lunes, 3 de febrero de 2014

SIN ESCAPATORIA (Versión blog, Parte 2)





2

Inocencio levanta los brazos y se ajusta de nuevo, por enésima vez, los cascos por los que le llega a los pabellones auriculares el sonido original del film que está doblando al castellano. Son diálogos en un inglés tejano, propio de películas de vaqueros, puesto en boca de personajes animados.
—Ya no siento las orejas, igual que aquel héroe cinematográfico de las películas bélicas, no sentía las piernas. Soy un Rambo del doblaje. Estoy… ¿cómo expresarlo suavemente…? ¡Hasta los orejones de todo! Podría decir, de una forma consecuente con mi actual estado de ánimo, y utilizando una imagen entendible, que estos caparazones de tortuga parlante son mis orejas, las mismas que en ocasiones escuchan los comentarios sobre la actual situación social, política y económica del país. ¡Si yo hablara!
Su mente hace esfuerzos por no salirse del guion. Retoma la atención en los papeles y pronuncia con acento mejicano.
—Ándele, ándele…
Debe olvidarse del cansancio y continuar la labor del día. Ha de intentar que no se le note el retintín de mal humor que lleva por dentro cuando verbaliza una frase. Sin embargo, al pronunciar “ándele” no puede evitar pensar a dónde mandaría a algunos de los que le han sumido en esta crisis. En esta situación de la que no es culpable.
—No tienen perdón. Los mandaría a todos a la hoguera de la inquisición. Los corruptos son los responsables. ¡Esos sí que se han llevado la sardina del plato! Y ya lo dicen las abuelas, sardina que se lleva el gato, no vuelve al plato.
Recompone la figura después de girarse en la silla y sigue con el doblaje.
—Corre. Corre. Cuanto más corras más sabroso estarás. Te comeré a la parrilla, o en pepitoria, o con lechuga, mostaza y kétchup. Mmmmm. ¡Qué rico!
Inocencio tiene hambre. La jornada es interminable y el estómago ya le hace señales para que rellene sus paredes con algún jugoso manjar, aunque sea sencillo y humilde.
 —Necesito un bocadillo de jamón con su tomate y todo. Pero aún no es el momento. ¡Qué lástima! Hay que trabajar muchas horas en esta profesión para poder vivir. Lo de la dignidad es un lujo que todavía no me puedo permitir. Se lo debo a los que aprietan el cinturón al país desde sus lujosas mansiones en paraísos tropicales, tumbados bajo sus sombrillas fecales, perdón, quise pensar… fiscales. Bueno, que cada uno entienda lo que quiera. Menos mal que nadie escucha mis pensamientos.
—Mick, mick…Mick, mick…Pjjjfiuuuu.
Tiene que ganarse la vida con un trabajo alternativo. Es actor. Un actor fracasado. Aunque él no piensa exactamente lo mismo.
—Podría matizar un poco más ese término y decir que soy, de momento, un actor frustrado. Hay una sutil diferencia entre una cosa y otra. Es una frontera tan liviana como la que separa el fracaso del éxito. ¿Y dónde está la línea que separa el fracaso del éxito? ¿Quién lo sabe? Yo no. Al zorro le acaba de estallar un petardo en la cabeza. El artefacto explosivo era el arma con la que pretendía cazar al correcaminos. Ha fracasado en el intento y no por eso deja de ser zorro. Por tanto volverá a intentarlo. Digamos que podrá tener un éxito diferido en el tiempo. Su trabajo es alcanzar el punto exacto en que él y su éxito confluyan.
—Booorummmbbb.
Inocencio sigue pensando mientras llega el instante de los siguientes sonidos a imitar.
—Algunos me califican directamente como un perdedor. Yo no lo tengo claro. ¿En qué pueden apoyarse quienes me tildan de perdedor? ¿En qué fundamentan sus razones para decir que no sirvo para la profesión de actor? ¿Cómo pueden desvincularme del oficio que me hace sentir completamente feliz? He nacido para el trabajo de intérprete, una profesión que me puede definir certeramente como un ser adaptado a las circunstancias. He venido al mundo para realizar la labor de un alquimista de ilusiones, para ejercer la actividad más apreciada por los dioses del Olimpo y con su práctica convertirme en un hombre realizado.
—Mick. Mick.
Inocencio tiene claro que el suyo no es un oficio muy lucrativo. El actor no produce grandes beneficios a las empresas, solo distrae, enseña, divierte y, además, incrementa la conciencia de la gente. Por tanto, la interpretación, como él la entiende, no es una actividad que mejore el estado de las arcas de las grandes corporaciones financieras sino que, más bien, facilita la solvencia del pensamiento colectivo. Él es un obrero de la cultura, de la tradición y de la memoria.
—Y como cada vez se apoya menos a la cultura es muy difícil hacer carrera. El actor de raza sobrevive haciendo funciones teatrales, una tras otra, sin pausa. O grabando entre medias algún programa televisivo, participando en el rodaje de alguna película de producción independiente, o haciendo lo que salga. Hoy ni siquiera eso está a mi alcance. ¡Cuánto añoro trabajar en el teatro!
Mira hacia la pantalla y lee vocalizando mucho.

—Me parece haber visto un lindo gatito.


CONTINUARÁ...

Novela corta
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Mariano Valverde Ruiz (c)