martes, 31 de diciembre de 2013

EL ESPEJO






EL ESPEJO

Sara tiene la costumbre de regalar un alfiler de corbata a sus amantes. Las formas, motivos y dimensiones varían según las medidas al natural de cada uno de ellos. Al elegirlos se deja llevar por las ocultas sensaciones que le han producido, esos devaneos del instinto que no se cuentan a nadie.
Ahora está frente al espejo de su tocador. Piensa ocultarle a su espejo lo que está pensando. Pero su mente sigue divagando.
Cuando entrega los alfileres a los hombres les está enviando un mensaje subliminal que no todos entienden. —Los hombres son así— piensa, —qué le vamos a hacer. Quizá por eso nos gustan tanto a las mujeres, sobre todo a las que no tenemos prejuicios para soportarlos—. Al colocárselos, con unas palabras cariñosas que le salen, no sabe de dónde, les manifiesta una sutil forma de despedida, les está endosando un frío metal que sustituye a la ceniza volátil en que queda toda su relación.
Sara procura comprar los alfileres en tiendas distintas, y siempre, aunque lo tenga claro de antemano, pide consejo a la dependienta que le atiende. —Es para mi marido— les dice, —es el aniversario de nuestro amor—. Sabe que son coñas y ríe entre dientes sin que se le note. Suele cambiar el color, la intensidad del brillo y la consistencia del material de que están hechos los alfileres de corbata. Unos son más duros, otros más flácidos, otros más flexibles.
Cuando se encuentra por la calle a alguno de los portadores de sus regalos recuerda el sabor de su fruta amorosa, sus cuerpos sudorosos y fatigados, el tedio que les cubría la piel después de sus arrebatos pasionales. Luego conviene consigo misma que todos son iguales. De ninguno llora su ausencia, ni recuerda sus nombres o el tacto de sus pieles o el abrupto sabor a nicotina de los fumadores. Son los alfileres los que le indican que éste o aquél la distrajeron unos minutos más o menos agradables.
En su fuero interno hay un combate entre fueras opuestas. Su mente y su imaginación van por un camino, la realidad por otro. Se resiste a establecer comparaciones entre los hombres, las diferencias entre sus modales, las formas de intentar seducirla, el tamaño de sus atributos o la desgana con la que ella les miraba después de que todo hubiese terminado. Piensa que cuantos más alfileres de corbata regale, más bella se encontrará en el espejo de su tocador.
Ahora toma un peine y comienza a alisar sus cabellos mientras distraídamente sus ojos se posan en la imagen que devuelve el espejo. Es la imagen de una mujer cansada. Una imagen que parece contarle cómo son sus días y sus noches, una mujer abnegada, sufridora, fiel a su marido por imperativos sociales y familiares. Una mujer muy distinta a la que su mente cree ver. La tristeza flota por la superficie del cristal como agua fría y matizada de insatisfacción.
No quiere verse. Baja sus ojos a la vez que el peine llega a las puntas de sus cabellos. Sobre la superficie del tocador reposan varias sortijas que le ha ido regalando su marido a lo largo de los años. No quiere verlas. Sabe que cada uno de ellas es un regalo para satisfacer la conciencia de su marido después de una infidelidad. Lo supo poco después de casarse por boca de una amiga casada con un compañero de trabajo de su marido. Su amiga se divorció tras conseguir la confesión de su hombre, quién la justificó como algo normal relacionado con sus actividades mercantiles por medio mundo. Ella no se atrevió nunca a preguntar a su marido si le era infiel. Se limitó a seguir viviendo mirando hacia otro lado y construyendo una salida en su mente para mitigar las frustraciones que año tras año se iban acrecentando en sus carnes como una levadura de insatisfacción.
Levanta los ojos y se mira de frente. Intenta imaginar una nueva aventura pero no puede. Una lágrima rota por las arugas de la piel cae por su mejilla como un río sin afluentes. Tiene que sobreponerse. Ha de estar lista para las ocho de la tarde. Su marido la va a recoger para ir a una fiesta organizada por la empresa. Allí verá a todas las esposas de los altos directivos y ha de jugar el papel encomendado por su marido. Mantener la imagen, relacionarse con soltura y prestar mucha atención a los comentarios de las mujeres, son algunas de sus obligaciones.
No sabe cómo ha llegado hasta este nivel de desorientación. — ¿Cuál es la verdadera mujer que hay dentro de mí?— se pregunta mientras sigue peinándose. Y vuelve a caer en un estado de postración momentánea. El sonido de la puerta le hace volver a la realidad. Es su marido. El golpe producido por la puerta al cerrarse hace que por su mente pase un hilo de cordura que le invita a creer que la Sara que regala alfileres de corbata a sus amantes nunca ha existido, que todo son ensoñaciones, secretas argucias de la mente para hacer soportable una vida insatisfecha.
—En dos minutos estoy lista.
—Soy Stuart señora, el chofer de su marido. Me manda a recogerla y le envía este antifaz para que se lo ponga. La fiesta de esta noche es una mascarada de inocentes. Nadie debe reconocerse.
Sara vuelve a mirarse al espejo. Un brillo extraño ha aparecido en sus ojos como un rayo de luz azulada. En menos de un minuto termina de arreglarse. Se siente alterada. Su sangre fluye con una velocidad desconocida para ella hasta ese momento. Se coloca los tacones y revisa su imagen en el espejo antes de salir del dormitorio. Ahora parece no reconocerse. Se ve distinta. Como la mujer que hubiese querido ser.
Sonríe mientras inicia el camino de salida de la habitación. Abre la puerta y ve la imagen apuesta de Stuart. Se detiene y vuelve sobre sus pasos hasta el tocador. Toma un pequeño bolso de mano y va hasta los cajones donde su marido guarda los relojes, los gemelos y los alfileres de corbata. Elige un alfiler al azar. Lo coloca en el interior de su bolso y lo cierra. Respira profundamente y se retoca el cabello. Se gira y mira hacia la puerta abierta de su dormitorio como si viese la abertura de una jaula. Cuando sale de su dormitorio el aire adquiere una nueva fragancia, y el tiempo, hasta ahora detenido, inicia una vertiginosa carrera hacia otra dimensión. Sara se mueve con la gracia de la esperanza y la picardía de una nueva vida.

28 de diciembre de 2013
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Mariano Valverde Ruiz ©      

   

ENTREGADOS




ENTREGADOS

La voz impulsa el fluido del vacío
con esa morbidez que tu azulado beso
provoca en mis neuronas. Creo en ti
y en el mar de volutas irisadas
que son las emociones con que mojas
y envuelves la penumbra del dolor
con el ritmo delgado de la lluvia.
A veces me distraigo del presente
con la vegetación de tus sentidos.
Me ofreces otra noche iluminada
y el tiempo arrasa todas las almenas del caos
bajo labios que funden la cordura.
Entonces muerdo el rostro del insomnio,
miro el espejo antiguo de los siglos
donde brillan destinos convergentes
con medallones llenos de esperanza,
y procuro llevarlos con nosotros.
Esa luz se deshace como aire
sediento por el tacto de caricias,
es luminaria sobre nuestros cuerpos
que encela al vendaval de las pasiones
y se reposa donde el beso lima
la tersura de labios entregados.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c)

lunes, 30 de diciembre de 2013

DÍA LIBRE



DÍA LIBRE


Nada perfecto permanece demasiado tiempo.
Mi mujer entra en el dormitorio como un torbellino que ha acelerado la velocidad centrífuga de las partículas que lo forman mientras fregaba los platos de la cena, y sacaba brillo al cristal de la cocina. Sube la persiana de golpe, con el propósito definido de joder la marrana, valga la expresión mundana para añadir un toque de cachondeo delicado a la acción deliberada de mi querida esposa, y sin darme tiempo para protestar me espeta sin consideración los buenos días.
—Levántate ya.
Acto seguido, sin echar mano a un diccionario de sinónimos para aclararme la orden y arrojar algo de luz a la expresión imperativa que rebota por las paredes de la alcoba huyendo como un corzo malhumorado del resplandor que traspasa la ventana, tira del edredón y deja al descubierto las bondades de la pereza.
—Son las diez de la mañana.
Después pierde un poco de su tiempo recogiendo el pijama mientras masculla no sé qué rosario cristiano, mahometano o judío. ¡Maldita la gracia que me hace!
—¿Quieres levantarte de una vez?
No me mira, ni repara en las abundancias matinales del frasquito que guarda las esencias. La tercera extremidad amenaza con rebelarse contra la tela que le cubre y oponerse a la servidumbre del sueño. Pienso que es una oportunidad de oro para pasar la mañana y dejarse de gaitas. Pero todo queda en papel para embalar una decepción tras unos segundos de notar el frío, o más bien, el hielo polar, que se cuela por la ventana soplando de cara a la lascivia.
—¿Es que no trabajas hoy?
No —le digo—, tengo el día libre.
La escucho refunfuñar. Luego se mueve con celeridad de una punta a otra del dormitorio. Parece pregonar la indignación como consecuencia de mi desocupación. Me parece entender que hace planes para descolgar unas cortinas, cambiar el lavabo de sitio, reponer las lámparas fundidas, y no sé qué más tareas para llenar mis horas de asueto. ¡Cómo si uno estuviese para tanto trabajo recién despertado!
Creo que en el fondo se alegra de tenerme en casa para poder machacarme como a un ajo seco. No le daré ese gustazo. No se puede ser perfecto, hay que dar una de cal y otra de arena para mantener un clima de incertidumbre en la pareja que la mantenga viva. Si no, ya sabes, por uno o por otro, llega el aburrimiento y se acabó.
Me visto en dos saltos. Me tomo un café, sin azúcar para no utilizar los segundos que son necesarios para servírmelo y a la calle.
Decido ir al bar para leer el periódico. Cuando llego hay muy pocos clientes. El camarero, que parece haber comido lengua esta mañana, comienza a contarme que hace tres meses que no le pagan, que no llega a fin de mes y que su situación es muy compleja porque le han avisado que le van a echar de su casa. Me pide una ayuda para estas fechas navideñas. Le doy los cinco euros que llevaba para comprar tabaco y me despido antes de que siga contándome desgracias.
Cojo el metro en la primera estación que veo para ir a la biblioteca a ver si allí puedo leer el periódico tranquilo. Después de pasar dos estaciones nos anuncian que hay una avería en la red y que tendremos que bajar en la siguiente. Cuando salgo a la calle veo que está cortada por una manifestación y que me será imposible llegar andando a la biblioteca. Así que, decido buscar un sitio donde sentarme y dejar pasar el tiempo sin hacer nada.
Apenas llevo cinco minutos sentado cuando suena el teléfono. Es el jefe de la redacción. Con pocas palabras me dice que lamenta molestarme en mi día libre pero que la noticia marca el ritmo de la actualidad y que he de trasladarme al polo norte donde Papá Noel se ha declarado en huelga de hambre porque le han recortado el presupuesto para juguetes. Me dice que apremie y que vaya directo al aeropuerto para tomar el primer vuelo. Le digo que si está de broma. Y me contesta que la broma será despedirme si no voy a cubrir la noticia.
Tras cinco horas de vuelo, con el estómago reclamando su diaria manutención, me veo en una caravana de periodistas camino de los aposentos de Papá Noel. Fotografío, entre empujones y codazos, la fachada de su casa. Hay cientos de pancartas rajando de los sistemas políticos, blasfemando al liberalismo y contra la hipocresía. Saco primeros planos de todos los mensajes. Me pongo a la cola de los periodistas que quieren entrevistarle. Entre unos y otros decidimos que nos pasaremos las declaraciones que dé al primero que consiga llegar hasta su lado. No va a ser fácil. Hay un cinturón de policías que no deja avanzar a nadie.
Es noche cerrada. El tiempo apremia. Ninguno ha conseguido hablar con el huelguista. Algunos han sugerido que sea sustituido por los Reyes Magos. Otros piensan en ampliar la jornada a Santa Claus. Hay quien opina que los nomos podrían hacer su trabajo. Y yo, a estas horas, me acuerdo de lo que estará pensando mi mujer. Le había prometido un lavavajillas para Navidad. Si Papá Noel no se lo lleva, me veo fregando platos toda la vida. Y con alguna fuente en la cabeza.
De repente se escucha un murmullo que va creciendo entre las filas de periodistas que estamos apostados frente a la casa de Papá Noel.
—¿Qué pasa?— pregunto. El compañero que hay delante de mí se vuelve y me dice:
—Parece que todo se arregla. Alguien, no se sabe quién, le ha convencido para que reparta equitativamente lo que tiene, y que no se pierda la ilusión por el futuro. Ha tomado la decisión después de leer una carta.
Ya en el avión, he redactado mi artículo lo mejor que he podido y lo he enviado al redactor jefe con urgencia. Misión cumplida.
Con el alba del nuevo día estoy en casa. Mi mujer duerme a pierna suelta. Me meto en la cama. Se despierta y me dice:
—No te oí llegar. Ya estás despierto. ¡Magnífico! Quedan dos horas para que te tengas que ir a la redacción y podemos aprovecharlas. Sabes qué le he pedido a Papá Noel para ti. Un maravilloso maletín para reformas domésticas. Y le puse en la carta: como no me lo traigas le diré a Mamá Noel que te ponga los cuernos con los Reyes Magos.



24 de diciembre de 2013
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c)            






jueves, 26 de diciembre de 2013

OLEAJE

OLEAJE




Soy océano de burbujas rendidas
a la cara mojada de tu vello.

Ahora sé
que la tensión del signo más viril
y su fiebre instantánea son claro
efecto del aroma que produce
la fragancia de Armani
sobre el brillo de ébano
que te recubre el cuerpo.
Lo sé y no basta para comprender
la sensación que ofrece.
Hay algo más, alguna magia nueva,
el elixir jamás sintetizado
por alquimista humano, la presencia
de una flor natural
de la que sólo tú eres perfume.

Respiro y continúo siendo mar
que vuelca su oleaje sobre ti,
respiro y continúo siendo mar
en la cara mojada de tu vello,
respiro y continúo siendo mar,
océano de burbujas rendidas.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c)

martes, 17 de diciembre de 2013

MAGNOLIA




MAGNOLIA


Me besas dócilmente
y deslizas tu lengua por mis labios
como la luz del tiempo por el alba
entre un velo de nubes
con formas de magnolia.
Te conviertes en seda
que corona con dicha mis deseos.
Eres rubor diluido en clorofila,
la sibila que reta al fiero Tánatos
con la misma premura
con que lo hace el azul a los océanos.
El aire y tu cabello hacen pactos
con la luz del color,
la dulce gravedad de tus mejillas
y toda la dinámica del cosmos.

La luz del infinito tiene nombre.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)






lunes, 16 de diciembre de 2013

ALLÁ EN LA OTRA ORILLA





ALLÁ EN LA OTRA ORILLA
Novela de Manuel Morales García (Lorca 1962)
Editorial Círculo Rojo (2013)

Dos mundos y un océano entre ellos. El anhelo de una nueva vida al otro lado de las aguas. Una búsqueda interior o el viaje permanente del ser. O tal vez, las trampas que el amor tiende a quienes somos seducidos por las musas de la esperanza. Éstas son algunas de las sugerencias que el título nos ofrece. Y como marinos curiosos, echamos nuestro barco a navegar por la prosa que Manuel Morales conduce con fluidez, página tras página. Con un vocabulario coloquial y muy ameno, vamos descubriendo el realismo descrito en cada una de las situaciones en que Maribel, la protagonista, se ve envuelta. Temblamos tras la apariencia inicial de una ficción que puede estar muy próxima. Es un realismo que se asoma a nuestros ojos con imágenes precisas, con diálogos verosímiles, con vocación de cercanía a nuestros corazones.

Sin apenas darnos cuenta, estamos dentro de la trama que el autor ha hilvanado sabiamente, y que poco a poco, aumenta el interés del lector siendo llevado, sin elementos distorsionantes, hacia un final bien resuelto, un final que deja margen a las propias conclusiones del lector. El diálogo entre autor y lector se produce con una sencillez y naturalidad digna de admiración.

La voz de un narrador omnisciente nos va exponiendo los hechos con un ritmo equilibrado, con descripciones lineales, sin florituras ni partes prescindibles. El narrador no hace juicios de valor sobre un mundo de cierta sordidez en el que los valores humanos están en juego. Deja que el lector haga sus propias interpretaciones.

A lo largo de la novela vamos descubriendo personajes entrañables en permanente búsqueda de su salvación. Manuel dibuja con delicadeza y tacto hasta los personajes más escabrosos. El autor trata con sutileza y en ocasiones con ironía, un tema en el que el engaño, y la maldad, están en la superficie de la trama, junto a la humanidad de los personajes. Muchos de esos personajes viven atrapados en sus propias experiencias vitales, luchan por comprenderse y apiadarse de su desgracia.

Al igual que hacía Delibes en sus obras, esta novela establece un compromiso ético con los valores humanos y con la justicia social. El reducto de la integridad está en personajes humildes. John Steinbeck habría escrito sobre el tema de esta novela si hubiese vivido en nuestros días, y lo habría hecho como Manuel, con una prosa sencilla y contundente, sin ornamentos innecesarios, depurada.

En resumen, vivimos momentos en la creación literaria donde la experimentación ha dejado su espacio libre a la vieja vocación de la novela: contar una historia. Una historia en la que los oscuros impulsos y la maldad luchan contra los sentimientos nobles y puros. La amenaza de la muerte y la esperanza del amor, frente a frente. Os animo a disfrutar, como lo he hecho yo, de Allá en la otra orilla.   



16 de diciembre de 2013
Mariano Valverde Ruiz (c)





ACUARELA



ACUARELA

A punto de quemarme 
sobre la superficie de tu piel,
detengo mis osados dedos. Miro
tus contornos y acuña la retina
el siena de tu carne, su absoluta estructura.
Tu color se diluye con esencia
de linaza en mis ojos.
Eres río de crema, mezcla para pintar
el goce de las manos sobre el atril del sueño.

Descubro tus caderas.
Hombros y espalda lucen como lienzos
imprimados de frágil desnudez.
Por mi cuerpo acelera
el líquido ansioso del deseo.

Como dulce acuarela iluminada
me muestras el tatuaje de tu pecho,
y mis ojos y mis manos vulneran
tu secreto: el prurito que descubre
una braga de negros arabescos.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia 2004)
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c)


miércoles, 11 de diciembre de 2013

LOS ERRANTES

LOS ERRANTES



No os he contado nunca lo de aquel día en la playa de poniente. Quizá hoy sea un buen día para hacerlo, para que no olvidéis algunas cosas que están sucediendo ante los ojos impotentes de los que vivimos en una sociedad civilizada. O al menos eso creemos.

Aquella mañana llegué a la playa en busca de energía. Tenía el ánimo cansado de tanto buscar trabajo. Entonces llevaba dos años en el paro y la crisis no hacía posible encontrar empleo. Necesitaba mirar el azul intenso del mar y restablecer mi confianza en el futuro y en mi propia capacidad para superar las circunstancias adversas.

En aquel momento yo era un ser errante como tantos otros que llegan a nuestras costas buscando el paraíso. Me sumergí en el agua y pronto fui una ola asustada que buscaba la caricia leve de una arena acostumbrada a la incomprensión y al asombro. Yo era, en ese momento, una figura sobrepuesta sobre el horizonte que formaba parte de un paisaje donde todos somos un cuerpo desnudo y necesitado.

Pasé la mañana escuchando los gemidos del mar. Un mar que a rachas se convertía en rumor alocado, o espuma embravecida, que peinaba el aire del sur. El mismo aire que trae hasta nuestras costas la desesperación del África triste y hambrienta. En mi piel notaba el hervor ácido de cada instante de zozobra, la inquietud con que mi conciencia quemaba los pensamientos. El tiempo y la melancolía campaban a sus anchas dentro de mis ideas. A veces me distraían los vuelos repentinos de las gaviotas, su dulce balanceo sobre la arquitectura del aire. Ellas también son unas errantes, pensé, tanto como las almas que se asoman a esta orilla con la desesperación en los ojos. Desde el otro extremo del mar, en las arenas del continente olvidado, cientos de personas sueñan con un futuro mejor y ponen su vida en riesgo para intentar conseguirlo.

Durante aquellas horas, yo era uno más, otra máscara huida del tiempo rutinario de las ciudades, otro huérfano de la fortuna que se acercaba a la costa en busca de paz. El ritmo del agua iba marcando la proximidad del cielo sobre la crema rugosa de la playa. Lo hacía con la indiferencia de quien hace su labor sin importarle lo que hagan los demás. Cerca de allí había cultivos de algas y viveros de mejillones que engordaban el orgullo del mar, un mar azul promesa que no ocultaba sus sentimientos. Un poco más al interior, un mar de invernaderos cubría la tierra donde se cultivaban verduras y hortalizas para alimentar nuestra opulenta sociedad. Nada parecía salirse del guión prefijado por la naturaleza.

Alcé los ojos y observé a lo lejos la silueta gris de varios buques de guerra que estaban realizando maniobras. Se les veía al fondo, entre los hilos diamantinos del horizonte verde azulado. Se deslizaban sobre el agua como estelas grisáceas que con sus movimientos vigorosos, y quizá amenazantes, cortaban el límite de la mirada. En aquel momento no los asocié con lo que vería aquella tarde.

Respirar el aire puro de la playa me despertó el hambre y me comí un bocadillo de sardinas que aquella mañana había preparado en previsión de que estuviese más tiempo del esperado junto al mar. Con cada bocado fui contando las imágenes que me sugerían las pequeñas nubes blancas que arrastraba el aire. Y así, sin darme cuenta, me vi en medio de la tarde, igual que un errante de las horas.

Pronto salí de aquel ensimismamiento. Las olas comenzaron a acercar a la playa dos cuerpos de cetáceos agonizantes. Se trataba de dos cachalotes de medianas dimensiones. Me sorprendió su extraña presencia en la playa, y mucho más, la lenta agonía que arrastraban. También eran errantes como yo, errantes como las almas africanas, errantes como las gaviotas, errantes como el aire, errantes como las aguas del mar.

Días después descubrí en los periódicos que consultaba cada día buscando ofertas de empleo, una noticia que explicaba lo que vi. Decían que las ondas vibratorias del sonar de los buques de guerra durante unas maniobras rutinarias, habían producido la desorientación de los cetáceos y su extraña muerte. Ironías de la paz armada. Las maniobras de disuasión son origen del desequilibrio, pensé, del de los peces, del de los hombres y tal vez del del mar. ¿Qué motiva nuestra ceguera? ¿Estamos provocando la agonía de los cetáceos y tal vez, a largo plazo, la nuestra? Los cachalotes trajeron la muerte sobre los lomos de las olas cuando la luz aún sumergía sus tentáculos en el oscuro fondo marino. Era la misma oscuridad que se cierne sobre la superficie de la mente de algunos hombres, que luego humedece el dorso de los mercenarios que trazan barreras en el mar y las espaldas de los comerciantes que venden ilusión a cambio de cruzar la distancia que separa dos costas completamente diferentes.

¿Qué pensarán los peces de nuestros actos? ¿Lo entenderán? No lo creo. Y aunque los peces no comprendan a los hombres, quizá algunos sí comprendamos lo que nos querían decir con su muerte aquellos dos cachalotes. El caso es que hasta aquel momento todo parecía dentro de una normalidad mal entendida. No iba a ser así.

No lo he contado nunca, pero aquella tarde me deparaba una dura sorpresa. Distraído en la observación de los enormes peces que el mar había arrastrado hasta la costa para morir, no percibí lo que sucedía a unas millas de distancia. Una pequeña barca cargada de inmigrantes se había visto sorprendida por la presencia de los buques de guerra. Ante la situación, los hombres que la pilotaban, se lanzaron al agua y fueron rescatados por una lancha que seguía a la patera a poca distancia. Los dos hombres subieron a la lancha y giraron en redondo para poner rumbo a su origen. Lo hicieron a gran velocidad. En la patera quedaron siete hombres, tres mujeres y dos niños, todos abandonados a su suerte. Desde uno de los navíos de guerra se habían detectado los movimientos de las dos embarcaciones y se dirigía a la zona para detener a los navegantes. Los hombres de la patera intentaron poner el motor en marcha en vano y comenzaron a remar con los brazos. Lo hicieron con tanta ansiedad que no calibraron el peso y la patera se inclinó hacia uno de los costados. El empuje de una ola hizo el resto. Todos cayeron al agua. Los gritos me hicieron girar de improviso y percatarme de lo que sucedía. Afortunadamente, el navío de guerra estaba ya muy cerca y pudo rescatar del agua a todos sus desdichados ocupantes. Un final feliz. 

Mientras veía las maniobras de salvamento pensé que de nada les habría servido todo lo que hubiesen pagado a las mafias que organizan la entrada ilegal en el país. Seguramente todos serían deportados y allí acabarían sus sueños.

A los pocos minutos observé que una ola llevaba hasta la orilla un chaquetón de plástico. Lo recogí con curiosidad y hurgué en los bolsillos. En uno de ellos encontré una cartera envuelta en papel de plata y sellada con adhesivo. Estuve pensando en entregarla a la policía. No sé que me llevó a demorar la decisión, pero el caso es que, al final, decidí abrirla y ver qué había dentro. Y lo que encontré fue una carta de amor. Una carta escrita en perfecto castellano, en la que un hombre desesperado por la soledad y la nostalgia, le pedía a su esposa y a sus hijos que hiciesen lo posible por reunirse con él, que para ello les enviaba todo el dinero que había podido reunir, que no podía vivir más sin ellos, y que tampoco podía regresar porque se lo impedía el miedo a las represalias de las organizaciones clandestinas.

La realidad es mala consejera del romanticismo. Ahora lo sé. Todo esto no lo habría contado nunca, pero lo hago ahora, porque casualidades del destino, ayer descubrí quién era el autor de la carta. Yo estaba en la cola del paro cuando se me acercó un hombre con unas señas escritas en un papel. Cuando lo leí, no me percaté de lo que decía, tan solo de su letra. Salí de la cola y le acompañé para mostrarle dónde estaba la dirección que portaba. Era la de la sede de Cáritas. Y aquí encontramos los dos un rayo de esperanza. Comemos y dormimos a cambio de servir a los que no pueden valerse por sí mismos. Y no nos avergonzamos de nuestro destino. Algún día cruzaremos el mar. Él para reunirse con los suyos. Yo para huir de tanta mentira.


11 de diciembre de 2013
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c)

A POSTERIORI

A POSTERIORI



Apagas el ardor de este momento.
Me queda describir cómo fue su estructura,
los labios que bebieron del temblor de tu carne,
los gemidos ocultos, las sensaciones nuevas.
La vida surge en cada amanecer,
se alza sobre nosotros de puntillas
como una marejada de agua limpia
o un murmullo de espuma desleído
en brillantes nutrientes de esperanza.

Nuestros cuerpos destellan con la aurora,
son llama incandescente,
brazos de aire sereno
que envuelven de clamor y queratina
los reflejos del alba.
La liturgia del sexo es prodigio de luz,
dos cuerpos abatiendo la estéril ansiedad
que produce el silencio solitario,
derramados en besos y en plenitud de abrazos,
rotos por la pasión, unidos gota a gota
por el agua imantada del deseo,
sorbiendo el elixir que más nos satisface.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c)

martes, 10 de diciembre de 2013

SUCEDE


SUCEDE



Todo sucede dentro de las páginas
del guión que ha preparado entre las nubes
el fulgor de la luna.

Escucho tus palabras
que ya tienen textura húmeda y fragmentada
como anhelantes algas que convierten
la arena del deseo en alfombra mullida.

Escucho tus latidos
rompiendo el interior de mi silencio
como arterias vencidas
por la sed de los labios.

Los aromas del mar
penetran en mi cuerpo
mientras cambio el look
y soy gato de angora
ronroneando el talle del secreto
en tu cadera, dulce
diablo felino que relaja el tiempo
enredando tu pubis
con espirales leves de luz blanca.

La luna gira y envuelve
las voces de los cuerpos
en el puerto infinito del abrazo,
tamiza la pasión, y desmorona
un páramo de brasas 
entre el crispado mar de nuestras ingles.



(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c)

lunes, 9 de diciembre de 2013

EL PINTOR DE MANDELA


EL PINTOR DE MANDELA




He puesto el Requiem de Mozart en el tocadiscos y me he sentado delante del caballete con la mirada perdida en el lienzo. Nunca creí que me iba a costar tanto terminar este cuadro. Intento envolverme en la música sugerente del compositor austriaco para encontrar el tono necesario con el que acercarme una vez más a la imagen de Mandela. Y sigo perdiéndome en su profunda mirada y en su atemporal sonrisa. Sé que sólo me faltan algunas pinceladas para terminar el retrato pero no encuentro el color adecuado. Cuando recibí el encargo me dije: John, éste será el cuadro con el que podrás hacer las paces con quien puso en riesgo los privilegios de tu clase. Y luego me pregunté, por qué me lo encargan a mí, un pintor blanco, de tradición anglosajona, alguien que defendió con todas sus fuerzas el estatus de los suyos durante tantos años, mirando hacia otro lado cuando se producían injusticias, o masacres de la población negra. No lo entiendo.

La nota era escueta: "El presidente quiere que le haga un retrato. Tómese el tiempo necesario. Será recompensado oportunamente". Así que después de algunos días dudando y observando los comentarios de mis vecinos sobre la personalidad de Mandela, recibido con inquietud por los nuestros y con alborozo por los suyos, me decidí a comenzar el cuadro. Su mensaje comenzaba a calar entre la gente: reconciliación nacional, unidad multirracial, libertad, un hombre un voto, sea cual sea su color, credo o condición. A muchos nos costaba entender que algunos tuviesen derechos para los que no estaban preparados. Ya hace casi dos décadas de aquello. Al final la realidad y la personalidad de Mandela terminaron imponiéndose gesto a gesto. Su cara afable y su sonrisa bondadosa fueron calando en el corazón de la gente como el aceite de linaza en los colores de mi paleta.

Me dejo llevar durante un momento por las notas del Requiem. Ahora sé que no verá jamás el cuadro. Murió hace tres días. En esos tres días no he podido pintar. Un maldito dolor de muelas me lo ha impedido. No he encontrado ningún dentista en Johannesburgo con la consulta abierta y por consiguiente tendré que aguantar unos días más con remedios caseros, hasta que el pueblo pueda honrar la memoria de Mandela. El gobierno ya está organizando todos los actos que se van a celebrar con la presencia de muchos jefes de estado venidos de todo el planeta para su funeral. Y yo, al menos, debo terminar el cuadro. Llevo demasiado tiempo intentando darle fin y no hay forma.

Voy a mezclar ocre amarillo con siena tostada a partes iguales y le pondré una pizca de aceite de linaza. Lo muevo sobre la paleta con un pincel del número dos y a ver qué pasa. Miro el resultado, enarco una ceja y resoplo. No me gusta el color obtenido. No está en consonancia con la línea de trabajo que me he propuesto. El problema sigue sin resolver. ¿De qué color se pinta el perdón? Éste no es el color apropiado y tendré que volver a intentarlo. He de estar al margen de las modas y de los imperativos exteriores que condicionan los gustos y las miradas. Sí, ya sé, John, a ti también te condicionan demasiado, te costó mucho admitir el trato, de igual a igual, con los esclavos que habían trabajado para tu familia toda la vida. Pero volvamos al color. No puedo utilizar el blanco, es demasiado común, y además, dominante en la paleta de colores. Tampoco el negro, ya que dejaría ocultas las zonas de sombra y las luces quedarían ensuciadas por su presencia. Tengo que encontrar un color arcoiris, un color que se acerque a la imagen polícroma de la felicidad que parece tener Mandela cuando observa la sociedad sudafricana que ha dejado tras su lucha.

Mandela era un hombre de color. Pero de qué color serían sus sentimientos tras pasar 27 años con el número 46664 a la espalda en Robben Island. No puedo imaginarlo siquiera para poder plasmarlo en el lienzo. Limpio la paleta con un poco de aguarrás y me alejo unos pasos del caballete. Las notas del Requiem flotan por la habitación como una gasa dulce y trágica de sonidos melancólicos. He de perdonar. Sí lo sé. Miro fijamente la obra. Enciendo un cigarrillo y me siento en la silla de anea que tengo en el estudio desde la más tierna infancia. Es la que utilizaba mi nana negra. Me pongo de nuevo a pensar. Quiero evidenciar con el color que utilice formas y volúmenes cambiantes, las de su tolerancia, los de su sencillez. Tal vez los de su grandeza como ser humano. ¿Cómo he de pintarlos, de qué color? Tengo que utilizar colores que ofrezcan la sensación de permanencia de los valores que Mandela puso siempre sobre la mesa. El sentimiento que llamamos fidelidad a las ideas de igualdad. No es el azar quien me ha puesto en la tarea de pintarlo, ha sido el compromiso con la generosidad de ese ser humano. Él supo que mis hombres de confianza falsearon pruebas para aumentar su condena. Y ahora...

La imagen ha de prevalecer sobre la palabra para que quien observe este rostro sienta los efluvios vitales de la obra. Esa ironía que aporta un poco de luz sobre la tremenda oscuridad de las verdades absolutas. El espectador tiene que percibir, como si se tratase de un lenguaje jeroglífico, la complicación que entraña comprender el símbolo de la paz, un mensaje poco concreto y mucho menos definible, quizá efímero, porque la paz es siempre débil. Sólo la fuerza de los corazones ha de hacerla durar en el tiempo mientras vamos tendiendo las manos una y otra vez para pedir perdón por el daño realizado, por la injusticia. Sí, John, has de perdonar.

Voy a mezclar colores al azar. Si la paz y la reconciliación son obra de Mandela. ¿Con qué color los pintaría él? Debo imaginar el color para ponerlo en su rostro. Cerraré los ojos. Escucharé el Requiem. Me dejaré llevar por la música y dejaré que el azar mezcle los colores en mi paleta. Será una aventura fugaz con un final imprevisible. Será una incógnita permanente. Las dudas que genera un pueblo multirracial, multiétnico, multireligioso y libre, tienen que estar por encima de lo concreto de la tela. En su cara. En la cara de Mandela.

Aplico las pinceladas con decisión. La obra ya está casi dispuesta a dialogar con el espectador en un circulo cerrado. Pero, paradógicamente, el diálogo entre obra y espectador no ha de ser cerrado, sino abierto, como si de un proceso creativo se tratara. Que cada cual, al mirar, interprete lo que quiera, y que lo que piense confraternice con la obra. Ser sincero cuesta tanto. John, tú lo sabes desde siempre, el interés suele estar por encima de la sinceridad.

Creo que precisa un último retoque. Me acerco al cuadro y me alejo de nuevo. Voy entornando los ojos entre los pinceles. Busco el ángulo preciso para dar la última pincelada. Abro la caja de los tubos de óleo que aún no he utilizado. Los muevo buscando aquellos que voy a mezclar, otra vez al azar, para conseguir el color con que Mandela pintaría el perdón. Me quedo detenido en el movimiento. Tengo los dedos extendidos, enlazados al aire con finos hilos de misterio. La respiración se contiene. Los ojos se fijan en un trozo de papel meticulosamente doblado. Alargo la mano para cogerlo mientras las flautas y el fagot de Mozart rodean la voz del coro en una armonía que acarician los violines con un tul de seda. Sé que estoy solo en mi estudio. Delante de mí está el caballete con la imagen ya casi terminada de Mandela. A mi derecha, sobre una mesa, reposa la caja de colores. Y en la caja el papel. No hay nadie más. Y sin embargo siento que no estoy solo, que alguien, una multitud de almas negras me está observando.

Me decido a coger el pequeño papel. Lo desenvuelvo y reconozco la letra del pequeño Nelson, el hijo del esclavo que servía en mi casa hasta el año 1995. La leo con un nudo en la garganta. Dice: Señor Jonh, mi padre no podría haberle regalado estos colores, porque usted le denunció por pretender la igualdad y murió en los calabozos, entre otros que como él sólo querían lo mejor para sus hijos. Por eso, ahora, yo se los envío desde el hospital donde practico la profesión más digna, la de salvar el cuerpo de los hombres, sea cual sea su raza o condición. Y se la envío con mi perdón. Desde el fondo de mi corazón, le perdono por todas las humillaciones que sufrimos. Póngale el color que quiera al rostro de Mandela. Todos son la bondad.


9 de diciembre de 2013
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c)    


  

domingo, 8 de diciembre de 2013

LAZOS


LAZOS




Enlazo los jirones de mi cuerpo
con la humedad del beso que me ofreces.
Somos madeja e hilo del amor.
Cosemos fantasía entre lienzos de noche
hasta las comisuras de los labios del alba.

El rumor de las hojas de tus párpados
despereza el anhelo de mi musculatura
y despierta las olas del sonido
que tu cuerpo desea y que no posee:
los latidos cercanos al beso de las ingles.

Puedo tocar matices del deseo
con el relieve curvo de los labios.
Y no existen palabras que definan
cómo es la ecuación química del éxtasis.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)

MENSAJE


MENSAJE




No lo dices, lo intuyo
en los ecos de voz de tu suave perfume,
ese aroma que es cuerpo
y se arracima junto a la piel del deseo.
Entiendo tu mensaje: yo quiero ser amada.
Me dejo llevar, vivo las curvas de tus gestos
sin entregarme, inquieto por el enigma oculto
que guarda esa sensual cabriola de tus labios.
Rebusco en lo que esconden los colores
de las rosas silvestres que tienes por mirada,
me quedo allí, aprendiendo a ser tu jardinero.
Encuentro otro perfil desde donde mirar
la esencia del momento que me brindas
entre cada palabra y su silencio.
Soy un hombre que queda detenido,
emboscado en el tiempo de la duda,
flotando entre dos pasos muy cercanos,
queriendo medir todo aquello que no ve
para tejer de nuevo un lienzo de caricias.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c).

sábado, 7 de diciembre de 2013

LA CALAVERA (Versión reducida)


LA CALAVERA





La lluvia golpea con fuerza los cristales de la ventana del camerino. El cielo parece desplomarse sobre las calles con la violencia de una tormenta otoñal que llevaba días creciendo en el aire madrileño. Mara no mira cómo se desliza el agua por los cristales, está intentando centrase en la preparación  del momento más importante de su vida. La joven promesa de la canción calienta la voz y repasa su atuendo ajena al estrépito que los truenos generan fuera de las paredes aislantes del estudio de televisión.
-Cinco minutos y a plató-. Tras la puerta del camerino se escucha la voz precisa del regidor pendiente de que los tiempos se cumplan con escrupulosa exactitud.
-Ya va- contesta Mara como si reaccionara ante la punzada de un incisivo rayo. Y sigue hablando en voz baja igual que si junto a ella le escuchase con atención un extraño interlocutor.
-Es la hora. Y los zapatos rojos que no entran... El collar de conchas marinas ¿dónde está? Me miro al espejo en un segundo a ver cómo llevo el maquillaje. Sí. Sí. Está muy bien. Las tonalidades acarameladas me sientan de maravilla. ¿Estaré guapa? ¿Cómo se verá un primer plano de mi cara?
Mara gira la cabeza con inquietud buscando la esquina del camerino donde dejó la pequeña maleta de viaje que ha traído desde Canarias.
-¿Y mi talismán? ¿Dónde he dejado la calavera? Debe de estar en la maleta, acurrucadita entre mis ropas, con sus dos esmeraldas en las cuencas de los ojos, igual que dos pasajes al paraíso. Pero no tengo tiempo de volver a tocarla, de pedirle suerte.
La joven se queda totalmente inmóvil durante unos segundos.
-Nadie conoce mi secreto, la historia y los poderes del objeto que mi tatarabuelo trajo desde una cueva fría y húmeda perdida en la selva africana del Congo. La calavera tuvo que pertenecer a un ser muy importante. Su origen debe remontarse a los orígenes de la creación humana. Sé que sus características no son las de los primitivos habitantes del Congo. Mi abuelo me contó que mi tatarabuelo supo de su existencia por boca de un chamán de la tribu de los Bunga, los hombres silenciosos. Le sucedió mientras exploraba su territorio en busca de minerales preciosos para una empresa Holandesa, en el siglo XIX. Cuando supo de sus poderes, la robó y huyó de la zona; dejó a sus empleados a merced de las fieras; abandonó todo contacto con la empresa para la que trabajaba; y viajó por todo el mundo hasta, ya de viejo, instalarse en la isla de La Gomera. Allí vivió el resto de sus días con una extraña costumbre: visitar el bosque de Garajonay una vez cada semana. Siempre a solas. Antes de morir confió el secreto a su nieto y éste a su vez a su nieto. Y así me enteré yo que la calavera tiene el poder de hacer los sueños realidad. Sólo hay un problema, que han de ser deseos puros, alejados de la codicia y del egoísmo.
Mara recuerda entonces que tuvo la calavera en sus manos por primera vez hace muy pocos meses, justo la semana anterior al día en que se decidió a mandar la inscripción para participar en un famoso concurso de televisión que busca voces nuevas.
-Me atenazan los nervios. Ya tengo todo mi vestuario colocado. El maquillaje perfecto. No me falta nada...¿Y la letra de la canción? ¿Cómo era?...¡Qué nervios!
-Tres minutos- dice el regidor tras la puerta a la vez que da dos golpes con los nudillos en la madera.
-Va. Va. No sé cómo estuve. Pude vender las esmeraldas en el mercado negro, ofrecérselas a algún comerciante hindú, de los muchos que hay en Tenerife y resolver el resto de mi vida. Pero no lo hice. Yo tenía un sueño. Un sueño que se ensanchaba día a día, que crecía conmigo mientras rebañaba platos de potaje, lentejas con chorizo y conejo con papas arrugás. Un sueño que volaba por los tejados mientras hacía boca para la siguiente comida con kilo y medio de chocolate. Yo soñaba con cantar ante muchas personas y pensaba que ese momento llegaría antes cuanto mayor fuese la capacidad de las ollas que vaciaba.
-Dos minutos y a plató- insiste el regidor. Es un hombre joven, moreno, viste vaqueros ajustados y sudadera con las insignias de Mortadelo y Filemón, y ahora ha abierto la puerta. El hombre apremia a Mara para que salga y se coloque en el pasillo de entrada al plató.
-La letra. La letra de la canción. Se me va a olvidar. Tengo que ser natural. Es lo que intuyo que me aconseja la tela de araña que decora el interior de mi calavera, mi fetiche mágico. Seré natural. Comenzaré a cantar y mi voz tendrá el color del melocotón, la esencia del ritmo afro-americano, nada que ver con el registro de mantilla y peineta, que eso ya está pasado. Una última mirada al espejo. Nunca he sido demasiado coqueta. Ni tengo mucho que contar de las andanzas de una moza que se sentía el patito feo de la clase. Sin embargo, en los últimos meses todo ha cambiado. Desde que descubrí mi talismán he adelgazado. Conozco casi todos los remedios para perder peso, las dietas más agresivas, los mejores tratamientos de belleza.
-Treinta segundos.
-Y es que entre la tela de araña de mi calavera vi un poder sobrenatural, el secreto de la luz. Entonces decidí vivir para hacer realidad mis sueños. ¡Vamos allá! Ya sí que no recuerdo nada de la letra de la canción. Se me fue el santo al cielo. Confiaré en mi talismán. Sé que si no consigo triunfar como cantante, lo haré como promotora de productos dietéticos.
Mara sale decidida de su camerino y se dirige con celeridad al plató, donde, en el centro del escenario, le espera un trípode con un micrófono a la altura de la cara. Se coloca en posición, justo delante de la cruz que tiene marcada en el suelo. Cambian las luces de los focos. Una luz verde se enciende delante de las cámaras de televisión. Mara coge el micrófono con las dos manos y comienza a cantar.
La tormenta ha ido adquiriendo el tamaño de una ciclogénesis explosiva. En el exterior del estudio diluvia con una furia desconocida en muchos años. El cielo se quiebra tras el choque de las nubes. Un rayo con la energía de un ciclón cae sobre la antena parabólica de la emisora de televisión, va seguido de un trueno ensordecedor. En los hogares de los aficionados al programa de nuevos cantantes, la pantalla del televisor cambia del color habitual a una arenilla aleatoria en blancos y grises. En el centro de las pantallas comienza a dibujarse una silueta de calavera. Y en las cuencas de los ojos de la imagen, un verde amenazador se abre paso. Los relieves de las dos esmeraldas se distinguen con claridad en medio de un silencio enigmático. 


7 de diciembre de 2013
Relatos (Versión reducida)
Todos los derechos reservados.
 Mariano Valverde Ruiz (c)  
     

MINUTO


MINUTO



Permaneces inmóvil, prendida de un suspiro.

Esperas que mis ojos reaccionen 
al movimiento preciso con que agitas
todas las emociones que produces
con tu ademán sereno.

Lentamente se entornan tus pestañas
como espigas maduras en verano.

Necesito que viertas
las olas de tus senos ya crispados
sobre la piel que cubres con la sal
de este áspero minuto de silencio,
eterno como el frío que nos lleva.

Permaneces inmóvil.
                                  Yo soy quien suspira.

Y la imagen vacila en la memoria
con el temblor final del condenado a muerte.


(Del libro El fuego del instinto, Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c)

martes, 3 de diciembre de 2013

BOURBON PARA DOS


BOURBON PARA DOS




Y vamos consumiendo sin disfraces
la danza del cortejo.
Hablamos sin palabras que discrepen,
escribimos con largas miradas el preludio
de esta noche que arrecia,
templada y transparente,
como literatura
que ha cambiado de texto
y sumerge en la sombra del local
brazos de mar en vilo.

Bebemos el verano
a través de un espejo de caricias,
por detrás de las calles y los bares
ya camino del tiempo inexplorado,
más cerca de los besos
que del mundo y su trampa.
Bebemos nuestras olas
hasta el último sorbo
con los ojos cerrados.
                                   ¿Otra copa?
Sí. Por favor. Sin hielo.
Bourbon servido para dos en vaso de luna.


(De el libro El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)

lunes, 2 de diciembre de 2013

LA MIRADA (Versión reducida)


LA MIRADA



A Flash Vate le conocen más por su nombre de pila que por su apellido. El hecho tiene que ver con su profesión. Es fotógrafo. Sin embargo a él le gusta llamarse "Vate" por la asociación con la referencia de poeta que tiene la palabra. Se siente feliz cuando va con su cámara al hombro en busca de la foto impactante, aquella instantánea que refleje mejor la realidad. Hoy ha disparado su cámara digital de última generación en muchas ocasiones. Ahora quiere ver el resultado de su trabajo y se ha sentado en su estudio con todos los instrumentos preparados para seleccionar la mejor y convertirla en una obra de arte. No imagina lo que le espera.
Flash adquirió su oficio en la Escuela de Ciencias de la Imagen. En ella conoció todo lo relacionado con la fotografía. Técnicas de revelado. Sensibilidad de las películas y respuestas ante la luz recibida. Y otras mil formas de obtener la imagen. En su primer día de clase conoció, con asombro, que el instrumento que hizo posible la fotografía databa de la Edad Media. Se llamaba cámara oscura. Su fundamento está en que los rayos luminosos se propagan de forma rectilínea. La cámara oscura es una caja hueca ennegrecida por dentro que tiene un orificio en una de las dos caras. Los rayos de luz reflejados en los objetos del exterior atraviesan un orificio y forman una imagen invertida en la pared opuesta de la caja. Luego le dijeron que los hermanos Lumière consiguieron el primer procedimiento de fotografía a color.
Ahora son casi las doce de la noche. Flash ha pasado el día fotografiando los rincones de la ciudad, explorando el movimiento y las otras caras que posee lo visible. Ha intentado captar con su cámara el tiempo, el espacio, el silencio de los hombres y los sonidos de la urbe. En algunas ocasiones ha optado por sobreimpresionar sobre el mismo negativo, por colocar sobre la sombra de un objeto otra imagen contrapuesta. Como si tratara de reproducir su propia verdad. En otras ocasiones ha querido retratar la figura que tenía ante sí combinando dos luces, o acaso dos sombras. Igual que si se tratara de la realidad y el deseo.
Ha sacado las primeras pruebas. Mientras las observa, intenta ver con algo de perspectiva o de alejamiento la obra realizada. Es como si mirase su propio yo a través de las huellas de los fotogramas. Va pasando las láminas. Mira los negativos con lupa. Procura detenerse en cada detalle, en cada ángulo, en cada color, en cada figura, en cada sombra y en cada luz. Se pregunta por el significado que poseen algunas imágenes, sobre todo aquellas a las que sólo su imaginación ha dado contenido.
Faltan muy pocos segundos para las doce en punto. Comienza a tener claro la oculta alianza existente entre la poesía y la fotografía. Una alianza en contra de todos los elementos que nos condicionan y en contra de todas aquellas circunstancias que nos obligan a vivir como no quisiéramos. Una alianza nada convencional, y en absoluto organizada bajo unas siglas, o una organización jerarquizada. Piensa que esa alianza es algo que sucede sin más para poner un poco de orden en el caos. Un antídoto contra el vértigo.
Se siente un poco cansado. Deja las láminas que le quedan por analizar sobre la mesa sin advertir que una de ellas ha quedado con una esquina fuera de la alineación con que quedan el resto. Saca del cajón su vieja grabadora. En ella suele guardar algunos de los pensamientos que le afloran, como por arte de magia, en medio de la noche y de la soledad. Pulsa el botón de inicio y habla:

Todos poseemos algo de cansancio en la mirada cuando el tiempo cede a nuestros impulsos y nos muestra, en blanco y negro, las consecuencias de no creer en nada, de no comulgar con ruedas de molino, ni con las doctrinas que intentan inocularnos desde los poderes establecidos. Entonces leemos en las páginas del recuerdo. Lo hacemos sin hacer ruido, con una sonrisa irónica dibujando la comisura de nuestros labios. Luego tiramos por el retrete todo lo que son desechos de la vida. Y nos duele. Nos miramos al espejo y vemos cómo nuestra cara es una cicatriz sin fondo, una triste mueca de la realidad que no acertamos a definir. Pensamos que la vida es un sumidero de ilusiones que se arrastra por las calles, por las estaciones, por los aeropuertos. Todo parece una promesa que queda siempre por cumplirse.

Flash pulsa el botón de stop. Respira profundamente y levanta los ojos al techo de la habitación. Las sombras se han adueñado de las esquinas y sólo la luz refulge delante de su mesa como un chorro de blanco anuncio. Baja los ojos y los lleva hasta el pequeño paquete de imágenes que aún no ha examinado. Le llama la atención la esquina sobresaliente de una de ellas. La coge con la punta de los dedos de su mano derecha y tira de ella. La imagen queda ante sus ojos como una revelación instantánea. No recuerda haberla hecho. Es más, después de pensar un poco, está completamente seguro de no haberla realizado. No sabe cómo ha llegado hasta sus manos. 
Mira la fotografía con toda la atención que su cansancio le deja poner. Es el rostro de un payaso al que unas manos femeninas le han tapado los ojos. Está en blanco y negro, salvo por el detalle rojo de su nariz postiza. La expresión del rostro es serena. Es la metáfora de la realidad que vivimos. Sin duda.

Sin darse cuenta han pasado dos horas mirando fijamente la imagen fantasmal que el azar ha puesto ante sus ojos. El sonido del camión de la basura le saca del estado alucinógeno que sufre. Entonces recuerda que en el lateral de su mesa tiene anotada una frase de Jacques Prévert. Alarga el brazo, toma el folio y lee: "Él seguía su idea. Era una idea fija y se sorprendía de no avanzar". Y piensa que al día siguiente debe volver a la calle con su cámara de última generación bajo el brazo. Debe salir con ilusión renovada. Quizá encuentre la respuesta que busca en los ojos de los demás.

2 de Diciembre de 2013.
Relatos
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Mariano Valverde Ruiz (c).
   

TÚ, YO Y BAUDELAIRE






La pólvora del verbo va incendiando
los tabiques del templo de las dudas
y despeja el terreno a la lujuria
para que ciña sus alas de brea
junto a la curvatura de los ojos.

Tu mirada y el fulgor de edad temprana
horadan el paisaje de la noche
bajo los versos de Baudelaire.
Mis párpados se vuelven almidón
en el rostro desnudo de tu pubis
y luego son escamas de un pez caprichoso
que huye del agua y queda sin oxígeno
al raso de la luna. Abdico sin demora.
Te entrego mi turbado reino blanco
sin mediar protocolo. Soy súbdito
del perfil soñoliento y cenital
en el que ya reposan tus pupilas.

Me apropio de tus labios con ternura.
Les ofrezco el tejido de los besos.
Y mis manos son plumas de jilgueros
que recorren tu piel y vuelan hasta el alma.

El amor echa un pulso a la desidia
para ganar al tiempo su indulgencia
como un niño que cuida los juguetes.


(Del libro El fuego del instinto, Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c)

sábado, 30 de noviembre de 2013

LA VIEJA CORRUPCIÓN


LA VIEJA CORRUPCIÓN



Iris y Loto habían bajado hasta la orilla del Nilo para lavar la ropa que sus amas les habían encargado. Apenas había amanecido y ya el sol sacaba de las sombras los perfiles de las imágenes de las dos esclavas, que charlaban amenamente mientras batían con fuerza los tejidos de lino contra el agua purificadora del río.

-No se te ocurra contarlo -dijo Iris-. Si llegase a oídos de mi ama no sé que me haría. Tengo que darle de comer a mi niño. Ya sabes que es ciego y no puede valerse por sí mismo, aunque toca la flauta como nadie.
-No tengas miedo -replicó Loto-. Soy una tumba, tan grande como la del anterior faraón. No diré nada de lo que me cuentes.
-De algo relacionado con eso te quería hablar. Verás, el esposo de mi ama suele contarle sus proyectos después de hacerle el amor. Así la tranquiliza, porque la condenada chilla como un chacal cuando la monta. Y la otra noche, cuando yo estaba detrás de la cortina, ya que mi ama me ordena que espere allí, para llevarle después el agua con pétalos de rosa con que se lava el sofoco y la gruta del placer, escuché que mi amo le contaba algo muy repugnante.
-Dime... Dime, no demores tu relato.
-Le decía que había comprado una gran extensión de terreno semidesértico por muy poco a un hombre acuciado por la necesidad y sin recursos. Le dijo que sólo le había costado dos camellos. Luego le dijo que lo había hecho porque su amigo Gimotet, el escriba de la corte, le había dicho que el nuevo faraón ya pensaba en construir su tumba. Que proyectaba hacerse una morada gigantesca.
-Bueno. Y que tiene que ver eso con tu amo.
-Escucha. Le dijo después, entre grandes carcajadas, que él iba a conseguir que el faraón la construyese en sus terrenos. Que se los vendería por diez cargas de oro argumentándole que aquel terreno era de la mejor calidad para los cimientos de su tumba y que tenía las mejores vistas de las estrellas.
-Vaya, vaya...
-Pero no queda ahí la cosa. Le contó que le diría a Gimotet que si convencía al faraón para que él se encargase de las obras le daría una carga de oro. Mi ama resoplaba de satisfacción. Lo que le estaba contando parecía producirle un efecto alucinógeno mayor que el que le había procurado mi amo con su instrumento de carne.
-Sigue, no te detengas. Estoy intrigada.
-Siguió diciéndole que cuando le hubiesen encargado las obras, las dejaría en manos de Seremheb, un amigo que se dedica a la construcción de mastabas, y que lo haría a cambio de que éste le entregase un tercio de los recursos que le otorgase el faraón para la construcción de su tumba.
-Interesante.
-Luego brindó con vino mientras le decía a mi ama que harían la obra mas grande jamás proyectada, y la más beneficiosa, que tendrían una fortuna inmensa para disfrutarla el resto de sus vidas. Y que si le faltaban recursos al faraón, siempre estaba en su mano aumentar los impuestos al pueblo.

Loto se quedó pensativa durante un momento pero Iris no advirtió lo que estaba pasando por la mente de la joven esclava. Luego levantó el traje que estaba lavando, lo sacó del agua muy despacio y le dijo a Iris con un tono de cierta sorna:

-Así que todo depende de Gimotet, el escriba. ¿No es ése el amante de tu ama? Sí...creo que es un hombre corpulento que usa muchos afeites en su cuerpo, viste un traje blanco distinto cada día, habla sin que sepamos muy bien lo que dice y ríe como las hienas del desierto. Sí, va a ser él. Le vi un día bajo una acacia esperando que tu amo saliese de casa. ¡Vaya!... No. No diré nada.

Las dos mujeres cambiaron de tema y siguieron con su tarea dándose prisa, pués se acercaba la hora del almuerzo. Cuando terminaron, se despidieron cordialmente, y cada una regresó a la casa de su ama.
Loto llegó apresuradamente, colocó la ropa en un secadero y se dispuso a salir de nuevo. Se justificó ante su señora diciéndole que tenía que ir a comprar aditamentos para la comida. Y volvió a salir como empujada por los vientos vespertinos que soplan en las riberas del Nilo.
En pocos minutos estuvo ante las puertas de la mansión de Gimotet. Dijo a uno de sus sirvientes que iba a entregar un recado muy importante de una mujer que el escriba conocía, y que sólo podía entregárselo en persona. Cuando estuvo frente a Gimotet le dijo:
-El espíritu de Isis, nuestra diosa, me ha visitado. Me ha confiado un encargo muy importante para ti. Deberás decir al faraón que una esclava tiene el mandato de la diosa para que se construya la morada eterna del faraón en el terreno que un hombre pronto le ofrecerá a través de ti. Que deberás acceder a todo lo que te pida ese hombre, pero que después, a solas con el faraón, has de decirle que la diosa quiere que no se pague nada por ese terreno, y que es su deseo que quien reclame para sí un tercio del valor de su morada, sea obligado a repartir todas sus propiedades entre los esclavos. Los suyos y los amigos de los suyos.
Gimotet la escuchaba perplejo. El temor a la diosa Isis le hacía mantener toda su atención en lo que le estaban trasmitiendo. Loto veía en sus ojos la disposición total del escriba a cumplir todo lo que estaba escuchando. Y para terminar apuntilló sus palabras elevando la voz y pronunciando con mucha claridad.
-Si no lo hicieses, jamás conocerás la vida eterna. Las huestes de Horus vendrán para llevarte al infierno de Ra. Sin  embargo, si cumples el mandato de Isis, tendrás derecho a un lugar de privilegio junto al faraón en su última morada.


30 de noviembre de 2013
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Mariano Valverde Ruiz (c)