lunes, 9 de diciembre de 2013

EL PINTOR DE MANDELA


EL PINTOR DE MANDELA




He puesto el Requiem de Mozart en el tocadiscos y me he sentado delante del caballete con la mirada perdida en el lienzo. Nunca creí que me iba a costar tanto terminar este cuadro. Intento envolverme en la música sugerente del compositor austriaco para encontrar el tono necesario con el que acercarme una vez más a la imagen de Mandela. Y sigo perdiéndome en su profunda mirada y en su atemporal sonrisa. Sé que sólo me faltan algunas pinceladas para terminar el retrato pero no encuentro el color adecuado. Cuando recibí el encargo me dije: John, éste será el cuadro con el que podrás hacer las paces con quien puso en riesgo los privilegios de tu clase. Y luego me pregunté, por qué me lo encargan a mí, un pintor blanco, de tradición anglosajona, alguien que defendió con todas sus fuerzas el estatus de los suyos durante tantos años, mirando hacia otro lado cuando se producían injusticias, o masacres de la población negra. No lo entiendo.

La nota era escueta: "El presidente quiere que le haga un retrato. Tómese el tiempo necesario. Será recompensado oportunamente". Así que después de algunos días dudando y observando los comentarios de mis vecinos sobre la personalidad de Mandela, recibido con inquietud por los nuestros y con alborozo por los suyos, me decidí a comenzar el cuadro. Su mensaje comenzaba a calar entre la gente: reconciliación nacional, unidad multirracial, libertad, un hombre un voto, sea cual sea su color, credo o condición. A muchos nos costaba entender que algunos tuviesen derechos para los que no estaban preparados. Ya hace casi dos décadas de aquello. Al final la realidad y la personalidad de Mandela terminaron imponiéndose gesto a gesto. Su cara afable y su sonrisa bondadosa fueron calando en el corazón de la gente como el aceite de linaza en los colores de mi paleta.

Me dejo llevar durante un momento por las notas del Requiem. Ahora sé que no verá jamás el cuadro. Murió hace tres días. En esos tres días no he podido pintar. Un maldito dolor de muelas me lo ha impedido. No he encontrado ningún dentista en Johannesburgo con la consulta abierta y por consiguiente tendré que aguantar unos días más con remedios caseros, hasta que el pueblo pueda honrar la memoria de Mandela. El gobierno ya está organizando todos los actos que se van a celebrar con la presencia de muchos jefes de estado venidos de todo el planeta para su funeral. Y yo, al menos, debo terminar el cuadro. Llevo demasiado tiempo intentando darle fin y no hay forma.

Voy a mezclar ocre amarillo con siena tostada a partes iguales y le pondré una pizca de aceite de linaza. Lo muevo sobre la paleta con un pincel del número dos y a ver qué pasa. Miro el resultado, enarco una ceja y resoplo. No me gusta el color obtenido. No está en consonancia con la línea de trabajo que me he propuesto. El problema sigue sin resolver. ¿De qué color se pinta el perdón? Éste no es el color apropiado y tendré que volver a intentarlo. He de estar al margen de las modas y de los imperativos exteriores que condicionan los gustos y las miradas. Sí, ya sé, John, a ti también te condicionan demasiado, te costó mucho admitir el trato, de igual a igual, con los esclavos que habían trabajado para tu familia toda la vida. Pero volvamos al color. No puedo utilizar el blanco, es demasiado común, y además, dominante en la paleta de colores. Tampoco el negro, ya que dejaría ocultas las zonas de sombra y las luces quedarían ensuciadas por su presencia. Tengo que encontrar un color arcoiris, un color que se acerque a la imagen polícroma de la felicidad que parece tener Mandela cuando observa la sociedad sudafricana que ha dejado tras su lucha.

Mandela era un hombre de color. Pero de qué color serían sus sentimientos tras pasar 27 años con el número 46664 a la espalda en Robben Island. No puedo imaginarlo siquiera para poder plasmarlo en el lienzo. Limpio la paleta con un poco de aguarrás y me alejo unos pasos del caballete. Las notas del Requiem flotan por la habitación como una gasa dulce y trágica de sonidos melancólicos. He de perdonar. Sí lo sé. Miro fijamente la obra. Enciendo un cigarrillo y me siento en la silla de anea que tengo en el estudio desde la más tierna infancia. Es la que utilizaba mi nana negra. Me pongo de nuevo a pensar. Quiero evidenciar con el color que utilice formas y volúmenes cambiantes, las de su tolerancia, los de su sencillez. Tal vez los de su grandeza como ser humano. ¿Cómo he de pintarlos, de qué color? Tengo que utilizar colores que ofrezcan la sensación de permanencia de los valores que Mandela puso siempre sobre la mesa. El sentimiento que llamamos fidelidad a las ideas de igualdad. No es el azar quien me ha puesto en la tarea de pintarlo, ha sido el compromiso con la generosidad de ese ser humano. Él supo que mis hombres de confianza falsearon pruebas para aumentar su condena. Y ahora...

La imagen ha de prevalecer sobre la palabra para que quien observe este rostro sienta los efluvios vitales de la obra. Esa ironía que aporta un poco de luz sobre la tremenda oscuridad de las verdades absolutas. El espectador tiene que percibir, como si se tratase de un lenguaje jeroglífico, la complicación que entraña comprender el símbolo de la paz, un mensaje poco concreto y mucho menos definible, quizá efímero, porque la paz es siempre débil. Sólo la fuerza de los corazones ha de hacerla durar en el tiempo mientras vamos tendiendo las manos una y otra vez para pedir perdón por el daño realizado, por la injusticia. Sí, John, has de perdonar.

Voy a mezclar colores al azar. Si la paz y la reconciliación son obra de Mandela. ¿Con qué color los pintaría él? Debo imaginar el color para ponerlo en su rostro. Cerraré los ojos. Escucharé el Requiem. Me dejaré llevar por la música y dejaré que el azar mezcle los colores en mi paleta. Será una aventura fugaz con un final imprevisible. Será una incógnita permanente. Las dudas que genera un pueblo multirracial, multiétnico, multireligioso y libre, tienen que estar por encima de lo concreto de la tela. En su cara. En la cara de Mandela.

Aplico las pinceladas con decisión. La obra ya está casi dispuesta a dialogar con el espectador en un circulo cerrado. Pero, paradógicamente, el diálogo entre obra y espectador no ha de ser cerrado, sino abierto, como si de un proceso creativo se tratara. Que cada cual, al mirar, interprete lo que quiera, y que lo que piense confraternice con la obra. Ser sincero cuesta tanto. John, tú lo sabes desde siempre, el interés suele estar por encima de la sinceridad.

Creo que precisa un último retoque. Me acerco al cuadro y me alejo de nuevo. Voy entornando los ojos entre los pinceles. Busco el ángulo preciso para dar la última pincelada. Abro la caja de los tubos de óleo que aún no he utilizado. Los muevo buscando aquellos que voy a mezclar, otra vez al azar, para conseguir el color con que Mandela pintaría el perdón. Me quedo detenido en el movimiento. Tengo los dedos extendidos, enlazados al aire con finos hilos de misterio. La respiración se contiene. Los ojos se fijan en un trozo de papel meticulosamente doblado. Alargo la mano para cogerlo mientras las flautas y el fagot de Mozart rodean la voz del coro en una armonía que acarician los violines con un tul de seda. Sé que estoy solo en mi estudio. Delante de mí está el caballete con la imagen ya casi terminada de Mandela. A mi derecha, sobre una mesa, reposa la caja de colores. Y en la caja el papel. No hay nadie más. Y sin embargo siento que no estoy solo, que alguien, una multitud de almas negras me está observando.

Me decido a coger el pequeño papel. Lo desenvuelvo y reconozco la letra del pequeño Nelson, el hijo del esclavo que servía en mi casa hasta el año 1995. La leo con un nudo en la garganta. Dice: Señor Jonh, mi padre no podría haberle regalado estos colores, porque usted le denunció por pretender la igualdad y murió en los calabozos, entre otros que como él sólo querían lo mejor para sus hijos. Por eso, ahora, yo se los envío desde el hospital donde practico la profesión más digna, la de salvar el cuerpo de los hombres, sea cual sea su raza o condición. Y se la envío con mi perdón. Desde el fondo de mi corazón, le perdono por todas las humillaciones que sufrimos. Póngale el color que quiera al rostro de Mandela. Todos son la bondad.


9 de diciembre de 2013
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Mariano Valverde Ruiz (c)