domingo, 21 de diciembre de 2014

FELIZ NAVIDAD




QUIERO DESEAR A TODOS UNAS MUY FELICES NAVIDADES 2016 Y UN COMIENZO DE AÑO 2017 CARGADO DE ILUSIONES. Y QUIERO HACERLO CON MÚSICA, CON LA MÁS AUTÉNTICA EXPRESIÓN DE LAS PASCUAS LORQUINAS EN LAS GUITARRAS Y EN LAS VOCES DE LA CUADRILLA "LA JARAPA" EN EL MARCO DEL BELÉN MUNICIPAL.



PAZ, AMOR Y LITERATURA.


sábado, 13 de diciembre de 2014

CLEMENCIA





La tarde usa el color de los claveles
para irse apagando con sigilo
cuando faltan los labios de tu boca.
Las hojas de un otoño anticipado
van cayendo a mis pies.
Son miradas, palabras escarchadas,
súplicas y deseos
que quieren convertirse en mis verdugos.
Al final hay clemencia
y la naturaleza de tu grácil cintura
se manifiesta pronto acercando a mi alma
el algodón carnoso de tus besos.



(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c) 

domingo, 7 de diciembre de 2014

CUCHARADA Y PASO ATRÁS de Dany Campos



CUCHARADA Y PASO ATRÁS
40 HISTORIAS CORTICAS
DANY CAMPOS
RELATOS

La escritura de relatos cortos requiere una alta dosis de dominio de la técnica narrativa. Cucharada y paso atrás, 40 historias corticas, es un ejemplo de este género que tanto gusta a muchos lectores que buscan las historias impactantes, intensas y rotundas.
Dany Campos ofrece en este volumen 40 relatos que componen un universo en el que se reconocen muchas particularidades de la tierra lorquina, de su cultura y de sus tradiciones. Son relatos en los que se combina la ironía y el ingenio para disfrute de los lectores. Forman un microcosmos en el que la variedad y el entretenimiento son elementos significativos de su escritura.
El autor va mostrando hechos y personajes que perduran en un espacio atemporal y diverso. El discurso narrativo es muy cercano al vocabulario actual y por tanto, sus mensajes calan, se fusionan con las interioridades de cada lector y consiguen que aflore una forma comprometida de ver la realidad. Algo que, en los tiempos que corren, es de agradecer.
Arropado en un estilo directo y pragmático, el autor de Lorca dibuja los relatos como escenas cerradas, que a veces se visualizan como cortos cinematográficos, dejando muy claro cuál es la deriva cultural que alienta los pasos de este artista del relato y la imagen.
Con cada lectura aumentan las ganas de pasar la página terminada y buscar el inicio del siguiente relato para ver con qué nueva sorpresa nos incita el autor. Y así nos vamos sumergiendo en un viaje por la cultura, los personajes significativos y las tradiciones de la Ciudad del Sol. Junto a ellos toman vida otros personajes de ficción caracterizados con rotundidad, como requiere el género, que viven sus aventuras acercándonos enseñanzas y valores, cuando no anécdotas y un cierto dramatismo.
Es de destacar que este libro nace para contribuir a mejorar el bienestar de los niños que necesitan una atención especial. Esto pone de manifiesto la vocación comprometida de Dany Campos con las causas sociales. En éste, su segundo libro tras La escritura de guión en 1000 tuits (Amazon), Campos pone de relieve su capacidad para la síntesis y la ficción, como viene demostrando con diversos relatos en publicaciones digitales como Diarioelsol.es o GeneraciónFenix.com.
Animo a los lectores a que se acerquen a las 40 historias corticas de Cucharada y paso atrás, en las que encontrarán una literatura muy amena, llena de giros humorísticos y en la que el ingenio cobra carta de naturaleza con finales sorpendentes. También descubrirán parte de la idiosincrasia de la ciudad de Lorca y sus habitantes. Sentirán que el alma lorquina tiembla entre las palabras como el aire que deja un caballo al galope entre pañuelos blancos y azules.


7 de diciembre de 2014
Reseñas
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz ©            


  

MOMENTOS OSCUROS





En las terribles horas
en que cada silencio
cae sobre mi cuerpo derramándose
como impío caníbal,
durante todos esos momentos moribundos
en que puedo tocar mi soledad
con la materia gris de la conciencia,
yo me encuentro contigo
más allá del espacio dialogante
propuesto por caricias y palabras.
También te estoy amando.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c) 

lunes, 24 de noviembre de 2014

MIENTRAS EL CORAZÓN SIGA LATIENDO de Elena Castillo Castro




MIENTRAS EL CORAZÓN SIGA LATIENDO
ELENA CASTILLO CASTRO
NOVELA
EDITORIAL KIWI (2014)

Los designios del corazón son inescrutables y tal vez, sólo tal vez, algo más que latidos…
Siempre resulta grato hablar de libros, pero cuando los autores son de tu localidad y has disfrutado con la lectura de su obra, es algo ineludible. Por eso, mis palabras son invitaciones a la lectura de la última novela de Elena Castillo, sugerencias para que los lectores se dejen atrapar por las notas de un piano que dibuja las frases, los párrafos, y los capítulos con la precisión y la armonía, que sólo las voces bien escogidas crean en el interior.
Mientras el corazón siga latiendo te lleva desde las primeras páginas a ritmo de latido hasta el desenlace. Los personajes se dibujan a partir de sus sentimientos con una prosa limpia, sin giros retóricos ni adornos excesivos. La obra, de un marcado realismo, es sin duda heredera de la tradición romántica. Con esta novela, Elena Castillo sigue con paso seguro hacia el más amplio reconocimiento de los lectores, sobre todo de aquéllos que disfrutan de la novela romántica. Seguramente, Jane Austen también habría disfrutado con esta obra y habría ensalzado la vocación narradora de su autora.
Unas cartas que llegan en el momento más inoportuno, disparan en Lara, la protagonista, viejos recuerdos y la colocan en una encrucijada. A medida en que avanzan las páginas, la tensión narrativa va creciendo sin que casi lo perciba el lector. Se advierte la sutileza de las imágenes y la delicadeza con que el narrador omnisciente presenta la trama. La utilización del género epistolar en algunos capítulos es un gran acierto y el empleo de flashback nos enmarca la acción de forma amena y dosificada.  
La narración del amor juvenil y sus secuelas produce un estremecimiento paulatino en el interior del lector que recuerda las escenas de su propio pasado y se hace cómplice de la protagonista. La emoción, los sentimientos, las dudas y el terrible designio del destino se convierten en antagonistas contra los que es imposible luchar. Y así el tiempo se va deslizando con coherencia entre la textura del papel, la respiración y la literatura.
La curiosidad lleva en volandas hasta los últimos capítulos. La novela desemboca en un final cargado de emotividad. Las palabras conducen al lector hasta dentro de los labios de los protagonistas, les sitúan junto a sus paisajes, les acercan a sus vidas. Les comprenden…
Mientras el corazón siga latiendo es una novela que acaricia el alma con la brisa pura que se respira en la montaña, bajo la sombra de un cedro. Y que esa brisa siga fluyendo para siempre.


24 de Noviembre de 2014
Reseñas
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz ©

domingo, 23 de noviembre de 2014

ATADA




Qué importa que no estés cuando la voz
te llama sin cesar. Dime, qué importa
que no llegues de pronto y te acomodes
bajo la sombra densa de mis brazos.
Me basta con saber que compartimos
la misma luna y tener la mirada
de la imaginación para poder
recrearte muy dentro de su esfera. 

Qué importa que entre tanto
no posea tu cuerpo si tengo la osadía
del poema y su hilo imperceptible
para dejarte atada a nuestra alcoba.
Nos esperan aquí sueños envueltos
en sábanas de ingenio, fantasías
que decoran sus fibras con  pudor
y algo más que el tapiz de una aventura.

No podrás detener, aunque lo intentes,
este afán posesivo. Tus muñecas,
tus manos, ya marcadas por mi hierro,
manarán la ternura del silencio
hasta la última célula. A lo lejos
queda la inmensidad del océano,
la tierra y la primera noche a solas,
recordándonos cuanto fue conquista.

Todo cambiará, pero yo estaré
aquí, junto a ti. Cuando tengas miedo
y la oscuridad plena sea voz
que recubra de sombras las ideas,
yo estaré junto a ti. Nada será
entonces del color de la muerte.
Te ofreceré la misma agua dulce
con que tú moderaste mi sed vieja,
renovaré las olas de aquel mar
que me llevó a las islas de tus ojos
y seguiré la estela de la luna
que te dejó a mi lado, prisionera
de la luz del amor y del deseo.


(El deseo o la luz . Ed. Universidad de Murcia)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)
   

jueves, 13 de noviembre de 2014

ÁLTER EGO





  
ÁLTER EGO


De hoy no pasa.
Hablará con él. Hace días que desea hacerlo aunque siempre, por una u otra causa, le ha resultado imposible. No soporta más la inquietud que le provocan las dudas sobre las actitudes desdeñosas de su antagonista. La arrogancia del personaje le oprime la garganta cada vez con más intensidad.
Esta mañana lo ha decidido.
Mientras se vestía en su habitación ha mirado por la ventana enrejada desde la que se divisa parte de la geografía de la cercana ciudad de Maastricht y, a la vez que se decía a sí mismo que debía tener la valentía de hacerlo, ha contemplado cómo los rayos del sol sorteaban los muros por encima de los setos y las alambradas igual que pequeñas gacelas en un bosque de paz. Entonces ha comprendido que la especial luminosidad del día era una señal que la naturaleza le estaba mostrando.
Mientras se calzaba ha seguido considerando cómo hablarle. Ha pensado en hacerle alguna broma para romper el hielo. Hace falta una buena dosis de humor para vivir con cierta dignidad. Preguntarle, por ejemplo, si el águila de su uniforme ha aprendido a hablar alemán. O si por fin ha convencido al barbero para que mientras le corta el pelo a navaja le ponga marchas militares en vez de la marsellesa, que no le trae buenos recuerdos. Luego lo ha desestimado porque desconfía del sentido del humor que pueda tener el personaje.
Después de tomar la medicación que le ha traído el celador junto a un vaso de plástico con el agua necesaria para ingerir los fármacos, ha urdido su enésimo plan para entablar la conversación que le interesa. Ha pensado contarle lo que ocurrió ayer en el salón, cuando después de perder un botón de su chaleco y no encontrarlo, decidió arrancarse el resto y tirarlos por el suelo. Entonces un celador le preguntó por qué lo hacía, a lo que él, muy sereno, contestó que así quien encontrase el primer botón podría utilizar el resto para cambiar todos los de su chaleco. Y después le preguntará a bocajarro, sin dejarle escapatoria… ¿qué hizo usted con los botones que arrancaron a toda la ropa de los deportados a los campos del este de Europa?
Tiene muchas cosas que preguntarle.
Ha habido días en que ha estado a punto de acercarse, plantarse delante y poder hablarle. Pero siempre, en el último segundo, algunos de los que comparten con ellos el jardín han provocado altercados y discusiones que les han obligado a volver rápidamente a los aposentos después de la intervención de los vigilantes. Como sucedió anteayer cuando un paciente se subió a la fuente y comenzó a gritar:
 —El banco me roba. Mi mujer me engaña con el inspector de hacienda. Europa ha muerto.
Ante la insistencia del apenado y el griterío de varios paseantes que se convirtieron de inmediato en eufóricos seguidores, no quedó más remedio que disolver la esporádica manifestación.
Hace bastante tiempo que no habla con él.
Últimamente Germán no es demasiado dado a utilizar las palabras. Tampoco es que intercambie demasiadas frases con los demás. En muchas ocasiones ni siquiera saluda, o desea un buen día, a nadie en la institución. Pero hoy después de pensarlo mucho y sentir toda la amargura que le produce no entender qué es lo que ha sucedido para que se produzca un distanciamiento tan grande entre él y su antagonista, ha decidido que no pasará ni un día más sin que salga de sus dudas.
A las diez en punto se ha colocado en la fila de salida del comedor donde servían el desayuno a los que pueden valerse por sí mismos. Lo ha hecho con cierta celeridad, pero sin llamar en exceso la atención de los vigilantes. Una vez en la fila, ha revisado en su mente el ceremonial necesario para dirigir la palabra a quien le interesa. Casi en silencio ha susurrado las ideas que quiere comunicarle, las preguntas que quiere hacerle, e incluso ha considerado la posible actitud del interlocutor ante su interrogatorio.
Cuando le han indicado que avance unos pasos hasta colocarse justo en la puerta y cara al pasillo que lleva al exterior del edificio, ha reaccionado con decisión. Paso a paso y sin apenas arrastrar los pies, ha ido avanzando mientras interiormente pronunciaba la plegaria de un místico que aún duda del destino certero de sus palabras. Hoy hará un nuevo esfuerzo para permitir la supervivencia, ya moribunda, de ese sentido elemental que tienen los humanos. Va a comunicarse. Lo va a intentar.
Como siempre, han dejado que cada uno salga al jardín con intervalos de diez pasos entre individuo e individuo. Es una medida que lleva aplicándose varios años y que ha evitado aglomeraciones innecesarias y reiterados conflictos ocasionados por la reacción ante la temperatura exterior, o por querer ajustar alguna cuenta con el que ha mirado mal, o huele mal, o grita demasiado mientras le duchan, o convoca a los fantasmas por las noches, o saca a pasear su espíritu más siniestro, o cualquier otra mínima cuestión que lleve consigo una diferencia de percepción de las cosas.
Nada más salir al jardín le ha visto. A Germán le parece que pasea envuelto en su propio aliento. La visión de su imagen no sugiere que respire aire de la atmósfera común, ni que su olfato note el aroma de la primavera que estalla en cada uno de los rincones del jardín del sanatorio La luz eterna. El aire de su indiferencia aletea junto a los árboles, los setos y los rosales. Su forma de caminar es muy íntima, algo estrambótica y totalmente alejada de cualquier signo terrenal. Suele llevar las manos unidas detrás de la espalda, como si estuviese sujetando el mapa del mundo que hasta hace poco tuvo entre sus manos. Va inmerso en un proceso calculado de reflexión, repetido una y mil veces, en el que parece repasar su existencia y su lucha.
A Germán le impresiona esa forma de caminar que posee su opuesto. La lejanía que advierte en su figura. Su misterioso aire de odio arcaico y sanguinario. Parece que caminase dentro de un aura de terror, de maldad, totalmente exenta de sentimentalismos y de piedad. Parece que el aire que circula a su alrededor conformase los muros de un horno crematorio del que no existe más salida que su precaria respiración. Da la impresión de que hubiese sido un personaje acostumbrado a la elocuencia y al manejo de las masas porque trasmite una espeluznante sensación de autocontrol que se acrecienta cada vez que está caminando por el jardín, cerca del resto de pacientes del sanatorio.
El personaje siniestro se ha detenido en seco. Germán no sabe qué hacer. Decide detenerse también. Le ha costado tomar esa decisión pues cuando tiene un objetivo marcado en su cabeza no se paraliza por nada. Recuerda la Marcha de la sal y las duras caminatas en pos de demostrar su entereza. Su contrario se ha vuelto a poner en movimiento. Y lo hace totalmente ajeno a los propósitos del pequeño hombrecillo vestido de lino que no le quita ojo de encima. Él le sigue.
Han transcurrido varios minutos y Germán se ha colocado unos pasos detrás del otro. Al que se hace llamar Grande de alma le cuesta avanzar. Se mueve con dificultad sobre el césped. Hay momentos en los que percibe las distancias entre ambos como un istmo inestable y peligroso. Igual que el que se abre entre la violencia y la no violencia. Recapacita sobre la trayectoria de las vidas de ambos. Desea que las distancias no existan en su mente, que los sentimientos positivos estén por encima de la razón. Pero intuye que va a ser imposible.
Germán aprovecha un descanso de su rival para mirar hacia otra dirección y pensar en otra cosa, como si estuviese temeroso de que el de la tez pálida le adivinase los pensamientos y echase a perder su plan. Se sienta en el suelo y murmura como si rezase.
—A este lado del muro todos piensan que uno ya no sufre, que es un vegetal a buen cobijo, que es dueño de toda la felicidad que la vida le ofrece. Acaso se equivocan. Muchos piensan que la felicidad completa existe y que tiene mucho que ver con la química que nos dan.
El otro se ha girado y se ha quedado mirando por un instante la insignificante figura que mueve los labios a varios metros de distancia. Germán le ve de reojo y continúa su diálogo interior.
—El sufrimiento es un futuro hecho realidad por la crueldad del pasado. Un pasado que se perpetúa en la parda oquedad de la memoria con todo el dolor que el alma puede sentir. También es un hoy con el sabor de la angustia y el ritmo de la desesperación que jamás pasa deprisa.
Germán levanta los ojos e intenta ver algún signo de arrepentimiento en su antagonista. Y vuelve a meditar.
—No hay imagen, certeza, ni duda que valga una sola palabra de arrepentimiento en este hombre. No hay ningún gesto que exprese un guiño sesgado sobre el perfil de los recuerdos, porque recuerdos apenas quedan en sus ojos, ni imágenes de la dimensión de la tragedia que arrastró a todos los hombres que le siguieron, y a los que sufrieron su despotismo.
Germán sabe que ante los ojos del otro, él no ha sido más que un títere de la idiotez, un muñeco flaco y taciturno que ha ido por el mundo predicando utopías inalcanzables y perniciosas para la humanidad. Sin embargo, guarda aún entre sus flácidas carnes un niño que cuida el tesoro de su fidelidad, de su respeto a los hombres, a la naturaleza y al mundo. Ese niño ha sido modificado por los años, por la ropa que él mismo teje, por la dieta vegetariana que intenta llevar, por la tierra que bebe diluida en agua en la oscuridad de su habitación. Sabe que es un niño maleable a pesar de su vejez.
Los dos han reanudado el paseo. Los dos andan en sus mundos opuestos.
Germán piensa que si le habla con firmeza, el otro, seguramente ni le contestará. Le mirará con ojos velados, con una mirada perdida e hiriente en la que el negro parpadeo de las balas temblará bajo sus párpados. Le sumirá nuevamente entre un vaho de desprecio e indiferencia. Luego seguirá su paseo alejado de cuanto pueda contradecir su travesía por los años en que fue señor absoluto de la luz y las sombras, pieza angular del imperio.
Tiene que intentarlo ahora. Germán piensa que ha de acercarse con sigilo y darle las gracias por la sensatez que le nació en su interior para afrontar la vida después de conocer, con todo lujo de detalles, el horror generado por la locura totalitaria, por el odio proyectado en tantos millones de inocentes. Ha de darle las gracias. Reiteradamente. No sabe cómo se lo tomará. Pero puede ser un buen comienzo.
Después ha de agasajarle por el vigor que los crímenes cometidos por los suyos provocaron en su forma de afrontar la vida. Ha de aprovechar el brote inesperado de su imaginación, de su templanza, de su sabiduría y perseverar en el impulso de los dardos de sus palabras para intentar que lleguen hasta el fuego infernal del interior del otro y consigan modificar sus pensamientos, su estrategia, su filosofía. Y luego debe poder asombrarse con el color de las brasas que puedan quedar después de que ardan las astillas de su ingenio entre las posibles llamas de la incomprensión.
Al otro le conocen sobradamente en el sanatorio. Es raro el día que no monta un espectáculo. Los celadores apenas le llaman por su nombre: Hipólito. Salvo en algunas ocasiones en las que los formalismos les obligan a llamarle por su nombre de pila, el resto de las veces le suelen llamar de mil formas diferentes. Han aprendido a hacerlo a base de ironía en unas ocasiones y mala leche en otras. 
Hipólito camina ajeno a las pretensiones de Germán. Ayer, el recuerdo le atacó de forma inesperada. Lo hizo de frente, sin contemplaciones, de forma furibunda, como un caballo desbocado que avanzaba hacia él sin jinete que le guiase y que iba cubierto de sangre y de odio. Luego el caballo se convirtió en un corcel alado que saltaba vertiginosamente sobre las cenizas y las columnas de humo de los hornos crematorios, los cadáveres putrefactos, las ruinas de los palacios, y los ecos agónicos de la cultura. Cuando se quiso defender de esa visión apocalíptica era tarde, demasiado tarde, se había instalado en su mente y el caballo alado pastaba del pienso de la desolación y de la impotencia.
En los últimos días, Hipólito ha perdido las ganas de exponer al resto cuáles son los ejes fundamentales de su lucha. Tiene la sensación de que su auditorio no conecta con el mensaje que quiere trasmitirles. Es un mensaje para salvarlos de la opresión de los celadores, de las fronteras de los muros del sanatorio, de la conspiración masónica que les inoculan con inyecciones y pastillas. Quiere que le ayuden a construir un nuevo orden mundial en el que su raza, la raza universal de los vencedores, controle el mundo.
Germán anda formulándose de nuevo lo que quiere preguntarle a Hipólito. Son muchas cosas. Por ejemplo, quiere saber si pueden transformarse las lágrimas de los niños recluidos en campos de concentración en gotas de nieve. Y luego en humo. Quiere escuchar de nuevo la voz del dictador justificando el exterminio. Quiere saber qué opina de ello. Quiere saber si los muertos siguen creciéndole en las entrañas como champiñones con pijama a rayas.
A Germán le gustaría que Hipólito entendiese sus preguntas, que les otorgara el sentido exacto, que las escuchara como una formulación simbólica que comienza y termina en la intimidad de ambos. Lo que más le agradaría es que Hipólito pudiese ofrecer a sus conjeturas y a sus preguntas una respuesta sincera. Aún tiene la esperanza de poder escuchar una razón convincente que pueda calmar la urgencia de su desasosiego como sólo pueden hacerlo los designios de los elegidos y la magnificencia de los dioses.
Cuando conteste a sus preguntas, Germán quiere que Hipólito vierta sobre sus oídos el sonido de la realidad que ocasionó con su fantasía, que reproduzca los estertores de la agonía que materializó con su maquinaria bélica. Hoy y ahora. Aquí mismo. En este preciso segmento del discurrir de la eternidad, en este momento crepuscular y alejado de toda sumisión, de toda estética de lo conveniente, o de la obligación de las circunstancias. ¿Por qué tanta violencia? ¿Por qué tanto odio? ¿Por qué tanto crimen? ¿Por qué tanta vejación de la naturaleza humana?
Hipólito quiere que su interior pueda abarcar toda la dimensión aciaga de la historia y que las entretelas del mundo puedan verse con un cristal de aumento que ponga al descubierto las tripas del hombre. Y ser él quien coloque las tripas de la humanidad en el lugar que desee, bajo su yugo, bajo su esvástica. Porque hay hombres de dos tipos: los que merecen la muerte y los que son dueños de ella.
Los dos desean cosas diferentes. Quieren que sean hoy y ahora.
—Que me diga por qué. Que me diga para qué. Que me diga y ahora qué.
Germán repite sin cesar estas palabras. Por eso se acerca con toda la decisión de que es capaz y con una ansiedad infrecuente en sus actos.
Tiene que ser hoy y ahora.
Ha de conocer sus respuestas, aunque en el fondo piense que la mayoría de los hombres deben saber ya las consecuencias de sus actos. Germán intuye que el común de los mortales  maldice en silencio a su oponente, porque no comprende que ningún humano le pueda justificar. Sin embargo Germán quiere que Hipólito ya no sea objeto de todas las oscuras elucubraciones de las sectas satánicas, ni de los grupos neonazis, ni de los intolerantes, ni de los fascistas, ni que los actos ocultos de su vida sean fruto de tantas adivinanzas no contrastadas. Para evitar que sigan vertiéndose ríos de tinta sobre el dictador universal, Germán quiere conocer la verdad de la boca de quien provocó la barbarie, y que esa verdad viaje por las ondas de la radio y de la televisión hasta el último rincón del planeta, que se plasme en los libros, que se difunda para que no se vuelva a repetir.
Germán tiene la esperanza de averiguar cuáles fueron las verdaderas motivaciones del dictador, aunque no pueda asegurar que pueda conseguirlo, lo va a intentar. Es consciente de que jamás brota a primera vista la verdad de las cosas. Sí el deseo de posesión sobre ella. Por eso deberá analizar qué se oculta tras las palabras que consiga extraer del personaje que ahora mira hacia el horizonte unos pasos delante de él. Ese hombre fue capaz de poner millones de personas a sus órdenes, fue capaz de cambiar sus percepciones de la realidad, fue capaz de hacerles ver a animales repugnantes donde sólo había seres humanos que querían vivir en paz.  
Está solo a dos pasos de Hipólito.
Germán siente el dolor de las víctimas en la espalda de Hipólito. Él desaprueba todo tipo de conflictos, incluso los religiosos. Sabe que la humanidad no podrá liberarse de la violencia salvo a través de la no violencia, que su verdadero dolor y también su verdadera alegría viajan dentro de la piel de los que opinan como él. El dolor yaga. La alegría repara. Mientras piensa, a pocos metros de ambos, tres pacientes se han enzarzado en una tremenda discusión. Uno llama racista al que le ha dicho que se suba al árbol y mee desde una rama. Otro dice que vendrá el dueño del árbol y lo cortará para hacer su ataúd. El tercero les dice que no han leído a Tolstoi y que son unos miserables hijos de mala madre. Los tres están golpeándose sin miramientos al grito de esta tierra es mi patria. Como salidos de la nada, seis celadores se han presentado ante ellos blandiendo lazadas. Al verlos llegar, los tres pacientes se han echado al suelo y les han implorado perdón. Los celadores han considerado la situación y han permitido que continúe el tiempo de paseo por el jardín. 
Y todo eso acontece a pocos metros del seto. Hipólito no ha sido ajeno al altercado. Con los ojos inyectados en sangre ha contemplado la escena. La impotencia le carcome por dentro. Ha reconocido en uno de los tres pacientes a un judío, en otro a un comunista y en el tercero a un posible masón amigo de la cultura. A todos los considera inferiores, subhumanos, un peligro para la especie a la que pertenece. Vuele los ojos hacia el seto y considera el esfuerzo necesario para escalarlo.
Germán, sin embargo, ha observado la escena con resignación. Si se hubiesen llevado a los pacientes quizá hubiese contemplado la posibilidad de hacer huelga de hambre en protesta. Es su método de lucha contra la opresión. Ahora, en el lugar donde antes se sacudían los implicados en la disputa, los celadores sienten las respuestas cutáneas a la diferencia de temperatura, al frío instantáneo que les produce el agua que riega el jardín mediante aspersores, y que alguien ha puesto en funcionamiento a deshora.
El agua no llega hasta donde están Hipólito y Germán. Éste recuerda que hay suficiente agua para la vida humana pero no para la codicia. El otro sigue mirando al seto pensando que al otro lado ha de haber otros que piensen como él, que no está todo perdido, que sólo se ha producido un espacio de tiempo entre una etapa y otra. La lucha ha de continuar.  Germán, ajeno a las ideas de Hipólito, agradece el tacto del aire de esta mañana. Ambos perciben que los sentimientos que les definen están allí, en lo más hondo de sus esqueléticas figuras y que es allí donde se oscurece el sentido de las cosas y aparece la insistencia de la muerte.
Germán cree que el hombre que está tan sólo a una zancada de distancia, ha de poseer sentimientos. Si no fuese así no podría llamarle hombre. Es algo evidente, como el perfume de los rosales, el color vivo de sus flores, la tersura de las hojas de los castaños, y el generoso cadmio del cielo. Ese otro hombre ha de tener sentimientos, se repite sin cesar, con la duda de dar o no el último paso. Ese hombre ha de conocer lo que es una sensación, aunque esté condicionada por su forma de ver las cosas. Debe tener, en algún remoto lugar de su cuerpo, algún sentimiento que corra por su sangre como un corzo sin destino, una señal sin demagogia, o una luz remota de la que no conozca ni principio ni final. Germán piensa que en algún lugar de su cuerpo ha de haber sensaciones corrientes, ni tan malas, ni tan buenas, sólo pulsiones con el peso de la relatividad cayéndoles por los costados.
El anciano domador de voluntades violentas no quiere ser paternalista. Quiere comprender, y asumir que en el fondo, entre los huesos de ese otro hombre, viaja la soledad dolorosa de un humano que equivocó su rumbo, y que esa soledad no se diferencia mucho de la que puede sentir cualquier otro de los humanos. Él mismo. Se parecen. Y por tanto podrían entenderse. La soledad les une.
Germán se arma de valor. Se acicala la ropa. Toma la decisión de dar el último paso justo después de murmurar, cuidando de que aún no le escuche, algunos pensamientos que alienten en su interior la energía suficiente para colocarse a la altura del otro.
—Procuraré hablarle con paños calientes. O mejor en su estilo: directo al tema. El momento ha llegado. Le voy a hablar.
Germán da dos pasos y se coloca, girando un poco su posición, frente a Hipólito, en su izquierda. Traga saliva. Hincha los pulmones. Exhala el aire. Le mira directamente a los ojos, hace esfuerzos por mantener la intensidad de la mirada, y se dispone a entrar en diálogo. El otro, un tanto sorprendido, se ha quedado mirando al hombrecillo de la túnica de lino y ha adoptado una pose hierática.
—Buenos días. ¿Dando un paseo por el jardín? ¡No! La mañana es propicia para eso.
El otro no contesta. Ni tan siquiera asiente. Germán va al grano.
—Señor Hitler. Discúlpeme si el tratamiento no es el correcto. Me acerco a usted con el debido respeto. Tengo que preguntarle algunas cosas que me preocupan muchísimo, y así lo hago, no sin antes rogar a su excelencia el beneplácito de su insigne poder, por mi osado atrevimiento.
—¿Es usted ese insensato que me escribió en una ocasión pidiéndome que parase la guerra y que pidiese a los ingleses que dejasen libre a la India? ¿Es usted ese tal Gandhi?
—Bien sabe su excelencia que sí. No tuvo usted la gentileza de contestarme. Por cierto. Pero ahora podría iluminarme tan sólo sobre algunas cuestiones que me intrigan.
—Mi tiempo es oro. Sea breve.
—Sí. Señor Hitler. ¿Lo primero que quiero saber es si el mundo sigue dando vueltas entre sus manos o si es entre las manos de los seguidores de Chaplin donde da vueltas?
Hipólito gira bruscamente la cara y mira a Germán con un furor descomunal en sus ojos. Se yergue aún más sobre sí mismo. Adquiere una pose mayestática, imperialista, echa los hombros hacia atrás y contesta.
—El mundo es mío. Absolutamente mío. Los payasos están a mis órdenes. Llevan mi sangre. La sangre inmaculada de la raza que ostenta el poder y que impone el orden. Yo soy Chaplin. Yo soy Hitler. Y usted no es nadie. Ya se lo dije.
Germán enarca ostensiblemente una ceja y muestra su rostro con un rictus de confusión acentuado por su enojo. Está a punto de recriminarle su soberbia pero modera su lenguaje.
—Yo soy la conciencia de los hombres. La misma conciencia que le interroga sobre su violencia, sobre su holocausto.
—Yo elimino de la faz de la tierra lo que no tiene derecho a la vida. Señor Gandhi…A gentuza como usted.
—La vida y la muerte no son sino caras de una misma moneda. Usted no es dueño de ellas. Tan sólo ha de servirse, siempre con humildad, de una cara: la vida. Y ha de ser para llegar a la verdad por medio del amor. Señor Hitler…El amor y la verdad son los objetivos del hombre. Y la paz el camino para llegar a ellos.
Hipólito estalló en una risa hiperbólica, excéntrica e histriónica.
—Ja. Ja. Ja. Ja. La vida es poder. Señor Gandhi. Poder y dominio. Poder y paz. Poder y verdad. Poder y amor a la patria. No existe otra clase de amor…Usted jamás entenderá la dimensión de esos conceptos. No está capacitado para ello.
Germán se mordió la lengua. Respiró tres veces. Y lo volvió a interrogar.
—¿Por qué la violencia? ¿Acaso es menos fuerte la razón? ¿Tiene sentido matar para legitimar el poder, si el poder viene dado por el respeto, y el respeto se gana con la sabiduría, el conocimiento, la justicia y la bondad? ¿Acaso no son todos los hombres iguales? ¿Le han amado alguna vez?¿Odia al mundo porque no le ha dado el amor que necesitaba?
Hipólito se sintió abrumado por tanta pregunta a la vez. Comenzó a bufar con fuerza. La inquietud le llevó a bracear con nervio y estalló de ira.
—Maldito despojo. ¿Cómo se atreve?...Estúpido. Soy Hitler.
—Oiga no ofenda mi dignidad. Yo soy Gandhi.
Hipólito, totalmente fuera de sí, comenzó a gritar a Germán, a insultarle y a ordenarle que de inmediato se pusiera en posición de firmes y en el primer tiempo del saludo. Echaba espuma por la boca. Germán entró en su dinámica y levantó los brazos para hacerse la víctima. El otro lo entendió como una agresión y comenzó a llamar a los suyos.
—A mí las SS. A mí la Gestapo. A mí el tercer Reich.
Germán permaneció estático mientras Hipólito aumentó el ritmo de los insultos, los gritos y las descalificaciones. Su voz ronca y distorsionada por la furia se expandía por todos los rincones del jardín.
Los celadores no tardaron en advertir la circunstancia que se estaba produciendo en uno de los extremos del jardín y desde el puesto de control comenzaron a escucharse los sonidos de las alarmas y de los silbatos. Cuatro celadores acudieron como una exhalación al lugar donde se estaba produciendo la discusión. Les enfundaron dos camisas de fuerza a los contendientes y apretaron los correajes en un momento. Germán permaneció totalmente estático, no opuso ninguna resistencia. Su rostro mostraba una extraña expresión de paz y de satisfacción. Hipólito forcejeaba con toda la energía que era capaz de generar intentando escapar de sus captores.
No fue fácil. Pero una vez que Germán estuvo inmovilizado, los cuatro celadores se aplicaron con eficiencia sobre Hipólito. Éste sintió la punzada de una aguja atravesando su piel. Seguía masticando su odio, refunfuñando y maldiciendo, cuando comenzó a notar los efectos sedantes del fármaco que le habían inyectado.
Los celadores condujeron a cada uno a su destino. A Germán le dejaron sobre su cama y cerraron la puerta de su habitación después de administrarle las pastillas que le tocaban a esa hora en su medicación diaria. A Hipólito le arrojaron sin miramientos en el interior de una celda de cuatro metros cuadrados, con suelo y paredes acolchadas e insonorizadas. Poco a poco iba recuperando la percepción de la realidad cuando sintió el sonido opaco de la puerta al cerrarse. El golpe explotó en sus oídos igual que las bombas aliadas sobre Berlín.
Germán sabe que el día ha terminado. Que ya no saldrá a comer con los demás, ni verá la televisión por la tarde, ni disfrutará de unas horas en el taller para hilar su ropa, ni podrá ir al huerto para seguir cultivando sus verduras. Tampoco podrá asistir a la tertulia con los celadores después de la cena, esas horas en las que tiene la impresión de que su vida tiene sentido, de que los que le escuchan comprenden que si se aplica el ojo por ojo, al final todo el mundo quedará ciego; esos instantes en que les dice que ni el capital es más importante que el trabajo, ni el trabajo más importante que el capital, y que hay sitio para todas las criaturas en el mundo. Germán se relaja. Piensa en Hitler. Siente pena por él…Y la compasión le inunda el pensamiento mientras se siente satisfecho por lo que ha realizado hoy.
Hipólito se acurruca en un rincón de su celda. No se acuerda de lo que ayer tenía claro. La respiración marca el pulso de su vida y le basta. Se duerme…
Ve pasar las hojas del hastío por las paredes. Sabe que eso le mata. Se duerme…
No recuerda lo que decía hace unos minutos. Su cuerpo no obedece al ardor de su sangre por cambiar el mundo. Se duerme…
Comienza a escuchar el silencio. Pierde la noción de la cosas. Se duerme…
El olvido cura. En algún lugar del cielo todo lo que se mueve será dulzura. Se duerme…
Ayer ya no existe. Hoy está a punto de no ser. Se duerme…
¿Y mañana?... Se duerme…
Esa clase de tiempo ya no tiene sentido…
 
   
    
RELATOS
13 de Noviembre de 2014
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


viernes, 10 de octubre de 2014

REFLEJO




Una ventana ardiendo con el aire.
Un destello de luz en su interior.
El rumor de mi sangre
agazapado tras la sombra de la tapia.
El perfil de mujer que proyectas 
sobre la superficie del cristal.
Todas esas imágenes
son el vivo retrato
de la tan deseada presencia del encuentro.
No hay más mundo que éste que celebra
que estás en nuestra casa.
Una mota de polvo
donde pronto se abisma
el cansancio del día.
La puerta entreabierta.
Las dunas de tus ojos esperándome
al otro lado para que me pierda
en sus suaves arenas de silicio.
Y no es el reflejo misterioso
de un sediento espejismo
sino tan sólo un hombre enamorado
que en el fondo de ti se reconoce.



(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)

domingo, 5 de octubre de 2014

EL SENTIDO DE LAS COSAS




Cuando nada comprendo
me convierto en agua del océano
que lame tu figura,
también en las orillas de una costa
delimitada por toda tu arena,
pero nunca en lejanía
o en almena de un castillo inexpugnable.
Entonces ese líquido
te moja los costados
y me ofrece el sabor
de todo lo infinito e inmaterial.
Sigo el sendero firme 
que marcan tus gemidos.
Camino por el éxtasis del sueño
respirando los aires que alimentan
lo que no es entendible.
Ensalzas en mi cuerpo cada día
el aura del misterio y esos ojos
dilatan las pupilas del deseo
hasta que todo tiene su sentido.



(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)

TARDE MARINA




La tarde es una estela a barlovento.
El mar y su oleaje: tarde azul
tumbada en la escollera de dos cuerpos.
La estela de los besos: exacta dimensión
del aire de la tarde ya fundido.
Todos los vientos marcan el rumbo del amor
sobre los pliegues húmedos del mar.
Los abrazos calientan el aire de la costa.
Tus ojos: vela a brisa de levante;
los míos: nave en tu pecho escorada.
Nuestro amor es océano bramando.
No hay playa que contenga esta marea.
Al costado del barco el viento empuja.
Abrazos en la tarde que son el mar bravío.
Mar y cuerpos definen cada impulso.
Nos amamos al filo de las olas.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)  

viernes, 26 de septiembre de 2014

COMPAÑERO





No me planteo cuál es el terreno
donde mejor germina la semilla
del cariño que doy.
Sólo quiero encontrarme con tu esencia
detrás de las palabras, no poseer excusas
para evadirme del cosmos que propones.

A veces me descubro con escamas
mientras trenzo la azul cabellera del mar.
En otras ocasiones simplemente
defino al hombre bueno 
que abrazado a la vida
es testigo del tiempo y sus secuelas.
Pero en todos los sueños estás tú.
Tengo claro que mi naturaleza
está siempre contigo.
Quiero ser compañero de la luz mineral
que reflejan los ojos de tu alma.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)   

miércoles, 24 de septiembre de 2014

LOS ÓLEOS





Dentro del almidón que une mis sueños
he puesto a mezclar miel ya derretida
con la sonrisa clara que me ofreces.
Percibo en mis neuronas
el sabor del jengibre
y la fragancia fresca del hibisco:
placeres que conviven esmaltados
de una luz de romero.
Sin embargo no puedo concebir esa esencia
que pule y armoniza
el color secular de la alegría
y la tibia mirada 
que llegó con tu nombre.
Sólo me queda, y no me quejo de ello,
la dicha de beber en esos labios
o cubrir la paleta de mis manos
con los óleos suaves de tu cuerpo.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)

lunes, 22 de septiembre de 2014

CALANDRIA




En juegos de placer bajo las sábanas
puse almizcle en tu cuello.
Lo guardaste en las venas con cuidado,
igual que una señal profunda.

Lucen a veces mis sienes de lobo
criado en la estepa todo el esplendor
del fuego que dilata las hormonas:
reflejan la codicia de tenerte.

Cuando me llega nítido tu aroma,
ese signo iniciático
del terreno marcado, soy gen  puro.
Busco entonces tus senos
como a suaves vituallas
para que nutran mis labios de alimento
y los encuentro llenos de energía,
de grosellas maduras coronados.
Yo poseo tu alado cuerpo muy lentamente.
Brilla la luz del alba
y termina el invierno
en tu piel boreal, dulce calandria.



(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
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Mariano Valverde Ruiz (c)  

miércoles, 17 de septiembre de 2014

FRONTERAS Y SEPARATISMOS





La orilla del mar es una frontera que siempre invita a ser ciudadano de la tierra. Y la tierra es de todos. De todos sin excepción. Sin embargo hay quienes intentan de forma reiterada marcar un territorio excluyente para los demás.
En la mayoría de los casos, este comportamiento suele estar inspirado por razonamientos egoístas o aspiraciones personales de los que en ese momento ostentan el poder en una determinada zona del planeta, en la que pretenden imponer sus criterios.
Durante los últimos años, la acción destructiva de la crisis económica ha sido el caldo de cultivo que los que buscaban esos exacerbados separatismos, necesitaban. Y agarrados al falso mensaje de que todo lo malo viene de otras gestiones, y no de la suya, han alentado los sentimientos de aquellos que se han sentido más suyos que compatriotas de los demás. Es sin duda un comportamiento explicable pero no plausible.
Seguramente muchos encontrarán en estas palabras un paralelismo con lo que están viviendo en algunas zonas de un estado que lleva unido más de quinientos años. Un estado rico en diversidad y en cultura, en el que se puede poner en valor la diferencia pero nunca la exclusión. 
No podemos arriesgarnos a dilapidar lo que ha costado tantos sacrificios y tantas vidas, no podemos arriesgarnos a repetir lo más negro de nuestra historia. Simplemente, no podemos dejarnos engañar por quienes sólo buscan su acomodo en la política.
La convivencia y el respeto deben ser dos de los aspectos incuestionables en una sociedad democrática. Si la soberanía sobre el territorio que habitan los españoles es de todos, nadie tiene derecho a imponer su derecho sobre una parte del territorio que también es de los que no residen en él. Hay pues que encontrar el camino para el entendimiento, para la convivencia, para el respeto. Y respetar las leyes que nos hemos dado para convivir en paz, ser libres y desarrollar nuestras facultades humanas.
La independencia como concepto no existe. Todos dependemos de algo. Somos seres dependientes que necesitamos vivir en sociedad. Nuestra grandeza como humanos reside en aprovechar la inercia positiva de los demás y ser creativos.         
En estos tiempos en los que parece que algunos quieren hacer nuevas fronteras, yo les invitaría a que se pusiesen cara a las olas y mirasen más allá, para ver si comprenden que no hay más frontera que la que nos deja la vida atrás, y que no hay más patria que la que nos lleva a vivir en paz.Y esa paz sólo puede encontrarse en el interior de uno mismo.
Pero si hablamos de patria, aún soy más concreto. Como decía Machado, la única patria del ser humano es su infancia. Nunca debemos olvidar esa realidad. 


17 de septiembre de 2014
ARTÍCULOS DE OPINIÓN
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Mariano Valverde Ruiz (c)   

jueves, 11 de septiembre de 2014

SEPTIEMBRE Y POESÍA




El tiempo pasa, ya lo sabemos. Sin embargo cuesta reconocerlo. Sentado en un banco de cualquier parque he reparado en que estamos de nuevo en septiembre y, sin pretenderlo, la mente se me ha ido hacia otros septiembres del tiempo ya clausurado.
Septiembre ya no tiene aquellos toques de romanticismo que le hacían un mes especial. Ahora, más bien es una prolongación del verano que se confunde con el agitado día a día del trabajo.
Echo de menos el color de los membrillos, el sabor de los jínjoles, las hojas secas sobre la humedad de la tierra, el olor de la lluvia y esa mirada enamorada de los que dicen adiós a una aventura estival.
Recuerdo que esperaba con anhelo el tiempo en que caían las primeras lluvias, bajaban las temperaturas, el viento traía el aroma de los pimientos y la luna comenzaba a cubrirse con un tul de recogimiento y de nostalgia. Aquellos días eran el preludio de mi vuelta al colegio, del encuentro con el conocimiento, de la posibilidad de crecer. Y eso me entusiasmaba.
Ahora soy yo el que recibe a los alumnos después del verano y, me cuesta decirlo, en pocos veo la ilusión por aprender. En alguna ocasión les he hablado de aquellos tiempos y noto en sus miradas cierta incredulidad. Entonces tengo la sensación de que se están perdiendo las pequeñas cosas que hacen a un hombre feliz y pegado a la tierra sin que el cielo le quede demasiado lejos.
Sin embargo, septiembre es una nueva oportunidad de acercarse al mundo interior y de llevarlo al papel en forma de poemas. Este mes es la antesala de la llegada del otoño, un tiempo muy poético en el que con la caída de las hojas todos nos acordamos de lo que hemos perdido, nos refugiamos en la nostalgia y dejamos que los sentimientos afloren para sentirnos aún vivos cuando la naturaleza comienza a cerrar su ciclo creativo y se abre el tiempo de espera para una nueva vitalidad: la del tiempo poético.      
En fin, debo de estar haciéndome viejo. O acaso más consciente de lo que ya he vivido. Cada hoja que cae de un árbol es una oportunidad para llenarla de poesía. Igual que los días. 


11 de septiembre de 2014
ARTÍCULOS DE OPINIÓN
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