viernes, 8 de diciembre de 2017

INDIOS Y VAQUEROS






INDIOS Y VAQUEROS


Los campos de mi infancia
eran territorio cheyenne en la llanura
que recorría la rambla Biznaga.
Su relieve de polvo, barbechos y sembrados,
se alejaba sin prisas
hacia la consistencia del paisaje
de una niñez de indios y vaqueros
como los que salían en el cine.
Imitábamos sus batallas.
Fabricábamos rifles de madera,
pistolas con raíces, flechas con sarmientos,
aderezos de plumas y sombreros de paja.
Con pólvora onomatopéyica,
disparábamos balas y cañones.
Unos eran los buenos
y a otros les tocaba el papel de los malos.
Luchábamos en contra del tiempo y de la luz,
sin misericordia para los muertos.
Y así íbamos pintando de colores
la piel de lo vivido.

Nuca supimos
que la vida no era un juego,
como dijo el poeta Gil de Biedma,
ni que la muerte era destino sin retorno
tras la dura derrota.

Hoy, la levedad del relato,
ata mis manos a la tierra
con las cuerdas del signo de la vida.
A lo lejos,
un promontorio de haces de paja y de cañizos,
es el fuerte que me protege
del temblor de la carne
y del fanal que alumbra la nostalgia
por los años ya huidos
tras la carga del Séptimo de Caballería.



(La intimidad del pardillo)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


jueves, 7 de diciembre de 2017

PAISAJE AL ALBA





PAISAJE AL ALBA
     

Los colores bermejos
de un pudor levantino
más rojo que la piel de la granada,
decoran el rostro del cielo.
Bajo las faldas de la sierra,
el valle del Guadalentín
duerme sobre un remanso de aire
entre ondulados páramos
con el aroma de la sementera
rizando las gramíneas.
La luz se despereza de su sueño nocturno
para ofrecer el ritmo a los humanos.
Cantan los gallos.
Ladran los perros.
Una culebra traza su rastro cauteloso
muy cerca de la cuna de los grillos.
El silencio comprende su condena
porque bajo las tapias de los montes
comienzan a escucharse
los primeros murmullos de la vida.

Entre los goznes de una puerta,
resuenan las bisagras
con quejidos de óxido ya viejo,
y ronca la madera con sueños de carcoma.
Los ojos de un niño pequeño,
se asoman al primer universo que viven
para quedarse absortos
con un instante
de la belleza pura.
Dentro del niño late
el rumor de la sangre agradecida
que hoy es la tinta del poema
con la que va escribiendo
el elogio a su tierra.
Entre los circuitos del ordenador,
una nueva alba
ya conspira contra la sombra
en las ondas eléctricas
de una nube de arena.


(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)



domingo, 3 de diciembre de 2017

EL VUELO DE LAS MOSCAS






EL VUELO DE LAS MOSCAS


Desde cualquier rincón de aquella casa oscura,
levantaban el vuelo buscando los cristales
de las ventanas. Era un vuelo vacilante,
tímido, en ocasiones, y obsesivo
cuando atisbaban un rayo de luz.
Parecían saber que su vida era corta.
Yo, con la inocencia en los párpados,
no imaginé lo corta que es también nuestra vida
ante la eternidad de los ventanales del tiempo.
Al recordar aquella imagen,
quizá esté conversando con la melancolía,
o me abrace al poema para ser un notario
del tiempo clausurado. Alejo la mirada
hasta un lugar remoto,
viajo hacia los dominios de lo ingrávido
en un instante de recogimiento
durante el cual me invade la memoria
sin darme opción para que asuma
que ha pasado toda una vida.
Me estremezco al ceñir la ropa al cuerpo
porque toda la vida es casi nada.



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Mariano Valverde Ruiz (c)


sábado, 2 de diciembre de 2017

JUEGOS DE CONSTRUCCIÓN






JUEGOS DE CONSTRUCCIÓN


Construir un carromato para que la fantasía
pudiese pasear por los campos de Lorca,
no fue tarea difícil.
Busqué y corté las cañas necesarias.
Luego les di la forma de dos ejes
y de cuatro barrotes.
Después me hice con varias láminas ovaladas
de chumbera silvestre
en las que recorté una base cuadrada,
cuatro círculos para que simulasen ruedas,
y como laterales: dos rectángulos.
Ensamblé con esmero cada parte
hasta que el carro puso sus huellas en la tierra.
Dentro del carro iba mi ilusión.
Mis manos lo movían con orgullo
sin poseer conciencia de la dificultad
que después supondría construir mi propia vida
con materiales simples.
Hace más de cincuenta años de aquello
y todavía tengo alma de creador.
Quizá hoy siga inventando juegos de construcción
con la materia de los sueños,
aunque ahora sea escepticismo
lo que viaja en mi carro por las sendas del aire.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)



jueves, 30 de noviembre de 2017

JINJOLERO






JINJOLERO


Se levanta del suelo con un tronco leñoso
que denota el cansancio de su lucha
contra la adversidad y el infortunio.
Sus ramas reconstruyen el paisaje
como un espacio curvo: una jungla de espinas
que fluye entre hojas festoneadas
con adornos asiáticos.
Los jilgueros decoran los sarmientos
entre flores con almas de luces amarillas.
El aire mece sus ramajes
igual que mi memoria para poder sentir
cómo el silencio habita la distancia
que separa las formas del ayer
y el terrible vacío de la pérdida
del lugar donde crece el jinjolero.
Solo por un instante dejo que cobre vida
una ilusión poética:
siento que ahora trinan los jilgueros
y que mi viejo cuerpo ya reposa
bajo la fresca sombra de septiembre
mientras está comiendo sus frutos agridulces,
o quizá sea yo, sin ser consciente,
una rama del jinjolero
que se confunde en el cansancio
de la lucha vital a la intemperie
y busca la paz dulce de su sombra.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)

domingo, 19 de noviembre de 2017

MISTERIO EN LA FORTALEZA DEL SOL







MISTERIO EN LA FORTALEZA DEL SOL

El viejo Ildefonso, bajaba por las escaleras de la torre Alfonsina algo dolorido por haber descansado mal dentro de un saco de dormir que dispuso en el suelo de la tercera planta, pero aun así, estaba satisfecho por haber cumplido con su apuesta. El día anterior le habían retado a pasar la noche de Todos los Santos en el interior de la torre. «Si no eres capaz de pasar la noche de ánimas en el interior de la torre, cómo vas a seguir contando historias de misterio a los turistas», le había espetado en su autoestima Juan, uno de los figurantes que trabajaban en las instalaciones de la Fortaleza del Sol. Él lo tomó como un reto y se apostó la cena de Navidad a que sí era capaz de hacerlo.
Ya era media mañana del día dos de noviembre de 2017. Había tenido tiempo de ir a la cafetería de Las Caballerizas, asearse y tomar un café con leche, antes de volver a la torre, subir a la tercera planta, mirar el paisaje desde sus cuatro ventanales  de estilo mudéjar, vestirse con su atuendo de alcaide y prepararse para recibir al primer grupo de turistas. A lo largo de las horas que había pasado completamente solo en la torre, había tenido tiempo de repasar su vida, o al menos, aquellas páginas de su existir que tenían importancia en los momentos actuales. Se encontraba profundamente solo y le preocupaba su futuro inmediato. ¿Qué iba a ser de él cuando se jubilase? ¿Quién le iba a cuidar? Desde que su mujer falleció, hacía ya más de quince años, sin dejarle descendencia, su única familia la habían formado sus compañeros de trabajo.
Hacía tres meses que había cumplido 64 años. Era delgado, de complexión fuerte, facciones equilibradas y pelo cano, que llevaba largo y le confería un aspecto interesante. Mientras bajaba los 114 peldaños que le separaban de la tercera planta, pensó que, vestido de aquella forma, él podía haber sido uno de los habitantes de la torre a quien Alfonso X El Sabio había dado nombre, una fortaleza defensiva construida en el siglo XIII y reedificada en el siglo XV, con fachada orientada hacia el sur, el lugar del que, sin saberlo, iba caminando un misterio que iba a salir a su encuentro. La vida le iba a sorprender, a él, un hombre curtido que cruzaba los años con el alma a las espaldas, un hombre que desconocía completamente que él mismo, era parte de ese misterio.
Llegó hasta la puerta que daba acceso a la primera planta. Sobre él quedaba la bóveda de ladrillo con pechinas en las esquinas, que desde una altura de ocho metros, cobijaba una sala en la que se había dispuesto una mesa de madera de estilo medieval, un sillón de cuero, unas bancadas frente a la mesa, sobre la cual destacaban un candelabro, un cuaderno de tapas oscuras y gastadas, y unas tablillas que Ildefonso utilizaba como base en la que apoyar el cuaderno para contar sus historias. En ese momento ignoraba que aquel era el escenario donde se iba a producir un giro inesperado a su vida.
A los pocos minutos, llegó un grupo de veinte turistas que provenía de Cádiz. La mayoría eran personas mayores, jubilados a los que acompañaban algunos familiares y algunos viajeros que se habían unido al grupo para realizar una visita guiada por la Fortaleza del Sol, como se conocía al castillo de Lorca desde su recuperación y puesta en valor. El grupo venía conducido por Juan, que iba ataviado de capitán de la guardia de la Fortaleza. Los visitantes habían accedido por la Puerta del Tiempo y habían hecho un recorrido por la torre del Espolón, las Caballerizas, la muralla del Espolón, varias aljibes donde habían observado las exposiciones temáticas, el Huerto, el Punto del Alquimista, el Reloj de Sol, la Senda de los Granados, el Rincón del Arqueólogo, la sinagoga, los restos de muralla que se encuentran junto al Parador  y otros lugares de la Fortaleza del Sol.
Ildefonso les hizo una reverencia y se presentó como el alcaide de la Fortaleza. Después, pidió a los turistas que se acomodaran en las bancadas y les dijo que les iba a contar una historia sucedida en el castillo hacía varios siglos. Juan, le estrechó la mano en signo de derrota y reconocimiento, a lo que Ildefonso correspondió con una palmada en la espalda y un gesto de satisfacción.
—Quiero gambas rojas de Garrucha y cochinillo asado. Y un buen vino de reserva.
—Te lo has ganado —respondió Juan.
Tras tomar asiento, abrir el cuaderno sobre la mesa, y modular la voz, Ildefonso inició su relato ante la mirada expectante de los turistas.
—Hace muchos años, durante una fría noche de invierno, llegó hasta aquí un jinete. Una pesada niebla cubría la vereda del Cejo y se espesaba aún más en los alrededores de la Fortaleza. El jinete venía desde el sur, manteniendo un galope permanente. Había salido desde el interior de otra fortaleza, la Alhambra, en Granada. Su imagen era parecida a la que imaginó Washington Irving. Era una figura vestida de negro montada sobre un caballo árabe, también negro como el azabache. El jinete no tenía la cabeza sobre los hombros, la llevaba cogida con su brazo izquierdo, mientras, con el derecho, agarraba las riendas de su caballo. Al llegar a la puerta que da acceso a las caballerizas, tiró de las riendas y el caballo alzó sus patas delanteras, relinchó con energía, volvió a posar sus cascos sobre la tierra y se detuvo. El jinete se colocó la cabeza sobre los hombros, bajó del caballo y se dirigió hacia la torre por la senda que serpenteaba entre los pinos hasta donde ahora se encuentran ustedes.
Ildefonso hizo una pausa para asegurarse de que todos estaban atentos a su historia. Después, prosiguió.
—Aunque a algunos les sorprenda, esta historia se ha transmitido de boca en boca a lo largo de la noche de los tiempos, pónganse cómodos y relájense. Prepárense para soñar y asombrarse, pero no se despisten porque cualquier cosa puede suceder en cualquier momento. En este manuscrito, que encontré en un lugar del que ahora no puedo hablar, que me fue entregado por alguien que quería abandonar los límites del infierno para poder encontrar la sabiduría que se esconde en el universo, se cuenta la historia de la “madre del diablo”, la mujer que había parido al jinete que una noche llegó hasta esta fortaleza para vengarse de los que acabaron con su madre.
Entre los asistentes se comenzaron a ver los primeros gestos de intriga. Ildefonso sonrió al ver sus caras.
—Cuando el jinete atravesó la puerta de la torre, se dirigió hasta la segunda planta, el lugar donde dormía Jimeno de Alcanara, alcaide por aquel entonces. Hacía casi treinta años que, en 1244, la fortaleza de Lorca, había pasado a poder de los cristianos, y los hechos que provocaban la presencia del jinete junto a Jimeno, habían ocurrido pocos años después. Por aquel entonces, muchos de las habitantes mudéjares se quedaron bajo la protección cristiana a cambio de impuestos, y de aceptar las costumbres de los vencedores. Yamila y su hijo Abdul, eran unos de ellos. Cuando Abdul tenía seis años, comenzaron a extenderse entre las gentes comentarios temerosos sobre las fechorías que se atribuían al niño. Se decía que provocaba el mal a quien mirase, que sacaba los ojos a los gatos, que las ratas huían de él… Yamila era una joven muy hermosa que había enviudado poco antes de nacer Abdul. Su marido había muerto en unas refriegas fronterizas con soldados cristianos y se ganaba la vida comerciando con lo que lograba recolectar en los montes cercanos al castillo. Jimeno, que entonces era un joven apuesto, pretendió los favores de Yamila, incluso intentó forzarla en más de una ocasión. La joven lo rechazó con toda su alma, porque en su interior culpaba a todos los cristianos por la muerte de su amado. A Jimeno le disgustó mucho la actitud de la joven, en su interior creció el resentimiento, primero, y el odio, después.
»Las andanzas de Abdul fueron en aumento y las gentes comenzaron a hablar de Yamila como “la madre del diablo”. Jimeno se hizo eco de los comentarios y aprovechó la ocasión para hacer correr toda clase de infundios sobre Yamila. Pronto se hizo notoria la acusación de que la joven era una bruja, que tenía tratos con el demonio y que prueba de ello, eran las actitudes de su hijo. Yamila fue apresada y enjuiciada, y aunque juró que todas las acusaciones eran falsas, el tribunal no tuvo clemencia y fue condenada. Se levantó un cadalso cerca de la torre del Espolón y fue quemada. Nadie se atrevió a hacer lo mismo con su hijo y el tribunal optó por mandarle a Granada con unos mercaderes para que allí fuese vendido como esclavo.
»Abdul fue creciendo y pasando de amo en amo, pues cuando comprobaban sus demoníacas influencias, se libraban de él inmediatamente. Con los años, el carácter agresivo y sin escrúpulos de Abdul, le convirtió en un despiadado enemigo de la bondad. Escapó de su último amo tras persuadirle de que si no le dejaba libre, su cuerpo se convertiría en un manantial de gusanos que le devorarían en vida. Tras liberarse de la esclavitud, se dedicó a robar, chantajear, infundir terror y crear toda clase de males. Sus fechorías llegaron hasta uno de los hombres fuertes de la corte granadina, quien decidió librarse de su coacción. Primero le hizo creer que le enviaba el pago que le exigía por no hacerle caer en la enfermedad, y luego, mandó a unos soldados con la orden de asesinarle. Hasta el lugar convenido, llegó un hombre con un carro en el que se llevaba el cofre de oro que Abdul había pedido. Cuando Abdul se aproximó montado en su caballo, los soldados, ocultos tras los árboles, lo acribillaron con flechas. Ya en el suelo, un soldado le cortó la cabeza con su espada y la lanzó a un pozo. Poco después de aquellos hechos fue cuando el jinete apareció en Lurca, como se llamaba entonces a esta ciudad, dejó sin sentido a los guardias de la torre y entró en la habitación donde dormía Jimeno.
»Abdul miró fijamente a Jimeno. Se acercó hasta su cama mientras escuchaba sus ronquidos. Sacó su cimitarra, y con la punta, cortó un mechón de cabello del alcaide. Al despertar, Jimeno contempló horrorizado la imagen de aquel espectro surgido de entre las tinieblas. No tuvo tiempo de reaccionar y llamar a la guardia.
—Despídete del mundo, cristiano. Vas a cruzar los umbrales del infierno por la injusticia que cometiste con mi madre —dijo Abdul.
Acto seguido, asestó un golpe fatal sobre el cuello de Jimeno y le cortó la cabeza. En ese preciso momento, la imagen de Abdul se vaporizó. Jimeno fue enterrado conforme a las costumbres cristianas. Sin embargo, pocos días después de su muerte, algunos habitantes del castillo, aseguraron ver la figura sin cabeza de un jinete que llevaba las ropas de Jimeno, paseando por la noche a lomos de un caballo negro. Desde entonces se dice que nadie que pase una noche en la torre Alfonsina, está libre de encontrase con el espectro que habita los límites del infierno.
Ildefonso se levantó de su sillón e hizo una reverencia en señal de que la historia había terminado. Los turistas le aplaudieron con fuerza. Pero entre ellos había una persona que había seguido, con mucho más interés que los demás, las palabras de Ildefonso. Virginia, una mujer de pelo castaño y de mediana estatura, que rondaba los cuarenta años, esperó a que el grupo que guiaba Juan iniciase la subida a la segunda y tercera planta de la torre, para acercarse a Ildefonso.
—¡Cómo es la vida! A veces, la mezquindad humana, el miedo, la injusticia o quién sabe qué, condicionan la vida de unos y de otros —dijo Virginia.
Ildefonso levantó la vista sin comprender a qué se refería aquella mujer. Pensado que hablaba del relato que acaba de contar, le dijo:
—¡Ah, los misterios!... Si la vida es un misterio, la muerte es una certeza que da paso a un misterio aún mayor.
—Quizá… Me llamo Virginia… ¿Podemos hablar durante unos minutos?
—No hay inconveniente. El grupo ha de visitar la torre y el próximo grupo tardará en llegar más de media hora. ¿Qué se le ofrece?
—La oportunidad de empezar a conocerte, puedo tutearte, ¿no?
Ildefonso se quedó totalmente sorprendido. Virginia, continuó.
—Aunque tal vez tengamos mucho tiempo por delante, porque tú te llamas Ildefonso Gutiérrez Pérez de Meca, ¿no?
—Sí, así es. ¿Y quién eres tú?
—Es una larga historia. Una historia que dura más de cuarenta años y que para mí comenzó hace tan solo unos meses.
Virginia sacó una foto de su bolso y se la mostró a Ildefonso.
—Recuerdas a esta mujer. Aquí tendría unos veinte años, más o menos los que tenía cuando tú la conociste.
Ildefonso tomó la foto con sus manos y su mente pareció reconocerla vagamente.
—Era muy guapa… ¿verdad? Fue durante un verano que pasaste en Cádiz hace cuarenta y un años. Hace unos meses, poco antes de morir, me confesó su gran secreto. Me dijo el nombre y la localidad donde debía buscar. Y aquí estoy, dispuesta a escuchar, y a intentar comprender, por qué la abandonaste a su suerte.
—No comprendo. Esto es de locos. Creo reconocer a esta mujer, pero…
—Esta mujer, como la llamas, es mi madre. Vanesa, ¿te dice algo ese nombre? Y poco antes de expirar, me dijo… que tú eres mi verdadero padre y no el hombre con quien se casó.
Las lágrimas afloraron de los ojos de Virginia con la súbita emoción que le produjo recordar el momento en que supo aquella desconcertante noticia.
—No entiendo nada. Ella… Ella nunca me dijo que estuviese embarazada.
Virginia pudo leer en los ojos de su padre que estaba diciendo la verdad.
—Aquello no fue más que un amor de verano. No es posible lo que estoy viviendo —continuó diciendo Ildefonso.
—Si no lo crees, tendremos tiempo de comprobarlo. ¿Puedo darte un abrazo?
Ildefonso y Virginia se fundieron en un extraño abrazo, tímido y entrecortado, primero, cálido y profundo, después.
Desde las escaleras de la torre, se comenzaron a escuchar los sonidos de los zapatos de los turistas, el murmullo de sus conversaciones y el sonido que producía el aire por las saeteras de la torre. El escenario que tantas veces había cobijado a seres atrapados en sus propias vidas, y quizá también, a otros, que presos de sus tragedias aún rondan sus muros por las noches, era ahora el escenario donde dos personas unidas por la sangre, que hasta ese momento desconocían que existiesen, cambiaban sus vidas. Por la puerta de la torre penetraba el tibio resplandor del sol de noviembre, un sol que imponía su luz sobre el velo que cubre lo inexplicable y que, cuando se oculta, difumina lo tangible para que afloren los misterios más insospechados.

RELATOS BREVES
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QUINQUÉ






QUINQUÉ

Sobre la vieja mesa de cocina
hay una lámpara
alimentada con petróleo
y provista de un tubo de cristal
que resguarda la llama para que no se apague.
A su alrededor juega la ignorancia
describiendo el paisaje de las dudas
con las que un niño reta a su destino.
Una pálida luz dibuja los contornos
de aquel niño hoy ya olvidado,
y de su corazón de ave inocente.
Es esta la verdad que me muestra el recuerdo
cuando pregunto al cosmos
por la imagen desnuda que cruzó las tinieblas
de mi inocencia.
Ahora me ilumina una lámpara led
que engulle, sin pudor, la oscuridad.
Sin embargo, esta luz no dibuja mi rostro
en el espejo roto por las sombras
que ha dejado mi vida.
Quizá persista aún la incongruencia del tiempo,
mantenga el poso gris de las preguntas
que las circunstancias me han planteado
desde que aquel quinqué
me viera jugar con las dudas
que condicionarían mi existencia.



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Mariano Valverde Ruiz (c)