jueves, 27 de febrero de 2014

SIN ESCAPATORIA (Versión blog, Parte 13)




13

Todos buscan su verdad entre las sombras. Marlén y Ava no son la excepción de una regla que se cumple inexorablemente entre todos los humanos. Un cielo oscuro ha quedado fuera del cabaret, un cielo que va acariciando los rascacielos de Madrid con láminas de humedad. Dentro del local es otra clase de cielo el que cubre los pensamientos y da cobijo a las más ocultas obsesiones. Entre las paredes de La nuit algunos encuentran la templanza necesaria para ser ellos mismos. Y lo hacen sin percatarse de que todos forman parte del espectáculo de la vida.
Marlén entra al camerino que comparte con Ava. Aún tiene bastante tiempo para maquillarse y prepararse para la actuación de la noche. Lo hace con la confianza de que las horas venideras le hagan encontrar la salida adecuada para el dilema que se debate en su interior. Ava ha llegado hace más de media hora y está sentada junto al tocador. Las dos bellezas son minúsculas golondrinas en la noche madrileña que vuelven siempre al nido de las luces y los colores. Viven de su imagen y, siendo tan deseadas saben, que muchos las envuelven en sus sábanas cuando llegan a casa, y que lo hacen como una rebeldía contra su rutina. Eso les proporciona la fortaleza precisa para dar rienda suelta a los papeles que tienen que interpretar.
—Buenas noches artista —saluda Marlén, lo hace con una sonrisa un tanto forzada, pero sincera en cuanto al afecto que siente por Ava.
—Buenas noches “plofiteloles” —contesta con cierta ironía la cantante. La llama con ese calificativo cariñoso desde que la conoció. Ella estaba sentada en la mesa paralela a la de Marlén en un restaurante de Chueca,  cuando, de repente la escuchó discutir acaloradamente con un camarero chino porque había pedido profiteroles de postre y le habían servido otra cosa. Marlén protestaba airadamente y el oriental le repetía, una y otra vez, que no tenía “plofiteloles” que tenía “galetas de la suelte”. Después, Ava se acercó y le ofreció tomar unos profiteroles con chocolate en su casa.
—¿Qué haces?
—Pues aquí, cosiendo el vestido, intentando estrechar el talle que se ha ensanchado con el uso y no me queda bien.
—¡Qué apañada eres!
Ava mueve con orgullo las manos. Va alisando el trozo de tela donde realiza el pespunte y lo deja sobre la leja del tocador con mucho mimo. Luego toma una aguja y la clava sobre una esponja rosa del tamaño de una mandarina. Lo hace con un ritual primoroso, como si estuviese a las puertas del cielo y de ello dependiera entrar o no. Después, escoge una bobina de hilo del interior de una caja metálica de las que se usaban como recipiente para galletas. Es un hilo dorado y brillante que simula un rayo de luz en la habitación. Desenrolla un trozo de aproximadamente medio metro y lo corta con los dientes. Muerde y humedece la punta del hilo con saliva para conseguir que sea aún más fino. Coge la aguja con la cabeza hacia arriba y mira al trasluz para ver con exactitud dónde está el orificio por donde ha de pasar el extremo afilado del hilo. Apunta con la otra mano como si se dispusiera a realizar la suerte suprema de los toreros. Y luego mueve con sigilo la mano derecha hasta que consigue ensartar el hilo en el ojal.
Marlén observa la maniobra de Ava en un silencio con matices románticos. Se deja llevar por las palabras y la música que salen de un pequeño radiocasete, una reliquia que la cantante lleva consigo desde hace años como si de un amuleto de la suerte se tratara. “Tú, tristemente tú, me dijiste cuando me marché, que de amor ya no se muere”, suena la música dulzona en el fetiche de Ava. Es una vieja melodía italiana que envuelve la atmósfera del pequeño camerino con los colores de la Toscana. Marlén escucha las palabras de la canción. “Cuánto cuesta confesarlo”. Y asiente. “No podrás mentir”. Y se muerde las uñas. “Si de amor ya no se muere, algo en mí se morirá”. Y entorna los ojos buscando un rayo de luz en las sombras, acaso el rayo que ha dejado la hebra de hilo de Ava. “Nuestra historia tiene mal final”. Y la tristeza se rompe en su interior como un tiesto de cerámica.  
—Ya está. Ahora unas puntadas por aquí y otras por allá. En unos minutos estará listo para una prueba. Si me queda bien, entonces lo coseré a conciencia. Ya verás qué chulo.
—Ese vestido de volantes te va a estar muy bien. Y con los arreglos vas a parecer la reina de La nuit.
Ava ríe con profunda satisfacción.
—Si es que soy muy manitas para esto de la aguja. Ja. Ja. Ja.
La cantante se deja llevar por lo que en ese momento suena en el radiocasete y canta moviendo las manos como si de gaviotas en la costa de Venecia se tratase.
Vuela que vuela y verás que no es difícil volar…La, la, la. Será porque te amo.
—Te podrías ganar la vida de modista.
—¡Vaya que sí! Y más ahora que vuelven a estar de moda.
—¿De moda?
—Sí, por dos razones. Una por la crisis de órdago que padecemos y que nos está haciendo regresar a los tiempos de la posguerra. Y otra, porque parece que todas quieren convertirse en una costurera espía, como la de esa novela de éxito.
—No me extraña. A quién no le gusta el lujo y la elegancia. Y más si somos mujeres que venimos de la nada.
—A todas nos gusta presumir y sentirnos guapas. Y deseadas…¿No?
—Claro…—Contesta Marlén con una cierta levedad en el vuelo de sus palabras. A su mente acude de inmediato el problema que le quema las entrañas.
Ava, que es muy receptiva, ha notado el matiz de las palabras. Entre puntada y puntada, no pierde de vista las expresiones de su amiga. La encuentra distraída y alejada, metida en su mundo. Piensa que algo le sucede pero sabe que no debe presionarla para que hable.
—Estás muy guapa esta noche —dice Ava—. Bueno, como siempre. ¿Qué daría yo por ser la mitad de hermosa, coqueta y femenina que tú eres.
—No seas exagerada. Si ya sabes que tú eres guapísima.
—Qué va, tú eres más. Con ese garbo que tienes. ¡Qué envidia me dan los hombres que te tocan!
—¿No estarás celosa?
—¿Yo? ¿Cómo voy a estar celosa? ¿No has visto qué palmito tengo?
Ava se levanta y se mira al espejo. Se mueve con gracia mientras en el radiocasete se escucha: “Ven claridad y no vuelvas a escapar. Vuelvo a su esclavitud. Ven claridad llega ya…” Se pone las manos en la cadera y se gira hasta colocarse de perfil derecho, y luego izquierdo, alternativamente. Se observa con devoción en el gran espejo del tocador. Después sube las manos acariciando su cuerpo hasta colocarlas debajo de los pechos. Los levanta y sopesa. Ríe con profunda satisfacción.
—No ves qué argumentos tengo yo para conquistar a los hombres. Podría rendir todo Madrid a mis encantos. Por cierto, ¿cómo llevas tú tus conquistas?
Marlén sonríe, pero un rictus de amargura se asoma a sus labios con el aire de una capa siniestra. Ava no puede soportar más tiempo la presión de la curiosidad y le pregunta directamente.
—¿Qué te sucede? ¿Algún problema de amores con Inocencio?
—No. No es nada… Es que me duele un poco la cabeza.
—Ya… Eso te lo soluciono en un momento. Te voy a dar una aspirina disuelta en un vaso de agua…¿Has comido algo? No…¿Verdad? Pues voy a pedir un poco de comida china para las dos. Rollitos de primavera y cerdo agridulce…¿te parece?
Marlén asiente.
Ava tiene la certeza de que a su amiga le sucede algo grave o de lo contrario le hubiese contestado que a ella no le gusta el cerdo agridulce, que prefería arroz tres delicias. La cantante intuye el posible dolor que su amiga siente por dentro y se acerca con ternura hasta colocarse por detrás de su asiento.  Comienza a acariciarle el cuello y a masajearle los hombros. Nota la tensión acumulada entre las fibras musculares de su amiga, las rodea con los dedos igual que a un arbusto de espinos, con miedo a herirse.
—Vamos, cuéntame lo que te sucede…Te sentirás mejor. Acuérdate de que somos la una para la otra…¿O no? Y de que nada puede con nosotras…
Marlén se deja acariciar en silencio. Ha sacado el teléfono móvil del bolso y lo ha conectado. Ve que tiene varias llamadas perdidas. Comprueba el número y ve que se trata de Inocencio. Duda entre si llamar o no. La inquietud le paraliza. Y guarda de nuevo el teléfono. Ava también ha podido ver la pantalla iluminada del móvil con el nombre de Inocencio y el número cinco.

Las dos se quedan en silencio como si se dejaran llevar por esa verdad desconocida que ambas andan buscando. La voz armoniosa de un cantante italiano trepa por el aire igual que una enredadera: “Te odio y te amo. Mil mariposas que mueven las alas haciendo el amor… Yo te amo… Y ahora recuérdame… Hazte rogar un poco antes de hacer el amor… Yo te amo”. 


CONTINUARÁ...

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martes, 25 de febrero de 2014

EL FUEGO DEL INSTINTO

EL FUEGO DEL INSTINTO



Cuando no estás, el mar roza mis labios
en los lechos de sombra
donde duerme la luna.
Me convoca con signos nada usuales 
a un diálogo poético sin métrica,
me guía hacia el destino inconfesable
del secreto que otea el subconsciente:
narra tu mundo para que lo viva.
Nuevas olas recrean tu memoria
y tus formas de amarme -asas de luz
a las que anudaré mis limpias manos
con cadenas de instinto-. Así pasan las horas
en que no me  sumerjo en las aljibes 
de mora donde guardas tu sonrisa.
Leo libros y busco una voz más profunda 
que me acerque a ese mar que bien conoce 
cómo es el flujo azul de la nostalgia
-llave que abre la puerta del silencio-.
Soy cuerpo en otro cuerpo que no existe
hasta que los arqueros de la aurora 
lanzan flechas de luz por tus sienes de oro.
Entonces me reclama con sigilo
la luna derramada por tu piel,
me provoca, y es aire con mi fuego.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
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Mariano Valverde Ruiz (c) 


domingo, 23 de febrero de 2014

RUTH LORENZO, DANCING IN THE RAIN. UNA LUZ:


Esta vez sí.







La música nos ha envuelto en luz. Y en su aura mágica, en la inmensidad dorada de la luz con que se inicia la canción, me he dejado llevar por la esencia de la cultura mediterránea que se asoma, como un clavel milenario, a los ojos de Ruth.

Esta vez sí. Un nuevo amanecer se aterciopela en las tonalidades de "Dancing in the rain", una aurora que las escalas del piano van elevando suavemente sobre el cielo. Y el cielo se abre ante los ojos decorando con su azul luminoso los más ocultos rincones de los corazones.

Esta vez sí. "Yo quiero ver la luz. Vivir. Amar. Sentir. Saber. Aunque llueva. Tú y yo. Nadie nos puede parar". Presiento que esta vez sí llegará la música a los corazones de todos los europeos. Y más allá. Así que..."deja caer. Deja caer la lluvia. Vive. Simplemente vive. No tengas miedo" Ruth, porque algo intocable traspasa las fronteras y acaricia los sentidos como una gasa de armonía y equilibrio.

Esta vez sí. Nacen y vuelan todos los aromas de la huerta murciana más allá de nuestras fronteras. El azahar es una muselina de colores en la voz de Ruth y sus tonos viajan portando los matices de la nobleza y el arte. Cuando se entrega el corazón, la luz vuela por las antenas, por las ondas, por el aire, y es luz azul, luz mediterránea que se encumbra desde cualquier rincón de Europa, desde el Egeo hasta Gibraltar, desde Los Urales hasta Islandia, desde Los Alpes hasta La Selva Negra, desde los Pirineos hasta Copenhague.

Esta vez sí. Baila bajo la lluvia, siente las caricias del agua sobre la piel como un beso de hierbas silvestres, como el tacto de todas las edades, como el renacimiento de una pasión. Y toda Europa es un mismo corazón que deja caer la lluvia sobre la tierra que nos sostiene en el suelo cuando nuestras alas quieren elevarse sobre las gotas del agua.

Esta vez sí. Como si se hubiesen unido Celine Dion, Wuiney Hiustom, Mariah Carey para tomar la forma de una flor de limonero con ojos ilusionados, los ojos de la bondad y de la nobleza. Ojos que saben unir la pasión, la lucha y la esperanza con la fuerza y el orgullo de los murcianos.

Ruth, haz que llueva bajo los ojos de los que te estamos escuchando con el ánimo espectante. Y hazlo porque puede que no salga el sol mañana y que a pesar de eso toda la tierra sea del color de tus matices, y que lata al ritmo de un sólo corazón: Dancing in the rain.

Esta vez sí. Deja caer, deja la lluvia caer...

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23 de febrero de 2014
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miércoles, 19 de febrero de 2014

BOTÓN DE PERA


BOTÓN DE PERA



Mientras los acaricio,
tus emergentes pechos
y tus botones frescos de pereta,
escapan a los dedos
huyendo hacia ese horizonte
que imitan los poemas
cuando son voz y carne enardecida.

Mientras los acaricio,
sus vértices violetas
desatan los gemidos
y el vendaval perverso de tu cuerpo
se impregna del aceite de misterio
que lubrica tus ojos.

Mientras los acaricio,
resulta inverosímil
pensar en otra cosa
que no sea la línea que une
la imagen y el sabor
de este jugo de arándanos
con que manchas mi tacto.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
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SIN ESCAPATORIA (Versión blog, Parte 12)




12

Hace unos minutos que Inocencio salió del trabajo y ya parece que tiene otra cara. Se ha tranquilizado mientras cenaba. Ha pasado por el bar Canijos y se ha comido un bocadillo de calamares a la romana, una barra de pan llena de anillas rebozadas y recién fritas que no se la salta una cuadriga en plena carrera. Ha acompañado el suculento bocado con una rubia cerveza que era un tercio del tamaño de su hermana mayor, la litrona. Después ha salido a la calle resoplando y silbando la música del Padrino, va completamente rehecho, como si la tinta de calamar hubiese recargado su cansado vitalismo y estuviese ya dispuesto para seguir escribiendo su destino. Tras caminar unos cincuenta metros y girar a la derecha, se ha dado de frente con un cartel que le advierte con letras góticas que ya está en plena Gran Vía. Entre tanto, su mente ha estado ocupada con el tema que le invade desde hace una hora parte del hígado, esa cavidad donde se producen los ácidos necesarios para digerir los platos más indigestos.  Ahora termina de consultar la guía de teléfonos y direcciones, y tiene las señas de su agente marcadas a fuego dentro de su GPS humano.
—Está cerca de la Plaza de España. ¡Vamos para allá!
Mientras va caminando por la acera, camuflado entre la gente, urdirá un plan para acabar con ese bastardo que le quiere robar las mieles de la gloria.
—El plan ha de ser cuanto más simple mejor. Los crímenes muy sofisticados terminan siempre dejando alguna vía libre para la policía, algún cabo suelto que el sabueso de turno convierte en nudo corredizo para ajustar alrededor del cuello del criminal. A mí no me va la manera enrevesada que tienen algunos de cargarse a sus víctimas. Repito. Cuanto más simple mejor.
Su mente repasa las películas policíacas que ha visto.
—Hay que cubrirse las espaldas. Sería bueno que mientras se me ocurre la forma de matarlo también fuese buscando una coartada que me mantenga a salvo. Vamos a suponer que, por algún extraño azar, algún día llegan a preguntarme dónde estuve a la hora en que se cometió el asesinato. Claro que eso sólo puede suceder si interpretan que es un asesinato lo que le va a ocurrir a ese ladrón de pacotilla. Por tanto, no nos adelantemos, lo primero es ver cómo va a morir ese miserable representante del demonio, ese traidor que me ha birlado, en mis propias narices, el papel de mi vida.
No encuentra una forma impune de cometer el asesinato del agente entre los casos que recuerda.
—Tengo que improvisar sobre la marcha. Estoy seguro de que algo se me ocurrirá. He de inventar el modo de hacerlo sin dejar rastro. Es preciso idear la forma de consumar mis intenciones en el momento más adecuado y de actuar según lo que, cuando encuentre al sujeto, aconsejen las circunstancias que rodeen al presunto fiambre, que ya veo dentro de su cajita de roble, tan mono él. Si el miserable está en su casa y solo, facilitaría la tarea. Quizá una forma sencilla de hacerlo consista en llamar su atención con alguna estratagema expuesta al margen del origen de mi visita, que será pedirle la cuenta de lo que le debo, por supuesto, y entonces contarle, por ejemplo, que he visto a un hombre alto y de aspecto siniestro, vestido con gabardina gris y un sombrero de alas caídas, un hombre sin duda sospechoso, que estaba vigilando su balcón desde la calle. La curiosidad le llevará a salir para ver de quién se trata. Y cuando esté asomado al vacío…un empujoncito certero y ya está. ¡Hasta luego Lucas! A representar actores al infierno.
Respira con satisfacción y sigue elucubrando su plan.
—¿Y la coartada?... Antes pensaba que no sería necesaria si todo sale a la perfección, pero…¿Y si no sale…? Confío en mi buen hacer, pero…¿Y si los hados se confabulan en mi contra? Sí, ya he decidido que debe parecer un accidente, pero, a pesar de todo, creo que debo tener en cuenta una buena coartada que me cubra, no vayamos a tener problemas. Quién me defienda debe de ser una persona que esté dispuesta a jurar que yo estuve con ella toda la noche en la que el pavo se convertirá en chóped. Ya lo tengo. La coartada será Marlén. He de actuar para que, sin que ella se dé cuenta de mis movimientos,  crea que estoy a su lado mientras suceden los hechos que provoquen el final del agente. Entonces nadie sabrá que yo voy a tener algo que ver en su trágico final. Teniendo en cuenta que ella trabaja en ocasiones cerca del domicilio de la rata apestosa de mi agente, me llegaré hasta La nuit, le haré creer que estoy todo el tiempo en el local y, aprovechando su actuación, iré a buscar a ese mal bicho y me lo cargaré como a una vil cucaracha. Luego volveré discretamente hasta la sala y ya está. Todo el mundo contento. Tendré el primer puesto para interpretar a Macbeth. Ya comienzo a intuir los aplausos que el público, rendido ante mi sublime actuación, me dedicará. Ahora debo llamar a Marlén para saber dónde está en este momento.
Inocencio está a la altura de los primeros números de la calle Alcalá. A estas horas de la noche las aceras van como todos los días llenas de gente variopinta y multicolor. Algunos peatones van camino de sus casas después de tomar unas copas con los compañeros de trabajo. Otros salen de sus casas para dirigirse al encuentro con sus citas y van camino de los cines, de los teatros musicales, y de los numerosos locales de todo tipo que blasonan los edificios de esta larga avenida. No por casualidad se la conoce como el Broadway madrileño. La luz de los locales refleja el carisma de la ciudad: de aquí al cielo.
Sigue caminando con cierta tranquilidad no exenta de incertidumbre. Su silueta se confunde con la de las imágenes de los seres que también buscan su parte de cielo desde las calles de un Madrid cosmopolita y multicolor.
—He marcado varias veces el número de Marlén en mi teléfono móvil y no contesta. No sé dónde estará a estas horas. Aunque a todos los actores nos gusta meternos en el papel de otros y jugar a inventar las vidas que desconocemos, lo cierto es que, en lo que se refiere a Marlén, me cuesta hacerlo. Lo que hay dentro de ella, su vida interior, sus pensamientos, sus inquietudes, me resultan el mayor de los enigmas. A veces juego a idear lo que está pensando y le lanzo alguna proposición para ver su reacción. Casi siempre suelo equivocarme en la interpretación que hago de sus actos posteriores. En fin. Ésta es la vida de un pobre aprendiz de las virtudes y los defectos de mi pareja actual. 
Ahora sonríe para sí mismo recordando el sabor de la boca de su amada, la dulzura del tacto de sus labios y la musicalidad del sonido de sus besos.
—Lo mío con Marlén es difícil de explicar. No la entiendo. Aunque eso me suele suceder con todas las mujeres. Es imprevisible. Cambia de humor radicalmente. Pero ejerce un enigmático poder de seducción sobre mí que no puedo comprender por más que lo intento. Sus curvas voluptuosas, su sensualidad, esa boquita que tiene, que es un melocotón dulce, esos andares de gata en celo. Toda ella es pura esencia afrodisíaca. Me costó mucho acostumbrarme a verla besándose con otros hombres, haciéndose arrumacos cariñosos con sus parejas de reparto, o coqueteando con la seducción por imperativos del papel que interpretaba. Y aún me pongo como una bestia, a pesar de saber que se trata solamente de situaciones ficticias, cuando la veo acariciada por otras manos. Entonces me repito sin parar: no es nada más que trabajo.
Los recuerdos de Inocencio se centran en la imagen de su amada como si de repente todo lo demás no existiera.
—Conocí a Marlén en la Escuela de Arte Dramático. Fue durante un curso de expresión no verbal. Interpretamos una escena de atracción sexual en la que no podíamos usar palabras y en la que éramos grabados en vídeo para analizar posteriormente las imágenes y corregir errores. El mayor problema al que me enfrenté fue no demostrar demasiada evidencia hormonal en la escena, es decir, que las hormonas no se saliesen del pantalón y me pusiesen en evidencia. A lo largo de una semana tuvimos que repetir la dichosa escenita varias veces cada día. ¡Qué maravilloso suplicio! Yo estaba encantado. Pero, en el fondo, lo pasaba muy mal al tener que reprimir mis impulsos primarios. Sin embargo, a ella se la veía cómoda, interpretaba con naturalidad movimientos, expresiones faciales, miradas, gestos. Eso me exasperaba, elevaba a la enésima potencia mi deseo y disparaba la codicia por poseer su cuerpo y arrastrarla a la lujuria de la pasión desbordada. La escena nunca salía como la profesora  quería, llegué a pensar que lo hacía a posta, que también a ella le ponía Marlén ya que se acercaba una y otra vez para corregir las posturas mientras la acariciaba explicándome a mí cómo lo tenía que hacer yo.
Un escaparate de ropa interior capta su atención durante unos segundos y la silueta de Marlén aparece dibujada en su mente con uno de aquellos eróticos conjuntos.

—El sábado de esa semana interminable de tensión sexual no resuelta quedamos para tomar unas cañas. Aquella noche apuramos la luz de los bares y acabamos, sin darnos cuenta del tiempo, en mi apartamento. Entonces repetimos la escena sin espectadores y sin profesores que detuviesen nuestros gestos, nuestras manos, nuestras bocas, nuestro deseo. Nos arrancamos las prendas de vestir a mordiscos, lamiendo cada centímetro de nuestras pieles, decorando con carmín o saliva la superficie sorprendida y arrebolada de nuestros cuerpos. Nos entregamos completamente el uno al otro en una danza brutal de contorsiones y de impulsos que los gemidos marcaban con ritmos frenéticos, donde la fantasía de las posiciones era un decorado de sombras en las paredes del dormitorio, donde el furor de nuestras sangres nos llevaba a un permanente compás de nuevas acometidas, de nuevos retos para apoderarnos el uno del otro, de nuevos gemidos que quedaban colgados de los visillos del aire, donde las respiraciones eran una brisa de perfumes, donde cada rincón del dormitorio se había convertido en un jardín tropical en el que brillaba el color de la pasión y del deseo. Y así permanecimos hasta que las primeras luces del día nos vieron caer exhaustos sobre las sábanas. Nos dormimos entrelazados como unas tijeras unidas por los sexos, sin salir el uno de la otra, soldados por el vértice que nos había hecho girar a ambos alrededor del universo. La escena había salido de maravilla.


CONTINUARÁ...

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sábado, 15 de febrero de 2014

VIENTO DE HIEL


VIENTO DE HIEL



Volverás a mirarme
sin espinas que te rasguen las sienes,
del mismo modo que antes me mirabas.
Las naves del olvido
vararán sus saetas en un puerto sin luces
y pasará este tiempo y sus larvas insomnes.

Quiero que esta velada devuelva fantasías
-ahora desleídas en la bruma-
a tu forma de ver las moras de la tarde.
Que las palabras rimen 
aleteos de alondras en tus ojos,
y en tus dedos, las plumas de la noche.
A mis venas daré la consistencia 
del talco y el rojo limpio
de una astilla en pavesa
para que no refulja el color negro
que da rutas al miedo por perderte.

Deseo que termine la tormenta
y amaine el viento de hiel y sombras
que ahora reverbera en nuestros cuerpos.
Entonces seré hoja de luz clara
que recubra tu cuerpo a todas horas
y el aire cerrará viejos postigos
en las puertas que guardan los rencores.
La tarde será espejo de tus labios pintados
y la luz del olvido vendrá con el crepúsculo.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
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jueves, 13 de febrero de 2014

SIN ESCAPATORIA (Versión blog, Parte 11)




11

Después de hacer un gesto instintivo para buscar el teléfono móvil, los ojos de Inocencio se detienen en un pequeño insecto que yace muerto junto a una de las esquinas de la mesa.
—La muerte sigue siendo el gran tema. Nos asalta día a día en todos los rincones del planeta y se percibe bajo todas sus formas. Por eso es mejor no insistir en conocerla, en comprobar su cercana certeza. Tarde o temprano nos alcanzará. Entonces uno puede ser enterrado o incinerado. Incluso hoy es posible que tus cenizas viajen al cosmos por un módico precio. Te mueres y las penas quedan para siempre, igual que cenizas espaciales, perdidas en un abismo sin final, sin posibilidad de retorno.
Inocencio suspira mientras ve la mosca muerta en el suelo.
—Existir, lo que se dice existir, sólo se existe mientras te recuerdan. Me viene a la memoria una imagen en el cementerio de Hollywood. Una vez estuve allí honrando a las viejas glorias del cine. Mientras paseaba por los pasillos centrales vi cómo, al fondo, en la segunda tumba de la izquierda, varias mujeres ancianas acercaban sus labios pintados de rojo hasta la tumba de Rodolfo Valentino. La escena me impresionó.
Inocencio compara la insignificancia de la mosca con la dimensión del recuerdo de los mitos.
 —Los mitos permanecen. Viven más allá de la muerte. Quizá la muerte, en algunas ocasiones, sea en pasaporte para el reino de los mitos. Un reino que es de esta tierra. La muerte es entonces un precio que hay que pagar para comprar una pequeña porción de eternidad. Un intercambio de vidas ¿Pero de qué forma?
El estómago del actor vuelve a reclamar su recompensa por haber aguantado tantas horas sin comer nada. Ya tiene experiencia en eso. Intenta olvidarlo por unos minutos y sigue divagando como un eremita.
 —Los actores también tenemos que hablar de la experiencia, de la del hombre en general y de la nuestra en particular. La experiencia es el tiempo mismo. Y el tiempo se alarga mientras la vida se acorta. Pasa. Pasa. Pasa.
Inocencio suspira al pensar en su propia experiencia vital.
—La experiencia se desliza día a día por una alfombra mullida sin que percibamos la solución de continuidad que existe entre los pliegues de esa alfombra y el suelo que acogerá nuestros huesos. Aparentemente no tiene límites. Pero nuestro tiempo, el de nuestra existencia, sí que tiene un límite concreto.
Inocencio piensa en el tiempo que le puede quedar de vida. Y un matiz de inquietud se dibuja en sus ojos al comprobar que no sabe cuándo puede terminarse su tiempo.
 —He de conseguir mi objetivo antes de que se acabe mi tiempo, he de representar a Macbeth antes de que desaparezca ante mis ojos la existencia, antes de que mi vida sea una liebre huidiza sin forma de ser apresada, detenida, inmovilizada. La vida se va con toda la certeza de lo que nunca vuelve.
El doblador de películas mira el reloj.
—Ya es muy tarde…El tiempo, siempre el tiempo y su condena.
Inocencio vuelve a mirar su reloj.
—Es muy tarde pero aún me quedan cosas de qué hablar, y las quiero decir ahora que no me escucha nadie, que solo me oyen las cuatro paredes de este estudio.
El hombre respira y lanza sus deseos al aire.
—Soy un actor que busca obra y escenario. A ser posible Macbeth y un teatro de la Gran Vía. Así que, como hacen los demás actores hablaré de los matices, de las pequeñas diferencias, de las zonas más desconocidas del género humano, del misterio y de lo inefable. O interpretaré el silencio. Después de todo, hablar por hablar, es pura falacia, un vaho de palabras que enturbia las mentes como un cáncer sin materia… ¿Dónde tengo el teléfono? …Sí. Tal vez sea mejor respetar el silencio. O la voz en off tras el telón. Tal vez sea mejor retirase y hacer mutis por el foro… La nada… ¿Qué estoy pensando?... Sí. Yo soy un actor. Un actor que se gana la vida doblando películas de dibujos animados. Un actor que quiere ser grande. Con ambiciones. Que no se resigna al fracaso. Un actor que no se calla. Quizá esté equivocado y ya no quede de qué hablar, pero es necesario seguir hablando, aunque al final sigamos sin saber nada. Tal vez, algún día, encontremos un nuevo veneno que nos agarre por el cuello, que nos estimule las mentes y que nos acerque a la vida con pasión o con misterio.
Como si de pronto hubiese sido sacudido por el latigazo eléctrico de la urgencia, comienza a moverse con celeridad yendo de aquí para allá sin parar de colocar cada cosa en su sitio.
—Ya está bien por hoy. Está todo recogido. Voy a apagar las luces y a salir por la puerta como alma en pena. Ya es tarde. Huelo a sardina enlatada. Hay que tomar una cerveza y cenar algo. Se me fue el santo al cielo. Pensaremos en todo lo anterior mañana.
Justo antes de cerrar la puerta que da a la calle en el edificio donde ha estado trabajando, comienza a sonar de forma insistente un canario de tonos agudos y metálicos.
—¡Vaya! Ahora suena el móvil… Estaba en el bolsillo superior de mi chaqueta. Cómo no me había dado cuenta antes. Ha estado aquí desde que me la quité esta mañana, totalmente inactivo durante más de doce horas, como si estuviese sin batería, o quizá mecánicamente muerto. O lo que es peor, como si yo no existiese para nadie, o a nadie importara, o a nadie preocupara, a nadie, a nadie… Y ahora que termino la jornada de trabajo va y suena…¿Quién será?
—Sí
—…
—¡Hombre! Cuánto tiempo sin noticias tuyas. No te enfadarías con lo que te dije la última vez que hablamos. Ya sabes que eres mi agente artístico favorito. Tienes algo ya para mí. ¿Qué me cuentas?
—…
—¿De veras? No me puedo creer que yo sea el segundo seleccionado para el papel de Macbeth en la función de la asociación de vecinos del barrio.
—…
—Ya. Pero soy el segundo. ¿Quién es el primero?
—…
—¡Ah! Entonces no debo tener ninguna oportunidad.
—…
—Bueno. Otra vez será. Y dices que…¿Cuánto te debo?...No se oye… Parece que se corta… Hay inter…fe…ren…cias. Pi. Pi. Piiiiii…
Inocencio desconecta el móvil y lo guarda en el bolsillo mientras masculla insultos a media voz.
 —¡Maldito aprovechado! La carcoma de la venganza corretea otra vez en mi mente. Aggg…Macbeth. Macbeth. Macbeth… Veo un puñal ensangrentado flotando ante mi mano y quiero asirlo por el mango con toda la fuerza que el odio genera en mis músculos. Es un espectro. Es un fantasma. Es una señal. Una tragedia. Una traición… Mi agente dice que fue a él a quien eligieron como primera opción para interpretar a Macbeth. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo es posible que tenga tanta cara? Si yo soy el mejor actor posible para dar vida a ese personaje. Si yo soy mejor. Si yo soy. Yo…
El actor de doblaje camina enfurecido mirando alternativamente hacia al suelo y hacia delante mientras gesticula como un poseso.

—De mí no se ríe nadie y menos ese agente del tres al cuarto. Creo que voy a tener que hacerle una visita para poner las cosas en su sitio. ¿Dónde estará ahora? Buscaré su domicilio en la guía… Y parecerá un accidente, como en las novelas de género negro, sólo que esta vez será verdad.


CONTINUARÁ...

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VILEZA

VILEZA



Para dejar a un lado la costumbre,
clausuro el cabaret de las palabras.

La exigua llama de una vil cerilla
ilumina los gestos desolados
con que interpretas todo mi silencio.

Con voces de salmodia
termina la vileza.

Ufff. Me estoy quemando.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
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miércoles, 12 de febrero de 2014

SAN VALENTÍN EN ALBERJERTE







Las palabras son palomas que se echan a volar sin conocer su destino. Pueden estar volando durante muchos años sin descanso, sin necesidad de posarse en un lugar habitable, sin que ningún cazador pueda herirlas, y con la certeza de que, tarde o temprano, encontrarán el lugar exacto donde su destino termine por cumplirse.
Con estas palabras comienza en texto que Magdalena lleva escrito para dejarlo mañana bajo alguna piedra del paraje de Las Vaquerizas donde nació hace setenta años. Lo lleva doblado dentro de un medallón sujeto al cuello con una cadena de bronce que le regaló su novio hace más de cincuenta años.
Son las diez y media de la noche. La luna llena entra por los amplios ventanales del salón comedor del albergue como un velo de novia. La cena se ha servido temprano porque a los postres se va a realizar un recital de poesía con los poetas invitados al I Encuentro Literario del Valle del Jerte.
En las mesas titilan las velas con la luz adecuada para la noche del 14 de febrero. Magdalena tiene sus ojos distraídos en el dulce vaivén de la llama. Su mente procura viajar hasta cincuenta años atrás. Y los recuerdos parecen tomar vida junto al juego de luz que las velas realizan con las sombras del local. Junto a Magdalena, más de cien personas se han dado cita para vivir dos jornadas marcadas por la literatura, la cultura y el turismo en un lugar paradisíaco.
El pueblo Cacereño de El Torno da posada a los invitados. El valle del Jerte se ha vestido de gala para la ocasión, y el color inmaculado de la flor del cerezo, ha pintado los corazones de todos los que se han acercado hasta esta zona de Extremadura. Durante unas horas, quienes comparten mesa ahora, van a coronar el aire de rítmicos versos y de párrafos de novelas, haciendo que la cultura adquiera la dimensión de la belleza.
Magdalena comparte mesa con cuatro personas de diferentes procedencias. Una pareja que viene desde la lejana localidad de Lorca, en Murcia, un señor de Valladolid, que se ha presentado como el mejor poeta de su barrio, y una afamada novelista que es conocida entre el mundillo literario por su pasión por la cerezas. La conversación ha sido muy amena durante toda la cena. Magdalena, que se ha trasladado desde la ciudad de Berna (Suiza), donde vive con sus hijas y sus nietos desde que quedó viuda, ha querido venir sola a pesar de sus setenta años. Convenció a sus hijas de que quería visitar el pueblo que le vio nacer y que decoró su juventud con la flor del cerezo, antes de que físicamente no pueda permitírselo. La auténtica verdad sobre el motivo del viaje sólo la conoce ella.
El presentador del evento acaba de dirigirse hacia la mesa dispuesta al efecto. Saluda a los asistentes agradeciendo su presencia y presenta a las autoridades que han colaborado con la realización del evento. Después de las palabras protocolarias se inicia el recital de los poetas. Antes de anunciar la lectura del primer invitado, advierte a la sala que quién estaba previsto interviniese en segundo lugar, ha llamado diciendo que por motivos ajenos a su voluntad no sabe si podrá llegar al acto.
Al escuchar estas palabras, a Magdalena le ha dado un vuelco el corazón. El poeta de Valladolid se ha dado cuenta del gesto de contrariedad de la mujer.
—¿Puedo preguntarte qué te sucede? Parece que no te encuentras bien.
—No es nada. Sólo que…
Magdalena intenta contener inútilmente las lágrimas. La novelista le ofrece un pañuelo de papel. La pareja de Lorca observa a la mujer intuyendo que algo importante le está sucediendo.
—Es que esperaba ver a alguien —, contesta Magdalena y agradece el gesto de la novelista.
Cuando Magdalena vio la lista de las personas que habían aceptado la invitación para participar en las jornadas, reconoció de inmediato un nombre: Casimiro Jiménez Marcos. Aquella tarde, con la pantalla del ordenador alumbrándole las lágrimas, recordó la última vez que vio a Casimiro.
Ella tenía diecisiete años. Eran las fiestas del pueblo de El Torno. Se celebraba la verbena popular del 14 de agosto, vísperas de Nuestra Señora de la Piedad.  Casimiro la cogió de la mano y le dijo que la acompañase hasta una esquina de la plaza. Ocultos entre las sombras de un portal, le declaró su amor incondicional y eterno. Pero también le anunció que a la mañana siguiente tendría que partir con sus padres hacia un destino desconocido. Sólo sabía que tendría que salir de España porque a su padre le habían advertido que la policía le iba a detener por considerarlo un elemento subversivo para el orden público. Su padre no lo sabía, pero seguramente irían a algún lugar lejano de algún país sudamericano. Casimiro le dijo que jamás la olvidaría y que haría lo posible por reunirse con ella. Después los dos se alejaron de la plaza hasta el porche de una casa de las afueras del pueblo.
Aquella noche, Magdalena estuvo intentado convencer a Casimiro de que se fugasen juntos, de que renunciasen a todo, hasta a sus familias si era necesario. Le pidió que buscasen un lugar perdido en el mundo, donde juntos, pudiesen hacer crecer su amor. Casimiro no encontró el modo seguro de ver un futuro con ella. Tal vez fue la incertidumbre lo que le asustó, o su juventud, o el miedo por lo que le pudiese suceder si su padre era detenido y también le detenían a él.
Los fuertes aplausos a la última intervención de los poetas sacan a Magdalena del estado en que se encuentra. El presentador del acto anuncia que a la mañana siguiente, tal y como está previsto, se espera a todos en la plaza del pueblo para continuar con las actividades previstas. Entre ellas, recuerda que se realizará una ruta por Las Vaquerizas y la garganta de la Puria y se verán los chozos y las majadas, junto al recuerdo de la figura de la escritora Dulce Chacón.
Las palabras del presentador se detienen y su mirada se queda fija en la puerta del local. Se produce un silencio de incertidumbre.  Después una voz rota se eleva por el aire del salón dibujando nuevas palabras.
—Buenas noches. Disculpen las molestias. El vuelo desde Buenos Aires se retrasó y el traslado desde Madrid hasta Plasencia ha sido más lento de lo que esperaba. Desde Plasencia hasta aquí, he tenido que pedirle al taxista que detuviese el coche en varias ocasiones, porque la emoción no me dejaba respirar. ¿Aún puedo participar?
—Si nadie tiene inconveniente, puede utilizar unos minutos antes de que demos por terminado el acto. El micrófono es suyo.
El Hombre se va acercando con dificultad hasta el atril. Cuando está delante, deja apoyado el bastón en un lateral, saca del bolsillo de su chaqueta un papel que llevaba doblado y comienza a leer.
Querida Magdalena:
Nunca he sabido donde encontrarte. Y ya nunca lo sabré. Por eso voy a leer en nuestro pueblo lo que me hubiese gustado decirte en persona. Sé que me queda muy poca vida. He reunido todo el dinero que tenía, y algo que me han prestado los marineros del puerto de Buenos Aires, para venir hasta aquí, a nuestro pueblo. Confío en que alguien de los aquí presentes recuerde lo que voy a decir y, por azar del destino, algún día llegue hasta tus oídos.
No sé siquiera si vives. Si es así, te dirán que te he recordado toda mi vida, que has sido mi amuleto de la suerte, mi descanso, el pañuelo para mis lágrimas, y el altar de mis alegrías. He guardado dentro de mí el sabor de tus besos, la dulzura de tu boca, el tacto de tu piel. Y te dirán que la luz de tus ojos ha alumbrado los días más amargos de mi vida.
La vida me ha impedido cumplir mis promesas de buscarte y reunirme contigo. Todos los astros se han confabulado en mi contra. Cuando me di por vencido tuve que casarme para permanecer en Argentina donde me llevó el exilio con mis padres. Ni siquiera la familia que tuve me dio la posibilidad de olvidarte.
Por eso, quiero decir aquí, en nuestro pueblo, para que donde quiera que estés alguien te lleve este mensaje, que te sigo queriendo, mucho más que hace cincuenta años, que he vivido una vida paralela a tu recuerdo, y que hoy, quiero que alguien recoja mi último aliento para llevarte mi súplica, y pedirte que me perdones por la vida en común que el destino nos ha robado…
Un aplauso cerrado rompió el silencio expectante con que los asistentes habían escuchado la voz rota de Casimiro Jiménez.
Magdalena se había cubierto la cara con las manos para ocultar el llanto y la emoción de volver a ver a su verdadero amor, la persona en quién nunca dejó de pensar, día a día, noche tras noche. Incluso hasta el día de su boda con el hijo de un amigo de su padre, que se comprometió a casarse con ella y a emigrar a Suiza, cuando él tuvo que dejar las tierras de labranza del señorito y venirse al pueblo para intentar vivir de arreglar zapatos.
Cuando los invitados comenzaron a levantarse, Magdalena se recompuso y se acercó hasta donde Casimiro se había sentado y estaba apoyado en su bastón con la cabeza hacia abajo.
—¡Hola codorniz!
Casimiro levantó los ojos. Aquella voz la reconocería entre un millón. Se levantó y los dos se fundieron en un abrazo intenso.
—Magdalena…¿Eres tú?
Volvieron a abrazarse. Casimiro, casi tartamudeando dijo:
—Pensaba que no te encontraría nunca. Estoy muy solo. La dictadura argentina se llevó por delante a toda mi familia. Yo sobreviví cambiándome el nombre y refugiándome en el puerto de Buenos Aires como un estibador español.
—Ya no estás solo. Ni lo estarás nunca más. Recuerdas la última vez que nos vimos. Aquella noche hicimos el amor por primera vez. Hoy tiene 50 años y se llama Esperanza. Tienes una hija y tres nietos. Y nosotros aún podemos amarnos con las palabras como si fuesen palomas que han encontrado su destino.


12 de febrero de 2014
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Mariano Valverde Ruiz ©



         

     

martes, 11 de febrero de 2014

SIN ESCAPATORIA (Versión blog, Parte 10)




10

La noche se le ha echado encima. Es una noche negra como la gangrena. Una noche que se ha tragado su tranquilidad como un dinosaurio venido del más allá, desde los últimos recovecos del pasado. Marlén está desencajada, fuera de sí. Su interior es una jaula donde en estos momentos está presa la calma, y su mente es una jungla de nervios alterados por las palabras y los gestos de Jeromo.
Ha salido de la Tasca de Erik buscando aire y se ha alejado caminando por la calle sin mirar hacia atrás. Las amenazas de su antiguo novio le han cambiado el estado de ánimo. Pensar en la posibilidad de traicionar la confianza de Inocencio le hace sentir la más miserable de las criaturas.
Recuerda ahora cómo la miraba el día que lo conoció, el tono acaramelado de sus palabras, el volcán interior que intuyó tras su piel cuando cruzaron sus manos y sus mejillas. Recuerda cómo estuvo buscando durante toda una semana la forma de convencerla para salir a tomar una copa. Y recuerda también los requiebros de las sesiones del curso que compartieron.
—No se lo merece. No. Pero qué otra salida tengo—. Piensa con amargura.
Como si de un clavo hiriente se tratara recuerda el efecto de la letra de Sabina: “amores que matan nunca mueren”. Escuchó aquellas palabras durante uno de los silencios en que Jeromo la dejó pensar en lo que le estaba proponiendo. En algún momento pasaron por su mente los juegos de dolor de la tragedia, fue al notar cómo la sangre se le subía al cuello para compensar el efecto de las palabras de Jeromo. Pero ahora no cree sentir con tanta fuerza para que sea la muerte una opción a considerar para solucionar el conflicto que la propuesta de su antiguo novio le ha provocado.
Marlén su cruza de frente con una pareja de enamorados que distraídos con los arrumacos casi chocan con ella. Los ha esquivado en el último momento y han seguido su camino sin percibir siquiera la muestra de fastidio de la mujer. Por un azar del pensamiento, le vienen a la mente las historias de Romeo y Julieta y de Los amantes de Teruel. Siempre ha sido una romántica. Ha llorado a moco tendido viendo las películas en que los amantes vencen todas las trabas que se oponen a sus deseos y terminan fundiéndose en un beso dulce. Ha imaginado muchas veces que esos besos tienen sabor a melocotón.
Ahora se pregunta si su aventura con Inocencio será otro sueño roto, otro de tantos intentos por conseguir alguien a su lado que la quiera por lo que ella es y no por lo que su figura sugiere. Se cuestiona si será otra oportunidad perdida, otra forma de ir muriendo poco a poco, otra manera de seguir caminando hacia una soledad compartida con el silencio, un sendero hecho con las múltiples desilusiones que tachonan su pasado de losas de mármol donde reposan sus amores frustrados.
Marlén camina por la acera buscando un clavo al que asirse, una salida airosa para la situación en la que acaba de meterse. No ve nada claro. Ha sacado el móvil para llamar a Inocencio y preguntarle cómo ha pasado el día. Lo ha conectado con la idea de escuchar su voz, de intuir su respiración tan sólo. Pero ahora no se atreve a marcar. No quiere que Inocencio le note nada, no desea que intuya lo que le corroe por dentro antes de que ella misma sepa lo que va a hacer. Después de pensarlo, prefiere guardar de nuevo el aparato tras mirar su pantalla durante al menos dos minutos. Ha decidido dejar su duda reposar en el bolso.
Al realizar el gesto de colocar de nuevo el móvil en el bolso, su reloj de pulsera ha quedado ante sus ojos. Marlén mira la hora con detenimiento. Es muy tarde y debe dirigirse directamente hacia el local donde realizará la sesión artística de esta noche. Allí tomará algo de alimento para aguantar hasta altas horas de la madrugada. Quizá durante esas horas pueda aclarar sus ideas y ver de qué forma  ha de enfrentarse a la cara de Inocencio sin que éste le note lo que lleva por dentro.  
Marlén conoce bien a Jeromo. Es un ser rudo y sin sentimientos, de reacciones imprevisibles. El consumo de estupefacientes le ha convertido en una bestia que sólo se mueve por los bajos instintos. Sabe que no se parará ante nada, ni ante nadie, para conseguir su objetivo prioritario: el dinero. Y siente un miedo que le va paralizando poco a poco, un miedo que modifica su habitual forma de caminar, la que realiza contoneándose como una góndola esbelta  junto a las aguas del Manzanares.
Después de haber caminado durante más de media hora, Marlén comienza a calmarse y a considerar las opciones que tiene, o al menos las que ahora ve. Hubiera dado lo que fuera por despertar en este instante y darse cuenta de que tan sólo estaba leyendo una novela, de que se trataba de las páginas de una historia cualquiera entre unos personajes cualesquiera del Madrid del siglo XXI. Pero no, está despierta, va caminando hacia su lugar de trabajo en la noche madrileña, es su historia la que está en juego, es su oportunidad de conseguir la felicidad, que tal vez se encuentra tras la relación con Inocencio, la que puede perderse. Y tiene miedo por lo que pueda suceder, tiene miedo por sufrir las consecuencias del destino si vuelve con Jeromo, si le hace el juego una vez más, si pierde la posibilidad de conducir su vida y se ve envuelta en una vorágine cuyo final desconoce. Está atrapada en la fatalidad que siempre lleva consigo la cruda realidad de la vida.
Jeromo ejerce un extraño poder sobre ella. No entiende qué es lo que tiene para sentirse a veces atada a sus caprichos y a veces excitada tan solo con su presencia. Unas veces le adora, mientras que, en otras ocasiones le odia con todas sus fuerzas por su despotismo, por su falta de tacto, por su falta de consideración, por usarla como a una bolsa de basura. Sin embargo, cuando nota toda su fuerza contra ella como un vendaval de deseo, cree que un hombre así, con esa energía primitiva, la protegerá contra toda adversidad que la vida le presente, le dará el refugio que siempre le ha faltado.
Su historia con él siempre ha sido una relación de amor y de odio. Sabe que nuca le fue fiel, e incluso, ella misma fue varias veces testigo de sus infidelidades. Las peleas posteriores eran una explosión de hormonas hecha insultos, agresividad, llanto y utensilios rotos. Luego él le decía que no quería a ninguna más que a ella, que era su única princesa. Le hacía el amor de forma salvaje. Y ella le perdonaba. La última vez que discutieron fue él quien se alejó. Marlén supo después que estaba distraído con un asunto legal que le tuvo a la sombra varios meses. Durante ese tiempo había conocido a Inocencio. Y fue como si un arroyo de paz y de buen humor hubiese inundado de repente su corazón.  
Ahora son pocas las opciones que tiene. La primera sería decirle a Inocencio lo que le ha encargado Jeromo, plantearle las cosas con todo el dramatismo de que sea capaz, y suplicarle que le ayude a liberarse de su enemigo. Tendría que mentirle para ello. Pero si Inocencio consigue el dinero, y si ella se lo da a Jeromo, tal vez éste pueda dejarla en paz. Marlén piensa además, que si es verdad que Jeromo cuenta con ella para su negocio, tal vez podría, con los años, devolverle el dinero a Inocencio. Y el tiempo pondría cada cosa en su lugar. Pero… ¿y si Jerono no se conforma con los 100.000.- euros? Entonces, ¿qué puede suceder?
La segunda posibilidad es decirle a Inocencio la verdad y entre los dos encontrar la forma de librase de Jeromo. En ese caso tendría que encontrar el momento y las palabras precisas para decírselo. Tampoco tiene una solución clara que proponerle a Inocencio, algo diferente a la opción de darle el dinero a Jeromo. Podría ser que se opusieran radicalmente a los propósitos del hombre de las botas con chapas metálicas y se enfrentaran a él, pero, conociendo el carácter de los dos hombres, uno muy violento y el otro pacífico por naturaleza, es casi imposible que lo puedan conseguir. Y tampoco tiene muy claro cómo pudiera reaccionar Inocencio ante un reto semejante.
Tras andar dubitativamente por varias calles, ahora acelera el paso con una idea fija en la mente. Quiere llegar lo antes posible a su lugar de trabajo. Allí estará Ava, y necesita hablar con alguien. Aunque Jeromo le ha advertido que no hable con nadie de sus planes, tal vez charlando con Ava, la encargada de realizar la actuación que va antes de la suya, pueda encontrar un poco de calma, un poco de la paz que le ha robado el que quiere ser emperador de Chueca.

Conoce a Ava desde hace varios años. En muchas ocasiones ha sido su confidente y le ha contado cosas que a nadie más se habría atrevido a contar. Ava también conoce a Jeromo. Eso puede ser un arma de doble filo. No sabe si arriesgarse o no. Será su propio instinto de supervivencia el que le indique si debe confiar en ella o no, si debe contarle lo que le abrasa el alma, o si debe resignarse a cumplir con los deseos de Jeromo, y dejar que el destino haga el resto.


CONTINUARÁ...

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