domingo, 9 de febrero de 2014

LA MÁSCARA DE MACBETH (Versión blog Parte 7)





7

La cinta del video está ya casi rebobinada. Inocencio escucha el chasquido rítmico de la máquina al que le sigue un leve siseo y después se detiene y queda en silencio. Después de recitar a Shakespeare está más relajado. Recuerda con emoción el primer verso: “que la luz no haga ver mis oscuros deseos escondidos”. Asocia esa idea a todo lo oculto tras la aparente inocencia de las cosas. Y el doblador se pone a pensar en el trasfondo de las películas americanas.
 —Lo que más me fastidia de la mayoría de estas películas que nos llegan desde las factorías americanas, con su mensajito subliminal bajo el celuloide, como si no fuese suficiente con los mensajes directos que nos llegan con otras cosas más evidentes, es que nos las tragamos sin advertir lo que nos están vendiendo, como se si tratase de una hamburguesa cuya carne no conocemos. No pienses mal, me dice Marlén. Y últimamente también utiliza esta frase cuando le pregunto por qué llega tarde a nuestras citas, cuando llega, porque ésa es otra. No habrá gato encerrado. Mira que ponerme a pensar ahora en el doble sentido de las cosas.
El estómago se le retuerce y protesta por el largo ayuno, sus fibras se contraen ante la sensación de vacío del interior de su aparato digestivo.
—Creo que ya es suficiente por hoy. Voy a concluir mi jornada de trabajo. Me quedan en la retina las imágenes violentas que tuve que doblar esta mañana. También eran de otra película americana (del norte). Unas imágenes de crueles asesinatos en nombre de los intereses nacionales. A mí, la violencia que ejerce esta potencia imperial, siempre me produce salpullido. Aunque me pasa lo mismo con cualquier clase de violencia. Sea de quién sea. Ya me empieza a picar el cuerpo. Está claro que no tengo la misma piel que los americanos. La mía debe ser de gallina. Coc, coc, cocoricó.
En ese momento el hombre adopta una mueca de asentimiento ante la idea de padecer cierta cobardía, de no tener valor para enfrentarse a los grandes retos, es una sensación puntual que recorre como un escalofrío sus células. Luego se calma y sigue divagando.
—En mi país, España, es diferente. Nosotros no somos potencia y eso que ganamos. España es diferente, dice el eslogan que inventaron hace unas décadas. Eso creo. Aquí el sol es el mismo para todos los mortales. Eso creo. Ese sol lo han disfrutado culturas y religiones distintas. Eso creo. Los hombres han interpretado bajo él, con libertad, sus papeles en el teatro de la vida, ya hayan sido míseros o brillantes. Pero todos fueron papeles auténticos. Dioses y caudillos poblaron esta tierra. Luces y sombras la decoraron. Ángeles y demonios convivieron bajo el sol patrio. Y todo fue maravilloso. Al menos eso creo. ¡Debo estar alucinando! Los efectos del cansancio del día. Marlén diría que bueno, que alguna cosilla que otra habrá sucedido en el suelo peninsular que no desearíamos ver como nuestra, episodios de los que no debamos sentirnos demasiado orgullosos. Huelo a quemado y por alguna extraña asociación de ideas me viene a la mente La Santa Inquisición. En todas partes cuecen habas. Y en mi país a calderadas.
A Inocencio le pasan por la cabeza algunas secuencias familiares. Recuerda cómo por intentar realizar sus sueños de actor no quiso seguir la tradición familiar y convertirse en un acaudalado hombre de empresa. Aquello le costó serias diferencias con su familia que le obligaron a buscárselas por sí mismo.
—Me voy a tomar el resto de la jornada con mucha calma. Debo revisar los guiones para mañana. Estoy aburrido de hacer sonidos de cascos de caballos, diálogos de gatos traviesos con ratones inteligentes, carreras de correcaminos, fechorías de conejos y otras maravillas.
Respira con profundidad y levanta las cejas. Luego ojea el trabajo para el día siguiente. Y mientras, con las uñas posadas sobre la superficie de un trozo de madera, rasga alternativamente produciendo la metáfora de la carcoma. También hay una carcoma que le corroe por dentro: su ambición por ser un actor reconocido. Por ella estaría dispuesto a tantas cosas... Respira otra vez y sigue leyendo el guión. Dice, entre líneas, que el gato Mico, protagonista de la historia, expresa con voz elocuente y gesto altivo:
—Ya no queda de qué hablar.
La sentencia se le queda grabada en la mente y reflexiona sobre ella.
—Esa frase me recuerda la forma de expresarse de algunos doctorados en desilusionar a los jóvenes valores que se aferran a su ambición y a sus interpretaciones como si en ello les fuera la vida. Los pobres párvulos van a someter al criterio del entendido los frutos de su trabajo. Luego escuchan las sentencias de los sabios, expuestas con mayestática gravedad, dando su veredicto sobre lo que está bien o lo que está mal. Lo hacen desde su visión de la creación, desde la ignominia de su miseria cegadora y desde la envidia más vergonzante. Fusilan sin remordimientos a aquellos que tienen ideas nuevas, trasgresoras y diferentes, a los que se atreven a ir más allá de los cánones establecidos, a los que poseen una imaginación desbordante o tienen valor para denunciar lo denunciable, algo que a ellos hace mucho tiempo que les falta. Son mezquinos o son presa del acomodo y la cobardía. Menos mal que de ésos hay muy pocos y que la mayoría sabe reconocer lo que merece la pena ser llevado a la escena ante el sagrado público.
Inocencio coge el agua y bebe un trago mirando al techo de la habitación.
—Esa frasecita tiene su miga incrustada entre letra y letra.
A Inocencio le pica la curiosidad y pone en la pantalla la secuencia del gato Mico. La pasa en varias ocasiones. La va deteniendo fotograma a fotograma. La observa con cautela. Se siente identificado y realiza, a la vez que mira las imágenes, una sutil comparación con lo que ya ha vivido. Sale de la abstracción y con asombro comprueba que es verdad, que al dejar la imagen del minino fija en uno de los fotogramas, en ése en que su pose es altiva y casi regia, se parece a otros felinos que ha conocido, o más bien, que ha sufrido. Entonces asocia su imagen con la de ésos que se empeñan en atrofiar las mentes de los inocentes, con la de ésos que vierten cubos de basura llenos de falsas promesas sobre quienes les aclaman, con la de ésos que se ríen por dentro mientras les vitorean cada cuatro años.
—¡Dios bendiga la democracia! ¡San Tarsicio de aquí me leo, bendiga la literatura! ¡San “topamí” bendiga el teatro de la vida!
Vuelve a beber agua y se seca los labios con la mano.
—Ya no queda de qué hablar.
Inocencio sigue reflexionando en voz alta sobre la frase.

—¡Vaya frasecita…Huy. Huy. Huy…! Aquí está la mano oculta del poder. Pero no lo tengo claro. Habría que pasar de nuevo las imágenes a cámara lenta para poder observar qué otro mensaje se encuentra oculto entre los fotogramas. Sólo una vista avispada es capaz de captar la señal cifrada. Acaso intentan decirnos que no pensemos, que seamos felices haciendo lo que nos digan. No sé. No sé. Es un mensaje oculto ante la vista de todos. Luego, quizá, esa señal misteriosa sea conducida por los terminales nerviosos de forma imperceptible, llevada hasta la mente, donde se alojará como un virus tipo gusano en uno de los archivos ocultos de nuestra conciencia. Y tal vez, en un futuro lejano pueda activarse, no se sabe cuándo ni cómo, ni siquiera a cuento de qué.


CONTINUARÁ...

Novela corta
Versión blog, la versión completa guarda muchas sorpresas. 
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Mariano Valverde Ruiz (c)