paradisíaco.
El pueblo Cacereño de El Torno da posada a los invitados. El valle del Jerte se ha vestido de gala para la ocasión, y el color inmaculado de la flor del cerezo, ha pintado los corazones de todos los que se han acercado hasta esta zona de Extremadura. Durante unas horas, quienes comparten mesa ahora, van a coronar el aire de rítmicos versos y de párrafos de novelas, haciendo que la cultura adquiera la dimensión de la belleza.
Magdalena comparte mesa con cuatro personas de diferentes procedencias. Una pareja que viene desde la lejana localidad de Lorca, en Murcia, un señor de Valladolid, que se ha presentado como el mejor poeta de su barrio, y una afamada novelista que es conocida entre el mundillo literario por su pasión por la cerezas. La conversación ha sido muy amena durante toda la cena. Magdalena, que se ha trasladado desde la ciudad de Berna (Suiza), donde vive con sus hijas y sus nietos desde que quedó viuda, ha querido venir sola a pesar de sus setenta años. Convenció a sus hijas de que quería visitar el pueblo que le vio nacer y que decoró su juventud con la flor del cerezo, antes de que físicamente no pueda permitírselo. La auténtica verdad sobre el motivo del viaje sólo la conoce ella.
El presentador del evento acaba de dirigirse hacia la mesa dispuesta al efecto. Saluda a los asistentes agradeciendo su presencia y presenta a las autoridades que han colaborado con la realización del evento. Después de las palabras protocolarias se inicia el recital de los poetas. Antes de anunciar la lectura del primer invitado, advierte a la sala que quién estaba previsto interviniese en segundo lugar, ha llamado diciendo que por motivos ajenos a su voluntad no sabe si podrá llegar al acto.
Al escuchar estas palabras, a Magdalena le ha dado un vuelco el corazón. El poeta de Valladolid se ha dado cuenta del gesto de contrariedad de la mujer.
—¿Puedo preguntarte qué te sucede? Parece que no te encuentras bien.
—No es nada. Sólo que…
Magdalena intenta contener inútilmente las lágrimas. La novelista le ofrece un pañuelo de papel. La pareja de Lorca observa a la mujer intuyendo que algo importante le está sucediendo.
—Es que esperaba ver a alguien —, contesta Magdalena y agradece el gesto de la novelista.
Cuando Magdalena vio la lista de las personas que habían aceptado la invitación para participar en las jornadas, reconoció de inmediato un nombre: Casimiro Jiménez Marcos. Aquella tarde, con la pantalla del ordenador alumbrándole las lágrimas, recordó la última vez que vio a Casimiro.
Ella tenía diecisiete años. Eran las fiestas del pueblo de El Torno. Se celebraba la verbena popular del 14 de agosto, vísperas de Nuestra Señora de la Piedad.  Casimiro la cogió de la mano y le dijo que la acompañase hasta una esquina de la plaza. Ocultos entre las sombras de un portal, le declaró su amor incondicional y eterno. Pero también le anunció que a la mañana siguiente tendría que partir con sus padres hacia un destino desconocido. Sólo sabía que tendría que salir de España porque a su padre le habían advertido que la policía le iba a detener por considerarlo un elemento subversivo para el orden público. Su padre no lo sabía, pero seguramente irían a algún lugar lejano de algún país sudamericano. Casimiro le dijo que jamás la olvidaría y que haría lo posible por reunirse con ella. Después los dos se alejaron de la plaza hasta el porche de una casa de las afueras del pueblo.
Aquella noche, Magdalena estuvo intentado convencer a Casimiro de que se fugasen juntos, de que renunciasen a todo, hasta a sus familias si era necesario. Le pidió que buscasen un lugar perdido en el mundo, donde juntos, pudiesen hacer crecer su amor. Casimiro no encontró el modo seguro de ver un futuro con ella. Tal vez fue la incertidumbre lo que le asustó, o su juventud, o el miedo por lo que le pudiese suceder si su padre era detenido y también le detenían a él.
Los fuertes aplausos a la última intervención de los poetas sacan a Magdalena del estado en que se encuentra. El presentador del acto anuncia que a la mañana siguiente, tal y como está previsto, se espera a todos en la plaza del pueblo para continuar con las actividades previstas. Entre ellas, recuerda que se realizará una ruta por Las Vaquerizas y la garganta de la Puria y se verán los chozos y las majadas, junto al recuerdo de la figura de la escritora Dulce Chacón.
Las palabras del presentador se detienen y su mirada se queda fija en la puerta del local. Se produce un silencio de incertidumbre.  Después una voz rota se eleva por el aire del salón dibujando nuevas palabras.
—Buenas noches. Disculpen las molestias. El vuelo desde Buenos Aires se retrasó y el traslado desde Madrid hasta Plasencia ha sido más lento de lo que esperaba. Desde Plasencia hasta aquí, he tenido que pedirle al taxista que detuviese el coche en varias ocasiones, porque la emoción no me dejaba respirar. ¿Aún puedo participar?
—Si nadie tiene inconveniente, puede utilizar unos minutos antes de que demos por terminado el acto. El micrófono es suyo.
El Hombre se va acercando con dificultad hasta el atril. Cuando está delante, deja apoyado el bastón en un lateral, saca del bolsillo de su chaqueta un papel que llevaba doblado y comienza a leer.
Querida Magdalena:
Nunca he sabido donde encontrarte. Y ya nunca lo sabré. Por eso voy a leer en nuestro pueblo lo que me hubiese gustado decirte en persona. Sé que me queda muy poca vida. He reunido todo el dinero que tenía, y algo que me han prestado los marineros del puerto de Buenos Aires, para venir hasta aquí, a nuestro pueblo. Confío en que alguien de los aquí presentes recuerde lo que voy a decir y, por azar del destino, algún día llegue hasta tus oídos.
No sé siquiera si vives. Si es así, te dirán que te he recordado toda mi vida, que has sido mi amuleto de la suerte, mi descanso, el pañuelo para mis lágrimas, y el altar de mis alegrías. He guardado dentro de mí el sabor de tus besos, la dulzura de tu boca, el tacto de tu piel. Y te dirán que la luz de tus ojos ha alumbrado los días más amargos de mi vida.
La vida me ha impedido cumplir mis promesas de buscarte y reunirme contigo. Todos los astros se han confabulado en mi contra. Cuando me di por vencido tuve que casarme para permanecer en Argentina donde me llevó el exilio con mis padres. Ni siquiera la familia que tuve me dio la posibilidad de olvidarte.
Por eso, quiero decir aquí, en nuestro pueblo, para que donde quiera que estés alguien te lleve este mensaje, que te sigo queriendo, mucho más que hace cincuenta años, que he vivido una vida paralela a tu recuerdo, y que hoy, quiero que alguien recoja mi último aliento para llevarte mi súplica, y pedirte que me perdones por la vida en común que el destino nos ha robado…
Un aplauso cerrado rompió el silencio expectante con que los asistentes habían escuchado la voz rota de Casimiro Jiménez.
Magdalena se había cubierto la cara con las manos para ocultar el llanto y la emoción de volver a ver a su verdadero amor, la persona en quién nunca dejó de pensar, día a día, noche tras noche. Incluso hasta el día de su boda con el hijo de un amigo de su padre, que se comprometió a casarse con ella y a emigrar a Suiza, cuando él tuvo que dejar las tierras de labranza del señorito y venirse al pueblo para intentar vivir de arreglar zapatos.
Cuando los invitados comenzaron a levantarse, Magdalena se recompuso y se acercó hasta donde Casimiro se había sentado y estaba apoyado en su bastón con la cabeza hacia abajo.
—¡Hola codorniz!
Casimiro levantó los ojos. Aquella voz la reconocería entre un millón. Se levantó y los dos se fundieron en un abrazo intenso.
—Magdalena…¿Eres tú?
Volvieron a abrazarse. Casimiro, casi tartamudeando dijo:
—Pensaba que no te encontraría nunca. Estoy muy solo. La dictadura argentina se llevó por delante a toda mi familia. Yo sobreviví cambiándome el nombre y refugiándome en el puerto de Buenos Aires como un estibador español.
—Ya no estás solo. Ni lo estarás nunca más. Recuerdas la última vez que nos vimos. Aquella noche hicimos el amor por primera vez. Hoy tiene 50 años y se llama Esperanza. Tienes una hija y tres nietos. Y nosotros aún podemos amarnos con las palabras como si fuesen palomas que han encontrado su destino.


12 de febrero de 2014
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Mariano Valverde Ruiz ©