jueves, 9 de enero de 2014

ENTREVISTA CON EL VAMPIRO





ENTREVISTA CON EL VAMPIRO


—Buenos días señor director. Yo venía…Yo quería…
—Siéntese señora. Siéntese y cuénteme.
—Verá el caso es que acabo de separarme de mi marido y necesito una ayudita para cubrir los agujeros que ha dejado abiertos. No es mucho dinero. Sólo para salir adelante durante un tiempo.
—Bueno, bueno. Este banco es de su total confianza. Puede sincerarse como si de un confesor se tratara. ¿Y de qué clase de agujeros estamos hablando?
—No se trata de pagar los muebles de la casa. No. Ni la mensualidad de la hipoteca. No. Ni la factura de psicólogo. Eso tampoco. Ni lo que me reclama un club de alterne que mi marido y sus amigos frecuentaban. No. Es que no puedo vivir…¡Yo quiero morirme!
—La entiendo señora. Pero debemos fijar una cantidad para comenzar a hablar. Y luego veremos qué garantías tiene usted para poder devolvernos lo que pueda prestársele.
—Pues no sé. Así, de primeras, podríamos decir que con 400.000.- Euros me apañaba.
—Una cifra redonda. Sí señora. ¿Y con qué garantías cuenta? ¿Propiedades? ¿Derechos? ¿Cualquier bien a su nombre?...
—Propiedades a mi nombre, ninguna. Derechos, eso sí, los que cualquier mujer pueda tener cuando demande a mi marido y la justicia le condene a una pensión o a una indemnización por los daños ocasionados.
—Malas noticias señora. A simple vista parece que no podremos ayudarla.
—Tal vez pueda haber algo que haga cambiar su decisión. Se lo voy a contar.
—Sea breve señora. Tenemos muchas cosas que atender.
—Verá. No sé por dónde empezar. Mi marido es concejal del ayuntamiento. Es el encargado de las obras y servicios. Vamos, el que realiza los contratos con las empresas de mantenimiento y las obras que necesita el pueblo. El caso es que, en las navidades pasadas, una de las empresas que trabaja para el ayuntamiento le regaló, a él y a otros concejales, décimos de lotería de Navidad. Y sabe lo que ha sucedido. Pues que ha tocado el premio gordo.
—Entonces…
—Cuando me enteré de la noticia, antes de que mi marido llegase a casa, fui al cajón de su mesita de noche, y rebusqué entre los papales. Allí tenía el número. No tardé ni un segundo en tomar la decisión de esconderlo. Pero todo se complicó de inmediato.
—Dígame, dígame…
—La noticia corrió como la pólvora por el pueblo y los vecinos presentaron una reclamación en el juzgado.
—¿Una reclamación? No entiendo.
—Sí. Dicen que el dinero que ha tocado a los concejales es del pueblo. Que si los décimos fueron entregados a los concejales a consecuencia de la relación contractual entre la empresa y el ayuntamiento, el beneficio del premio debe recaer en las arcas municipales y ser repartido entre todos los habitantes del pueblo a partes iguales.
—Interesante…
—Mi marido ha buscado y rebuscado en la casa. Ha puesto patas arriba todo. Cree que ha perdido el décimo. Incluso me ha acusado a mí de haberlo cogido.
—Yo, naturalmente, lo he negado. Y le he dicho que quizá, con los traslados ocasionados por la separación, se haya perdido.
—Y… ¿Tiene usted en su poder el décimo premiado?
—Sí. Lo tengo a buen recaudo. Donde nadie se imagina.
— ¿Entonces?
—Verá, señor director, lo que yo le propongo, es que me pague el importe del décimo, es decir, los 400.000.- Euros. Y se quede con el décimo, para que sea el banco quien lo cobre de la Administración de Loterías del Estado.
—Lo entiendo señora. Pero déjeme explicarle. Lo que usted me pide tendríamos que estudiarlo detenidamente. Le abriríamos una cuenta con nuestra entidad para cargarle los gastos, comisiones de mantenimiento, impuestos y tasas derivadas, más el importe de una póliza de seguro por el doble de la cantidad objeto de estudio…entre otras cosas. Lo haríamos para que usted esté tranquila. Y…
—Señor director, le sigo contando. Es que tengo un agujero que me tiene sin vivir. Aquí, aquí mismo, junto al alma. Es como si la polilla de los días me hubiese dejado el corazón al descubierto. Vivo bajo un vestido por el que circula el aire a su antojo. Y eso duele…Más que el trato déspota del rufián egoísta de mi marido. No sé cómo he sobrevivido en medio del espolio de mi condición de mujer. ¿Qué difícil debe ser para usted creerme? Quizá todo le suene a trapisonda. Pero es verdad. Tan solo le pido un crédito para la esperanza. Para tapar la cara al rostro siniestro de mi desamparo. No es que haya venido a pedirle sin más, mi desgarro no me autoriza a ello, le ofrezco el décimo premiado. Ustedes lo cobran y ya está. También puedo entregarle las joyas que guardaba escondidas y este paquete con las cartas de amor de un antiguo novio, que ahora creo trabaja en la competencia de su entidad, y al que despaché para casarme con quien ahora me he de divorciar.
—Vamos a ver. Vamos a ver. El tema de la demanda de los vecinos es un problema. Quizá tengan derecho al cobro. O No. Un juez lo dirá. Mientras tanto…podríamos… Esas joyas parecen de valor y nos pueden interesar.
—Haga lo que pueda señor director.
—Bueno. No me cuente más. Entrégueme el décimo y las joyas. Firme aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, y aquí también. Es para lo de los estudios y la póliza de seguro de que hemos hablado antes.
—¿Y todo se arreglará?
—Ya no tendrá que preocuparse por su futuro, aunque tendrá que buscar trabajo, lo digo por la posible subida a medio plazo de los intereses del préstamo que le vamos a conceder. El banco se ocupará de resolver los temas relacionados con el décimo. Las joyas quedan a nuestra disposición en la caja fuerte. Y por sus desvelos actuales tampoco tendrá que preocuparse. Ya no querrá morirse, como me decía.
— ¿Y cuando dispondré de liquidez?
—Ya le informaremos. Los trámites y papeleos llevan su tiempo. Tranquila. Le adelantaremos lo justo para que pueda vivir. Y nos lo irá devolviendo en cómodos plazos.
—Si no queda otro remedio… ¿Y por qué decía usted que ya no querré morirme?
—Porque señora, ahora está usted en nuestras manos. Está usted sujeta a posibles contingencias de los mercados. Tiene que vivir para trabajar y pagarnos el crédito, los gastos, los seguros y los intereses. Qué tenga un buen día señora.


9 de enero de 2014
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Mariano Valverde Ruiz ©