martes, 7 de enero de 2014

UNA DE TOROS





UNA DE TOROS


El sol cae sobre la arena como un clavel blanco. La plaza está completamente llena de público. Tras los burladeros se adivina el peligro. Suenan los timbales y un murmullo de inquietud recorre las filas de los aficionados. Se levanta alguna bota de vino para mojar la garganta. Las mujeres agitan los abanicos nerviosamente, igual que si quisiesen ahuyentar a la muerte, o espantar al miedo que se ha posado, como una mosca cojonera, detrás de las orejas de los toreros.
En el callejón espera el maestro. Tiene la vista fija en los toriles, está deseando ver las impresiones que le produce el astado que está a punto de salir. Junto a él, el primer ayudante de la cuadrilla templa el capote. El maestro rompe el silencio y ordena a su ayudante que se sitúe tras el burladero.
—Ahí viene. Venga sal a recibirlo que yo vea cómo embiste.
—Ya voy, maestro. Pero es que…¡Vaya bicho!
—Anda, anda. No seas quejica. No ves cómo rebufa en la arena. Si es inofensivo. Ya verás lo que le haré yo cuando me lo centres. Con el primer muletazo le voy a cambiar el viaje a este zaino. Luego le daré dos o tres medias lentas para meterlo en cintura.
—Usted si que sabe maestro.
—Lo voy a torear con cuajo y serenidad, enganchando la embestida y templándola de mitad de lance hacia delante.
—Eso maestro.
—Escucharé los oles acompasados del respetable y eso me animará a seguir adelante con la faena. Después lo dejaré ir un poco para que foguee y luego lo citaré de perfil con los dos pies juntos.
—Si es que usted es puro arte. ¡Ele!
—Lo recibiré de nuevo con una garbosa media belmontina. Seguiré el tercio cambiando de pitón para salirme a los medios y continuar allí la lidia con liquidez en el temple, vaciando por arriba con elegancia y terminando con un quite a la verónica con mucho empaque.
—¡Oleé Maestroooo!
—A éste le corto todos los apéndices, como me llamo Currito de Córdoba.
—Sí, pero salgo o no. Sería mejor que lo recibiera ya usted maestro.
—Ya. Ya… Ahora voy. Ya estoy harto de que los críticos digan que soy un torero blando, sin personalidad, que no sabe usar la muleta ni el capote para conectar con arte y sabiduría con los tendidos. Les taparé la boca, y la pluma o el bolígrafo, o lo que sea que utilicen para criticar. Van a ver mi valentía, mi coraje y mi arte. ¡Ele mi niño! Estoy “sobrao”…
—Maestro… que el público se impacienta.
—Va. Va…Ya sé que es difícil acertar siempre, meterse en los zapatos de un toreo reconocido y admirado, tanto por la grada como por la crítica, un torero que sea pragmático en los conceptos y en el estilo, y soñador, y arriesgado en la creación. Todo eso conjugado y embutido en la tripa del talento.
—¡Ele mi niño Currito! Que no flaquee la faena.
—La vida está llena de alberos y quizá para pisar cada uno de ellos necesite un calzado diferente. No sé si llevo el adecuado para éste. Además siempre hay alguien dispuesto a jorobarte, a colgarte algún San Benito que no te lo puedas quitar ni con agua fuerte.
—Maestro, el toro está punteando la barrera. Hay que salir.
—Sí. Ya va… Los peligrosos son los que no conoces, de los que no recibes la menor señal de que son tus enemigos. Y los asesinos, los que se hacen pasar por amigos. No hay que fiarse de nadie Manolito.
—Este toro está muy inquieto.
—Lleva la incertidumbre, o quizá la traición, marcadas en sus pitones, unos puñales astillados que portan también el filo de la envidia si triunfo esta tarde.
—Maestro, que se nos echa encima.
—Tranquilo Manolo. Que más cornadas da el hambre.
—No estoy dispuesto a consentir más humillaciones de los que ocultan su poder tras un despacho y luego nos echan a la hoguera por nada. Queda aún mucha inquisición en el ruedo ibérico. Cada torero sabe, y yo también, que cada pase que dé puede volverse en su contra. Se juega la vida, igual que el toro. Pero los dos también podemos salir airosos si demostramos nuestra bravura.
—Venga maestro que la gente comienza a silbar.
—Ya voy… Las cornadas del destino acechan tras cada requiebro. Así que, me armo de valor y al ruedo…
—Le dejo paso maestro. Vaya con cuidado. Que parece que le hayan viciado en la capea.
Currito sale a la arena y se escucha una sonora ovación. A lo lejos el toro ve su figura y levanta la arena con las pezuñas. El maestro habla a su subalterno mientras se queda clavado a dos metros del burladero.
—Lo voy a torear al azar. Lo más digno sería olvidarme de los tercios, de las barreras, y por supuesto de los palcos presidenciales y de sus alguacilillos. He de torear conforme a mi criterio.
—Eso maestro.
—Que Dios y la Virgen de los desamparados provean.
—Que viene maestro.
—¡Vaya bestia…! Ufff. Debo conservar la dignidad. No puedo salir corriendo. ¿Pero será posible que me esté cagando? ¿Esto no puede ser en un torero con aspiraciones? Quieto Currito. Levanta el capote y templa…
En la plaza se escucha un grito ensordecedor. Currito vaciló en el último momento y el toro le enganchó por una pierna, le levantó dándole varias vueltas en el aire, y cayó después sobre la arena como un trapo. Manolito y otro ayudante salieron inmediatamente para alejar al animal mientras Currito se levantaba y corría con una mano en el culo hasta el burladero. Todo ha pasado en un minuto.
—Bichooo. ¡Cómo duele! Menos mal que no me ha cogido…Eso creo…Aunque parece que algo viscoso me corre por la pierna. Mira que si estoy sangrando y mi valentía me tiene de pie. Vaya revolcón me ha dado ese zaino.
Currito se palpa el pantalón con la mano derecha y nota como sus dedos se humedecen. Manolito, que ha dejado al toro frente al capote de otro subalterno, llega corriendo hasta donde, cabizbajo y dolorido, se encuentra el maestro.
—¿Cómo está maestro? ¿Ha sido grave?
—Creo que me estoy desangrando. Tengo una flojera en las piernas…Ahora entiendo a los que prohíben los toros, y a los defensores de los animales. Es que esto es una burrada. Jugarnos la vida de esta forma, no tiene sentido.
—El arte maestro. El arte.
—Sí. Sí. Lo que yo te diga. Mañana mismo vamos a apuntarnos a una asociación de defensa de los animales y a pedir trabajo en sus oficinas. ¿Tú no sabes mecanografía? Pues de administrativo… Y yo…A repartir panfletos. Y los cuernos, para quien los pague. Por cierto, Manolito, aquí huele mal…No te habrás cagado de la impresión que te ha causado ver el revolcón que me ha dado esa bestia peluda.

7 de enero de 2014
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz ©