lunes, 13 de enero de 2014

EL CICLISTA




EL CICLISTA


La carretera no tiene final a la vista. La cumbre no se vislumbra aún y la cuesta sigue empinándose. Hilario pedalea sin descanso con la mente puesta en la cima. Escucha la respiración de Rigaudeau, su compañero de escapada, que le sigue a un metro de distancia. Más lejos quedan los restantes ciclistas. Ninguno imagina que entre ellos viaja un asesino.
El sol da de frente en este tramo de carretera. La nítida luz descubre ante los ojos de Hilario un horizonte ocupado totalmente por la ansiedad de recorrerlo. Tiene un fuerte viento de cara y eso hace más dura la subida. Sabe que tendrá que poner algo más que ilusión sobre los pedales para llegar a la cumbre.
Rigaudeau mira de reojo la forma de pedalear de Hilario. Le está estudiando. Espera el momento en que el cansancio y la fatiga acumulada le hagan desfallecer para asestar su golpe final. Hilario pedalea y escucha el silencio sobrio que tienen las montañas. Su ánimo está sereno, sabe que es la última oportunidad que tiene para poder llegar a lo más alto, a conquistar la cumbre mítica del Tourmalet. Respira con dificultad a consecuencia de la altitud y del cansancio. Es un aire frío y húmedo el que llena sus pulmones. Nota el aroma primigenio de los pinos, esa fragancia límpida con que se reviste el aire.
Los dos escapados llevan casi dos kilómetros de ventaja sobre el resto. La mayoría de los integrantes del pelotón sienten el peso del los kilómetros en las piernas. Y comienzan a dar por perdida la posibilidad de ser los primeros en la cumbre. Todos los ciclistas examinaron el perfil del recorrido antes de salir. Esta mañana, sobre el papel, no se adivinaba la dureza de los 2115 metros de desnivel con que el Tourmalet reta al viajero. Es un puerto durísimo, que permanece cerrado durante el invierno, y que no tuvo carretera hasta que en 1846, Napoleón III ordenó la construcción de una ruta termal.
A Hilario le tiembla el pulso sobre el manillar. Quizá también le tiemble el corazón. En su fuero interno desea que Rigaudeau abandone. Cree que los demás ya están descartados. —Ellos no necesitan llegar hasta arriba tanto como yo— piensa. Observa a su rival y no ve síntomas de flaqueza. Vuelve la cabeza hacia delante y continúa con el esfuerzo. Se siente cómplice de estos parajes. Algunos montes sienten el hambre de los pobres arañando sus peñascos.
Rigaudeau tiene mucha confianza en que todo va a ir tal y como lo ha planeado. Siente la camiseta pegada al cuerpo con el sudor del esfuerzo mantenido. Por su frente corren las gotas del sudor, un líquido viscoso que enjuga el estrés de la necesidad y los malos pensamientos. Intenta que su rival no note que las fuerzas comienzan a flaquear y que sus piernas ya no caminan como hace unos kilómetros.
Hilario saca su pundonor a relucir cuando ve que Rigaudeau intenta pasarle y arrebatarle la primera posición. Se levanta del sillín y pedalea con fuerza. —Pundonor. Sé valiente— se dice. Ambos saben que el misterio de la escapada es simple. Seguir hacia delante pedalada a pedalada y no perder el ritmo. Los acelerones brutales pueden ser demoledores y el desfallecimiento puede llegar en cualquier momento.
La cumbre esta ya cerca. El relieve es cada vez más yermo. Ambos estás solos en un paisaje que parece extraído de una foto marciana. No hay testigos de su esfuerzo. En la meta esperan los jueces para proclamar al vencedor. Parece que todo se va a decidir entre ellos.
Rigaudeau ha hecho su penúltimo intento por dejar atrás a Hilario, pero éste ha resistido con todas sus fuerzas. Los dos pedalean ahora a la par. Las  cabezas están inclinadas sobre la bicicleta y las pedaladas se suceden a la vez que los balanceos de los cuerpos sobre la montura. Hilario está casi exhausto. Intenta mantener la concentración en el esfuerzo mientras su mente olvida el cansancio. Piensa en la historia que tantas veces le contaba su abuelo. Un cuento de ciclistas en el que ganaba el más humilde del pelotón, el que llevaba una rueda de repuesto a la espalda y una cantimplora con agua y miel colgada del cinto. En el cuento, el líder de la carrera sufría una recaída y se iba contra una roca, se golpeaba en la cabeza y caía al suelo. Todos sus oponentes le pasaban, pero, milagrosamente, era recogido de la carretera por las alas de un águila y su ascensión meteórica le hacía llegar el primero.
Los dos ciclistas están al límite del esfuerzo.
—Hay que continuar, —piensa Rigaudeau— la victoria será mía.
—Tengo que superarlo por mí mismo. Esto es igual que la vida. Aquí no hay amigos que te ayuden a pedalear. —Piensa Hilario.
Acaban de pasar por una curva muy cerrada, tras la cual, los dos han podido leer el significado del monte mítico, el Tourmalet quiere que sepan que es un camino de mal retorno.
Rigaudeau ha sido siempre muy ambicioso. Persigue la gloria, la fama, el reconocimiento.  Nunca ha reparado en nada con tal de conseguir sus objetivos. Algunas de sus argucias parecen argumentos de una novela de ficción. Sabotajes mecánicos, contaminaciones de alimentos, ruidos nocturnos para impedir el descanso, etc. Pero sólo lo sabe él. Sin embargo, ninguna de ellas le ha servido para tumbar en la carrera a Hilario. Su figura pedalea a su lado como un mal sueño que avanza cuesta arriba. Rigaudeau mira hacia los lados y no ve a nadie. ¿Quién podría descubrirlo si lo hiciera?
Para Hilario la posibilidad de perder no existe. Se lo juega todo. Su futuro. El de su familia. El dinero del premio es absolutamente esencial, tendrá que dedicarse, en parte, para pagar la operación de caderas de su abuelo, y en parte, para dar estudios a su hermano. No puede fallarles. Está dispuesto a lo que sea con tal de ganar.
La meta está ya muy próxima. Después de pasar la próxima curva, los comisarios tendrán a la vista a los dos ciclistas y podrán seguir la evolución de los últimos metros hasta que uno de ellos cruce la meta como ganador. Rigaudeau sabe que es ahora o nunca. Gira la bicicleta y apunta a Hilario con el manillar. Da una fuerte pedalada y choca con su adversario haciéndole caer. Hilario se golpea contra una roca. Entre la sorpresa y la conmoción pasan por su mente las imágenes del cuento de su abuelo. Pero las alas del águila no aparecen. Se remueve en el suelo y ve cómo comienza a alejarse Rigaudeau, que ya se siente ganador. Todo está perdido.
Hilario maldice su suerte y la mala acción de su oponente, sabe que no podrá demostrar nada ante los jueces. Apoya sus manos en el suelo para intentar levantarse. Y nota la dureza de una piedra clavándose en la piel como un aguijón mortal. Su mente se convierte en un río de sangre negra que anega todas las ideas menos una: lanzar la piedra contra su adversario. Y como un latigazo de energía fatal, la fuerza recorre sus músculos haciendo que la piedra vuele como un disparo certero hasta las sienes huidizas de Rigaudeau. El impacto es certero y el ciclista cae fulminado al suelo. A los pocos segundos, un cerco de roja muerte se dibuja junto al cráneo del abatido.
Hilario se levanta e intenta montar en la bicicleta para llegar a la meta. Tras ellos se acerca el grueso del pelotón. A los pocos segundos, los ciclistas se detienen para auxiliar a Rigaudeau. Mientras Hilario pedalea con sus últimas fuerzas hacia la meta y la cruza con los brazos en alto. Es el ganador.
Al día siguiente, el periódico local daba la noticia de la muerte de un ciclista en la carrera del Tourmalet. Concretaba que la carrera se había suspendido y que Hilario había sido desposeído de la victoria y detenido para prestar declaración ante la prefectura. Había sido acusado por un pastor que desde lejos presenció lo sucedido. El periodista narraba la versión del pastor y terminaba con una frase de Thomas Carlyle: Estamos a punto de despertarnos cuando soñamos que estamos soñando.
Y con esas palabras retumbándole en los sesos, el ciclista despertó en su dormitorio. Poco después, Hilario decidió no participar en la que iba a ser la carrera de su vida, la ascensión al camino de mal retorno.


13 de enero de 2014
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Mariano Valverde Ruiz ©