martes, 26 de noviembre de 2013

EL PASAPORTE (Versión reducida)

EL PASAPORTE


Juan de Mairena había preparado con mucho esmero la última versión del pasaporte.
Estaba satisfecho de su trabajo. Se acercó hasta Don Antonio para enseñarle el resultado final y pedirle opinión antes de ir por enésima vez hasta la frontera. Llegó hasta su lado con un brillo de estrellas en las pupilas y también con la inquietud que en el alumno siempre provoca el respeto hacia el maestro. No se lo pensó dos veces y le dijo:
-Esta vez no habrá problemas. Cada uno de los elementos está en su sitio. El papel es idéntico al del estado. Las fotografías tienen el color sepia de la memoria. He reproducido los sellos con precisión milimétrica. La tinta no desmerece en nada a la utilizada en la función pública. Vamos, que ni el más avispado guardia de fronteras podrá notar la diferencia entre éste y los expedidos por el régimen.
-No sé que te diga. No lo tengo claro. Sé que has utilizado todas tus habilidades en la confección de esa obra. Y que, seguramente, has hecho una obra de arte.
-No le quepa duda.
-Pero, "el momento creador en arte, que es el de las grandes ficciones, es también el momento de nuestra verdad, el momento de modestia y cinismo en que nos atrevemos a ser sinceros con nosotros mismos". ¿Crees que estás en lo cierto?
-Certezas hay pocas, maestro. Lo nuestro es dudar. Así llevamos muchos años. Y mientras tanto...
-Yo no digo que no tengas razón, que la tendrás, pero convendría plantearse otra vez si estamos dispuestos de verdad a cruzar la frontera. Hay que echar mano del pensamiento de Sócrates, de su ironía, para comprender el volumen de nuestra ignorancia. Y tener en cuenta lo que nos hubiese dicho Kant, que de la existencia de este pasaporte no se puede deducir la esencia, es decir, que sirva para pasar la frontera.
-Maestro, la responsabilidad es nuestra. No estamos en nuestra patria.
-La patria. Ya salió el tema. La gran metafísica de nuestras raíces. La que no admite más duda que aquella que plantea nuestra forma de sentir y de entender la complicidad con el entorno.
-¿No es lícito que volvamos a nuestra patria? ¿No sería un hecho consumado, fuera del tiempo mismo, que nos quedemos donde estamos?
-Con preguntas me respondes. Sin embargo, las respuestas a esas obviedades serían diferentes si las dieras tú o si las diera yo. Y no estamos ahora para retóricas.
-Maestro. Me he esforzado mucho porque creía que usted lo tenía claro. Durante décadas he intentado someter al criterio del agente de aduanas de turno los pasaportes que iba preparando con ilusión y melancolía. Me los han rechazado todos. Pero ahora creo estar seguro de que con éste no pondrán ninguna objeción.
Don Antonio Machado miró con benevolencia la figura fantasmal de Juan de Mairena. Casi se reconocía en ella. Inclinó la cabeza y se apoyó en el bastón. Por su mente pasaba la certeza de la pérdida definitiva de su patria. Se la habían llevado en un papel que dejó escrito antes de morir. Ahora recordaba el color y la luz de su única patria: "estos días azules y este sol de la infancia".


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