viernes, 11 de agosto de 2017

LAS UVAS DEL PROGRAMADOR





LAS UVAS DEL PROGRAMADOR



Se ha sentado en el sofá buscando unos minutos de tranquilidad para poder realizar su cometido del día. Ha cogido de su despacho lo que necesitaba: el cuaderno donde anota los programas anuales, un bolígrafo y una calculadora. Mira hacia los amplios ventanales del salón con ojos viajeros, como si recorriera la distancia que le separa del pasado en un segundo. Se escucha el viento silbar con vigor tras los cristales. La imagen de los árboles moviéndose igual que desnudos peines del viento, le llama la atención, pero no le inquieta. Dentro de su casa, el clima es agradable gracias a la climatización controlada por un moderno sistema de domótica, pero fuera parece que la tarde es muy fría, un tanto desapacible, como es propio del invierno en Silycon Valey. El tiempo está revuelto, considera para sí el ejecutivo, amenaza tormenta. A lo lejos, en el horizonte de la sierra cercana, por detrás de los edificios que siembran el valle de arañas metálicas, se ve una oscura masa gris que no anuncia nada bueno.
Silvestre suele dedicar unas horas del día 31 de diciembre de cada año a hacer balance del tiempo transcurrido, a valorar el nivel de logro de los objetivos planteados el año anterior, a establecer el punto exacto de sus finanzas, a comparar su situación económica con la que tenía al final del año pasado, y sobre todo, a redactar el programa con el que guiará sus pasos, y los de los suyos, durante el año siguiente. También va a plantearse los propósitos, prioridades, objetivos y el presupuesto con el que afrontará el día a día durante los próximos meses. Le gusta prever lo fundamental y tener el camino trazado para las cosas esenciales. De ese modo puede dejar su mente volar con más libertad, teniendo claro que sus pies están en la tierra y que la realidad está sujeta con los instrumentos básicos para ser fiel a su concepto de vida. Esta costumbre le viene desde joven, en España, cuando estudiaba en la universidad de Sevilla los primeros cursos de sistemas informáticos, robótica y programación.
Dentro de la casa, la tarde parece tranquila, pero no tardará en complicarse con los preparativos de la cena de Nochevieja para la que esperan invitados. Su mujer ya está en la cocina. Vanesa es una joven muy atractiva, hija de padres mejicanos. La conoció en una convención de últimas tendencias creativas, cuando le sirvió de traductora al japonés. Jamás hubiese imaginado que una mejicana hablaría con tanta gracia el idioma nipón mientras le guiñaba el ojo para quedar aquella noche. Desde entonces no sólo hacen sushi. Ni jalapeños. Ni paellas…  Los niños están jugando en sus cuartos. Tiene dos pequeños torbellinos que hablan a partes iguales español e inglés.
Hay una extraña quietud en el ambiente. Silvestre ha considerado que es el momento adecuado para aislarse unos minutos y proceder a su ceremonial de cada año. Será la calma que precede a la tormenta. Ni siquiera la desbordante imaginación de que hace gala en los diseños y programas de juegos de videoconsola, con los que se gana la vida, le puede advertir de lo que ocurrirá esta noche.
Está relajado. Durante el instante plácido que ahora le regala la fugacidad de la vida, distrae los ojos posándolos sobre la esfera dorada de su reloj. Observa que el segundero sigue girando con un destino riguroso: el punto exacto de la hora. Cincuenta y siete, cincuenta y ocho, cincuenta y nueve. Son las seis de la tarde. El tiempo se escapa entre los márgenes que delimitan la medida del instante que ya ha concluido. Silvestre ha de aprovechar cada segundo, no tendrá una segunda oportunidad para vivirlo. Se propone apresar una mínima porción de la esencia que acompaña las últimas horas del año y lo va a hacer en el recinto abierto que conforman las palabras.
Su mente comienza a repasar los objetivos que se propuso para el año que termina. Respira con cierta satisfacción y enciende un cigarrillo. Los ha cumplido casi todos, en mayor o menor medida. Aunque hay uno que no ha conseguido, uno que posee la propiedad maquiavélica de esgrimir siempre la excusa perfecta para no ser cumplido. No ha podido dejar de fumar. Éste tendrá que ser uno de los objetivos para el próximo ejercicio. Reflexiona durante varios minutos y va anotando en su cuaderno, con estricto orden de prioridades, el resto de los objetivos básicos en cada uno de los apartados: familia, trabajo, economía, personales.
Dentro de este último apartado, en el que coloca aquellas cuestiones que sólo dependen de él, o que a él sólo afectan, se propone ir escribiendo un diario con sus sensaciones ante la vida, sus inquietudes, sus recuerdos, y todas aquellas cosas que merezcan la pena ser resaltadas. Lo considera un instrumento que le puede ayudar a reflexionar y que, a la vez, le puede alejar un poco de la frialdad matemática de su trabajo. Pretende que la escritura del diario se convierta en un hábito permanente para el resto de sus días. Intuye que le resultará gratificante. Ha de tomárselo con calma y con constancia. Tal vez le sirva para transmitir a sus hijos lo que piensa de la vida en general y de sus experiencias en particular. Se platea aprovechar este momento para iniciar el diario con lo primero que se le ocurra. Lo hará en el mismo cuaderno donde escribe sus programas, año a año.
Esta noche, en el intervalo de tomar las uvas, repasará interiormente sus deseos y pedirá a las hadas del misterio suerte para poder cumplirlos. Imagina cómo será el momento preciso en que, acompañado de su familia y de los invitados a la cena de Nochevieja, tomará las doce uvas, esa tradición que sirve para endulzar el tiempo decisivo en que se cambia el calendario, se dicen adiós a las penas del año que termina, y se reciben con alegría las esperanzas para el nuevo periodo de vida. Silvestre vuelve a mirar el reloj y ve que se va aproximando a las siete de la tarde. Las manijas del reloj se mueven con la ansiedad de un vampiro sediento por beber la sangre del tiempo. Pronto el año nuevo será una realidad llena de ilusiones y del viejo sólo quedarán algunos recuerdos que se irán borrando o cambiando de imagen mientras se convierten en arrugas del alma.
En el interior de la cocina, Vanesa se está esforzando con el menú de la cena. Quiere agradar a los invitados. Los preparativos son laboriosos y comienza a estar nerviosa por la duda de que pueda estar todo listo en su momento. Cocina exquisitos manjares. Este año toca cocina española para Nochevieja. Pondrá varios entrantes al centro de la mesa. Merluza a la vasca de primero. Cordero asado de segundo. Compota de frutos secos de postre. También tiene que preparar la mesa del comedor, colocar los cubiertos, disponer una decoración sugerente. Se mueve como un torbellino de energía. Entra y sale del salón, donde reclinado en el sofá y con un cojín amarillo por soporte del cuaderno, Silvestre escribe imbuido en su mundo.
Los niños salen de sus habitaciones y se plantan en el salón con varios juegos electrónicos en las manos. Los sonidos machacones de un comecocos y de una máquina de matar marcianos llenan el espacio. El tiempo parece detenerse cuando uno de los niños enciende el televisor y conecta la PlayStation. Silvestre siente que la entrada en escena de esos juegos es la antesala de la condena a muerte de su momento creativo. No puede oponerse. El negocio es el negocio, los niños no deben contar a sus amigos que su padre les prohíbe los juegos que él mismo promociona. Nota una leve sensación de derrota en las venas. Siente la sinfonía del mercado acariciándole los costados del alma. Y se reconforta pensando que contra las modas no hay quien pueda.
Silvestre lleva su mente a otros asuntos. Le da por comparar su infancia con la que están disfrutando sus hijos. Aquellos años en la vieja España fueron muy diferentes a los que viven sus hijos en la moderna sociedad USA. Ni mejores ni peores. No los juzga. En aquellos tiempos la imaginación y el riesgo vestían las luces de la infancia y demostraban ser los aliados más sólidos contra el tedio. Entonces había que pensar, inventar pasatiempos para divertirse, y construir los juguetes con elementos rudimentarios. Era preciso dejar que las ideas volasen entre los vértices más sensibles de las neuronas y luego atreverse a dar el paso decisivo mientras la magia del peligro aflojaba las cordoneras de las zapatillas.
El riesgo y la imaginación proponían subir al tejado de una casa en ruinas para buscar entre los huecos de las tejas nidos de gorrión. O coger las crías y echarlas a volar para ver cuál de los pequeños era el vencedor. O asaltar un enjambre de avispas y bombardearlo con bolas de barro, e intentar salir indemne de los aguijonazos de los enfurecidos insectos. Y otras fechorías por el estilo. Todos esos actos eran, sin duda, actividades que producían sensaciones mucho más excitantes que las que se puedan producir al oprimir el botón de una consola, al utilizar breakout, al sumergirse en esos juegos en que aparece una tabla y una pelota con la que se pretenden destruir bloques de ladrillos.
Silvestre recuerda cómo, en los meses de lluvias, sentado junto a las charcas, observaba el vuelo enigmático de las libélulas y adivinaba el terror que aquellos enigmáticos helicópteros debían tener a posarse sobre las briznas de hierba que nadaban en las aguas. Mientras tanto, agazapadas dentro del minúsculo mar fangoso de los charcos, las ranas, con ojos saltones y asesinos, esperaban pacientemente que alguno de aquellos insectos decidiese jugar a piratas y filibusteros cerca del agua. Era entonces cuando lanzaban sus lenguas como látigos pegajosos para cazar a los pequeños aviadores y saborear su crujiente materia.
Silvestre anota en su cuaderno: La muerte acecha en cualquier lugar como una cizalla imprecisa que custodian los soldados de la sombra. Todos tenemos miedo a que las fauces de ese monstruo, desconocido y hambriento, hagan presa de forma imprevista en nuestras ilusiones. Todos tenemos miedo a que nos llame por nuestro nombre y en nuestro idioma.
Y la muerte habla todos los idiomas, el de los insectos, el de las ranas, también el de Silvestre, aunque él se empeñe en no entender su significado hasta que los años vividos no le hayan preparado para morir, si es que eso es posible. Igual que un griefer, ese tipo de jugador violento que sólo pretende irritar, humillar y atormentar al resto de jugadores, la muerte esgrime su posibilidad de sorprenderle en cualquier momento.
Los recuerdos se niegan a morir entre las tinieblas del olvido, se renuevan con otro tono, recuperan las vivencias de Silvestre.  La materia del recuerdo tiene la potestad de modificarse con el tiempo. Y así, como un espacio inasible del pasado, esa dimensión que mantiene en el aire los gritos del silencio, vuelve a su memoria la algarabía de los amigos de la infancia mientras jugaban a la pelota. Corrían igual que gatos tras un ratón detrás de un objeto ovalado. A veces se trataba de un trapo enrollado; otras era una simple piña de ciprés; y en alguna ocasión muy especial, sobre todo después de las fiestas navideñas, el perseguido y golpeado sin piedad, era un balón de reglamento, una maravilla hecha a base de goma recauchutada que convertía a su dueño, por arte de un embrujo mágico, en el rey del grupo.
A sus amigos y a él se les pasaban las horas trenzando las dimensiones de la era: su campo de juego. La era había acogido en su terreno la mies de la sementera y guardaba el trillo como testigo simbólico del pan de los campos. En otras ocasiones convertían un bancal con restos de rastrojos en un improvisado campo de fútbol. En los extremos de la superficie del bancal marcaban las porterías y las líneas de córner con cañas o piedras. Las líneas laterales eran los caballones. Después, en su tierra seca y polvorienta, emulaban a los grandes jugadores de la época. Conocían sus nombres por la radio, y los habían visto alguna vez en la televisión en blanco y negro del bar de la zona, o del teleclub. Silvestre y su pandilla jugaban a la pelota igual que los personajes de Joyce al inicio de la novela Retrato de un artista adolescente. Aunque en otro espacio y en otro tiempo, con otras formas y matices, allí también se estaba elaborando el perfil de alguien que deseaba ser distinto a los otros, construirse desde la realidad en la que vivía.
En aquellos años había momentos en los que los amigos se convertían en un comando guerrillero que asaltaba los almendros durante la primavera para apropiarse de sus frutos frescos y nutritivos. Luego, durante los veranos, ese mismo comando exploraba los matojos que cercaban los granados a la búsqueda de sus crueles enemigos. Cuando descubrían el cuartel general de las avispas, se reunían cerca del objetivo y preparaban el plan de asalto. Debajo de una higuera o junto a la sombra de un olivo planeaban con detenimiento los pormenores del ataque. Se pertrechaban de tormos, piedras, bolas de barro, y del arma secreta, que siempre resultaba infalible en los momentos difíciles: un puñado de matojos secos a los que prendían fuego para lanzar posteriormente contra la selva amarilla del avispero. Tras lanzarse como comandos suicidas sobre el objetivo, algunos salían heridos de la reyerta, cosidos a picotazos por las avispas, que sorprendidas por las hordas enemigas, respondían al ataque con toda su furia.
Durante aquellos años, el tiempo se sucedía a sí mismo con una constancia que Silvestre y sus amigos no eran capaces de observar y mucho menos de medir. A menudo olvidaban dónde estaban y cuál era su verdadera realidad. Sólo, de tarde en tarde, miraban el sol mientras se iba escondiendo tras las montañas y sentían una ligera inquietud o un templado sosiego. Eran sensaciones que no llegaban a tener connotaciones de miedo a ser castigados por sus padres al llegar tarde a sus casas. El tiempo no poseía la celeridad que tiene hoy. Tampoco provocaba la agonía que se siente con su paso.
Silvestre mira el reloj y ve que ya son las siete y media de la tarde. Los niños siguen jugando con sus videojuegos ajenos a sus pensamientos. Su mujer no tardará en reclamar su ayuda para los preparativos de la cena. Tras los ventanales, el viento sigue silbando con furia. La tormenta está próxima a desencadenar la energía de las nubes sobre la tierra. Se sumerge de nuevo en los recuerdos.
Rememora cómo en aquellos años en que la infancia dejaba respirar en sus alveolos el aire de los campos, él buscaba su espacio de libertad, sus sueños, su autoestima; intentaba forzar la génesis y el desarrollo de las características de su personalidad, las razones de un niño que quería convertirse pronto en un hombre con señas de identidad propias. Cuando caminaba por las veredas imaginaba mundos remotos en las volutas de polvo que levantaba su calzado. Transformaba la realidad que vivía en paraísos lejanos, espacios donde duendes, brujas, soldados y reyes, vivían vidas mágicas, experiencias que siempre estaban al otro lado del camino que pisaba.
Cuando andaba por las sendas solitarias de la planicie (senderos que eran las autopistas de los mulos) iba mirando las formas que encontraba a su paso: almendros, oliveras, frutales; y todo lo que se encontraba en su limitado horizonte cambiaba de forma, de dimensión, de espacio, de tiempo. Los árboles se transformaban en gigantes de humor variable y apetito voraz. El paisaje era una metáfora permanente de la fantasía. Lo podía describir a su antojo dentro de las oquedades de la mente infantil que le conducía por las tierras de la inocencia. De ese modo pretendía encontrar la libertad. Y era aquélla una libertad que poseía el color de la naturaleza, el olor de los lirios, la sensualidad de las amapolas, los contornos de los pétalos de las margaritas silvestres, la fragancia veraniega de los geranios, el brillo azulado y el tacto áspero de los cascotes y los cantos rodados que cubrían el lecho de las ramblas, o el murmullo de los animales de crianza cuando se acercaba la hora de ser alimentados. A esa libertad no la conocía por su nombre, era sólo una sensación que desprendía el aroma del limón de los sueños, un color demasiado amarillo para lo que después comprendió que significaba el verdadero concepto de libertad.
A pesar de no valorarlo, se sentía libre. Disfrutaba de la vida sin más límites que los que le imponía la imaginación y el tiempo. Se entusiasmaba con la voluptuosidad del ideal de naturaleza y la percepción de una tierra limpia y en armonía consigo mismo. Creía que el mundo era equilibrado, justo, armónico. Que sus imágenes eran la realidad. Poseía unos dones especiales y tal vez sólo literarios: bondad de corazón, solidez de juicio y sinceridad, al igual que Cándido, el personaje de uno de los cuentos de Voltaire.
Algo parecido le ocurría a sus compañeros de correrías. Imitaban lo que veían en los cines los domingos. O en televisión, cuando era posible verla. Las películas de vaqueros y de indios estaban de moda. Con ramas secas que procedían de la tala de los árboles, simulaban pistolas y rifles que disparaban con ráfagas onomatopéyicas de voz, como si se tratase de un chiste de Gila. Y con cañas y cuerdas fabricaban arcos, flechas y lanzas, para la defensa de unos indios que siempre perdían la batalla.
Silvestre se pregunta quién hacía el indio de verdad. Acaso fueran ellos. Ni siquiera suponían que aquellas imágenes que les bombardeaban los sentidos eran una forma encubierta de colonialismo. Igual que ahora, algunos pasatiempos fomentaban la violencia, la enajenación de la imaginación y el mercantilismo. Procura no pensar mucho en ello, pues a pesar de todo, el mundo de los videojuegos en su mundo, su trabajo, y la fuente de recursos para el sustento de los suyos. Visto desde la óptica de hoy, aquellas películas suponían un atentado contra la libertad del pensamiento y de la imaginación. Los malos eran siempre malos, los buenos siempre buenos. A Silvestre le queda el consuelo de que quizá aquellas secuencias bélicas eran un revulsivo para quienes piensan que no hay ningún hecho absolutamente inocente, ni libre de segundas intenciones.
En el preciso momento en que Silvestre comienza a adentrarse por les vericuetos de la filosofía, Vanesa, un tanto airada, le increpa sobre la oportunidad de su retiro creativo. Las palabras y los gestos de su mujer rompen su concentración. Después, con un tono un poco más conciliador, le pide ayuda para terminar la cena y presentar los entremeses en la mesa del comedor. Silvestre le contesta serenamente y le pide que espere sólo unos minutos. Se mueve en el sillón y mira la hora. Son casi las ocho de la noche. Intenta ordenar los pensamientos para ir terminando el relato que está escribiendo como inicio del diario. Se da cuenta de que ha dejado a medias su programa para al año próximo y que, seguramente, tendrá que utilizar algo de tiempo del primer día de enero para ultimar todos los aspectos de su amplia programación.
Vuelve a su diario. Lo hace con mayor diligencia y rapidez. Concreta en su cuaderno otros aspectos relacionados con la infancia que se le habían escapado en sus anteriores divagaciones. Habla de sus condicionantes para la vida en el campo. También de sus experiencias en la cercana ciudad que luego fue su morada juvenil. Menciona algunas de sus lecturas. Escribe pequeños retazos de recuerdos sobre los que pretende volver cuando tenga más tiempo. Y escucha cómo comienzan a caer las primeras gotas de lluvia tras la ventana.
Y va anotando en las páginas de su cuaderno que en aquellos tiempos, él y sus amigos eran simples usuarios del sistema, seres que vivían sin criterio para poder opinar y tomar decisiones prudentes en relación al gobierno de sus voluntades, no podían ir más allá de lo que se refería a pasar el tiempo de la mejor forma posible. Tal vez igual que hoy. Quizá como sus hijos, pero de otro modo. Les escucha jugar nerviosamente y exclamar improperios mientras están sumidos en la vorágine de los mecanismos de su PlayStation. Considera que quizá estos juegos puedan ser peligrosos si se convierten en la única referencia. Quizá mermen la capacidad de imaginación o produzcan adicción. Cuando llevados por la inercia de las posesiones de los amigos, sus hijos le pidieron que se las dejara tener, él mostró sus reticencias, era reacio a permitir que entraran en casa las maquinitas que les daban de comer. Una cosa es el trabajo y otra la devoción, decía. Pero cuando unos familiares se las regalaron a sus hijos envueltas en todo su afecto, no pudo oponerse y negarles el derecho de estima. 
Un espectacular relámpago centellea tras la ventana seguido del estruendo ensordecedor de un trueno. Su mujer ya no puede esperar más. Movida por el sonido del trueno sale de la cocina y mientras se limpia las manos se dispone a cantarle un corrido mejicano.
—¿Me vas a ayudar a no?
—Ya va… Ya va… Hay que ver, no puede uno…
—La hora se echa encima. Mis padres están a punto de llegar y aún no tengo la mesa preparada. ¿Puedes terminarla tú?
—Ya voy. Tenía que terminar esto. Ya sabes que me gusta comenzar el año con las cosas claras.
—Sí. Tú ahí, bien a gusto. El tiempo se pasa y hay mil cosas que hacer. Estoy agobiada. Hay que preparar canapés, partir jamón, hacer la ensalada campesina, vigilar el punto del asado y rociar la carne, presentar los langostinos, montar la nata para el postre, sacar la cubertería nueva, las copas de gala, abrir el vino…
—¡Vale! ¡Vale!... Ya voy. Guardo el cuaderno y me pongo.
—Ya voy no. Ya.
—Bueno. Bueno. Tengamos la fiesta en paz. Que yo respeto tus momentos y nunca te incomodo cuando sé que estás con algo importante para ti.
Otro atronador relámpago hace temblar los ventanales. El agua de lluvia cae con furia. La luz hace un amago de apagarse pero se mantiene encendida. Y vuelve a tronar con más fuerza aún.
Suena el timbre de la puerta. Silvestre se acerca al telefonillo y pregunta. Nadie contesta al otro lado.
—Serán mis padres. Dijeron que vendrían temprano —dice Vanesa.
Silvestre abre la puerta y no ve a nadie en el portal. Tampoco ve señales de movimiento en el ascensor. Vuelve a sonar el timbre de la puerta y ésta vez Silvestre se extraña de lo que ocurre.
—¿Quién puede llamar? La puerta está abierta. Y no hay nadie al otro lado.
 Cierra la puerta con el entrecejo fruncido.
—Ha sonado el timbre dos veces y no hay nadie afuera. Debe ser algún cortocircuito que se ha producido por alguna bajada de tensión en la línea… Vamos a lo nuestro… Voy para la cocina.
Un nuevo relámpago ilumina la noche a la vez que la luz se apaga definitivamente. Los niños comienzan a protestar porque se han quedado sin juego en la pantalla del televisor. Sus protestas terminan de súbito y se convierten en un silencio expectante, al que sigue una exclamación de miedo, y una llamada a su madre, cuando tras un violento golpe en la pared, un grito cavernario recorre todos los rincones del salón.
—Déjate de bromas, Silvestre. ¿Dónde hay una linterna?
—No he sido yo.
Retumba otro trueno. Se escucha un nuevo grito que parece extraído de las catacumbas de la muerte. Y los cuadros de la habitación se caen al suelo produciendo un chirrido metálico.
—Aaaahhh... —Gritan los niños al unísono—. Mamá tengo miedo.
La mujer de Silvestre está inmóvil en el lugar donde se quedó cuando la luz desapareció de la habitación. Ve a su marido en el instante en que un nuevo relámpago le ubica cerca del sofá. Pero también ve a una figura descarnada sentada en el suelo y apoyada en sofá. La figura parece jugar con una pantalla móvil en la que se ven imágenes de zombis devorando a una pareja.
—¿Has visto eso?
—El qué. —Dice Silvestre.
Un nuevo relámpago y un nuevo sonido metálico. Vanesa ve con más claridad a la figura descarnada. Se parece a uno de sus hijos. Pero es como si tuviese cien años y tan sólo cincuenta centímetros de estatura. Ahora ha podido observar con más claridad las imágenes que están en la pantalla. Una de ellas es la suya. Es su propia imagen vestida de novia la que se desploma ensangrentada, con mordiscos y desgarros en la cara.
—¿Pero no me digas que no ves a ese niño anciano que juega con la pantalla?... Es terrible. Un monstruo.
—Te digo que no veo nada.
—Mamá. Nosotros tampoco vemos nada.
La mujer ve cómo la pantalla se ilumina dejando nítida la figura de su marido troceada en una fuente. Escucha un silabeo misterioso cerca de su oreja. Siente una brisa de aire frío que le hiela la sangre y se queda paralizada. La extraña voz le dice:
—No era esto lo que querías: dar todo a tus hijos. No era esto lo que también quería tu marido. Pues ya ves el resultado.
La mujer se estremece al notar el tacto de unas manos agarrándose a sus piernas. De nuevo brilla un relámpago y de nuevo suena un trueno. La habitación se ilumina. Ahora no ve la figura de su marido. Le llama. La voz no puede salir de su garganta. Está atenazada. Un terror de pesadilla se apodera de su alma. Siente un vacío debajo de sus pies. Es la ingravidez la que se apodera de su cuerpo. Y se siente caer lentamente al suelo.
En la calle, la lluvia parece remitir y el golpeteo del agua en los cristales se acompasa con el aire. La luz eléctrica vuelve a encender las lámparas. Silvestre ve a sus hijos cogidos a las piernas de su mujer,  temblando de miedo, y a ésta en el suelo, sobre la alfombra. Se abalanza sobre ella. Le agita la cara mientras repite sin cesar su nombre. Ella no responde. Busca el teléfono y llama a una ambulancia. Mientras, los niños siguen sin soltar las piernas de su madre. Están como aterrados. Y ateridos de frío.
Silvestre corre a la cocina, busca un vaso, lo llena de agua y vuelve junto a su mujer. Intenta darle agua, pero no lo consigue. El tiempo le contagia su agónica impotencia. No sabe qué más puede hacer.
A los pocos minutos llaman al timbre con insistencia. Silvestre abre la puerta y respira agitado mientras indica dónde está su mujer y explica que no responde a sus llamadas.  Un médico y una enfermera se hacen cargo de la situación. Él solo acierta a decir:
—Cuando se hizo la luz, ella estaba tumbada en el suelo, sin sentido. No sé qué le ha ocurrido.
El médico la reconoce con urgencia y actúa con mucha decisión.
—Es una parada. Rápido. El desfibrilador.
La enfermera prepara la máquina mientras el médico inyecta una solución química adecuada para estos casos. Luego, coge el desfibrilador y aplica dos descargas muy seguidas. Vanesa reacciona levemente y la enfermera inicia un masaje cardiaco mientras pronuncia en voz alta su deseo.
—¡Vamos! No te vayas… ¡Vamos!… Vamos…
Suena el timbre de la puerta. Silvestre abre temiéndose que se trate de los padres de su mujer. Como así era. Intenta explicarles que su hija había sufrido un infarto. Ambos, alarmados, se acercan hasta el médico preguntando por su estado.
—Se va a recuperar. Va a salir de esta. Pero es necesario que la llevemos al hospital y la internemos durante unos días para tenerla controlada y medicada —les contesta el médico.
Dos horas después, Vanesa estaba en una habitación de cuidados intensivos. Todas sus constantes vitales estaban controladas por los aparatos técnicos necesarios para que cualquier alteración del corazón fuese detectada de inmediato. Alrededor de ella se encontraban Silvestre, sus hijos, y sus padres.
Desde el control de enfermería les habían llevado unas bolsas con uvas. Apenas faltaban unos segundos para las campanadas. La pantalla de un televisor situada en el control de enfermería mostraba el bullicio, la fiesta y los colores de algunos lugares emblemáticos del mundo.
Silvestre recuerda, con la tranquilidad de saber que su mujer se recuperará, lo que hace unas horas estaba escribiendo en su cuaderno. Piensa en los recuerdos de la infancia y en la realidad de su vida actual, en la contraposición de ambos mundos. Comprende que tantos programas para asegurar el futuro no sirven para nada. También recuerda que no puso punto y final a las páginas del diario que comenzó a escribir aquella tarde. Y se acerca a Vanesa con las uvas en la mano. Ella le sonríe.
—Creías que no llegaría a tomar las uvas. Pero estoy aquí. He estado en una nube. Una gran paz me recorría el cuerpo como un bálsamo. Me notaba fuera de mi cuerpo. Te he buscado por toda la casa. Y no te encontraba. Un extraño ser parecía devorarte después de destrozarme a mí, de desgarrarme la carne a dentelladas. Era como una pesadilla que no tenía fin. Cuando acababa con nosotros, volvía a comenzar de nuevo.
—Ya ha pasado todo. Ha sido un infarto. Te repondrás. Y esto tiene que hacernos ver las cosas de otra forma. No merece la pena luchar tanto. Con menos se puede vivir y se puede ser más feliz.
—¡Madre mía! La cena. Se habrá quemado todo.
—Tu madre fue a la cocina y dejó recogido lo imprescindible mientras nos preparábamos para venir aquí a pasar la noche contigo. Ha traído algo de comida fría que tomaremos después de las uvas.
Los sonidos de los cuartos comenzaron a sonar en el televisor. Silvestre preparó la primera uva y se la dio a su mujer con la primera campanada. A la segunda uva le dio un mordisco y acercó el resto hasta la boca de Vanesa, que fue comiendo con dificultad. Lo mismo hizo con las siguientes, mecánicamente, al ritmo que el reloj marcaba. Tras la última uva y la última campanada, ambos se abrazaron y se desearon feliz año. Los padres de Vanesa besaron y abrazaron a sus nietos, y luego a su hija y a su yerno.
Silvestre recordó que no había hecho repaso de deseos y proyectos antes de las campanadas, que sólo había pensado en los suyos, y en pedir salud para ellos. Ni tan siquiera había pedido nada para él. Era consciente de que el tiempo existe, aunque sea imposible atrapar su infinita dimensión, y de que tan sólo podemos intuir su efímera presencia. Recapacitó sobre lo que aquella tarde escribía acerca de la libertad y pensó entonces, con un vaso de plástico medio lleno de agua en la mano, que tal vez la verdadera libertad no exista, que nuestra vida está a merced del azar y que la conciencia utópica de un mundo mejor no es más que pura ficción.



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Mariano Valverde Ruiz (c)


lunes, 24 de julio de 2017

SUSURROS EN EL PORCHE DE SAN ANTONIO






SUSURROS EN EL PORCHE DE SAN ANTONIO

Algunos estudiosos del misterio de la vida y de la existencia, aseguran que existen universos paralelos, que vivimos junto a otros seres en un espacio tiempo confluyente. Y van más allá, dicen que, aunque no los podamos ver, ni sentir, ni tocar, están ahí, atrapados en un bucle inmaterial, para condicionar nuestra vida.
Por naturaleza, somos seres poco dados a creer todo aquello que escapa a nuestra capacidad de entender y razonar. Pero también somos conscientes de nuestras limitaciones, y no podemos asegurar que no sea cierto aquello que aún no somos capaces de ver con los ojos de la lógica física. Isabel así lo creía antes de vivir una experiencia deslumbrante y que cambió su forma de pensar para siempre. Los hechos sucedieron hace unos años, cuando trabajaba en la restauración del Porche de San Antonio.
El monumento conocido como Porche de San Antonio es una puerta medieval de la antigua muralla que rodeaba Lorca. Es una construcción diferenciada de otras porque la puerta está situada en un recodo  del interior de una torre cúbica. Fue reedificado en el siglo XIV y está construido con mampostería reforzada con sillares en los ángulos. Es un vano con tres arquivoltas, una con motivos vegetales; la exterior presenta dientes de sierra. Los capiteles muestran a dos leones de medio cuerpo enfrentados. Hay una escalera adosada al muro que sube hasta una terraza en la que antiguamente había una gárgola formada por una cabeza de dragón con escamas y abierta de fauces. En el interior de la puerta hay un pequeño altar con pinturas del siglo XIV en las que se ve a San Ginés de la Jara. Isabel trabajaba en la restauración de las pinturas cuando comenzó a notar algo extraño.
Conforme avanzaban los segundos, Isabel sentía algo verdaderamente especial. No sabía lo que producía aquella inquietante sensación, pero percibía la cercanía de algo que rozaba su cabello, como si lo estuviese acariciando. Llevaba parte de su melena rubia cogida con una goma y su sedoso cabello caía sobre su nuca igual que una cola de dorado torrente. En aquella tarde de septiembre, el aire estaba en calma y, sin embargo, algo hizo que su pelo se moviese. Instintivamente pasó su mano por el cabello y continuó con su tarea.
Un pincel de fina cerda le servía para ir limpiando de impurezas la superficie de la pared en que parte de la pintura mural estaba dañada. Tenía que ir con mucho cuidado para no desprender los restos de la pintura original. Recogió unas muestras de polvo para analizarlas, ver sus componentes, y posteriormente fabricar un pigmento de similares características con el que recubrir las partes más erosionadas por el paso de los siglos. Estaba depositando la muestra de polvo en un recipiente de plástico cuando le pareció escuchar un sonido. Era una especie de siseo ininteligible. Dio unos pasos hacia atrás y miró a su alrededor. Arriba, los operarios limpiaban de escombros parte de la terraza. En el lateral, junto a la muralla, no había nadie. Miró hacia la explanada que hay frente al Centro de Visitantes de Lorca, Taller del Tiempo. Se quedó pensativa durante un momento. La intensidad sentimental que había sufrido durante los últimos días, la ruptura con su pareja, el mar de dudas que alteraba su mente, sin duda le estaban jugando una mala pasada. Volvió hasta el interior del porche y reinició su trabajo.
El pincel apuntaba hacia una zona donde el muro dejaba escamas oscurecidas cuando su mano comenzó a temblar. De nuevo escuchó aquel extraño siseo. Se quedó inmóvil. Aquellos sonidos parecían venir del interior de la puerta, era como si una misteriosa caja de resonancia estuviese reproduciendo sonidos de otro tiempo. Aguzó el oído y lo pegó a la pared.
—Escúchame primero y luego sigue los designios que te marque tu corazón.
Lo pudo distinguir con cierta nitidez. Era una voz de mujer. Su pulso se alteró y miró varias veces a su alrededor. Después acercó de nuevo su oreja al muro.
—Quizá te sea familiar lo que te voy a contar. Mi padre se oponía a mi relación con Amadeo, un joven cristiano de familia humilde. Mi familia era judía, de posición acomodada durante los primeros años del siglo XIV y no permitía que tuviese trato amoroso con nadie que no profesara nuestras creencias.
»Cada día me sometían a una gran vigilancia y hacían casi imposible que pudiese encontrarme con Amadeo. En una ocasión, aprovechando un despiste de mi madre mientras estábamos en el mercado, convinimos que dejaríamos dentro de la boca de la gárgola que había cerca de la puerta de la muralla, notas con nuestros sentimientos; también nos avisaríamos sobre cuándo y dónde escapar para poder hacer realidad el amor que nos abrasaba a ambos. Pero mi padre había encargado a su aprendiz de talabartero que me siguiese cada vez que yo salía con cualquier motivo. Así fue cómo pudo enterarse del lugar que utilizábamos para comunicarnos y lo hizo destruir en el peor de los momentos. Yo había dejado una nota diciéndole a Amadeo que a la noche siguiente, la víspera del torneo de justas que se iba a celebrar junto al río, me esperase junto al porche, que yo pagaría a los guardias para que me dejasen salir y guardasen secreto. Esa noche nos marcharíamos para siempre de la ciudad camino de un lugar donde nadie supiese sobre nuestros orígenes.
»Sin embargo todo fue muy distinto. Mi padre me encerró en mi habitación y encargó a unos amigos de su aprendiz que le diesen una gran paliza a Amadeo y le advirtieran del destino que le aguardaba si permanecía en Lorca un día más. Nunca volví a ver a Amadeo. Los años me fueron consumiendo mientras cedía a la voluntad de mi padre. Hasta que ya no pude soportarlo más. No recuerdo ni cuándo ni cómo fue, pero abandoné el mundo de los vivos mientras me prometía que nunca dejaría que otra mujer se plegase a los designios de la tradición en contra de sus verdaderos sentimientos. ¿Tú sabes a qué me refiero, verdad? Tu padre detesta al hombre al que amas, porque no profesa tu religión y es mucho mayor que tú. Te amenaza con retirarte su afecto y desheredarte. Pero, ¿acaso no serás una desheredada de ti misma si renuncias a tu amor por complacer a tu padre?
Después de aquella enigmática pregunta, se hizo el silencio.
Isabel intentó escuchar de nuevo. Por más que lo intentó, no pudo percibir ni una sola palabra. Tuvo la impresión de haber estado soñando, de que todo era fruto de su subconsciente. Nada parecía haber ocurrido mientras la tarde ya se iba desplomando sobre los brazos del crepúsculo. Y sin embargo, todo su cuerpo se estremecía con una extraña ansiedad.
La jornada de trabajo tocaba a su fin. Se apoyó en la pared para intentar calmar su inquietud. Su mente era un hervidero de pensamientos. Acababa de escuchar, con otras palabras, en otro tiempo y con otros personajes, cómo la racionalidad de otros se opone a los intereses del corazón. Incluso había escuchado algo que ella misma se había planteado a veces: abandonarlo todo y fugarse con su pareja. Sabía que, de esa forma, renunciaba a un futuro cómodo, incluso a su trabajo y a la independencia que le facilitaba, pero, a cambio, iba a disfrutar, los años que le quedasen de vida a su pareja, de una felicidad segura. Y recordó con amargura las últimas palabras que le había dicho a su novio. Decidió que, aquella misma noche, le iba a llamar, y le iba a decir la auténtica verdad que había condicionado sus palabras. Tal vez aún no fuese demasiado tarde.
Cuando las primeras sombras cubrieron el interior del Porche de San Antonio, Isabel escuchó de nuevo el siseo de una voz joven de mujer que se lamentaba amargamente. Era el susurro de la brisa, un intermitente y monótono zureo de palomas que impregnaba los muros de palabras.
—Amadeo, amor mío, ¿por qué no me buscaste aunque te fuese la vida en ello?
Para Isabel, aquella noche fue la más larga de su vida. Al llegar a casa, se armó de valor, y marcó el número de teléfono de su pareja sin obtener respuesta. Lo hizo varias veces y el teléfono seguía sin dar señal. Demetrio, su pareja, ya no podía cogerlo, había sufrido un accidente de coche y estaba en el hospital en estado de coma. Su pronóstico era muy grave, aunque los médicos no descartaban que pudiese recuperarse. Sin que nadie más que él pudiese percibirlo, una voz lejana y misteriosa repetía una y otra vez en la mente de Demetrio el mismo mensaje:
—Sí te quiere. Te ha dicho que todo había acabado porque así se lo habían exigido. Te ha mentido para no hacerte daño. Perdónala y vuelve con ella.
Ya de madrugada, Isabel, que no había conseguido conciliar el sueño, comenzó a llamar a todos los que conocía y que podían saber algo sobre el paradero de Demetrio sin conseguir noticias de él. Desesperada y con la convicción de que aquello no era normal, que debía haberle sucedido algo, se atrevió a llamar a la policía. Cuando dio el nombre completo de su pareja, le confirmaron que se encontraba en el hospital, que aún no habían podido localizar a nadie de entre sus familiares, que conocían sus datos por la cartera que se encontraba entre los efectos personales que habían recogido y que, aunque estaba vivo, su estado era muy grave.
Con el alma en un puño, Isabel se desplazó hasta el hospital Rafael Méndez. Le permitieron entrar a la UCI. Se acercó hasta su amor mientras sus ojos eran un mar de lágrimas. Le llamó por su nombre varias veces, a pesar de que le habían dicho que no sentía nada. Caminó hasta el lateral del lecho donde Demetrio estaba postrado y conectado a los aparatos que le mantenían con vida. La mano de Isabel tomó con ternura la mano de Demetrio. Y como algo inexplicable, algo que solo comprenden las almas que vagan a nuestro alrededor, los dedos de Demetrio se movieron ligeramente para que Isabel comprendiese lo que ninguna palabra de cualquier idioma puede expresar siquiera.

RELATOS BREVES
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jueves, 13 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 10





10

Se durmió mientras pensaba en la imagen de la diosa Isis. Recordó las imágenes que de la misma había visto, la incógnita que le planteó aquel extraño jeroglífico sobre la cabeza, la inquietante sensación que sintió al detenerse en sus alas extendidas, como un milano con cuerpo de mujer. Recordó las leyendas que figuraban bajo la imagen, aquellas menciones a la gran maga, gran diosa madre, reina de todos los dioses, fuerza fecundadora de la naturaleza y diosa de la maternidad. Y su mente comenzó a divagar entre palmeras, acacias y sicomoros.
Viajó sobre las extensiones del alto y bajo Egipto, el reino de las dos coronas. Voló sobre la superficie de las aguas del Nilo y se detuvo a contemplar todas las siluetas de los animales que vivían en su entorno. Vio las imágenes sucesivas de las aldeas ribereñas y las jaimas de los campamentos del desierto, apreció la lenta evolución del relieve a lo largo de los siglos y contempló los avances que los nuevos tiempos habían llevado a los pueblos de las zonas mejor comunicadas por carretera.
Su mente era como un pájaro que no tenía fronteras, ni en el aire ni en el tiempo; un pájaro que se dejaba llevar por sus deseos; un pájaro que ahora volaba y volaba sin descanso, cruzaba por encima de valles y de montañas, de ciudades y de países, de océanos y continentes; un pájaro que en este instante sobrevolaba los campos de fútbol donde se disputaban los partidos del mundial 2002. Y se vio arbitrando, impartiendo justicia ante los ojos de la multitud. Después su mente le transportó, en una milésima de segundo, hasta la imagen de un hombre desnudo sobre una cama en una maravillosa habitación de un lujoso hotel de Seúl.
Y ya completamente dormido, en el primer umbral del sueño, visualizó lo que había esperado disfrutar en Seúl.
Se vio a sí mismo tumbado sobre sábanas de seda blanca en una enorme cama de masajes, desnudo, con una pequeña toalla cubriéndole sus vergüenzas. Notó la presencia de dos mujeres orientales a ambos lados de su cuerpo. Las mujeres tomaban aceites de unos pequeños frasquitos y le iban acariciando alternativamente el pecho, los muslos, los brazos… Los ungüentos aromáticos ejercían un intenso poder afrodisíaco. Su interior se transformaba, era poroso, una carne que absorbía el placer como si se tratase de gotas de néctar de los dioses.
Sentía todo su cuerpo erizado. Las manos de las mujeres volaban sobre su piel con un tacto de suave talco. Sus pequeños cuerpos parecían tener toda la dulzura de la naturaleza. Notaba el contacto de sus pieles, el cosquilleo que sus pezones de pera le provocaban en la epidermis. Percibía el toque delicado de sus pequeños senos, firmes como frutas salvajes y tan tersos como la gelatina cuando se la caricia con plumas. Olía el perfume de sus cabellos negros y captaba el tacto de sus mechones en el pecho, en las nalgas, en los pies.
Se excitaba por momentos. Ahora tenía frente a su rostro los muslos y el trasero de una de las chicas. Su mirada extasiada se perdía en las profundidades del sexo de la joven. Notaba cómo le palpaba los genitales igual que si estuviese amasando harina para hacer el pan del placer. Y cerró los ojos para abandonarse al éxtasis. Sus ojos cerrados no veían otra cosa que el paraíso. Las expertas manos de las masajistas estaban a punto de extraer una confitura de frutas exóticas de su miembro cuando percibió, cerca de sus oídos, unos silbidos espeluznantes.
Abrió los ojos y vio, justo en el lugar que ocupaban las bellas jóvenes hasta hacía un segundo, a dos cobras alzadas y amenazantes que le miraban con ojos asesinos mientras movían sus bífidas lenguas a la velocidad del sonido. No podía zafarse de ellas. Estaba inmovilizado. A su alrededor soplaba un viento que parecía llamarle y empujarle hacia los gigantescos reptiles.
El viento le hablaba. Parecía relatarle partes de la historia de su civilización. Quiso levantarse para intentar huir del inminente ataque de los reptiles. Pero eludir la picadura de las cobras fue tarea imposible. Las cabezas enhiestas de los animales se lanzaron al unísono sobre su cuerpo como dos flechas de escamas. Y su piel desnuda e indefensa recibió las certeras dentelladas del veneno. Fue un golpe perfecto, imposible de eludir, un golpe que vio venir con la agonía de un pobre ser inmovilizado por el terror y la fría presencia de la muerte.
Se desvaneció y notó como su cuerpo se elevaba hasta las estrellas. Allí se acomodó junto a otros miles de seres. Era uno más de los espectadores que veían jugar a los dioses al fútbol. Amón, Hathor, Isis, Set, Horus, Osiris, y el resto de divinidades egipcias, se divertían y competían con gracia por conseguir llevar el balón hasta los satélites más lejanos de la constelación de Orión. Era un partido infinito en el que parecía no haber ganador.
El balón con que jugaban era la cabeza de un humano. Pero nunca era el mismo. Se producía un cambio permanente de balón. Las cabezas aún conservaban el estupor de la muerte en sus facciones, como una mueca detenida en el tiempo por el bálsamo aplicado por los sacerdotes antiguos. Pudo reconocer un busto con tremendo realismo, era su cabeza. Reconoció las facciones morenas y sanguinolentas de su rostro, rodaban separadas del cuerpo, eran golpeadas sin cesar por los divinos jugadores entre el júbilo del público y la pasión de los dioses que esperaban su turno con las botas calzadas. Le dolía la cabeza, le iba a estallar…
Y despertó.
Lo hizo bañado en sudor y en ansiedad.
Estaba solo.
El sol contemplaba el paisaje con ojos dorados. Los árboles lamían el aire con sus hojas de esmeralda. No se vislumbraban las hienas que le habían acompañado los días anteriores.
Cerca de Gamal había dos cantimploras. Eran de verdad. Todo había sido un terrible sueño y la realidad se abría paso ante sus ojos como un paisaje reconocible.
Se acercó hasta las cantimploras y cogió la primera. Bebió de su contenido y degustó el sabor cremoso de la leche. Cogió la segunda y paladeó el dulce néctar de la miel. Esta vez no había agua para la jornada. Pero lo más novedoso era que junto a las cantimploras había una azada y un serón con semillas. Metió la mano en el serón y cogió un puñado de granos de trigo. Los acarició en la palma de la mano y los volvió a dejar en el recipiente de esparto.
Reanudó su lento caminar hacia el este. Fueron posando las horas y se levantó una brisa persistente. El terreno iba mejorando y se multiplicaban los arbustos y los árboles. Estaba saliendo de las zonas áridas y acercándose hacia donde la cercana presencia del agua mejoraba la atmósfera y cambiaba el color del suelo. Y no eran espejismos. Podía tocar las acacias, las higueras, los tamariscos… A lo lejos, los sonidos que la brisa producía en los arboles parecían voces con extraños conjuros. Generaban en su mente sombras de personajes que corrían tras un balón sobre terrenos de arena.
Caminó durante toda la mañana recordando su periplo como árbitro y su trayectoria como ser humano. No sabía si habría superado las pruebas de los elementos, ni si merecía seguir vivo. Tampoco estaba seguro de que su camino hubiese llegado a un punto en el cual ya no tendría que afrontar nuevos retos. De lo que sí comenzaba a estar seguro, era que, si tenía la oportunidad, iba a procurar que a partir de ahora todo fuese diferente.
Después de subir una pequeña colina con las renovadas fuerzas que la leche y la miel le daban, Gamal vio a lo lejos la lengua azul del Nilo. Cerca de la ribera del río se abría un oasis de verdor, dentro del cual se atisbaban algunas construcciones de adobe y cañas. Recibió la nueva imagen con alegría y buen ánimo. Fijó sus ojos en lo que parecía una pequeña aldea con formas de vida tradicionales, en la que sus moradores debían vivir del cultivo de hortalizas y cereales, de la pesca en el río, y del cuidado del ganado. Y se dirigió hacia ella.
Conforme iba acercándose también fue distinguiendo con nitidez a algunos de los habitantes de la aldea. Los primeros que vio fueron un grupo de niños que estaban jugando entre las palmeras. Estaban practicando el fútbol, no cabía duda.
Los niños, al ver la silueta de Gamal llegando hasta ellos, se interesaron por la figura desgarbada y vestida de forma estrafalaria, que cargaba una azada, dos cantimploras y un serón. Dejaron de jugar y se dirigieron a su encuentro con la algarabía propia de la novedad. Nada más llegar a la altura del extraño forastero, le preguntaron que quién era y que de dónde venía.
El árbitro dijo que era un hombre que se había perdido y que venía de occidente.
Un niño que llevaba una pelota en la mano le volvió a preguntar:
—¿Cómo te llamas?
—No recuerdo mi nombre.
—¿Y hacia dónde vas?
—Aún no lo sé. He caminado hacia oriente desde hace días. Estoy contento de encontraros. Estoy muy cansado y necesito agua. Y si es posible un lugar donde descansar unos días.
El niño que llevaba la pelota le señaló una de las casas y le dijo que era la suya, que en ella vivía su madre, que era viuda y que ella le daría hospedaje a cambio de las semillas que seguramente llevaba en el serón. Después, mirando a los ojos a Gamal, con un brillo interrogativo y casi suplicante en su mirada, le dijo:
—Después de que hayas descansado… ¿Por qué no juegas con nosotros al fútbol? Como eres mayor, podrías arbitrar el partido y así evitar que nos peleemos cuando no estemos de acuerdo con alguna jugada determinada.
Al escuchar la invitación del niño, Gamal hizo un gesto de horror y le contestó de inmediato.
—No sé lo que es el fútbol. Ni lo que es un árbitro. Y mucho menos quiero aprender nada relacionado con ese juego de los demonios. Perdonadme mi ignorancia.
Luego se dirigió de nuevo al niño de la pelota.
—¿Y dices que aquella casa es la de tu madre?
El niño asintió mientras indicaba a los demás que volviesen al arenal situado entre las palmeras para continuar el juego.
Gamal respiró aliviado. Le parecía haberse sacudido el peso de una montaña de los hombros. Ajustó la azada a su espalda y el serón al brazo izquierdo. Levantó los ojos hacia el frente con valentía, orgulloso de su nueva identidad, y se dirigió con decisión hacia la casa.
Cuando apenas estaba a unos metros de la vivienda, salió de su interior una mujer que le había estado mirando con ojos ilusionados desde que su silueta apareció por el horizonte como un fantasma que regresa de un sueño. En su rostro reconoció la mirada de la escriba, la mujer que le había acompañado las noches anteriores. Una sensación de energía renovada y diferente recorrió todas las células de su cuerpo. Y presintió que había llegado al paraíso.


 FIN

NOVELA CORTA
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lunes, 10 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 9





9


Encontró a la escriba junto a la entrada de la tienda. Ésta le invitó a pasar. Gamal se acercó hasta ella, le faltaba oxígeno para respirar. No dijo ni una palabra, entró y respiró profundamente, como si estuviese exorcizando a todos los demonios que habían dominado su alma.
La mujer le ofreció alimento y Gamal se sentó en el suelo junto a la fuente de frutos secos, la hogaza de pan y el trozo de queso. Antes de probar bocado se abalanzó sobre la alfombra para coger la jarra de agua y bebió con ansiedad. Luego vertió un poco de agua en las manos. Las frotó y se humedeció el rostro con los ojos cerrados. Al abrirlos de nuevo comprobó que la escriba se había sentado frente a él, que la luz de las velas llenaba de cálidos amarillos la tienda y que el aroma del incienso penetraba en sus pulmones como una medicina reparadora. La mujer comenzó a hablar mientras Gamal mordía el pan y asía el trozo de queso con la mano que no utilizó para su higiene de campaña.
—En tiempos de Akenatón, bajo la luz esmerilada de las estrellas, nació un niño destinado a ser juez en la ciudad de Tebas. Aquel infante fue creciendo bajo la protección de Isis. Los sacerdotes que cuidaban del templo le instruyeron en los saberes de la naturaleza humana y de las extensiones divinas de los hombres.
»A lo largo de los años fue creciendo su conocimiento de las flaquezas y debilidades de los mortales y de la forma de impartir justicia para que el camino de la comunidad egipcia se fuese allanando hacia las estrellas, última morada de los hombres. Pero también fue creciendo en la misma medida su deseo de alcanzar mayor poder y notoriedad entre las élites.
»Cuando los sacerdotes consideraron que estaba preparado para ejercer su función sagrada, le llevaron ante el templo de Isis y consagraron su alma en una ceremonia rodeada del más excelso secretismo, y para la que tuvo que purificarse ayunando durante cinco días. Se hicieron las ofrendas de alimentos y de útiles sagrados, y se le impuso la tiara de lino y el collar dorado, que eran los abalorios que le permitían impartir justicia por delegación del faraón. Tan sólo en caso de duda razonable debía llevar los casos a la corte para que fuese el Dios sobre la tierra quien dictaminase.
»Conforme aumentaba su experiencia al juzgar a los infractores de las leyes impuestas por la tradición y la voluntad faraónica, crecía su sentimiento de infalibilidad y de grandeza. Y así sucedió hasta que llegó un momento determinante para su vida, el caso en que Himen, el juez de Tebas, vería como su destino trascendía la vulgaridad para adentrarse en otra dimensión aún desconocida para él.
»El sumo sacerdote del templo de Isis convocó a todos los ganaderos para que le llevasen su mejor toro para realizar un sacrificio a la diosa con motivo de la segunda luna de agosto. Se seleccionaría al mejor espécimen para ser castrado ante los ojos de la diosa y posteriormente sacrificado en honor a la misma para que ésta siguiera otorgando su benéfica protección a los sacerdotes del templo.
»Concluido el proceso, tras la última y definitiva elección, surgió un conflicto inesperado. Siset, un ganadero cuyo ejemplar no había pasado las primeras rondas de selección, pidió audiencia con el sumo sacerdote y denunció a Tosmet, el ganadero que había presentado al toro seleccionado finalmente para la sagrada ofrenda. Siset, mostrando una ira irreprimible por la injusticia que se estaba cometiendo, aseguró que el toro le había sido robado.
»El tema no era baladí, tenía su importancia. El dueño del toro seleccionado se vería beneficiado por una serie de privilegios que muy pocos de los siervos del faraón podrían haber soñado siquiera en la mejor de sus noches. Pertenecería por derecho a la corte durante toda su vida y por tanto gozaría de fortuna, fiestas y propiedades. Su vida estaría rodeada de lujos, placeres y caprichos. Por consiguiente, no se trataba tan sólo de averiguar la verdad, de castigar el delito, o de restablecer la propiedad al legítimo dueño, también se trataba de interpretar la justicia con las letras de la verdad y de adjudicar los honores que el azar había ofrecido a uno de aquellos humildes ganaderos.
»Planteado el conflicto en términos de justicia suprema, el caso se presentó ante el juez Himen. Éste, rodeado de su pátina dorada, escuchó a los encausados. Tosmet, el ganadero que había sido denunciado por el robo del animal, alegó en su defensa que para demostrar su propiedad sobre el animal, había una característica que nadie conocía: el toro sólo comía hierba durante los días soleados. Siset, el acusador, mantuvo su demanda diciendo que el animal era hijo de su mejor vaca y que la propia diosa Isis le había alimentado desde ternero.
»El juicio se fue calentando y el juez Himen se vio envuelto en una red de acusaciones de ida y vuelta entre los dos ganaderos. La alta dignidad les miraba impasible y escuchaba sus insultos y sus bravatas. Durante unos minutos estuvo intentando ver, en las acciones y en las miradas de los ganaderos, si había alguna señal que le aclarase quién era el verdadero dueño. No hubo nada determinante. Ante la duda tuvo una idea alentadora. Himen alzó la voz y con tono sereno dijo que se sometería al toro a una prueba en el plazo de tres días a contar desde la fecha y que después, vistos los resultados y con la ayuda de los dioses, dictaría sentencia.
»El día de la prueba el cielo estaba encapotado, las nubes cubrían todo el horizonte con su manto de gris bruma. El toro, hasta ese momento en custodia por los guardias, fue llevado hasta un lugar en el que el pasto era abundante. Allí se convocó a los dos ganaderos para que presenciasen la prueba. Tosmet, al ver el estado del cielo, estaba seguro de que el toro no comería y el tema quedaría resuelto. Siset, el ganadero demandante, llevó con él varios escudos muy bruñidos que portaban diez sirvientes junto con otras tantas antorchas encendidas. Al ser preguntado por el motivo de su singular aparición se limitó a decir que era para que el acto tuviese mayor solemnidad, y que con el debido respeto para el juez, se había permitido llevarlos para mostrar honor y gloria ante tan alta dignidad de la justicia.
»El juez Himen dio orden de que se le quitase el bozal al toro y se le dejase pastar libremente. En ese momento, Siset hizo una seña a sus sirvientes, y estos colocaron a la vez las antorchas delante de los escudos, produciendo un reflejo dorado que iluminó la zona donde se encontraba el toro. El animal caminó algunos pasos, giró la cabeza en varias ocasiones, quiso vislumbrar la inusual expectación de todos los que allí le observaban en silencio, y finalmente, olisqueó la hierba, y comenzó a morder los tallos más frescos. Un rumor de cuchicheos recorrió las filas de los asistentes a la prueba. Tosmet palideció y quiso desaparecer de inmediato.
»El juez Himen no advirtió lo sucedido con las antorchas y los escudos. Su elevada posición se lo impedía. Tampoco vio los movimientos posteriores, cuando los escudos y las antorchas fueron retirados de la posición que tenían, justo en el momento en que se anunció que la prueba había terminado.
»Himen estaba satisfecho. Entonces, se dirigió a los encausados y les hizo colocarse de rodillas ante él. Con voz muy altiva dijo que aquel toro había comido hierba en un día nublado y que, por tanto, no era cierto lo que aducía el demandado, Tosmet, y, por consiguiente, fallaba en favor del demandante, Siset. Continuó diciendo que castigaba a Tosmet, el ganadero que había presentado al toro no siendo suyo, con cien azotes por el intento de engaño, y con entregar todo su ganado, y todas sus propiedades al faraón, para sufragar los gastos del juicio. Del mismo modo premiaba con los beneficios de la corte al legítimo dueño, Siset, tanto para él como para sus descendientes, lo hacía así para resarcirle de su afrenta al serle robado el toro elegido para ofrecer a Isis.
»Posteriormente, el toro fue llevado a los corrales del templo hasta que llegase el día de la ofrenda. Durante los siguientes días el cielo siguió nublado y la luz del sol no se hizo notar. El ambiente era desapacible y lloviznaba en algunas ocasiones. El toro no comía nada. Le arrojaban hierbas frescas y los cereales mejor conservados pero el animal los dejaba en el mismo lugar en que caían. Y así, día a día, el toro seguía sin probar bocado. Los cuidadores advirtieron que había enfermado. Lo comunicaron al sumo sacerdote con gran pesar, y temiendo alguna suerte de represalias, añadieron que ellos no tenían nada que ver en los males que aquejaban al semental.
»Cuando el sacerdote comprobó el estado lamentable del toro, dijo que no servía para el sacrificio. Malhumorado y exhibiendo toda la energía que le propiciaba su posición ante el faraón, dio orden de que se investigase el asunto. Y de que se castigase al dueño del animal. Los guardias buscaron en la corte al ganadero Siset y le detuvieron. Éste, al conocer la causa de su arresto, dijo que el animal no era suyo, que era del otro ganadero, de Tosmet, que todo había sido fruto de una confusión. Que su demanda fue un error a consecuencia de que un sirviente le había engañado.
»El sumo sacerdote fue puntualmente informado y consideró que el juez Himen no había realizado bien su función, y en consecuencia, debía ser llevado ante el faraón para que éste considerara su destitución.
»La audiencia fue muy breve. El faraón asumió como fidedigna la versión de los hechos que le presentó el sumo sacerdote. El juez Himen intentó defenderse diciendo que había dictaminado según lo que había visto. Y el faraón no le eximió de culpabilidad, y le condenó a ser enterrado hasta la cabeza cerca de un termitero para que las voraces carnívoras de Nubia devorasen sus ojos.
Gamal se llevó las manos a la cara al escuchar estas últimas palabras de la escriba. La mujer esperó pacientemente un tiempo prudencial antes de formular su pregunta.
—¿Fue aquélla una decisión justa del faraón?
El árbitro estaba totalmente compungido. Había asociado el error del juez al error propio cometido en el partido España-Corea del Sur, cuando no dio por legal el gol de Morientes, al considerar que el balón conducido por Joaquín había salido del campo, sin que en realidad hubiese sido así.
Gamal, con voz quebrada, repitiendo en su mente las imágenes cruciales del partido, a la vez que imaginando al juez con la cabeza ensangrentada, y las cuencas de sus ojos llenas de termitas, dijo:
—Es de justicia que la verdad triunfe. Quien no sepa impartirla no es digno de erigirse en juez de nada.
Cuando la escriba escuchó aquellas palabras, expresadas, sin duda alguna, desde la sinceridad más absoluta, sus labios dibujaron una blanca sonrisa complaciente. Y le indicó con dulzura:
—Tu corazón ha resuelto el conflicto. Ahora puedes dormir. Tu destino ha de seguir su curso bajo las instrucciones de los dioses de nuestra civilización.
El hombre respiró con alivio y se recostó en el suelo. En pocos minutos estaba totalmente dormido.



CONTINUARÁ...

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